ADELANTE LA FE

Ofender al sacerdote, es ofender a Dios

Respeta con toda tu alma al Señor, y reverencia a sus sacerdotes.

Ama con todas tus fuerzas a quien te ha creado, y no abandones a sus ministros.

Teme al Señor con toda tu alma, y honra al sacerdote.

Eclo. 7, 31-33.

Queridos hermanos, no se debe perder el respeto a los sacerdotes, es faltar el respeto al Señor. La tradición nos ha dejado la forma de tratar los fieles a los sacerdotes dirigiéndose a ellos de usted y besándoles la mano. Dos aspectos de gran respeto a su condición de ministros del Señor y de su alta responsabilidad hacia las almas, y, por encima de todo, porque el sacerdote consagra. Porque sus manos son las Manos del Señor, como su voz es la Voz del Señor.

Ofender al sacerdote es ofender a Dios, es pecar contra el primer mandamiento. Hay que cuidar al sacerdote con el respeto que se merece, como cuidar al Señor. Pensarán en experiencias personales de este sacerdote o de aquel; sí, mucha culpa tenemos nosotros por nuestra falta de santidad y falta de ejemplaridad, pero aun así la verdad de ser imagen de Cristo permanece, la grandiosidad de poder transubstanciar el pan y el vino en el  Cuerpo y Sangre de nuestro Señor Jesucristo nos obliga a la santidad a los propios sacerdotes y al máximo respeto por parte de  los fieles.

El sacerdote no es uno más. No es un amigo más. Un compañero más. Es un hombre elegido especialmente por Dios para Él, para servirle especialmente haciendo Su Voluntad. Es Dios mismo quien le dice al sacerdote: Quiero que consagres Mi Cuerpo y Mi Sangre. Es el propio Señor quien le dice a su sacerdote: ¿Eres consciente de que Me Tocas?  Las manos del sacerdote son las Manos del Señor. La voz del sacerdote es la Voz del Señor. Cuanto más consciente sea de ello el sacerdote, más se llenará de Dios, y seguirá el camino correcto en su sacerdocio. El Señor  le guiará y le llenará de  gracias que irá descubriendo poco a poco el propio sacerdote.  De igual forma cuánto más conscientes sean los fieles de esta realidad, más respeto tendrán a sus sacerdotes.

La vida del sacerdote es una vida hacia delante, ni un paso atrás. Como el Señor iba de una región a otra, sin volver nunca  atrás, caminando hacia la cruz, así ha de andar el sacerdote en su vida ministerial, andar hacia la cruz, hacia el Calvario, cumpliendo su cometido día a día. Anhelar la santidad  es no desear nada antes de tiempo. Saber que todo tiene su momento. No mirar hacia atrás es tener el punto de mira en el Cielo. La santidad sacerdotal nos exige ir siempre hacia delante, hacia la cruz, hacia el Cielo.

Ante esta grandeza del sacerdocio católico, único y sin igual, incomparable e inigualable, el fiel debe prestar el máximo respeto al  representante de Cristo. Hasta el sacerdote más indigno es un sacerdote ordenado, en este caso, podemos corregir al sacerdote pero no ofenderle.

El respeto se debe también de los hijos a los padres, a los superiores, entre los esposos. Jesús nos dio ejemplo con su obediencia a San José, con el sometimiento María y José. María respetaba a José, siendo quien era, la Santísima Virgen. También María obedeció a san Joaquín y a santa Ana. El respeto debe estar muy presente en nuestras vidas, ayudando mucho esto a comprender el especial respeto al sacerdote.

Las santas Llagas del Señor siguen abriéndose y manando su preciosísima Sangre cuando el sacerdote es ofendido, o calumniado, o insultado. El Señor quiere que sus sacerdotes sean respetados, pues respetarles a ellos es respetarle a Él.

Pero, esos sacerdotes indignos se alejaron del Sagrado Corazón de Jesús, dejándose arrastrar por el mundo. Abandonaron al  Señor a los pies de la cruz. No fueron precavidos, no atendieron  a los avisos del Señor. Se olvidaron del Sacrificio. No respetaron al Señor. Latigaron su Cuerpo, le golpearon, le escupieron, taladraron su Cuerpo y le crucificaron. Pues aun así, con el debido respeto hay que corregirles y recordarles lo que siguen siendo, otros Cristos. El Señor sigue esperando de ellos el cambio, espera ser aliviado en sus dolores por el sacerdote transformado, retomando el camino hacia delante que dejó, y nunca debiera haberlo hecho.

Un alma que verdaderamente ama a Dios sufre cuando se ofende a un sacerdote, porque ama al sacerdote como ama a Dios. Entiende, como nadie, la necesidad del respeto debido al sacerdote, no quiere que se le ofenda y lo defiende abiertamente sin reparar en las consecuencias personales. No permite que delante de ella se hable mal de ningún sacerdote, aun cuando podría haber razones para ello. Un alma que ama a Dios nunca faltará el respeto a un sacerdote, y si es necesario corregirlo lo hará con respeto.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa.

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo “Mysterium Fidei” sobre la Misa tradicional.