Los hombres han de considerarnos como ministros de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Por lo demás, lo que se busca en los administradores es que sean fieles” (1 Cor 4: 1-2)

Introducción

La vocación es un llamado sobrenatural que Dios hace personalmente a quienes Él designa para que puedan ser “otros cristos”. No somos nosotros los que elegimos a Dios, sino que es Dios quien nos elige a nosotros (Heb 5:4; Lc 6: 13-16). A nosotros nos queda responder afirmativa o negativamente a esta llamada (vocare = llamar).

En los últimos sesenta años la cantidad y la calidad de las vocaciones ha descendido a niveles realmente preocupantes. En un principio no pareció preocuparle mucho a la Jerarquía eclesiástica, pero con el paso de los años ha empezado a tomar conciencia de la gravedad del asunto.

Aunque cuando se habla de “vocación” no sólo se refiere a la vocación sacerdotal, en este artículo nos centraremos principalmente en la crisis de las vocaciones sacerdotales; aunque luego, cuando se ofrezcan las soluciones, muchas de ellas serán también aplicables a las vocaciones religiosas en general.

Las soluciones que la Jerarquía ha ofrecido hasta el momento no han sido más que “malos y deficientes remiendos” para un problema que, al tener muchas y profundas causas, sólo cuando se atajen eficientemente podremos hablar de una solución verdadera. Podemos decir que aquellas causas que contribuyeron al elevado descenso de vocaciones hace sesenta años siguen presentes en la Iglesia actual; y además, la actual desintegración y apostasía del mundo cristiano han hecho que el problema se agrave más todavía.

Así pues, será necesario descubrir y analizar todas estas causas si realmente queremos poner remedio a un problema que en estos días se ha hecho muy grave. Problema que está obligando a cerrar muchas iglesias, dejando a muchos fieles sin la necesaria atención espiritual; y bastantes de aquellas iglesias que todavía permanecen abiertas, o están agonizando, o mejor sería que estuvieran cerradas, pues la fe que allí se vive y se enseña está muy lejos de la predicada por Nuestro Señor Jesucristo.

Recordemos ante todo que, como nos dice el profeta Isaías: “la mano de Dios no se ha recortado” (Is 59:1). Y más cercano a nosotros: “Dios quiere que todo el mundo se salve y llegue al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2:4). Así pues, si Dios quiere que todo el mundo se salve, y para salvarse tenemos que conocer y seguir a Jesucristo (Jn 14:6), Dios, que es fiel a su palabra, pondrá los medios que dependen de Él para que existan buenos pastores. Otra cosa diferente es que el hombre deje obrar a Dios y siga sus caminos.

Es por ello que no podemos culpar a Dios de la crisis vocacional. Como decíamos anteriormente “la mano de Dios no se ha recortado”. No olvidemos también que el mismo Jesucristo nos dijo que la mies era mucha pero los obreros pocos, por lo que teníamos que pedir a Dios que enviase obreros a su mies (Lc 10:2). Dios sigue llamando, y probablemente ahora más que antes, pero ¿de qué sirve que Dios llame si no hay quien escuche?

Factores que han contribuido al problema vocacional

Si realmente queremos curar una enfermedad, lo primero que tenemos que hacer es ver la situación del enfermo y hacer un adecuado diagnóstico. Una vez que sepamos cuál es la enfermedad, podremos aplicar el remedio más oportuno.

Para solucionar la crisis vocacional y el descenso del número y de la calidad de los sacerdotes, tendremos que analizar todos los factores humanos y sobrenaturales que intervienen, tanto en la respuesta inicial a la llamada como en la fidelidad posterior a esa respuesta.

Después de una profunda reflexión ante el Sagrario me atrevo a enumerar algunos de los factores más importantes que intervienen en el fracaso de una vocación:

1.- Descenso de la práctica religiosa en las familias y mala educación en los principios y valores cristianos

Si vamos a la Misa dominical contemplaremos con tristeza que la mayoría de los asistentes pasan de los sesenta años. A penas si veremos familias jóvenes con niños; y si hay alguna, en muchos de los casos es porque los niños están asistiendo a la catequesis de primera comunión y los sacerdotes “obligan” a los padres a que vayan también con ellos.

