ADELANTE LA FE

Materia y Forma de la Eucaristía

(Sac. 5.2)

La materia de la Eucaristía

Según los relatos de la Institución Eucarística, Jesús instituyó la Eucaristía con pan y vino. Con toda probabilidad Jesús se adecuó a la tradición judía que determinaba que el pan se hiciera con trigo sin añadirle levadura (pan ácimo), y el vino (tinto) estuviera atemperado con un poco de agua para quitarle fuerza.

El Concilio de Florencia afirma que la materia del sacramento eucarístico es doble: pan de trigo y vino de uva mezclado con agua. (DS 1320)

 El pan

En el curso de la historia el uso del pan para la Eucaristía ha sido de diferente calidad, manteniendo siempre que fuera pan de trigo. Lo mismo se dice del vino, que más allá del color se ha requerido siempre vino de la vid y no una bebida alcohólica extraída de otros frutos.

Los occidentales han permanecido fieles al uso del pan ácimo. Los orientales, sin embargo, han usado el pan fermentado. De esta variedad de usos ha brotado también en ciertos momentos una gran polémica para justificar el uso del pan ácimo o del pan fermentado.

En la Instrucción general del Misal Romano n. 282 se confirma la norma del uso del pan ácimo para la Iglesia latina como única materia válida de la Eucaristía.

El canon 924 § 2 del Código de Derecho Canónico, precisa que el pan que debe ser sólo de trigo y elaborado recientemente, de modo que no haya peligro de corrupción. Y el canon 926 recuerda la obligación de celebrar en la Iglesia latina con pan ácimo.

El vino

Después de haber precisado las propiedades que ha de tener el pan a la hora de la confección de la Eucaristía. La misma Instrucción general del Misal Romano n. 284 y en el canon 924 § 1 y 3 determinan respecto a la otra especie eucarística que: la única materia válida para la Eucaristía es el vino que debe ser puro, del fruto de la vid, natural y genuino, sin sustancias extrañas y no alterado, mezclado con un poco de agua.

En la tradición latina el vino era mezclado con agua. La costumbre de mezclar el agua con el vino viene probablemente de la antigüedad para temperar su fuerza, Dicho uso parece ya indicado por San Justino en la descripción de la celebración eucarística; y a este uso (atemperar su fuerza) se añaden varias simbologías que provenían de diversas tradiciones.

  • Una se relaciona con la sangre y agua que surgieron del costado de Cristo (Jn19:34).
  • Otra proviene de la teología eucarística de san Cipriano que ve en el agua mezclada con el vino del cáliz la participación de la Iglesia en el sacrificio de Cristo: “Así pues cuando en el cáliz el agua se mezcla con el vino, es el pueblo quien se mezcla con Cristo, es el pueblo de los creyentes quien se junta y se une a aquél en quien cree. Esta mezcla, esta unión del vino y del agua en el cáliz del Señor es indisoluble. Así la Iglesia, es decir, el pueblo que está en la Iglesia y que fielmente, firmemente, persevera en la fe, no podrá ya ser separado de Cristo, sino que le será fiel de un amor que de dos hará uno solo”.[1]
  • Una tercera interpretación señala en el agua mezclada con el vino la doble naturaleza divina y humana en Cristo, como parece sugerir la plegaria que acompaña actualmente el gesto de introducir el agua en el vino: «El agua unida al vino sea signo de nuestra unión con la vida divina de aquél que ha querido asumir nuestra naturaleza humana».
  • La cuestión del significado teológico y simbólico fue explicada por el concilio de Florencia en el Decreto para los Armenios, el cual añade también el significado del agua como referida al pueblo según el Apocalipsis (DS 1320).

La tentación de cambiar la materia de la Eucaristía

La tentación de cambiar la materia de la Eucaristía ha estado siempre presente en la Iglesia por diferentes razones. En la antigüedad, hubo algunos herejes que pretendían consagrar sólo con pan (los acuarios) o con pan y queso (los artotiritas). Desde la segunda mitad del siglo XX, en la que muchos sacerdotes y obispos modernitas dijeron que la Eucaristía era un puro simbolismo, vemos cómo algunos de estos herejes aceptan el uso de galletas e incluso de bebidas refrescantes como materia de este sacramento.

