SÍ SÍ NO NO

María Mediadora, Corredentora y Dispensadora de todas las gracias (2)

MARIA DISPENSADORA DE TODAS LAS GRACIAS

Prólogo

María, cooperando en la distribución y en la aplicación de todos los frutos de la Redención es Dispensadora, esto es, distribuye todas las gracias a todos los hombres que quieren recibirlas[1].

Podemos dividir la Redención en dos actos: 1º) aquel con el que es operada; 2º) aquel con el que es continuamente aplicada a los hombres «todos los días hasta el fin del mundo» (Mt., XXVIII, 20).

A) La existencia o el hecho de la Dispensación de toda gracia

Explicación de los términos

María coopera en la aplicación de los frutos de la Redención, es decir, ejerce una cierta causalidad (más tarde veremos qué tipo de causalidad es) en la distribución de todas y cada una de las gracias divinas, a todos y a cada uno de los hombres.

Se trata de una cooperación o causalidad universal ya que 1º) se extiende a todas y cada una de las gracias divinas (gracia habitual/actual, virtudes infusas, dones del Espíritu Santo, dones temporales ordenados al bien espiritual de quien los recibe y también carismas o «gratiae gratis datae»; 2º) se extiende a todos los hombres de todo tiempo a modo de causa eficiente instrumental, en cuanto que Dios les da la gracia mediante la cooperación actual de María (también a aquellos que vivieron antes de María y de Cristo y esto en virtud de la fe en el Mesías venidero y de la fe en la existencia de Dios, que premia a los buenos, que observan la Ley natural y divina inscrita en sus almas, y castiga a los malos).

Por tanto, se puede decir en sentido propio que, por voluntad de Dios, todas las gracias pasan por las manos de María, también aquellas que pedimos sin pensar explícitamente en Ella. Si alguno, por ello, sin mala voluntad herética anti-mariana, pide una gracia directamente a Dios o por la intercesión de un Santo, la recibe, de todos modos, a través de María, a la que Dios ha establecido como «acueducto de la gracia» (San Bernardo de Claraval[2]). Por ello, si no explícitamente, al menos implícitamente existe siempre la invocación y la intercesión o la Mediación de María, según el plan prestablecido por Dios, que es el de no conceder ninguna gracia sino por la intercesión y la cooperación de María.

Dicha verdad está contenida en la Sagrada Escritura, en la Tradición y es enseñada por el Magisterio ordinario y universal de la Iglesia. Por tanto, no sólo es telógicamente cierta, sino próxima a la fe e incluso de fe divina revelada/definida solemnemente como enseñó el papa León XIII (Encíclica Octobri mense, 1891).

La Sagrada Escritura

El Génesis (III, 15) dice: «Pondré enemistad…». En este versículo del primer Libro del Antiguo Testamento, María nos es presentada íntimamente asociada a Cristo en la obra de la Redención. Ahora bien, como hemos visto en la primera parte de este artículo, abraza dos fases: 1º) la adquisición de las gracias; 2º) su distribución. Por tanto, María, unida a la obra redentora, como cooperó a la adquisición de las gracias, así también coopera en su distribución.

En el Nuevo Testamento, encontramos revelada la Maternidad espiritual de María con respecto a todos los hombres (Jn., XIX, 26-27): «Madre, he ahí a tu hijo; hijo, he ahí a tu madre». Pues bien, en esta maternidad es revelada implícitamente también la Dispensación de todas las gracias; en efecto, una se identifica con la otra porque María, como madre espiritual de las almas santificadas por la gracia, comunica a todos los justos la vida sobrenatural y coopera en la distribución de toda gracia.

Los dos primeros milagros de Jesús, uno en el orden de la gracia: la santificación de Juan Bautista en el seno de su madre Isabel (Lc., I, 41-45); el otro en el orden natural: la transmutación del agua en vino en las bodas de Caná (Jn., II, 1-11), tienen lugar mediante la cooperación de María. Por tanto, es sumamente conveniente que también todos los demás milagros y dones (naturales y sobrenaturales) nos sean concedidos por Dios a través de la cooperación de María.

