MEDITACIÓN

Oración de Jesús en el huerto

Oración de Jesús en el huerto

Composición de lugar. Contempla a Jesús sudando gotas de sangre, solo, en el huerto de Getsemaní.

Petición. Conozca, Jesús mío, la grandeza de vuestro amor y de vuestro dolor.

Punto primero Despierta y ven, alma mía a contemplar cómo la alegría de los cielos se entristece, y teme la fortaleza de Dios, y siente tedio y congoja mortal el que forma la delicias de los Ángeles… Ven a acompañar en su soledad y agonía al que es la fuente de la vida y de la dicha… Bajo sombríos olivos… en la frondosidad de un huerto… verás al trabes de pálidos reflejos de la luna cómo ora, suda sangre y agoniza tu Divino Redentor Jesús… y esto por tu amor… – Se aparta de la compañía de los Apóstoles, y postrado en tierra ora con grandísima reverencia tres veces al Padre celestial diciéndole: “Padre, si posible es, traspasa de Mí este cáliz; mas no se haga como Yo lo quiero, sino como Tú …” Aprende de Jesús a orar con reverencia. ¿Lo haces tú asís? – Tres horas ora Jesús, y se queja a los Apóstoles que dormían, porque no habían podido a lo menos velar con Él una hora… Cuántas veces te reprende Jesús y te dice: “Hija mía, ¿una hora, un cuarto de hora a los menos no has podido acompañar mi soledad con tu oración?…” Consuela a Jesús en su soledad y agonía, para que nunca jamás en adelante te dirija esta sentida queja.

Punto segundo. A la tercera vez que oró el Señor fue puesto en tan grande agonía, que comenzó a sudar gotas de sangre, que corrían por todo su Cuerpo sacratísima, hilo a hilo hasta caer en tierra… ¿Qué es esto, Jesús de mi alma?… No os azotan ahora los verdugos… ni os coronan los soldados… ni descubro clavos ni espinas que os hagan salir la sangre… ¿Por qué, Dios mío, este sudor de sangre, este dolor?… ¡Oh ánima mía! tus culpas son las espinas que le punzan… ésos los verdugos que le atormentan… ésa la carga tan pesada que le hace sudar este sudor… ¡Oh Corazón de mi amado Jesús! ¡Cuán caro te cuesta mi remedio y salud!… ¡Si a lo menos me aprovechase de ella, y esa sangre divina ablandase la dureza de mi corazón!!!

Punto tercero. Contempla el rostro de tu amado Jesús en este paso: aquella frente serena que esclarece la lumbre del cielo… aquella cara tan reverenciada de los Ángeles, ¡cuán demudada está!… ¡Goteada y cubierta toda de sudor de sangre!!! Aquellos ojos tan hermosos y piadosos, ¡cuán desfigurados!… Mira a Jesús, alma mía, en este paso, y tórnale a mirar… mirarte ha Él con unos ojos tan hermosos y piadosos, que al cruzarse sus mirada con la tuya te hará mucho bien… Dile: ¿Qué puedo hacer para consolarlos, Salvador mío? ¿qué debo hacer?… Estáis solo!!! Admitiréis mi ruin compañía?… Sí, la admitirá Jesús, hija mía, si procuras secar las fuentes de su tribulación y de su dolor. Tus pecados y los de todo el mundo… el olvido y desagradecimiento de tantas almas, que no habían de reconocer este beneficio, ni querer aprovecharse de tan costoso remedio: he ahí las causas de la agonía de Jesús… ¿Puedes tú hacer conocer y amar a Jesús, salvar muchas almas? Pues con eso complacerás al Divino Redentor.

¡Oh Jesús mío! Quiero de veras enjugar vuestro sudor, aliviar vuestros dolores, trabajando con mis oraciones y buen ejemplo en la conversión y santificación de las almas… No quiero que vuestra sangre caiga en el suelo; caiga mejor en la tierra de nuestros corazones, para con ella ablandar su dureza y convertirlos a Vos. Amen.

Padre nuestro y la Oración final.

Fruto. Procura todas las noches al acostarte pensar unos momentos en este paso de la agonía de Jesús en el huerto, rezando un Padre nuestro por los agonizantes. Repite entre día muy a menudo, a lo menos cuando dan horas: Corazón de Jesús puesto en agonía, apiadaos de los que mueren en este día. – Corazón de Jesús agonizante, apiadaos de los que mueren en este instante.

San Enrique de Ossó

Meditación

Meditaciones diarias de los misterios de nuestra Santa Fe y de la vida de Cristo Nuestro Señor y de los Santos.