Se ha dejado de rezar en familia. Ya no se da gracias a Dios a la hora de comer. En la gran mayoría de las casas hay una Biblia, pero no se lee nunca. Ya no hay crucifijos en los dormitorios, sino posters de los cantantes de turno y una televisión para poder conciliar el sueño.

Es palpable el mal ejemplo que dan muchos padres a sus hijos; comenzando con evitar casarse sacramentalmente. El ambiente familiar es pagano, mundano y materialista. A los hijos se les educa en la comodidad, la falta de sacrificio y a no carecer de nada.

Los padres han perdido su autoridad por lo que los hijos, incluso de seis o siete años, imponen su santísima voluntad sin que los padres se atrevan a contradecirles.

El resultado de todo ello es que, aunque Dios siembre la semilla de una vocación, difícilmente encontrará buena tierra donde pueda crecer. Y si algún niño escuchara la voz de Dios en un principio, el ambiente del hogar pronto ahogaría esa vocación incipiente.

2.- Falta de una buena formación humana y cristiana en los colegios

Hoy día es muy difícil encontrar colegios donde se dé una formación íntegra en valores humanos y cristianos. Los colegios llamados “públicos” han caído en manos de las corrientes modernas que defienden la ideología de género, la cultura del mínimo esfuerzo, el poco respeto a la autoridad de los profesores, la enseñanza manipulada y deforme de la asignatura de la religión. Los colegios “concertados”, con el fin de seguir recibiendo la subvención, suelen ceder a las presiones manipuladoras de los gobiernos anticristianos. La gran mayoría de los colegios “religiosos” han dejado de ser tales, para convertirse en fábrica de ateos y rebeldes; lo cual es difícil que no sea así pues esos colegios religiosos, o están llevados por “frailes o monjas” de la nueva ola, o están en manos de seglares a los cuales no les preocupa mucho la instrucción religiosa de sus alumnos.

Así pues, aquellos niños que hubieran recibido una buena formación cristiana y humana en el hogar, cuando llegan a los doce o trece años y caen en manos de profesores sin respeto a los valores cristianos, pronto destruyen lo que los padres habían edificado con gran sufrimiento.

Después de esta penosa formación humana y cristiana, díganme ¿cuántos jóvenes pueden quedar sin estar manipulados y deformados intelectual y espiritualmente a los que Dios pueda llamar? Y si los llamó siendo pequeños, ¿quedará alguno después de pasar por esta tortura?

3.- Mala catequesis parroquial en la que no se enseña a los niños los auténticos valores cristianos

La experiencia me ha demostrado, después de más de treinta años dando catequesis y relacionándome con las diferentes comisiones de catequesis y de pastoral diocesana, que la catequesis que se imparte en la gran mayoría de las parroquias es muy pobre en contenidos, si no está ya directamente manipulada.

Los catecismos suelen estar muy bien editados; a todo color…, pero carecen de los contenidos básicos que un niño debería aprender y memorizar a esa edad.

Los catequistas, de entre los cuales el sacerdote suele estar ausente pues tiene cosas “más importantes” que hacer, tienen por lo general muy buena voluntad; pero que, al no estar liderados por el sacerdote, se limitan a hacer lo que los deficientes catecismos les indican. Por otro lado, la vida de piedad de algunos de estos catequistas no suele ser “muy ejemplar” para los niños.

Por otro lado, los niños de la catequesis de primera comunión eran una fuente inagotable de monaguillos; algunos de los cuales, atraídos por la fe y el buen hacer de los sacerdotes, sentían el despertar de una posible vocación sacerdotal. Hoy día, al haber permitido que también las niñas sirvan al altar, los niños se han dado a la fuga; por lo que esta fuente se ha perdido.

El resultado final es que, después de acabada la catequesis los niños salen vacunados contra la Iglesia, contra una liturgia difuminada y desnaturalizada, y en muchas ocasiones también contra los catequistas y sacerdotes de la parroquia.

