RORATE CÆLI

El protestantismo en la iglesia ha fallado. Vayamos a la tradición católica

Sermón para el 8° domingo después de pentecostés

Julio 30, 2017

¡Cómo ha sido roto y quebrado el martillo de toda la tierra! ¡Cómo ha venido a ser Babilonia un objeto de horror en medio de las naciones!  Te he tendido un lazo y quedaste presa, oh Babilonia sin darte cuenta; fuiste sorprendida y tomada, porque hiciste guerra contra Yahveh.

Jeremías 50: 23-24

Rompimiento.  Esa es la única palabra, un neologismo estoy seguro, que describe nuestra situación actual, nuestro problema.  Anoche antes de cenar, leía el New York Times, echando un vistazo como siempre lo hago.  No tenía esperanza de objetividad en el reporte de las noticias. El reporte objetivo es algo que sucedía hace muchos años.  Pero estaba completamente entristecido de ver en un artículo,  sobre otro más de los debates personales de la administración de los cambios de personal y el vituperio de twitter, de Trump sobre el reporte de las mismísimas palabras de una conversación informal de alguien que trabaja en un alto nivel en la administración y que trabajaba para que exitosamente despidieran a alguien en un alto nivel.  El Times reportó su lenguaje en las mismas palabras que usó, que incluía una palabra de cuatro letras que ahora es común en los medios artísticos y en las charlas de diario entre muchas de las personas jóvenes pero incluso nunca hasta estos tiempos se habían impreso en los periódicos que son leídos por mucha gente, incluida la gente joven.  Para mí esto fue una señal muy poderosa de donde está esta sociedad.

No hay duda en mi mente de que el Times hizo esto a propósito para dejar claro lo grotesco de esta gente que está cerca del presidente.  Pero imprimir esas palabras es cruzar la línea que no se necesitaba cruzar, porque todos sabemos el bajo nivel al que se ha descendido entre la mayoría de la gente.  Cuando el terrible temblor destruyó la ciudad de Norcia, el lugar de nacimiento de San Benedicto y destruyó el monasterio de los monjes Benedictinos que se encontraba ahí, yo dije que ese era un signo del final de la civilización occidental como la conocíamos, esto es, una civilización fundada en la fe cristiana, no perfecta, pero aún con una base en la fe en la persona de Jesucristo y todo lo que eso significa.  Lo que está pasando no solo en este país sino también en todo el mundo occidental, nos da una evidencia incontrovertible de que estamos viviendo no sólo en una era post-cristiana, sino también, de forma real, en una era anti-cristiana.

La ruptura de la fibra moral de este país y del mundo occidental que ocurrió en los años sesenta es real y estamos viviendo en sus secuelas. Hacer esta observación no tiene nada que ver con un moralismo aturdido o puritanismo o cualquier ismo en absoluto. Vivimos en una época en la que los verdaderos frutos de la reforma protestante que negaban la naturaleza corporativa de la existencia del individuo dentro de la Iglesia como el cuerpo de Cristo en el mundo son claros de ver. Vemos sus frutos en el llamado redescubrimiento del yo en el Renacimiento, el espíritu revolucionario de finales del siglo XVIII y principios del XIX, y el movimiento acompañante llamado la Ilustración que colocó al individuo en el centro del significado y a pesar del uso de Nosotros en la declaración de independencia, la visión americana colocó la libertad del individuo, cuyo objetivo es el logro de la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad en el centro mismo del significado de la existencia humana. Esa peculiar comprensión norteamericana de la importancia de ser una entidad corporativa como una nación, una nación especial, fue sin embargo sostenida por esa comprensión radical de la autodeterminación del individuo que nunca puede ser reconciliada con la comprensión católica del individuo como necesariamente vinculada a todos los demás en el cuerpo de Cristo que es la Iglesia en este mundo. Y sin embargo dos terribles guerras mundiales se lucharon con la creencia de que hay algo muy importante en la comprensión corporativa de la civilización occidental por la que vale la pena luchar y morir.