Se debe decir que, a pesar de las dificultades que la Iglesia tuvo en su expansión misionera para encontrar el pan y el vino para la Eucaristía, ha sido siempre fiel al mandato del Señor.

En los últimos años se ha pretendido cambiar la materia de la Eucaristía bajo pretexto de la inculturación; buscando una materia que fuera más acorde con las diferentes culturas . El problema se presenta de manera equivocada cuando se habla de una imposición de la materia de la Eucaristía a las Iglesias autóctonas de África y de Asia, por parte de la Iglesia occidental. En realidad, en el caso de la Eucaristía, como en el caso de los otros sacramentos, se trata simplemente de una aceptación en pleno de la cultura asumida por Cristo para cumplir su revelación y para darnos la realidad sacramental de su economía de salvación. El Señor ha fijado claramente los elementos sacramentales, nosotros no podemos cambiarlos.

En la celebración eucarística no somos nosotros los que disponemos nuestro alimento y bebida para el Señor, sino que es el Señor mismo quien nos prepara a nosotros el alimento y la bebida de su Cuerpo y de su Sangre, signos de su sacrificio. Por eso, éstos deben ser conformes a su voluntad y no a la nuestra.

Nuevos problemas de carácter médico

Como es sabido, las personas que tienen intolerancia al gluten del trigo (celiaquía) podrían presentar reacciones alérgicas al tomar la Sagrada Hostia. Es por ello que la Iglesia ha autorizado usar en esos casos hostias confeccionadas con una ínfima proporción de gluten, la necesaria para la panificación, pero que al mismo tiempo no cree reacciones adversas en el fiel que la recibe.

Algunos sacerdotes para quienes la mínima parte de alcohol en el vino es dañina, han planteado el problema de la posibilidad de usar el mosto del vino.

La cuestión fue objeto de una Carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe a todos los Presidentes de las Conferencias Episcopales (18 de mayo de 1995). En ella se dan algunas normas que hacen referencia a estos aspectos que estamos estudiando.

  • No son materia válida de la Eucaristía las hostias a las cuales se les ha quitado el gluten. Son, por el contrario, materia válida si se ha conservado la cantidad suficiente de gluten que garantice la panificación. Los sacerdotes y los fieles, afectados por la celiaquía, pueden obtener la licencia del Obispo para celebrar y comulgar con dicho tipo de hostias.
  • En lugar del vino fermentado pueden usar el mosto los sacerdotes que no pueden por prescripción médica, tomar ni siquiera la mínima cantidad de alcohol en el vino.

¿Se puede lícitamente consagrar una especie sin la otra o consagrar fuera de la Santa Misa?

Tal como nos dice el Código de Derecho Canónico, la consagración de ambas especies ha de realizarse siempre durante la celebración eucarística; y además, no se puede consagrar la una sin la otra

“Está terminantemente prohibido, aun en caso de extrema necesidad, consagrar una materia sin la otra, o ambas fuera de la celebración eucarística” (CIC, c. 927).

La materia de la Eucaristía nos recuerda al mismo tiempo la realidad del banquete y del sacrificio, o si queremos del banquete sacrificial en el cual se realiza la plena participación y comunión con la víctima mediante el gesto del comer y del beber al mismo tiempo. En esta comunión se expresa la verticalidad de la relación con Cristo y con su sacrificio y la horizontalidad de la comunión de todos los participantes en el único banquete y en la única víctima.

Así pues en ningún caso es esto lícito; porque la Eucaristía no puede perfeccionarse como sacramento, si no es al mismo tiempo sacrificio, y éste pide esencialmente, y por derecho divino, la consagración de ambas especies dentro del sacrificio de la Santa Misa.

La comunión bajo las dos especies

Durante muchos siglos los cristianos comulgaron bajo ambas especies, si bien lo hacían bajo una sola en circunstancias especiales, como en el caso de los enfermos. Los ritos orientales han conservado hasta hoy esta antigua práctica de la Iglesia.