El porcentaje de perseverancia de esos niños en la asistencia a Misa y en la recepción de los sacramentos, una vez acabada la catequesis, no suele llegar ni al 10%.

4.- Mal ejemplo de los sacerdotes, llamados por vocación a ser modelo de virtudes.

Independientemente de los casos de abusos tan pregonados por la prensa anticristiana, la verdad es que, hablando en términos generales, la vida de muchos sacerdotes está muy lejos de lo que Cristo tenía pensado para nosotros. Solemos ser tan superficiales y materialistas como cualquier otro ser humano sin fe. Si no nos planteamos seriamente ser “otros cristos” ¿cómo vamos a atraer a jóvenes que quieran imitar a Cristo? Los santos siempre fueron los seres que más personas convirtieron a Dios; y esto no era tanto por su sabiduría humana cuanto por su virtud. Si los sacerdotes nos planteáramos una vida de auténtica santidad, rápidamente surgirían a nuestro entorno hombres y mujeres decididos a imitar nuestra conducta.

Por otro lado, la cobardía de muchos obispos a la hora de defender la fe cristiana está llegando a niveles escandalosos. Un obispo debe proclamar, como sucesor de los apóstoles, el auténtico mensaje de Cristo. Y al mismo tiempo debe defender la fe y la moral de los continuos ataques que recibe desde todos los ámbitos. Hasta no hace muchos años, cuando alguien se intentaba burlar públicamente de Jesucristo o de la Virgen María, rápidamente era llamado al orden, y si no manifestaba públicamente su arrepentimiento, era excomulgado. Hoy día, si se te ocurre criticar al islam o al judaísmo tienes el peligro de que te corten el cuello; pero si blasfemas contra Jesucristo o la Virgen, puede que hasta te hagan profesor de religión.

5.- Ambiente social materialista, corrupto, inmoral…que no invita a ser limpios y puros, a ser generosos con Dios, ni a buscar los bienes de arriba

El ambiente social en el que hoy día se vive en la gran mayoría de las ciudades del mundo suele ser muy parecido. Un ambiente marcado por el rechazo de la fe y el ataque a los valores cristianos.

La ideología de género, la continua invitación al sexo, al alcohol y a la droga a través de los medios de comunicación…, hacen que el joven con vocación esté permanentemente bombardeado; y si quiere permanecer fiel a sus principios, tiene que separarse de este mundo para no ser contagiado.

El ambiente social es realmente pagano y los ataques a la fe y a la moral son continuos desde todos los campos: amistades, medios de comunicación, enseñanza…

El materialismo presente en nuestra sociedad ha fabricado una generación consumista y dependiente de elementos que tienen poco valor cuando uno deja de estar centrado en Dios. Por ejemplo: la tecnología, el deporte, la música.

6.- Situación deprimente, y en ocasiones hasta degenerada de los seminarios

Hasta hace cincuenta o sesenta años, vivir en un seminario eran poco menos que estar en un permanente retiro espiritual mientras que te ibas formando teológicamente y preparando para llegar a ser sacerdote. Hoy día, desde que se abrieron las puertas de algunos seminarios a jóvenes de tendencia sexual un tanto ambigua y, por otro lado, se permitió que las chicas entraran y salieran sin mucho control, para así poder departir amigablemente con los futuros sacerdotes, los seminarios dejaron de ser centros de vida espiritual, para convertirse en lugares donde las nuevas vocaciones no están protegidas; ya que cuando menos te lo esperas hay un día de puertas abiertas y todo el mundo se constipa.

Por otro lado, muchos de los seminarios diocesanos actuales, o están cerrados o están casi vacíos. Y aquellos que permanecen abiertos, más les valdría que los cerraran, fumigaran e hicieran borrón y cuenta nueva.

Después de sesenta años haciendo experimentos en los seminarios y comprobar que el sistema no funciona, lo mínimo que se podía hacer (como se hace en cualquier empresa) era sentarse, analizar la situación e intentar poner soluciones reales; pero claro, para ello haría falta reconocer el problema, estar centrados humana y espiritualmente, y tener la valentía de aplicar las soluciones que fueran necesarias. Y me temo que, al menos de momento, no se ven signos suficientes que nos hagan colegir que hemos tomado el buen camino.

