“De Santa María, nunca bastante” San Bernardo

Nuestra Madre y Señora, la Santísima Virgen, nos ama inmensamente y es el camino más corto y seguro para llegar a Nuestro Señor Jesucristo. Ella sólo quiere que le devolvamos al menos una pequeña parte del inmenso amor que siente por nosotros. María se encarga de proteger a sus devotos, como el águila a sus polluelos, en la vida y sobre todo en la hora de la muerte y no permitirá que ninguno de ellos se condene eternamente.

“Si pudiéramos reunir el amor que todas las madres del mundo sienten hacia sus hijos todavía quedaría muy lejos del amor que siente María hacia cada uno de nosotros individualmente” San Alfonso María de Ligorio, Doctor de la Iglesia

Por lo tanto es incompatible querer salvarse y no tener mucha devoción a María, no acordarse de Ella habitualmente y no tener detalles de devoción. Menospreciar la devoción a la Virgen considerándola de mujercitas o algo de poca importancia es una trampa mortal del enemigo que la odia. Si los demonios tiemblan al oír el santo nombre de María por algo será. No pueden ni pronunciar su nombre.

El mismo santo cuenta la siguiente historia en su famosa obra las Glorias de María:

 “En una ciudad de Flandes, a principios del siglo XVII, había dos estudiantes amigos que frecuentaban las tabernas y burdeles. Un día, uno de ellos se retiró antes a su casa y el otro se quedó más tiempo en un burdel. El que se retiró antes solía rezar al acostarse las tres Avemarías, aunque de mala gana y medio dormido. A mitad de la noche se despertó con una terrible visión.

Vio a su amigo lamentándose desesperadamente entre llamas y con aspecto monstruoso, que le dijo que al salir del burdel se vio envuelto en una reyerta, perdió la vida y se condenó. “A ti te hubiera pasado lo mismo de no ser porque la Virgen intercedió por ti, ya que rezabas las tres Avemarías”. A la mañana siguiente el joven comprobó que su amigo había muerto. Entendió la lección y que debía su salvación a María. Profundamente conmovido, abandonó su mala vida, abrazó la vida religiosa y misionera y años más tarde murió mártir en Japón”.

Ser devoto de María no nos evita el esfuerzo para luchar contra el pecado y las contrariedades de la vida, pero sí que nos otorga una fortaleza y protección especial.

Es posible que un devoto de María pueda tener recaídas en el pecado, pero si tiene sincero propósito de enmienda, María se encargará de liberarlo paulatinamente de los vicios que le encadenan y hará que muera en gracia de Dios.

Es imposible que un devoto de María se condene, éste es uno de los puntos en que más insiste San Alfonso María de Ligorio en su obra “Las Glorias de María”: “Ella le alcanzará luz, arrepentimiento, verdadero dolor de sus pecados, perseverancia en la virtud y al fin morir en gracia”.

Para San Alfonso, la devoción a María es una gracia que Dios concede solamente a aquellos que quiere salvar:

“Ningún pecador, por grande que sea, que se encomiende devotamente a María, llegará a ser presa del fuego del infierno”, como reveló el Señor a Santa Catalina de Siena.

No hay que abusar de la gracia

Naturalmente esto no significa que alguien que viva habitualmente en el pecado, sin esfuerzo por salir de él, vaya a salvarse sólo por confiar en que María le salvará. Es necesario, por supuesto, tener un sincero propósito de enmienda.

Si es así, aunque haya recaídas, no dudemos de que María se encargará de guiarnos hacia la salvación. Rezar el Santo Rosario, es una forma ideal de mostrar devoción hacia María. Así como las tres Avemarías, el Santo Escapulario, meditar sus Dolores…

El rezo diario del santo Rosario es la piedra angular de la devoción mariana. Si lo hacemos estaremos pidiendo 50 veces al día a la Virgen que ruegue por nosotros en la hora de nuestra muerte (sería más de 18000 veces al año). Siendo la Virgen Nuestra Madre amorosísima es materialmente imposible que desoiga esta súplica.

El rezo del Santo Rosario, tan recomendado por los Papas y los santos, es un deseo expreso de la Virgen, desde que se lo encomendase a Santo Domingo de Guzmán hasta las apariciones de Lourdes y Fátima.

La única condición es que el rezo sea piadoso (eso significa que si alguien viviera en pecado sin querer salir de él, no sería un Rosario piadoso sino impío)

Rezar el Rosario es obsequiar a Nuestra madre con una preciosa corona de 50 flores. El Avemaría agrada tanto a la Virgen por dos razones: en la primera parte recibe piropos filiales de sus hijos que ensalzan las maravillas que Dios ha hecho en Ella. La segunda parte es una petición confiada en donde le pedimos que no nos abandone en ningún momento de nuestra vida y sobre todo en el momento crucial de la muerte, que dirime nuestro destino eterno.

El Salterio Mariano de San Buenaventura, dice: “Señora, vuestros devotos, no verán la muerte eterna”. Y San Alfonso, Doctor de la Iglesia, sentencia: “Jamás se ha visto que una alma humilde y amante de María se condene”.

Rafael María Molina Sánchez