La Tradición

Desde el siglo I al VIII: la verdad de la mediación mariana está contenida implícitamente en la doctrina, enseñada por los Padres de la Iglesia, de María como nueva Eva, asociada a Cristo, nuevo Adán, en la obra de la Redención, o sea, en la regeneración de la humanidad a la vida sobrenatural de la gracia perdida por Adán y Eva. Por tanto, Eva y María son los dos orígenes de la humanidad: Eva físicamente es madre de todos los hombres, María sobrenaturalmente lo es de aquellos que aceptan la vida de la gracia ofrecida a todos, aunque no aceptada por muchos. Ahora bien, dar la vida significa ser madre. Por tanto, María es madre espiritual de los cristianos, de los justos, de la Iglesia.

El texto más explícito sobre esta maternidad espiritual es el de Theoteknos, obispo de Livias, del siglo VI en la Homilía de la Asunción de la Theotokos, n. 9 (cfr. A. Wenger, L’Assomption de la T. S. Vierge dans la Tradition Byzantine du VIme au Xme siècle, Études et Documents, Paris, 1955, pp. 289-291).

 – Del siglo VIII al XVI: en el siglo XII sobre todo, se asiste al paso de lo implícito a lo explícito. En Oriente, con San Germano de Constantinopla y en Occidente con San Pedro Damián, pero quien formuló en términos inequívocos y precisos la doctrina de la Dispensación de todas las gracias por parte de María es San Bernardo de Claraval, definido por Roschini, de cuyos escritos nos servimos en este artículo, «verdadero Doctor de la Mediación mariana» (Dizionario di Mariologia, Roma, Studium, 1960, p. 346). El Doctor mellifluus escribe: «Esta es la voluntad de Aquel que estableció que obtuviésemos todo a través de María. […]. ¿Quieres tener quien interceda por ti ante Dios? ¡Corre a María!» (In Nativitate B. M. V., PL 183, 441); véase también Homil. 3 in Vigil. Nativitatis Domini, n. 10, PL 183, 100[3].

El p. Roschini pone de relieve que 1º) se trata de Mediación universal, respecto a todas las gracias; 2º) directa, por vía de intercesión o petición explícita, y no sólo indirecta, o sea, por habernos dado a Jesús, fuente de toda gracia.

Muchos fueron los discípulos y los seguidores de la doctrina mariológica de San Bernardo, entre los cuales los más famosos fueron: Ricardo de San Lorenzo, San Buenaventura, Juan Gerson, Santiago de la Vorágine, el pseudo-Alberto Magno y San Bernardino de Siena.

– Del siglo XVI a nuestros tiempos: en este tiempo, la doctrina ya explicitada es profundizada, explicada, demostrada y precisada. Los Autores más importantes son Santo Tomás de Villanueva y Alfonso Salmerón.

En el siglo XVII, sobresalen Francisco Suárez, San Roberto Belarmino, el venerable Olier, San Juan Eudes, San Luis María Grignion de Montfort (Tratado de la verdadera devoción a la Virgen María y El Secreto de María).

En el siglo XVIII, brilla San Alfonso María de Ligorio (Las Glorias de María).

En el siglo XX, se distinguen el card. Alexis Lépicier y el card. Désiré Mercier, el p. Réginald Garrigou-Lagrange, el p. Merckelbach y el p. Roschini. El Papa Benedicto XV concedió la Fiesta de María Mediadora de todas las gracias para ser celebrada el 31 de mayo, remplazada, bajo Pío XII, por la fiesta litúrgica de María Reina del Universo.

El Magisterio

Benedicto XIV llamó a María «Río celestial con el cual todos los dones de la gracia son llevados al corazón de los pobres mortales» (Bula Gloriosae Dominae, 1748).

Pío VII llama formalmente a María «Dispensadora de todas las gracias» (1806).

Pío IX afirma que «Dios confió a María el tesoro de todos los bienes, para que todos sepan que, a través de ella, obtenemos toda esperanza, toda gracia y toda salvación, ya que es Su voluntad que obtengamos todo por medio de María» (Encíclica Ubi primum, 1849).

León XIII: «Dios ha establecido que absolutamente nada nos sea comunicado sino por medio de María. Y como nadie puede ir al Padre sino por medio del Hijo, así -ordinariamente- nadie puede ir a Cristo sino por medio de su Madre. […]. Este plan fue, desde el inicio, comprendido con inmensa alegría por los Apóstoles y por los primeros fieles; fue comprendido y enseñado por los Padres de la Iglesia; fue concordemente comprendido, en todo tiempo, por el pueblo cristiano. […]. No se explicaría sin una fe divina el impulso prepotente que nos impulsa y nos arrastra dulcemente a María» (Encíclica Octobri mense, 1891; León XIII repite la misma doctrina en las Encíclicas Supremi Apostolatus, 1883, y Superiore anno, 1884).

