ADELANTE LA FE

Monstruos en el Santuario de Fátima

A lo largo del año, unos cuantos millones de personas visitan el Santuario de Nuestra Señora de Fátima. En este 2017 quizá la cifra alcance una marca histórica, debido a que se conmemora el centenario de las apariciones marianas más importantes de la historia reciente. Yo visité el lugar por vez primera el verano pasado. Hablo por tanto de lo que vi y percibí en primera persona. Lo cierto es que Fátima llevaba tiempo rondando mi cabeza. Había imaginado ese marco pastoril muchas veces, y me embelesaba imaginándome allí en medio, en el lugar exacto en el que decidió revelarse la Santísima Virgen. Pensaba por otra parte, ingenuamente, que del Santuario de Nuestra Señora de Fátima manarían ríos de fe y que la paz interior estaría asegurada para los fieles. Para mí no fue del todo así. Y si me preguntan cuál fue el motivo de dicha contrariedad, no estoy muy seguro de saberlo. Quizá el inmenso escenario me aturdió. Estoy convencido de que donde hay muchas almas juntas, el espíritu decrece. No soy hombre de multitudes, esa es la verdad. Pero lo cierto es que no había muchedumbres en ese momento. Por eso tal vez el hecho que más me contrarió —suponiendo un cierto borrón a mi estado de ánimo— fue comprobar que los garfios demoníacos de la masonería habían cercado también los sagrados contornos del Santuario de Fátima.

Por la carretera apenas se aprecia el inmenso complejo religioso que espera al visitante. Un complejo realmente fascinante y bonito. Así que la espera resulta excitante mientras el viajero se aproxima a su meta. Sin embargo, una vez en el pueblo se pierde de alguna manera el encanto. Es entonces cuando puede verse con facilidad la primera huella del Maligno: un gran «crucifijo» rojo que a modo de fanal guía a los visitantes hacia el Santuario, y que resulta burlesco e inaceptable. Lo que ven mis ojos cuando me acerco a él es un enorme palote sin sentido; una caricatura del crucifijo, y por tanto una afrenta al maravilloso Sagrado Corazón de Jesús dorado que preside la inmensa plaza frente a la Basílica de Nuestra Señora del Rosario. ¡Esa panorámica sí que es majestosa, con la bella basílica al fondo, su impresionante columnata y el Rey de Reyes, reluciente y monumental, dominando todo ese espacio sobre una grandiosa columna! Pero ese trazo risible en medio de la nada, ese rayajo estampado por un párvulo en un folio impecable, es, no cabe duda, un monumento indigno de un lugar como ése. Es ocioso decir —o debiera serlo— que una obra antiestética es contraria a la fe misma, en tanto enemiga de los llamados universales (o propiedades del ser), que son la verdad, la bondad y la belleza.

Me dirán algunos que yo poseo una sensibilidad exquisita, que hay que respetar también el arte moderno, que es, cómo no, una cuestión de gustos; y yo podría replicar diciendo que quien recurre a la relatividad del gusto lo suele tener malo. Pero en modo alguno es una cuestión de gustos, sino una auténtica guerra por la disputa de las almas.

En cualquier caso aquí no acaba la cosa. Éste es sólo el origen de un itinerario salpicado de horribles obras artísticas. En el Santuario de Nuestra Señora de Fátima hay más espacios espantables y luciferinos. Otra obra indigna del lugar se encuentra remontando la cuesta hacia la Basílica de la Santísima Trinidad. En esa estancia multiusos —que lo mismo mañana sirve de pabellón polideportivo o de sala de conferencias, y que fue construida cuando el humo de Satanás ya había entrado en la Iglesia— surge ante los ojos atónicos del visitante un Cristo malcarado y rematadamente feo, al que no ayuda por cierto el oscuro material del que está compuesto. Mirar fijamente a la cara de este engendro, créanme, no provoca menos angustia que la que mueve la portada de cualquier película de terror actual.