Hacia el siglo XIII cae en desuso la costumbre de comulgar el Sanguis en occidente. Santo Tomás de Aquino es testigo de este cambio, y nos da su razón:

“Al tomarse sin precaución, se derramaría con facilidad. Y, pues ha crecido el número del pueblo cristiano, compuesto de ancianos, jóvenes y párvulos, de entre quienes algunos no tienen discreción para poner el debido cuidado al usar el sacramento, ciertas iglesias no dan la sangre al pueblo, sumiéndola el sacerdote”.[2]

En los siglos XIV y XV los herejes Wicleff y Huss propugnaron la comunión bajo las dos especies, aduciendo que era ilícita y sacrílega la comunión bajo una sola especie. Esta posición movió al Concilio de Constanza (s. XV) a declarar la licitud de la comunión bajo la sola especie de pan (DS 1198-1200).

Poco después, el Concilio de Trento (s. XVI) abordó esta cuestión dando la siguiente respuesta:

“Por ningún precepto divino están obligados los laicos y los clérigos que no celebran a recibir el sacramento de la Eucaristía bajo las dos especies, y en manera alguna puede dudarse, salva la fe, que no les baste para la salvación la comunión bajo una de las dos especies. Porque, si bien es cierto que Cristo Señor instituyó en la Última Cena este venerable sacramento y se lo dio a los Apóstoles bajo las especies de pan y de vino (Mt 26,26 ss.; Mc 14,22 ss.; Lc 22,19 ss.; 1 Cor 11,24 ss.); sin embargo, aquella institución y don no significa que todos los fieles de Cristo, por estatuto del Señor, estén obligados a recibir ambas especies (Can. 1 y 2)…Es por ello que si alguno dijere que, por mandato de Dios o por necesidad de la salvación, todos y cada uno de los fieles de Cristo deben recibir ambas especies del santísimo sacramento de la Eucaristía, sea anatema” (DS 1726-1727 y 1732).

La Constitución Sacrosanctum Concilium, dice así:

“Manteniendo firmes los principios dogmáticos declarados por el Concilio de Trento, la comunión bajo ambas especies puede concederse en los casos que la Sede Apostólica determine, tanto a los clérigos y religiosos como a los laicos, a juicio de los obispos, como, por ej., a los ordenados en la Misa de su sagrada ordenación, a los profesos en la Misa de su profesión religiosa, a los neófitos en la Misa que sigue al Bautismo”.[3]

Salvo los casos especiales permitidos por el Código de Derecho Canónico, la realidad es que la comunión bajo las dos especies se ha transformado en un auténtico abuso litúrgico; y en muchas ocasiones, en un sacrilegio de proporciones descomunales.

Cuando yo residía allá por los 90 en los Estados Unidos, ya fui testigo del trato que le daban al Sanguis, tanto en el momento de la comunión como, después de la Misa, con lo que había sobrado. Las sacristías estaban provistas de unos fregaderos dobles: un lado era para limpiar las vinajeras y el otro para tirar el Sanguis sobrante después de la celebración. Se nos decía que ese Sanguis no iba al alcantarillado, sino a unos depósitos especiales bajo tierra donde se descomponía, y con ello dejaba de ser la Sangre de Cristo.

Desgraciadamente estos abusos litúrgicos no han sido corregidos; es más, se han ido extendiendo a toda la geografía universal, de tal modo que hoy día hay fieles que tienen que pedirle expresamente al sacerdote no recibir el Sanguis, mientras que hay otros que creen que no hay verdadera comunión si no se hace bajo las dos especies.

¿Cuánto dura la presencia real de Cristo en las sagradas especies?

Cuando estudiemos el tema de la transustanciación hablaremos más profundamente de ello. Digamos ahora solamente que Jesucristo está realmente presente en la Eucaristía desde el momento de la Consagración en la Misa hasta que las especies sacramentales desaparezcan, bien porque el fiel las haya digerido o bien porque éstas hayan degenerado por el poco cuidado del sacerdote.

El respeto y cuidado que se ha de tener con las partículas sacramentales

La teología nos enseña que Jesucristo está presente todo entero, en todas y cada una de las partes de las sagradas especies. Es por ello que tanto el sacerdote como el fiel han de extremar el cuidado al tratar con las especies eucarísticas, purificando debidamente los vasos sagrados y evitando que las partículas consagradas caigan al suelo.