Pero todo esto está roto y no puede ser reparado. Es un intento tonto tratar de cualquier manera de volver atrás o recapturar los milenios pasados. A pesar de la menor asistencia de la Misa posiblemente en la historia de la Iglesia, por lo menos per cápita, a pesar del abandono de la fe católica y de su componente moral necesario por la gran mayoría de los católicos bautizados menores de cuarenta años, a pesar de la confusión y prurito de los poderes en Roma para hacer las cosas más aceptables para una era no creyente y egocéntrica, la Iglesia parece rehusarse a hacer lo que debe hacerse y predicarse y enseñarse como lo hicieron los apóstoles, atreviéndose a contar a esta generación el gran peligro que enfrentan si no se arrepienten y se vuelven a Dios y se lanzan a sus pies y piden su misericordia, una misericordia que nunca es automática ni se puede presumir, sino siempre está ahí para pedir, para pedir, se debe pedir misericordia.

Pero, ¿cómo se pueden predicar tales cosas en una Iglesia que ha enseñado a su pueblo a alimentarse del Cuerpo de Cristo? ¿Una Iglesia que les ha enseñado a ponerse de pie para recibir lo que es Santo en contradicción directa con los ejemplos de los Reyes Magos y de San Pedro y la práctica de la Iglesia durante casi dos mil años? Una Iglesia que ha olvidado la visión de Isaías de lo Santo, una Iglesia en la que las palabras Sanctus, Sanctus, Sanctus han sido emasculadas por innumerables vernáculos que imitan la torre de Babel? ¿Una iglesia donde un sacerdote de cara redonda se enfrenta a su pueblo y se convierte en quien preside en lugar de un sacerdote que sacrifica?

Rompimiento, matrimonio, la comprensión de la familia, el constante aumento en el uso de drogas siempre nuevas para sofocar el terrible vacío experimentado por tantos de nuestros jóvenes, evitar la disminución de la pobreza real de tantas personas en esta tierra y en cambio refugiarse en los temores del calentamiento global, una teoría que parece tener alguna base en los datos, pero que no está ayudando a los más pobres de los pobres y que sufren atrocidades cotidianas que ni siquiera podemos concebir –esto tiene muy poco que ver con el mandato de Jesús de amar especialmente a aquellos que están en necesidad.

¿Y qué hacen los sucesores de los Apóstoles en este singular tiempo? Golpeando el aire. Tratando de averiguar cómo superar este tiempo de quebrantamiento sin admitir que las cosas incluso en la Iglesia están rotas. Ese positivismo anti-intelectual e irracional en el que la jerarquía se ha refugiado se está desmoronando ante la embestida de un mundo impío y se está convirtiendo en el hazmerreír de lo que pasa por intelectualidaed en nuestra sociedad. El embarazoso intento de atraer a la juventud desencantada al imitar los fallidos métodos de la apelación protestante al sentimentalismo y la emoción es de hecho desalentador. No parece que se les ocurra recurrir a la profunda tradición de la Iglesia dada por Dios, para reconvertir a nuestro pueblo por la verdad hablada claramente, por la bondad de vivir una vida que hace un serio intento de ser santo, y por la belleza, esa belleza que se encuentra en la Tradición Católica, pero que necesita ponerse en práctica especialmente en la vida litúrgica de la Iglesia.

Esperaba una buena pascua, pero luego dijeron que la lluvia pesada se limitaría a la península de Delmarva, un nombre que suena como un hotel de los años 30 en Palm Beach. Tenía la esperanza de poder  ponerme mi sombrero de Gene Kelly y mi sonrisa de Gene Kelly y mis zapatos de tap e ir a bailar y cantar bajo la lluvia. Me imaginé haciendo clic en mis tacones y agitando con gracia en un poste de luz y dejar que la lluvia me ayude a olvidar las innumerables líneas que se han cruzado. Pero la lluvia nunca llegó.

Así que me puse mi propio sombrero peculiar y fui al altar de piedra y realicé ese gesto primordial de arrojar humo contra un altar de piedra, un acto que resuena con toda la historia del hombre, un acto que recuerda el sacrificio abrahámico en toda su terrible incomprensibilidad. Pero este altar estaba siendo preparado no para un sacrificio que era una prueba de fe. En este sacrificio no había mano para quedarse el cuchillo. En este sacrificio el mismo cuerpo de Dios encarnado fue sacrificado como una oveja y la sangre de Dios fluyó sobre el altar de piedra de la Cruz y fluyó sobre las miles de líneas que han sido cruzadas por hombres y mujeres que han confundido deliberadamente la libertad con la auto- satisfacción y que esa Sangre cubrió esas líneas con el infinito amor misericordioso de Dios.

P. Richard G. Cipola

(Artículo original. Traducción: Rocío Salas)

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