THE REMNANT

El Portero de China: Padre Ambrogio Poletti

Un puente conecta los dos territorios. Unos metros de alambre de púa separan dos pueblos y dos civilizaciones. La distancia física puede ser medida en pocos metros. La distancia moral, sin embargo, no puede ser medida. De un lado hay libertad, del otro, negación de toda libertad religiosa. – Padre Ambrogio Poletti, en “El Sacerdote en la Cortina de Bambú”.

A. Poletti lleva al obispo Ferroni hacia su libertad

Debajo de la visera de una mugrienta y desgastada gorra, dos ojos hundidos con bordes negros miraban hacia adelante desde sus órbitas, como paralizados de miedo. Una barba desalineada colgaba de sus mejillas pronunciadas como grises estalactitas. Parches sin pelo detallaban la zona donde los torturadores le habían arrancado el cabello durante sus interrogatorios.  Sobre una camilla yacía un obispo italiano de 63 años, frágil y débil. Su túnica negra y sus pantalones sucios cubrían holgadamente sus huesos. Sus pies hinchados estaban cubiertos con zapatos chinos de tela negra – envueltos y atados con restos de cordel.

Después de tres años y siete meses dentro de una prisión en la China comunista, el obispo Alfonso Maria Corrado Ferroni (1892-1966, Orden de los Frailes Menores) pesaba no más de 35 kilos cuando antes pesaba 90, había perdido unos 55 kilos.

Su primer día de libertad: el 17 de septiembre de 1955, el día de la fiesta de la impresión de los estigmas sobre San Francisco.

“Bienvenido a la libertad. Todo está bien. Ya se ha terminado,” susurró el padre Ambrogio Poletti (1905-73, Pontificio Instituto Misiones Extranjeras).

El padre Poletti siempre daba la bienvenida a quienes llegaban al puente Lo Wu, el “Puente de la Libertad” que cruzaba la frontera entre la República Popular China y la colonia de la corona británica de Hong Kong, la frontera entre el comunismo y el colonialismo, el marxismo y el capitalismo, el salvajismo y la civilización, la tiranía y la democracia, el materialismo y el espiritualismo, la opresión y la compasión, la muerta y la vida.

Algunos caminaron el corto tramo desde la tierra con la bandera roja de cinco estrellas – sangriento símbolo de revolución y comunismo – a la tierra con la bandera británica, engalanada con tres cruces cristianas, las de San Jorge, San Patricio y San Andrés, símbolo del amor caritativo.

Algunos llegaron muertos. Algunos casi muertos. Algunos desquiciados, tras años de abuso, hambre, humillación e interrogatorios. Algunos rengueando. Algunos colapsaron y fueron cargados. Algunos cruzaron sobre ruedas. Un sacerdote jesuita corrió a través del alambre de púa, gritando, enloquecido por la tortura física, emocional y mental que había vivido.

Cuando los comunistas tomaron el control de la China continental en 1949, los implementadores de esta ideología atea y materialista lanzaron una persecución religiosa contra los creyentes del Dios en la cruz. Los que se negaban a renunciar a la Iglesia del oeste imperialista, eran arrestados, encarcelados, interrogados y torturados. El objetivo del régimen: controlar a los católicos nativos y librar al país de los “perros” extranjeros.

Con la ayuda del Superintendente de la policía británica, A.L. Gordon, el padre Poletti levantó cuidadosamente al obispo de su camilla de tela y cargó el cuerpo vivo a través de las vías del tren y a través del puente Lo Wu, un cruce principal en la frontera.

Nacido el 1º de febrero de 1892 en Rignano sull’Arno, en la provincia italiana de Florencia, el obispo Ferroni (foto de arriba) había sido ordenado en 1920. En 1922 fue enviado a la China continental, pasó 30 años sirviendo a los enfermos, moribundos, pobres, hambrientos, necesitados, huérfanos y viudas. En 1932 fue consagrado obispo de la diócesis de Laohekou (Laohokow), a orillas del río Han, en la provincia de Hubei.