San Pío X, en la Encíclica Ad diem illud (1904), verdadera obra maestra de mariología, declara que María es «Distribuidora de todas las gracias».

Benedicto XV, en la Encíclica Inter sodalicia (1918), enseña: «Todas las gracias que Dios se digna conceder a los pobres descendientes de Adán, por un designio benévolo de la Providencia divina, son dispensadas por las manos de la Santísima Virgen María». Además, declara que «todos los dones, también los milagros obrados por los Santos, deben atribuirse a la mediación de María, llamada «Mediadora de todos los mediadores» (Actes de Benoît XV, 1926, vol. II, p. 22).

Pío XI llama explícitamente a María «Mediadora de todas las gracias ante Dios» (Encíclica Miserentissimus Redemptor», 1928).

Pío XII enseñó la Dispensación universal de las gracias a través de María en muchos Documentos pontificios, que es demasiado muy largo enumerar (cfr. D. Bertetto, La Mediazione celeste de Maria nel Magistero di S. Santità Pio XII, en «Euntes et Docete», n. 9, 1956, pp. 134-159). Véase especialmente el Radiomensaje del 13 de mayo de 1946.

La razón teológica

Todos los principios de la teología mariológica exigen la doctrina de la Dispensación de todas las gracias por parte de María. La exige el primer principio de la mariología: la Maternidad física y natural de Cristo y la Maternidad espiritual de todos los justos.

En efecto, el Hijo verdadero y físico de María (Jesús) debe tener una cierta comunión de bienes con la Madre. Por tanto, no puede no compartir con Ella su dominio o Reino universal, tanto en el orden de la naturaleza como en el de la gracia. Además, María debe comunicar a todos los justos la vida de la gracia santificante; por tanto, existe un nexo estrechísimo entre María y Jesús, que es la fuente y el principio de toda gracia, y María Madre física de Dios y Dispensadora universal de la gracia y Madre espiritual de los cristianos.

Lo exige también el principio de conveniencia, ya que el Padre entregó al mundo a su Hijo Encarnado por medio de María; por tanto, conviene que entregue al mundo, por medio de María, todas las gracias que nos fueron merecidas por el Verbo Encarnado.

Lo exige el principio de eminencia; en efecto, si los Santos pueden impetrar de Dios muchas gracias, es convenientísimo que la Madre de Dios las impetre todas para todos, habíendolas merecido de congruo o por pura bondad y condescendencia de Dios, subordinadamente a Cristo, que las ha merecido de condigno por estricta justicia.

Finalmente, lo exige el principio de analogía o semejanza entre Cristo y María. En efecto, Cristo es Medidador por naturaleza divina, eficaz por Sí mismo, absoluto, principal; por ello María es Mediadora y Dispensadora de todas las gracias por voluntad divina, no eficazmente por sí misma, sino subordinadamente a Cristo y relativamente a El y no de manera absoluta.

B) La esencia o la naturaleza de la dispensación de todas las gracias 

Aquí se plantea el problema de si la causalidad mariana al dispensar las gracias es sólo moral (moviendo María a Dios, con sus oraciones, a modo de causa final[4], a dar las gracias a los hombres), o bien, si además de dicho influjo moral, María ejerza también una causalidad eficiente[5] física (en el sentido de que Ella coopera con Dios como un instrumento físico secundario en Sus manos y movido por El como Causa principal[6]).

La sentencia más común es que María 1º) no sólo actúa como causa moral o final, de manera que sólo Dios produce la gracia inmediatamente, sino que la dispensa a las almas sólo en vista de los méritos y por medio de las oraciones de María; 2º) además, María no es ni siquiera sólo causa instrumental, que dispone a la gracia a las almas que la recibirán directa e inmediatamente solamente de Dios; 3º) María es también causa física instrumental secundaria de Dios, que produce junto y subordinadamente a Dios la gracia, de modo que Dios, como causa principal, se sirve de María como instrumento físico para producir e infundir la gracia en el alma de los hombres. Por tanto, la misma gracia es producida e infundida simultáneamente por Dios como causa principal y por María como causa secundaria subordinada, pero Ella es realmente productora de la gracia por divina Voluntad[7].