Habría que empezar con revisar (eliminar) la ideología que subyace en muchos de ellos. Tendríamos que seguir con la buena elección de los directores y formadores del seminario. Continuaríamos haciendo una revisión profunda de las enseñanzas que se imparten. Y acabaríamos con hacer una selección más cuidadosa de los candidatos que deseen entrar.

Mientras que esto no se haga, si después de seis años de “de-formación” en un seminario queda algún seminarista con fe y vida espiritual, es porque Dios ha hecho un milagro.

7.- Falta de atención de los obispos a sus propios sacerdotes; los cuales, una vez ordenados caen en el olvido.

A poco que hayamos estudiado un poco de historia y hayamos analizado la crisis vocacional que aconteció después del Concilio Vaticano II, tendremos que concluir que algo tremendo ocurrió en las disposiciones del Concilio para que en el plazo de veinte años abandonaran más del 70 % de los sacerdotes y de los religiosos.

Aunque las razones de este abandono las conocemos, no es el momento de estudiarlas profundamente. Limitémonos, pues, a enumerar algunas de ellas: creación de las conferencias episcopales, y con ellas, la pérdida de la autoridad de los obispos; cobardía de los obispos para defender los valores cristianos y decir la verdad; puesta en duda de la identidad sacerdotal; confusión doctrinal a nivel teológico y moral; abandono de la oración personal, de la vida de piedad y del rezo del breviario, lo cual conduce antes o después a la paganización de la vida de los sacerdotes; falta de atención a los sacerdotes ya ordenados por parte de sus obispos.

Si a esto le unimos que se invitó a los sacerdotes, que por vocación habían sido entresacados de entre los hombres (Heb 5:1), a identificarse con el mundo y sus gentes, transformándose en fontaneros, electricistas…, lo único que había que hacer era esperar a que saltara la chispa. Y la chispa no sólo saltó, sino que destruyó todo el edificio con las personas que vivían dentro.

Si pensamos con lógica algo tiene que estar sucediendo para que muchos de los jóvenes que salen ordenados de los seminarios cuelguen las sotanas (si es que las llevan) en un plazo inferior a los diez años. Creo que los obispos deberían tomar cartas sobre el asunto y ordenar exclusivamente a candidatos que tuvieran una fe íntegra, estuvieran movidos por recta intención, poseyeran la ciencia debida, gozaran de buena fama y costumbres intachables, virtudes probadas y otras cualidades físicas y psíquicas congruentes con el orden que iban a recibir (CIC, c. 1024, 1029).

Además, deberían procurar que todos los sacerdotes, una vez ordenados, siguieran recibiendo una seria formación permanente, tanto teológica como espiritual. Y por encima de todo, el obispo debería, como padre que es de sus sacerdotes, estar siempre disponible para recibirles y ayudarles en todo aquello que necesitaran, sin tener que esperar quince días a que el obispo les pudiera recibir pues está de viaje en Roma o asistiendo a una reunión de la Conferencia Episcopal.

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Como puede comprobarse, la solución a un problema tan complejo no es fácil, ya que prácticamente están implicados muchos estamentos, tanto de la sociedad civil como de la religiosa. Cristo nos dijo claramente lo que teníamos que hacer. El problema se solucionará cuando cada uno de los elementos que están fallando se tome en serio su papel.

Lo que sí podemos estar seguros es que el problema no se solucionará rebajando las exigencias y abriendo la mano al sacerdocio a quienes Dios no llamó; sino siendo fieles a Cristo. Recordemos lo que Él mismo nos decía: “El que quiera ser mi discípulo que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga” (Lc 9:23).

Y por encima de todo, debemos rezar mucho a Dios para envíe operarios a su mies y dé fortaleza a sus ministros para que sean realmente fieles a los misterios de Dios a ellos encomendados (1 Cor 4: 1-2).

Padre Lucas Prados