Fue arrestado en febrero de 1952, y esposado durante los tres primeros meses, cosa que dejó una cicatriz en su carne. Durante toda su encarcelación, permaneció recluido a solas, sufriendo tortura, privaciones, hambre, y beriberi. En todo ese tiempo, jamás recibió una aclaración de los cargos en su contra.

Desterrado para siempre del territorio, el casi muerto obispo Ferroni apenas sobrevivió el viaje de 1.100 km desde el norte del río Yangtze hacia el sur, el delta del río Pearl.

Nadie esperaba al obispo. Mientras el padre Poletti lo consolaba, a las 2:30 de la tarde un policía británico de la estación de Lo Wu envió un telegrama a los misioneros franciscanos de Hong Kong, con un mensaje: el obispo de Laohekou acaba de llegar de China.

Las autoridades colocaron al obispo delirante en una ambulancia en la que murmuraba repetidamente, “No pueden cambiar mi mente. No pueden cambiar mis ideas,” mientras que el equipo de emergencias médicas lo alcanzó hasta el hospital de Santa Teresa, en el 327 de la calle Prince Edward, en Kowloon, fundada en 1940 por las hermanas de San Pablo de Chartres.

Tras su llegada y admisión al establecimiento médico católico, continuó murmurando sobre la “radio comunista”, las “luces”, y los “altavoces”, herramientas utilizadas en su contra durante los interrogatorios y el abuso físico.

Durante su primer día en el hospital recibió cuidados de urgencia, incluyendo una transfusión de sangre. El segundo día, su muerte era tan segura que un sacerdote le administró el sacramento de la extremaunción, la unción de los últimos ritos, una preparación para la muerte así como una oración para su recuperación.

Sorprendentemente, la salud del obispo tornó en mejoría y continuó mejorando. Recuperó su fuerza gradualmente y eventualmente retomó tareas pastorales. Pero nunca más regresó al continente donde los comunistas habían intentado destruirlo pero sin éxito.

“A pesar de sus amenazas y torturas, nunca cambiaría mi forma de pensar. Ellos querían poner un cerebro comunista en el mío. Fallaron,” dijo él.

El padre Poletti comprendió lo que significa burlar a la muerte en el continente con una vida en Hong Kong.

Nacido el 11 de junio de 1905 en Mandello del Lario, Italia, cuna de los famosos fabricantes de la motocicleta Moto Guzzi, fue ordenado el 25 de mayo de 1929. El 9 de noviembre de 1930, abandonó su hogar occidental por un apostolado oriental, y a la edad de 24 años arribó en Hong Kong, el 4 de diciembre de 1930.

Tras un curso acelerado e intensivo de idioma chino, en 1931 fue transferido al continente y asignado a Shanwei (antes conocido como Swa Bue), condado de Haifeng, el pueblo del dialecto Hakka, y luego, de 1932 a 1933, a la ciudad de Huizhou (Huichou), todo en la provincia de Guangdong (Kwantung).

En 1933 fue nombrado rector de Tam Tong (conocido ahora como Dantang), un pueblo en la orilla este, en una curva del río Danshui, cerca de Wing Wu, a unos 30 minutos en auto al sur de Huizhou.

Cuando la segunda guerra chino-japonesa (1937-45) llegó a su distrito, fue detenido y encerrado, desde diciembre de 1941 a marzo de 1942, en un campo de reclusión en la isla de Weizhou (Wai Chow), en el golfo de Tonkin. Tras su liberación, regresó a Hong Kong, que fue rendida ante el Japón imperial el 25 de diciembre de 1941, por parte del gobernador Mark Aitchison Young (1886-1974), quien fue capturado como prisionero de guerra.

El padre Poletti permaneció en la colonia de la corona durante la ocupación japonesa, que terminó con el final de la Segunda Guerra Mundial, el 15 de agosto de 1945. Tras un intento fallido de regresar a Tam Tong en 1946, al año siguiente logró atravesar a escondidas las líneas de la frontera comunista en el continente, donde la intermitente guerra civil china (1927-49) había sido reanudada por los nacionalistas, liderados por Jieshi Jiang (Kai-Shek Chiang, 1887-1975) y los comunistas, liderados por Zedong Mao (Tse-Tung Mao, 1893-1976).