Se ha de llevar cuidado también con los purificadores[4] que el sacerdote usa durante la Santa Misa, ya que en ellos suele quedar partículas de la Hostia y gotas del Sanguis. Éstos han de ser guardados con delicadeza después de la Misa, lavarlos aparte primero en una palangana con agua y echar ese agua en alguna maceta. Posteriormente, una vez que se haya eliminado cualquier partícula, ya se pueden lavar con jabón; aunque nunca, mezclándolos con ropa, toallas…

La forma de la Eucaristía

Lo que hoy llamamos la forma de la Eucaristía son los mismos relatos de la institución. Estos relatos son ya fórmulas litúrgicas que estaban en uso en la comunidad cristiana primitiva para celebrar el memorial del Señor.

Según el Magisterio de la Iglesia, expresado por el concilio de Florencia en el Decreto para los Armenios se indican estas palabras:

“Forma de este sacramento son las palabras con las que el Salvador lo ha consagrado” (DS1321).

Y en el Decreto para los Coptos se añade que constituyen la forma de la Eucaristía aquéllas que entonces se encontraban en el canon romano ad litteram:

“Hoc est enim corpus meum; Hic est enim calix sanguinis mei, novi et aeterni testamenti, mysterium fidei, qui pro vobis et pro multis effundetur in remissionem peccatorum” (DS 1352).

En el año 1969, Pablo VI, en la Constitución Apostólica Missale Romanum, modificó algo estas palabras tanto en el canon romano como en las otras plegarias eucarísticas:

  • Añadiendo a la predicha fórmula latina sobre el pan: “quod pro vobis tradetur”.
  • Quitando de la fórmula del cáliz la expresión “mysterium fidei”,puesta ahora al final de la consagración como palabra del sacerdote a la cual el pueblo responde con la aclamación “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección…”.

Respecto al tema de cuáles son las palabras mínimas necesarias para que la consagración de las especies eucarísticas sea válida, preferimos no entrar en la polémica; sólo decir que el sacerdote ha de pronunciar todas y cada una de las palabras tal como aparecen en el Misal Romano. Cambiar, omitir o añadir algunas palabras voluntariamente, cuanto menos es sacrilegio; además de estar arriesgando a que la consagración sea inválida, y por supuesto, siempre ilícita.

Debido a la pérdida de fe de alguno sacerdotes, al poco respecto a la liturgia y más todavía a las rúbricas que se han de seguir durante la celebración eucarística, se está haciendo cada vez más frecuente escuchar durante la consagración palabras que no se encuentran en los libros aprobados por la conferencias episcopales; lo cual, cuanto menos, hace que la consagración sea ilícita y sacrílega, cuando no, inválida. Es por ello que -insisto de nuevo- el sacerdote ha de pronunciar todas y cada una de las palabras de la consagración tal como aparecen en el Misal aprobado por las respectivas conferencias episcopales.

 La epíclesis eucarística

La epíclesis es una invocación hecha por el sacerdote a Dios Padre, justo antes del momento de la consagración, a fin de que envíe el Espíritu Santo para cambiar el pan y el vino en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo.

Según los Padres de la Iglesia de Oriente y de Occidente el cambio del pan y del vino es atribuido a las palabras de Cristo y a la fuerza transformadora del Espíritu Santo.

El Catecismo de la Iglesia Católica propone este título significativo para hablar de la presencia eucarística: “La presencia de Cristo obrada por el poder de su Palabra y del Espíritu Santo” (CEC, 1373).

Padre Lucas Prados

[1] San Cipriano, Epístola, 63, 13.

[2] Santo Tomás de Aquino, Summa Theologica, III, q. 80, a. 12.

[3] Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, 55.

[4] Los purificadores son unos pañitos blancos hechos de tela de lino que el sacerdote utiliza durante la Misa para secar el cáliz después de sumir el Sanguis.

Padre Lucas Prados

Nacido en 1956. Ordenado sacerdote en 1984. Misionero durante bastantes años en las américas. Y ahora de vuelta en mi madre patria donde resido hasta que Dios y mi obispo quieran. Pueden escribirme a [email protected]