Y si a continuación se desanda el camino y dirigimos nuestros pasos hacia la otra gran basílica, la de Nuestra Señora del Rosario, nos topamos en uno de los laterales de la plaza, cerca de la Rectoría, con la obra más irreverente de todas. El Pesebre, un nacimiento salido de la imaginación del «artista» José Aureliano. Dirán ustedes que el diseño piramidal del establo es muy original, pero indudablemente masónico. ¡Son tan descarados estos señores, y tan atrevido el padre espiritual que los anima, que no pueden ocultar su firma! El conjunto escultórico sin duda destila fealdad. Y preñado de simbolismo como está, sólo puede ser obra de los hijos de la viuda. Las figuras de José y María, en los extremos, también poseen forma piramidal, y recurrir aquí, para justificar este despropósito, a la estancia en Egipto de la Sagrada Familia, o a la Santísima Trinidad, es insultar a la inteligencia del cristiano y abusar de su paciencia. Como insultante es que la estrella del portal, o lo que sea eso que remata la maldita pirámide (jamás pensaría que es el Espíritu Santo), se parezca a cualquiera de las arañas gigantes que infestaron el Bosque Negro o los túneles de las Montañas de la Sombra en la magnífica saga literaria de Tolkien.

El significado que puedan tener las dos cabezas de ganado que olisquean al niño ni lo comento. Prefiero omitir lo que se me pasa por la cabeza. Más allá del buey y la mula, el verdadero espanto, bien mirado, no es otro que el niño. ¿Pero el niño ha nacido o está muerto? Porque de hecho tiene los ojos cerrados. Y no sólo eso, ya que en realidad en vez de estar en pañales, su cuerpo entero, hasta los hombros, está envuelto en lo que parecen vendas de lino, del mismo modo que se hacía con los cadáveres en los rituales funerarios del antiguo Egipto. Por otro lado, ¿no da cierto repelús mirar a ese crío? ¿No parece uno de esos muñecos salidos de una pesadilla? ¿Puede, en definitiva, un cosa así tener sentido en Fátima?

Por último, falta por entrar a la Basílica de Nuestra Señora del Rosario. En el fondo de la misma, junto al altar mayor y a la réplica de Nuestra Señora de Fátima, un crucificado rojizo y demoníaco pasa desapercibido pero cumple su función perturbadora. Debo reconocer que en un primer instante me fijé en él, si bien no consiguió desviar mi atención, puesta en la blancura del templo y en la pureza de sus líneas. Más adelante, cuando me comentaron si había reparado en esa cosa, me acordé del monstruo, dejándome su recuerdo una amarga sensación. Desgraciadamente no poseo fotografías de calidad de esta figura, aunque sí lo retraté con mi cámara, y allí supongo que permanecerá todavía, después de haber suplantado el anterior Cristo que había. En resumidas cuentas, este crucificado demoníaco está rapado, contrae sus piernas de forma totalmente inusual y difícil, y presenta una coloración rojiza que espanta el fervor y la paz del espíritu.

Finalmente cabe mencionar, como aporte artístico particular, el extraño Cristo que lució el “Papa” para la ceremonia de canonización de los pastorcillos Jacinta y Francisco hace escasas fechas. Pues bien, con todo esto a la vista de cualquiera, ¿se habrá preguntado el catolicismo qué hace un Cristo huyendo de la cruz y embadurnado de purpurina, como si fuera una diva que sólo busca el triunfo por medio del espectáculo?

En fin, ¿qué clase de Iglesia es ésta? Y sobre todo, ¿qué clase de cristianos somos al aceptar que este tipo de obras se pavoneen en nuestros templos?

Luis Segura

Luis Segura

Escritor, entregado a las Artes y las Letras, de corazón cristiano y espíritu humanista, Licenciado en Humanidades y Máster en Humanidades Digitales. En estos momentos cursa estudios de Ciencias Religiosas y se especializa en varias ramas de la Teología. Ha publicado varios ensayos (Diseñados para amar, La cultura en las series de televisión, La hoguera de las humanidades, Antítesis: La vieja guerra entre Dios y el diablo, o El psicópata y sus demonios), una novela que inaugura una saga de misterio de corte realista (Mercenarios de un dios oscuro), aplaudida por escritores de prestigio como Pío Moa; o el volumen de relatos Todo se acaba. Además, sostiene desde hace años un blog literario, con comentarios luminosos y muy personales sobre toda clase de libros, literatura de viajes, arte e incluso cine, seguido a diario por personas de medio mundo: La Cueva de los Libros