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Obediencia a la Ley moral: ¿Humildad o fariseismo?

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Escrito por Hemos Visto

El 2 de Febrero se celebra la Fiesta Litúrgica de la Presentación de Nuestro Señor en el Templo y la Purificación de María Santísima (Cfr Lucas 2, 22). Dice la Sagrada Escritura que la Virgen María acudió al Templo de Jerusalén para ofrecer a su primogénito y cumplir así la norma legal establecida por la ley mosáica. Según esa ley judía, la mujer al dar a luz quedaba impura y esa “impureza legal” acababa a los 40 días del parto y precisaba el cumplimiento de ese rito. Además, el hijo primogénito de cada familia judía pertenecía a Dios y, como reconocimiento moral de este hecho, debía ser presentado en el Templo por sus padres. La liturgia católica celebra esta memoria con categoría de “fiesta” desde los primeros siglos del cristianismo. Y hoy, en pleno tercer milenio, se nos invita a considerar este doble hecho de humildad (de Nuestro Señor Jesucristo y de su Santísima Madre): ambos se atienen a un precepto religioso al que NO tenían porqué someterse ya que la Virgen María concibió por obra del Espíritu Santo (lo cual impedía la más mínima forma de impureza) y ya que Jesús era Dios (lo cual hacía supérfluo ese ofrecimiento).

Pues bien, tras la introducción expresada con fundamentación bíblica, nos hacemos la pregunta que intitula esta carta: ¿Es la obediencia a la ley moral una forma de humildad o una actitud de fariseismo?………si Nuestro Señor Jesucristo (Señor y Dueño de toda ley, ya sea natural o sobrenatural) y Nuestra Madre que es Madre de Dios (Reina del Cielo y de la Tierra, y Reina de la Iglesia fundada por Cristo) se sometieron al cumplimiento de las normas morales, ¿podemos de verdad afirmar…o creer….que nuestra fe cristiana ha de basarse solo en el “carisma” dejando de lado toda ley o precepto normativo para seguir solo el dictado de la propia conciencia autosuficiente de toda formación objetiva?; o bien, siguiendo el examen de conciencia (a nivel personal, social y hasta eclesial): ¿de verdad podemos calificar de “fariseos”, “pelagianos”, “voluntaristas”, “cerrados” o “intransigentes” a aquellos católicos que se adapten o intenten adaptarse a las referencias morales emanadas de la doctrina y elaboradas tras siglos de discernimiento?….

Es MUY importante que tengamos la valentía de hacernos estas preguntas en la intimidad de la conciencia y, a ser posible, hacerlas delante de Jesús Sacramentado en el Sagrario (donde habita su humildísima presencia real), para, desde la honestidad personal, seamos capaces de hacernos los siguientes propósitos de vida espiritual:

1º) Propósito de formar la conciencia. Para ello acudir a la referencia más sencilla y asequible que es el Catecismo de la Iglesia Católica. Y, como nos aconsejaba el Papa Benedicto XVI en su carta de presentación del Año de la Fe (2012-13): complementar esa formación con la lectura adecuada de las vidas de santos, cuyos testimonios vitales son la mejor garantía de que la misma salvación depende en gran parte de tener la conciencia bien formada.

2º) Propósito de ayudar a la formación de otras conciencias. No eludir nuestra responsabilidad como cristianos (y mayor aún si estamos confirmados) en el apostolado, sabiendo diferenciar el proselitismo sectario (que es reprobable) al sano impulso misionero (que ni es estupidez ni por supuesto pecado) que emana del mandato de Nuestro Señor Jesucristo ya resucitado (Marcos 16,15). Y, unido al propósito anterior, tener plena conciencia de que somos mediadores y no realizamos la tarea ideológica sino de acercamiento a Cristo, evitando así que nuestros “carismas” eclipsen al único carisma de Nuestro Señor.

3º) Propósito de OBEDECER toda ley o norma emanada de la Moral Católica. Y de enseñarlo así a todas aquellas almas que Dios pone en nuestro camino (familia, parroquia, trabajo, vida social….). Solamente cuando la obediencia a la norma se viva como un fin en si mismo, cuando el “amor” a la norma esté por encima del amor al Señor que hace la norma, se trata de fariseismo e hipocresía del todo reprobable (Mateo 23,23), y solo en ese caso se puede calificar como fundamentalista esa actitud del todo ajeno a la voluntad de Dios. Pero cuando la obediencia a la norma, y aún a la más mínima norma, se hace desde la humildad de servir a Nuestro Señor aunque esa docilidad nos cueste mucho, o se oponga a nuestras ideas, o contradiga la forma mayoritaria de pensar en la sociedad………., entonces nada malo se puede decir de esa actitud que es la propia de los santos y, por tanto, del todo agradable a Dios Nuestro Señor.

“Cuidad que nadie os engañe” (Mateo 24,4): retengamos esta advertencia de Nuestro Redentor en los tiempos que HOY se viven. Que nadie nos haga creer que la vida cristiana es ajena a la ley moral, a los preceptos, a las normas que han de cumplirse y VIVIRSE con mucho Amor, pero no despreciarlas ni excluirlas, ni menos aún jactarse de obviarlas para acto seguido condenar como fariseos a los que las cumplen y/o enseñan a los demás a cumplirlas. Que el humo (sutil) de Satanás no empañe nuestra vida espiritual sustituyendo el perfume de la humildad por el veneno de la soberbia disfrazada de “renovación”.

Boletín de la Diócesis de Oruro.