MEDITACIÓN

Nacimiento de Jesucristo

Meditación XXV

Composición de lugar. Contempla al Niño Jesús solito y pobre en el pesebre… por tu amor.

Petición. Yo te adoro y te amo, pobrecito Niño Jesús, con todo mi corazón.

Punto primero. Ven, alma mía, a contemplar una de las escenas más tiernas que han admirado los siglos, los Angeles y los hombres. Entra en ese desmantelado portal, y verás a un Niño el más hermoso y agraciado envuelto en pobres y limpios pañales… recostado sobre paja en un pesebre… ¿sabes quién es, cómo se llama?… Es tu Jesús… A un lado verás a una joven tierna que es su Madre, y llamase María, Virgen Inmaculada. Un varón respetable llora de ternura al contemplar este cuadro, y es ¿no le conoces? El glorioso San José… el más feliz de todos los mortales, que mereció ser tenido por padre de Jesús… Y tú, alma mía, ¿qué haces?… ¿qué le dices a ese Niño?… ¿No te atreves a llegar, por respeto, a su cuna?… Acércate con humildad; no temas, que nadie te dirá: Atrás. Toma al Niño Jesús en tus brazos, como María y José, y si de ello no te reconoces digna, adórale a lo menos con los sencillos pastores, besándole sus piececitos.

Punto segundo. Párate un poco al lado de sea cuna… Mira y remira a tu Niño Jesús… ¿No observas que te sonríe?… es que piensa en ti… ¿oyes sus vagidos?… ¿no ves correr sus lágrimas por sus sonrosadas mejillas?… Pues es que llora de amor por ti… ¡Oh qué dicha la tuya, hija mía! Jesús piensa en ti… sufre por ti… llora por ti… y todo eso antes que tú fueses, le conocieses y amases…, a pesar de no quererle conocer y amar y agradecer tanta finezas de amor… Mira al Niño Jesús y tórnale a mirar… ¡Cuán bueno es Jesús! ¡Cuán hermoso es Jesús! ¿cuánto te ama el Divino Niño Jesús!… ¿Y aún continuarás negándole o regateándole tu amor?.

Punto tercero. Pondera que este Jesús a quien arrullan unos pobres padres y festejan unos sencillos pastores en vil establo, es al propio tiempo adorado, alabado y recreado con música suavísima como Dios de cielos y tierra por miles de Angeles… Y mientras padece frío, viste los campos de flores, y esmalta de verdor las praderas, y cubre de hojas los árboles… Y en tanto se duerme en cuna de bestias, es honrado en un trono de gloria eterna en lo más excelso de los cielos…

¡Oh mi Niño Jesús! ¡Oh mi amado Jesús! ¡Oh mi adorado Jesús! Cuanto os veo más pobre y más abatido por mi amor en ese establo, tanto sois más amable a mi corazón… ¡Oh María, oh José! Disponed una cuna en mi corazón, que quiero albergar en ella a vuestro hijito Jesús… No la desprecies, Jesús de mi alma; ven y acepta tal cual es, la casa pobrecita de mi corazón… Adórnala Tú, purifícala Tú, con todas las virtudes, y conságrala para tu morada, y sea mi corazón tu lugar de descanso y recreo eternamente. Si más tuviera y cosa mejor poseyera, bien sabes, Niño hermoso, que sin reserva te la diera. Dame, pues, lo que me mandas, que es un corazón puro y humilde, y mándame lo que quieras. Amen.

Padre nuestro y la Oración final

Fruto. Representarnos en nuestro corazón al Divino Niño Jesús, recién nacido, con María y José, y retirarnos a menudo en nuestro interior haciendo muchos actos de adoración, amor y reconocimiento. Yo te adoro, Jesús mío, y te amo con todo mi corazón.

San Enrique de Ossó