Surge una dificultad: la causa eficiente física debe tener contacto con el efecto que produce (pintor/pincel y cuadro). Pero María es el instrumento de una causa ilimitada en sí misma (Dios), no está circunscrita en un lugar determinado (como la causa finita y limitada); al contrario, es real y físicamente omnipresente. Por tanto, Dios está presente en María y en todas las demás creaturas y, por ello, Le basta un contacto de virtud o de capacidad y de poder con el efecto que produce. Si bien María esté lejos físicamente de las creaturas (está en el cielo), tiene un contacto de virtud con ellas gracias a su capacidad virtual de alcanzar a toda alma (derivada a Ella por Dios infinito) y, así, el efecto sobrenatural de la gracia es producido sobre todos los seres humanos, ya que puede conferir en todas partes y a cualquier sujeto la virtud o capacidad de causa instrumental[8].

Conclusión: importancia práctica de la Mediación mariana para nuestra salvación 

Si queremos salvarnos, debemos recurrir a María porque esta es la voluntad de Dios.

San Bernardo canta: «Quienquiera que seas, que te ves arrastrado por la corriente de este mundo, y a quien parece que navega entre borrascosas tempestades más bien que caminar en la tierra, si no quieres ser arrollado por las tempestades, no quites los ojos del esplendor de esta estrella que se llama María. Si se levantan los vientos de las tentaciones, si incurres en las rocas de las tribulaciones, mira la estrella, invoca a María. Si te ves arrollado por las olas de la soberbia, de la ambición, de la calumnia, mira la estrella, invoca a María. Si la ira, la avaricia o los deseos de la carne sacuden violentamente la pequeña nave de tu corazón, mira la estrella, invoca a María. Si, turbado por el pensamiento de la enormidad de tus pecados, confundido por la suciedad de tu conciencia, tembloroso de miedo al pensar en el Juicio, comienzas a hundirte en el abismo de la tristeza y de la desesperación, piensa en María. En los peligros, en las incertidumbres, en las angustias, piensa en María, invoca a María. María no se retire de tus labios, no se aleje de tu corazón y tú, para impetrar su ayuda, no descuides imitar los ejemplos de su vida. Si la sigues no te equivocarás de camino, si le rezas no te desesperarás, si piensas en ella no te perderás, si ella te protege no temerás. Si te sostiene no caerás, si te defiende no temerás nada, si te conduce llegarás al puerto, si te guía no te perderás. En todo piensa en María, invoca a María» (Homil. II super Missus est, n. 17, PL 183, 71A).

Finalmente, termino con su bellísima oración: «Memorare, o piissima Virgo Maria, non esse auditum a saeculo, quemquam ad tua currentem praesidia, tua implorantem auxilia, tua petentem suffragia, esse derelictum. Ego tali animatus confidentia, ad te, Virgo Virginum, Mater, curro, ad te venio, coram te gemens peccator assisto. Noli, Mater Verbi, verba mea despicere; sed audi propitia et exaudi. Amen. / Acordaos, oh piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestro auxilio, haya sido desamparado. Animado por esta confianza, a Vos acudo, oh Madre, Virgen de las vírgenes, y gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante Vos. Oh madre de Dios, no desechéis mis súplicas, antes bien, escuchadlas y acogedlas benignamente. Amén.».

Es una óptima cosa consagrarse como esclavo de Jesús en María según lo que enseña San Luis María Grignion de Montfort en el Tratado de la verdadera devoción a la Virgen María. Para la preparación, que dura 30 días, a la consagración se puede meditar el libro del padre Francesco Maria Avidano, Un segreto di felicità (Casale Monferrato, Propaganda Mariana, IX ed., 1962); de la página 8 a la p. 85 se encuentran las 30 meditaciones que se deben hacer cada día antes del acto consecratorio[9].

