ADELANTE LA FE

¿Quién de vosotros me argüirá de pecado?

¿Quién de vosotros me argüirá de pecado? Jn. 8, 46.

Nuestro Señor Jesucristo.

Queridos hermanos, dice el profeta Isaías (11, 1-3): “Y brotará un retoño del tronco de Jesé, y retoñará de sus raíces un vástago. Sobre el que reposará el Espíritu del Señor, espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y de piedad, y será henchido del espíritu de temor de Dios.”

La tradición cristiana ha visto siempre en este texto la plenitud de los dones del Espíritu Santo en el alma santísima de Nuestro Señor Jesucristo. El mismo Señor se aplicó a sí mismo en la sinagoga de Nazaret el siguiente texto mesiánico de Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha consagrado con su unción y me ha enviado a evangelizar a los pobres…” (Is. 61, 1, Lc. 4, 18). Nuestro Señor hacía suyas las palabras de Isaías que comparan la acción del Espíritu Santo con la unción. ¿Por qué? Porque jamás tales dones han producidos tan sublimes frutos de santidad. Aun cuanto hombre, Jesús se presenta con una perfección tal que supera infinitamente a la de  cualquier otro, por muy santo que sea. San Pablo se considera el menor de los apóstoles e indigno de ser llamado apóstol: “Porque soy el menor de los apóstoles, que soy digno de ser llamado apóstol, pues perseguí a la iglesia de Dios” (1 Co. 15, 9). San Juan afirma que, si alguno se considera sin pecado, se engaña a sí mismo y la verdad no está en él: “Si dijéramos que no tenemos pecado nos, engañaríamos a nosotros mismos, y la  verdad no estaría en nosotros” (1 Jn. 1, 9).

En Jesucristo no hubo ni arrepentimiento, ni deseo de una vida mejor, Él fue santísimo y perfectísimo, como perfectísima y plenísima era la acción del Espíritu Santo en Él. Lanza un reto a sus enemigos: ¿Quién de vosotros me argüirá de pecado? Ni los escribas y fariseos, ni Pilato, ni Herodes, ni ninguno de sus grandes enemigos han podido sorprenderle jamás en el menor pecado. La santidad de Jesús ha triunfado siempre: “Tal convenía que fuese nuestro Pontífice, santo, inocente, inmaculado, apartado de los pecadores y más alto que los cielos” (Heb. 7, 26). Todas las virtudes florecen en Él con la misma exuberante y gigantesca vegetación, ningún vacío sin florecer, ni un lunar de imperfección. Es la santidad perfecta, la santidad misma de Dios.

Sacerdote de Jesucristo.

Si a Nuestro Señor Jesucristo nunca pudieron sorprenderle en el menor pecado, ¿no ha de intentar el sacerdote imitarle para que nadie le sorprenda en ningún pecado? ¿No ha de poder decir el sacerdote, como nuestro Señor: ¿Quién de vosotros me argüirá de pecado? Pienso en estos obispos que han amenazado con suspender “a divinis” a los sacerdotes que se nieguen a dar la Sagrada Comunión a parejas adúlteras. No puedo imaginarme a ningún obispo ordenándome que dé la Sagrada Comunión a pecadores públicos, mi respuesta será clara: ¿Quién me argüirá de pecado?

Si los poderosos no pudieron acusar al Señor de ningún pecado, tampoco al sacerdote nadie ha de acusarle de ningún pecado, por esta razón el sacerdote no puede obedecer un mandato que no viene del Espíritu Santo, sea quien sea quien ordene ese mandato, porque viene de la carne, del pecado, del mundo. Ningún sacerdote puede tener la menor duda sobre este asunto: antes aceptar la injusta suspensión “a divinis” que ser acusado por el Cielo de pecado. Nunca un castigo podrá ser más injusto, más vengativo, más odioso, que el suspender de sus funciones a un sacerdote por querer ser fiel a los Mandamientos de la Ley de Dios. Tal sanción  es fruto de la dureza de corazón, de la ceguedad de la fe, de la oscuridad más espantosa en que la Iglesia se halla sumida.

Hasta qué punto la verdad de la fe se ha distorsionado, que la manipulación ha llegado a que las verdades de fe estén a merced del último que llega; lo que ayer se dijo, hoy se ha cambiado; lo que hoy se dice, mañana quién dirá. Los Mandamientos de la Ley de Dios se ponen en duda, se cuestionan, y nos dan alternativas a ellos: si Dios ha dicho, yo, el hombre os digo… Esto es lo que estamos viviendo en la Iglesia. Esta la trágica realidad, y de esta tragedia surgen estas injustas amenazas de parte de quienes tiene el sagrado deber de custodiar el depósito de la fe.

Si se presentara la ocasión, la respuesta del sacerdote de Jesucristo ha de ser clara, contundente y firme: ¿Quién me argüirá de pecado?

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo “Mysterium Fidei” sobre la Misa tradicional.