ADELANTE LA FE

Penitencias, cilicios, disciplinas

Recientemente, se ha armado un debate en mi patria, La Argentina, acerca de unas supuestas penitencias corporales, a las cuales eran sometidas las Carmelitas de Nogoyá, en la provincia de Entre Ríos.

Muchos han expresado sus opiniones. Recomiendo leer las notas del p. Javier Olivera (aquí) y las de María Virginia Gristelli (aquí y aquí). El mundo liberal las ha atacado duramente. E incluso algunas mismas Carmelitas, poniéndose más del lado de los enemigos que de sus propias hermanas de Religión, han expresado: «Algunas prácticas penitenciales hoy nos resultan chocantes.»

Frente a todo ello, conviene recordar algunos puntos fundamentales de nuestra Fe católica:

  • El hombre es una unidad sustancial de cuerpo y alma. Tanto el uno como el otro fueron creados por Dios, y son, por ello, buenos. El hombre no debe odiar ni la materia, ni su propia corporeidad, con todo lo que ello implica. El maniqueísmo, que sostenía el aborrecimiento a la materia, fue condenado como una herejía por la santa Iglesia[1].
  • Adán y Eva cometieron el pecado original, el cual pasó a sus descendientes. Dicho pecado inclina la inteligencia al error, la voluntad al mal e incentiva el desordenamiento de las pasiones[2]. Para controlar dicho desorden, conviene imponerse la privación de bienes, no sólo los pecaminosos, sino incluso los lícitos. De este modo se hace que el cuerpo se someta al espíritu, y éste a Dios.
  • Jesucristo se hizo hombre sin dejar su Divinidad, «sin dejar de ser lo que era ha asumido lo que no era»[3], «consustancial al Padre según la divinidad, y consustancial a nosotros según la humanidad, “en todo semejante a nosotros menos en el pecado” [cf. Heb. 4, 15]»[4], ha querido no sólo redimirnos eligiendo morir, sino también el modo de hacerlo: no morir cómodo en una cama, sino torturado en la Cruz. «Su Pasión era voluntaria»[5], como escribió Dionisio de Alejandría.
  • Así como el pecado daña al Cuerpo Místico, de modo semejante las buenas obras ayudan a toda la Iglesia. «Si un miembro sufre, sufren con él todos los miembros; y si un miembro es honrado, se regocijan con él todos los miembros» [1 Cor. 12, 26]. Así fue como los cristianos, desde muy antiguo, comenzaron a hacer penitencias para parecerse a Cristo paciente, y colaborar de este modo en la Redención de los demás. «Completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, para el bien de su Cuerpo, que es la Iglesia» [Col. 1, 24]. Por esto nuestro Señor dice que algunos demonios sólo se expulsan por la oración y el ayuno [cf. Mc. 9, 29]. Como escribió el Papa Pío XII: «Misterio verdaderamente tremendo y que jamás se meditará bastante, el que la salvación de muchos dependa de las oraciones y voluntarias mortificaciones de los miembros del Cuerpo místico de Jesucristo.»[6]
  • La penitencia esencial es la interior, que se da por la práctica de la humildad, la obediencia, la renuncia interior, etc. Pero dado que somos una unidad sustancial, como dice Santo Tomás, «está conforme con la recta razón el que uno se duela de lo que debe dolerse. Y esto es prácticamente lo que encontramos en la penitencia»[7]. «Su acto propio es ofrecer reparaciones a Dios por las faltas cometidas contra Él»[8]. De este modo «abarca en cierto modo elementos que pertenecen a todas las virtudes»[9].

Los santos vieron en la práctica de la penitencia el modo de convertir a los pecadores. Sirva, como único ejemplo, este consejo que diera el Cura de Ars «a un párroco que se lamentaba en su presencia de la frialdad de sus feligreses y de la esterilidad de su celo, le contestó con estas frases que parecen fuertes, pero que habían de ser bien recibidas por aquel a quien iban dirigidas: “¿Ha predicado usted? ¿Ha orado? ¿Ha ayunado? ¿Ha tomado disciplinas? ¿Ha dormido sobre duro? Mientras no se resuelva usted a esto no tiene derecho a quejarse”.»[10]

El mundo que acepta privaciones para ganar una corona que se marchita (como se ve en los deportistas), o peor aún, para pecar contra Dios, no puede comprender a los santos que dicen con San Pablo: «Castigo mi cuerpo y lo esclavizo» [1 Cor. 9, 27].

Lutero fue el primero que negó el valor de la penitencia. Su doctrina fue condenada en el Concilio de Trento[11]. Este ataque fue el mismo que realizó la Revolución Francesa contra las casas religiosas: «El 28 de octubre [de 1789] se prohibió la emisión de votos en todos los conventos…, ¡y ello en nombre de la libertad individual!»[12]

No es de extrañar que este ataque del liberalismo, primero se disfrazara de americanismo, le cual exaltaba la práctica de las virtudes “activas” y despreciaba las “pasivas”[13], y luego tomara nueva fuerza con el modernismo[14], «conjunto de todas las herejías»[15].