Alfonsus

(Traducido por Marianus el eremita)

[1]Cfr, C. Godts, De definibilitate Mediationis universalis Deiparae, Bruxelles, 1904; J. Bover, De B. V. Maria universali gratiarum Mediatrice, Barcelona, 1921; J. Brittemieux, De Mediatione universali B. M. Virginis quoad gratias, Bruges, 1926; R. Spiazzi, La Mediatrice della Riconciliazione umana, Roma, Belardetti, 1951; Id. (a cargo de), Enciclopedia Mariana, Genova-Milano, 1955, 3 volúmenes; G. Roschini, De natura influxus B. M. Virginis in applicatione Redemptionis, en «Maria et Ecclesia», Roma, 1959, II, pp. 223-295; A. de Castro Mayer, La Mediazione Universale di Maria Santissima, Carta pastoral a la Diócesis de Campos (Brasil), agosto de 1978; A. Cappellazzi, Maria nel dogma cattolico, Siena, 1902; A. Lang, Madre di Cristo, Brescia, 1943; A. Gorrino, La SS. Vergine, Torino, 1938; S. Garofalo, Le parole di Maria, Roma, 1943; A. Piolanti, Maria e il Corpo Mistico, Roma, 1957; G. Iammarrone, La Redenzione, Cinisello Balsamo, San Paolo, 1995; A. Amato, Verso un altro dogma mariano?, en «Marianum», n. 58, 1996, pp. 229-232; R. Laurentin, Pétitions internationales pour une définition dogmatique de la Médiation et de la Corédemption, en «Marianum», n. 58, 1996, pp. 429-446; M. J. Sheeben, Sposa e Madre di Dio, Brescia, Morcelliana, 1955, pp. 218-245.

[2]Cfr. San Bernardo de Claraval, Gli Scritti mariani, Roma, Edizioni Centro Voluntariato della Sofferenza, 1980. Dante Alighieri (Divina Comedia, Paraíso, XXXII, 37-38) define a San Bernardo:  «Aquel, que se hermoseaba ante María, como ante el sol la estrella matutina».

[3]Dante Alighieri, en la Divina Comedia, Paraíso, XXXIII, 1-8, pone en labios de San Bernardo la magnífica oración a María: «Virgen Madre, hija de tu Hijo» (v. 1) y en los vv. 13-15, el Poeta canta: « Señora, es tan valioso tu consuelo, / que quien pide gracia, si a ti no corre, / es cual volar sin alas, vano anhelo» y después, en los vv. 16-18, añade: « No sólo tu bondad pía socorre / a quien demanda; a veces generosa, / al que no pide con amor acorre».

[4]La causa final es la que mueve a otro a producir el efecto y, por tanto, no es ella misma la que lo produce; por ejemplo, el dinero es el fin por el que el pintor pinta un cuadro. La causa moral mueve a otro (con el consejo, la oración, el recuerdo) a producir un efecto y, por tanto, se reduce a la causa final.

[5]La causa eficiente es la que produce el efecto con su misma acción. Por ejemplo, el pintor pinta el cuadro: la causa eficiente instrumental es el pincel del que se sirve el pintor, el cual es causa eficiente principal.

[6]Por ejemplo, como el pincel en las manos de un pintor.

[7]La misma causalidad subordinada, secundaria, instrumental y física la producen los Sacramentos (cfr. Santo Tomás de Aquino, S. Th., III, q. 62; G. Mattiussi, De Sacramentis, Roma, 1925; A. Piolanti, De Sacramentis, Roma, III. ed., 1951; J. B: Franzelin, De Sacramentis, Roma, 1911; L. Billot, De Sacramentis, Roma, 1931).

[8]Cfr. Santo Tomás de Aquino, S. Th. III, q. 62; E. Hugon, La causalité instrumentale, Paris, 1924; F. X. Marquart, De la causalité du signe, en «Revue Thomiste», 1937, pp. 40 ss.

[9]Se pude encontrar la reimpresión de 1994 en: Tipografia Sorriso Francescano, via Riboldi, n. 20, Genova, tel. 010/36.22.813.

SÍ SÍ NO NO

Mateo 5,37: “Que vuestro modo de hablar sea sí sí no no, porque todo lo demás viene del maligno”. Artículos del quincenal italiano sí sí no no, publicación pionera antimodernista italiana muy conocida en círculos vaticanos. Por política editorial no se permiten comentarios y los artículos van bajo pseudónimo: “No mires quién lo dice, sino atiende a lo que dice” (Kempis, imitación de Cristo)