El evangelista san Lucas presta una atención particular a la misericordia de Jesús. En su relato encontramos frecuentes episodios que ponen de relieve el amor misericordioso de Dios revelado en Cristo. Entre esos textos se encuentra el de la conversión de Zaqueo, que se lee en la liturgia de este Domingo XXXI DEL T.O. (ciclo C).

Zaqueo era el jefe de los publicanos de Jericó, una importante ciudad situada junto al río Jordán. Los publicanos eran los recaudadores de los impuestos que los judíos debían pagar a los ocupantes romanos; de ahí su consideración de pecadores públicos. Como explica Castellani:

«Los Publicanos eran receptores de rentas o cobradores de impuestos, pero no como los nuestros. Los romanos ponían a subasta pública los impuestos de una Provincia; y el “financiero” que ganaba el remate quedaba facultado para cobrar a la gente como pudiera –y, bajo mano, lo más que pudiera–; lo cual hacía por medio de cobradores terribles, los publicanos, cordialmente odiados, como todo cobrador: y mucho más por servir en definitiva a los romanos, los odiosos extranjeros. En suma, decir publicano era peor que decir ladrón; prácticamente era decir traidor o vendepatria…» (El Evangelio de Jesucristo, Domingo 10 después de Pentecostés)

Meditando con atención este episodio, podemos descubrir:

  1. A Cristo, imagen perfecta del amor misericordioso de Dios, tal y como se ha proclamado en la primera Lectura (Sb 11, 23-12, 2).

Dios, aunque aborrece el pecado, que no es obra suya, ama al mismo tiempo la creatura que Él hizo (San Agustín). Aquí alega, para persuadirnos de ello, la más convincente de las razones; nos ama porque somos cosa suya. En sus Epístolas, San Pablo no se cansa de destacar ese amor con que Dios nos ama (Efesios 2, 4) y esa infinita bondad que lo llevó hasta dar su Hijo por nosotros (Juan 3, 16) para hacernos semejantes a ese Hijo único.

«Nadie se salva, sino por la misericordia de Dios» (Dz 192). Esta Buena Nueva de la bondad de Dios nunca hubiera podido ser conocida si Él mismo no nos la hubiese descubierto. En ella reside nuestra suprema felicidad, y nuestra salvación, porque el hombre que no se cree amado y redimido por la gracia de Dios, caerá o en el abismo de la desesperación al ver su miseria propia, o en la soberbia de creerse justificado por sí mismo (cfr. Mons STRAUBINGER, La Sagrada Biblia, loc. cit).

  1. En Zaqueo reconocemos también al pecador que recibe el abrazo del perdón y la llamada a la conversión.

Todo el que tiene interés por descubrir la verdad, encuentra, como Zaqueo la higuera que le haga ver a Jesús. Leemos que la Sabiduría «se deja ver fácilmente de los que la aman, y hallar de los que la buscan. Se anticipa a aquellos que la codician; poniéndoseles delante ella misma» (Sab 6, 13-14)

De aquí deduce San Juan Crisóstomo que si alguien dice no entender las palabras de Dios, no es que le falte inteligencia, sino amor. El que desea unirse a Cristo, ya ya lo tiene, pues si lo desea es porque el Espíritu Santo ha obrado en él. Y desearlo es ya tenerle, porque Él está deseando darse, es decir, que se da a todo el que desea.

El que sale a buscar a Cristo se hallará con que a la puerta de su propia casa estaba Él esperándole. Cristo es quien está a nuestra puerta y nos llama” a su banquete (Ap 3, 20). Comentando la cita del Apocalipsis Sales recuerda los movimientos de la gracia y cita oportunamente al Concilio de Trento para recordar que el hombre con sus fuerzas naturales «no puede hacer ningún bien útil para la salvación» (cfr. STRAUBINGER, ibid.).

  1. Por último en el cambio de vida que anuncia Zaqueo vemos reflejada la vocación del convertido: ser como el Señor que le ha perdonado, compasivo y misericordioso.

La referencia primera y última de la vida moral del cristiano será siempre Jesucristo que es el camino, la verdad y la vida. Contemplándole en la fe, los fieles de Cristo podemos esperar que Él cumpla en nosotros sus promesas y que nosotros realicemos las obras que corresponden a nuestra dignidad de cristianos. La conversión de Zaqueo nos recuerda tres órdenes de realidades que, en sus diversas formas, se tienen que hacer presentes en la vida de todo cristiano (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1697-1698):

  • El pecado y del perdón, porque sin reconocerse pecador, el hombre no puede conocer la verdad sobre sí mismo, condición del obrar justo, y sin la oferta del perdón no podría soportar esta verdad.
  • La gracia, pues por la gracia somos salvados, y por la gracia también nuestras obras pueden dar fruto para la vida eterna.
  • Las virtudes cristianas de fe, esperanza y caridad en cuyo ejercicio el cristiano encuentra el único camino hacia la dicha eterna que constituye el fin último de su vocación a la vida sobrenatural.

Zaqueo acogió a Jesús y se convirtió, porque Jesús había puesto  antes sus ojos en Él. Pidamos a la Virgen María que también fije en nosotros una mirada de misericordia para que experimentemos la alegría de recibir en la morada de nuestra alma al Hijo de Dios, de ser transformados por su amor y de hacer llegar a los demás su misericordia.

Padre Ángel David Martín Rubio