El mundo, como carece de fe, no puede entender el deseo de expiación de Jesucristo y de los santos que se asocian a Él. Y el progresismo cristiano, que continúa desarrollando las ideas liberales y modernistas que tienen su origen en Lutero, dando preferencia al “amor como ley primera”, a “la verdad como camino” y a “la libertad como dignidad de hijos”, sigue sosteniendo que “formas y costumbres que respondían a la sensibilidad del siglo XVI, no dicen nada o son incomprensibles a la sensibilidad del tiempo que vivimos”.

Dios nos preserve del mundo, del que se proclama en los medios de comunicación, y del que se vive dentro de los claustros religiosos. Hagamos, como la recomienda la Virgen en Fátima, oración y penitencia por la conversión de los pecadores, primero la nuestra propia, y luego la de los demás.

Padre Jorge Luis Hidalgo

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[1] Denz. 428, Concilio IV de Letrán (1215): sobre la Fe católica, contra los albigenses y otros herejes; cf. también Denz. 1783, Concilio Vaticano I (1869 – 1870): constitución dogmática sobre la Fe católica, sesión III (24 de abril de 1870).

[2] Denz. 789, Concilio de Trento (1545 – 1563), sesión V, decreto sobre el pecado original (17 de junio de 1546).

[3] Antífona al Benedictus de la Solemnidad de la Santísima Virgen María, Madre de Dios, cf. Catecismo de la Iglesia Católica n. 469.

[4] Denz. 148, Concilio de Calcedonia (451): definición de las dos naturalezas de Cristo contra los monofisitas.

[5] Dionisio de Alejandría, Fragmentos 2, en La Biblia Comentada por los Padres de la Iglesia, NT 4ª: Evangelio según San Juan (1-10), Ciudad Nueva, 2012, In Jn. 10, 18 a, p. 467.

[6] Pío XII, Mystici Corporis Christi, 29 de junio de 1943.

[7] Santo Tomás, Suma de Teología, III, 85, 1.

[8] Santo Tomás, Suma de Teología, III, 85, 4.

[9] Santo Tomás, Suma de Teología, III, 85, 3 ad 4: «La penitencia, aunque directamente sea una especie de justicia, abarca en cierto modo elementos que pertenecen a todas las virtudes. Porque en cuanto que es una cierta justicia del hombre para con Dios, necesariamente participa de ciertos aspectos de las virtudes teologales, que tienen a Dios por objeto. Así pues, la penitencia incluye: la fe en la Pasión de Cristo, por la cual somos justificados de nuestros pecados; la esperanza del perdón, y el odio de los vicios, lo cual pertenece a la caridad. En cuanto que es una virtud moral, participa algo de la prudencia, que es la regidora de todas las virtudes morales. Pero bajo el aspecto mismo de justicia, no sólo posee lo propio de la justicia, sino también lo de la templanza y la fortaleza: porque las cosas que causan deleite (moderado por la templanza), o las cosas que provocan terror (moderado por la fortaleza), se convierten en materia de conmutación, o sea, de justicia. Y, según esto, a la justicia pertenece el abstenerse de los deleites (propio de la templanza) y el soportar los sufrimientos (propio de la fortaleza).»

[10] Francis Trochu, El Cura de Ars, Ediciones Palabra, 2003, p. 371.

[11] Denz. 904, 922 – 923, Concilio de Trento (1545 – 1563), sesión XIV, sobre la necesidad y el fruto de la satisfacción (25 de noviembre de 1551).

[12] P. Alfredo Sáenz, La Nave y las Tempestades, t. VIII: La Revolución Francesa 2º parte: La Revolución desatada, Gladius, 2007, p. 85.

[13] León XIII, Carta Testem benevolentiae al Card. James Gibbons, 22 de enero de 1899: «El fundamento sobre el que se fundan estas nuevas ideas es que, con el fin de atraer más fácilmente a aquellos que disienten de ella, la Iglesia debe adecuar sus enseñanzas más conforme con el espíritu de la época, aflojar algo de su antigua severidad y hacer algunas concesiones a opiniones nuevas […] Mientras las virtudes pasivas [tales como la penitencia] encontraron su mejor lugar en tiempos pasados, nuestra época debe estar caracterizada por las activas.» Como consecuencia de dichos errores, se despreciaba la vida religiosa. «“La plegaria continua del hombre justo” sirve para traer las bendiciones del cielo cuando a tales plegarias se añade la mortificación corporal.»

[14] S. Pío X, Pascendi Dominici Gregis, 8 de septiembre de 1907, n. 37: «En la parte moral [los modernistas] hacen suya aquella sentencia de los americanistas: que las virtudes activas han de ser antepuestas a las pasivas, y que deben practicarse aquéllas con preferencia a éstas.»

[15] S. Pío X, Pascendi Dominici Gregis, 8 de septiembre de 1907, n. 38.

Padre Jorge Luis Hidalgo

Nacimiento: 13 de mayo de 1982, en Buenos Aires. Estudios primarios y secundarios en Ingeniero Luiggi, La Pampa, diócesis de Santa Rosa. Estudié en el seminario San Miguel Arcángel, en la diócesis de San Luis. Ordenación sacerdotal: 20 de marzo de 2009. He sido destinado, luego de finalizar el seminario, a la parroquia Santa Teresita, de Realicó, en el año 2007, antes de ser diácono. Desde el año 2008 hasta marzo de 2011 estuve en la parroquia Nuestra Señora de Luján, en Catriló. Desde el 20 de junio de 2012 estoy en la Parroquia Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, en el barrio Butaló, de Santa Rosa.