En 1948, los rojos ganaron terreno cerca de su parroquia en Tam Tong. Los soldados rodearon su iglesia y cuando llamaron al sacerdote y le ordenaron que se rindiese, trepó por un tragaluz en el techo donde permaneció toda la noche mientras los comunistas saqueaban la iglesia.

El obispo Enrico Pascal Valtorta (1883-1951, Pontificio Instituto Misiones Extranjeras) ya había enviado un mensaje al sacerdote atribulado:

“Cuando el cielo esté claro puedes regresar,” que en código significaba “¡Regrese inmediatamente!”

Pero el misionero jamás recibió el mensaje, y cuando el obispo no tuvo respuesta, envió otro:

“O usted no está vivo o no tiene forma de dar misa. Si está vivo, regrese por el medio que le sea posible.”

Cuando el padre Poletti recibió las instrucciones, se dirigió al sur. Primero se escondió ente mendigos, y luego, en los 80 kilómetros de Tam Tong a Hong Kong, anduvo en bicicleta entre montañas, gateó a través de campos de arroz, y nadó a través de ríos, hacia la libertad.

Jamás volvería a ver a los aldeanos. Pero años más tarde, parroquianos católicos y amigos taoístas contrabandearon por la frontera una pesada cruz de oro, pagada con el dinero que acumularon a espaldas de los comunistas, para hacerle saber que no lo habían olvidado, que aún lo esperaban y aún creían.

Ya seguro en Hong Kong, habiendo sobrevivido la dura experiencia pero con su salud enormemente deteriorada, sus superiores lo repatriaron a su tierra italiana para un sabático. Después de dos años volvió a la colonia de la corona, en 1950, y recibió varios encargos hasta que se convirtió en rector de la sección noreste de los Nuevos Territorios, muy cerca de la estación de Lo Wu.

En marzo de 1951, el padre de Maryknoller, Paul Duchesne (1910-83, Sociedad Norteamericana de Misiones Extranjeras Católicas) compartió casualmente su idea de recibir a los misioneros desterrados. La sugerencia desencadenó un propósito, y así el padre Poletti comenzó su apostolado, con viajes diarios a la frontera, y se lo empezó a conocer como el “portero de China”.

En la estación de Lo Wu, él oraba por los muertos con solemnidad y recibía a los vivos con caridad. De todos los expulsados y sobrevivientes que conoció, uno de los más fascinantes y quizás el más gratificante para él apareció tras un golpe en la puerta.

El padre Poletti ya había terminado su jornada de trabajo, por la tarde del 17 de octubre de 1952, cuando un policía inglés entró en la rectoría a las 17:30, con un mensaje urgente de radio que había llegado a la comisaría para el sacerdote: un misionero expulsado de la China continental había llegado a la frontera, pero llevaba un pasaporte inválido.

Si bien estaba cansado y no tenía idea de quién podía ser el misionero, el padre Poletti montó en su motocicleta, se aferró al manubrio, encendió el motor con un fuerte salto y golpeando el pedal, se encorvó sobre el tanque de gas y partió a toda velocidad, como siempre, con su barba al viento, en dirección a la frontera, a unos pocos kilómetros.

Tras un corto viaje desde su casa, llegó a la estación de Lo Wu y aparcó su motocicleta. Un oficial chino le presentó al sacerdote un verde pasaporte italiano.

El padre Poletti levantó la tapa.

“¡Este es mi obispo! ¿Dónde se encuentra?” gritó al ver la identidad del misionero.

“Aún está del otro lado, en territorio comunista, detrás del alambre de púa del bar de la frontera,” dijo el oficial.

el obispo Bianchi y el padre Poletti en tiempos mejores

El padre Poletti corrió por el puente Lo Wu donde reconoció inmediatamente al obispo italiano Lorenzo Bianchi (1899-1983, Pontificio Instituto Misiones Extranjeras) y corrió hacia el hombre vestido en trapos de mendigo.

“¡Es mi obispo!” El padre Poletti anunció mientras le daba la bienvenida y lo conducía hacia la zona libre sobre el puente, donde se abrazaron en agradecimiento.

Con su ritmo acelerado de siempre, el sacerdote tomó algo de comida y alimentó al obispo, quien no había comido nada desde el día anterior, y luego lo sentó en el asiento trasero de su motocicleta y condujo con cuidado de vuelta a su casa en Tai Po, la que incluía una pequeña jauría de perros parroquiales, un gato e incluso un estornino de plumas negras y pico amarillo que croaba invocando“¡Ave Maria!” en un fuerte acento italiano cada vez que le pedían que orase.

La iglesia católica de San José estaba en construcción, una hermosa estructura en granito gris con un interior en un blanco resplandeciente, a unos kilómetros de allí, en el número 5 de la calle Wo Tai, en el mercado Luen Wo de Fan Ling, más cerca de Lo Wu. El terreno de 7.000 metros cuadrados había sido donado por Yan Kit Chu, un taoísta local.

Una vez en la residencia, llamó al padre Antonio Riganti (1893-1965, Pontificio Instituto Misiones Extranjeras), quien había sido nombrado vicario general para actuar como representante en lugar del obispo Bianchi, quien, estando en prisión, sucedió al obispo Valtorta tras su muerte el 3 de septiembre de 1951.

Prepárese para la llegada del obispo, le dijo con entusiasmo el padre Poletti al incrédulo padre Riganti, quien pensó que el sacerdote estaba bromeando.

Un policía inglés se ofreció a llevar al obispo hacia su catedral con el estilo y la magnificencia de un desfile, pero el obispo liberado prefirió tomar el tren a la Catedral de la Inmaculada Concepción, de ladrillos y piedras, en el 16 de la calle Caine.

Sin embargo, sí aceptó que lo llevaran en auto a la estación de Tai Po, y para cuando el padre Poletti y el obispo Bianchi abandonaron la rectoría, las estaciones de radio ya habían comunicado la noticia de su supervivencia y su arribo a la frontera.

Cuando el obispo Bianchi, aún vestido en harapos, tomó el tren hacia su catedral, eran casi las 9 de la noche. En el camino, se puso las vestimentas episcopales que le habían alcanzado, y se preparó para recibir a los fieles por primera vez como obispo.

Nacido en la villa de los Alpes centrales de Corteno Golgi, en la provincia italiana de Brescia, había sido ordenado en 1922. Al año siguiente fue enviado a oriente y llegó a Hong Kong el 13 de septiembre de 1923. El 21 de abril de 1949 fue nombrado obispo coadjutor de la colonia de la corona británica.

En la estación Kowloon, donde lo esperaban los reporteros, más de 1.000 católicos recibieron al obispo. Entre los fieles estaba la mayoría del clero diocesano así como el Arzobispo Antonio Riberi (1897-1967), el nuncio apostólico que había sido liberado el año anterior, el 8 de septiembre de 1951.

Cuando el tren llegó a destino y se detuvo, el obispo bajó por las escaleras del tren a la plataforma donde la muchedumbre esperaba al prisionero convertido en prelado con lágrimas de alegría, mientras cantaba “Christus Vincit,” “Cristo vence.”

Theresa Marie Moreau

NOTA FINAL: deseo agradecer a Martin Chung por el mapa de coordenadas para localizar la aldea de Tam Tong (22°57’47.0” N 114°30’47.2” E), su hogar ancestral. Miscelánea y datos para esta historia fueron extraídos de los siguientes: Boletín  Misionero de China, publicado por el Comité de Misioneros Católicos; “De Milán a Hong Kong: 150 Años de Misión,” por Gianni Criveller; “Il PIME e La Perla Dell’Oriente,” por el Padre Sergio Ticozzi; “En Memoria de los Angtiguos Miembros de PIME en Hong Kong,” editado por el Padre Sergio Ticozzi; la revista Life; Ofmval.org; “Padre Ambrogio, personaggio straordinario,” por Giovanna Gatti; “El Sacerdote en la Cortina de Bambú,” por Wilmon Menard; y Time: la revista de noticias semanal.

(Traducido por Marilina Manteiga. Artículo original)

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Edición en español de The Remnant, decano de la prensa católica en USA