ADELANTE LA FE

 Sabiduría terrena, carnal y diabólica

Uno de los varios escritos del gran San Luis María de Montfort, quizás menos conocido que su Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen es El amor de la sabiduría eterna, sin embargo la contemplación de Cristo como Sabiduría y la percepción de la vida espiritual como búsqueda de la verdadera Sabiduría figuran entre los rasgos más característicos del itinerario espiritual y de la obra,[1]del Santo.

La estructura del El amor de la sabiduría eterna no es, en apariencia, demasiado difícil de establecer, dado que Montfort anuncia en su escrito que se poya en la obra de Salomón «que había hecho una descripción fiel y exacta de la Sabiduría, y a quien quiere relevar aquí explicando sencillamente lo que es la Sabiduría antes de la Encarnación, en la Encarnación y después de la Encarnación, y los medios de alcanzarla y conservarla».[2]

El odio y desprecio del mundo, y la lucha contra su espíritu, ocupan un lugar importante e incluso esencial en la espiritualidad de Montfort; sabe bien que debemos hacer una opción radical: «es preciso que seas precavido y no te equivoques al escoger, pues existen varias clases de Sabiduría».[3]

En primer lugar, distingamos la sabiduría verdadera de la falsa. La verdadera es el gusto de la verdad, sin mentira ni disfraz. La falsa es el gusto de la mentira, con apariencia de verdad. La falsa es la sabiduría o prudencia humana. A la que el Espíritu Santo divide en terrena, carnal y diabólica.[4]

I. El mundo y el espíritu del mundo

«Hay dos mundos», dice San Agustín: «uno creado por el Verbo y en el cual El apareció revestido de nuestra mortalidad; y otro regido por el Príncipe de las tinieblas, y que no reconoció a Jesús. “Et mundus eum non cognovit”. El primero, obra de Dios, no puede ser malo. El Génesis nos enseña que el Señor, al considerar las obras de sus manos, vio que eran excelentes: “Et vidit quod essent valde bona”. El segundo, que tiene a Satán por señor, no puede ser bueno, pues su príncipe, malvado desde el comienzo, inspira su malicia a todo lo que él domina».[5]

San Luis de Montfort añade: «dos sabidurías han construido dos amores». La sabiduría del mundo ha construido el amor de uno mismo a través de las falsas riquezas, los falsos placeres, las falsas grandezas de este mundo y la Sabiduría de Dios ha construido el amor a Dios y al prójimo a través de la pobreza, la Cruz, la humillación que conducen a la verdadera riqueza, a los verdaderos placeres, a la verdadera grandeza.

«El mundo es Satán disfrazado», escribe Grignion De Montfort; «su principal padre es el demonio, aunque piense estar odiándolo». Nuestro Señor Jesucristo llamó «mundo» a este conjunto de mentira, de malicia, de pecado, de corrupción, y a todo lo que a ello conduce.

También su «Carta Circular a los Amigos de la Cruz» nos hace oír un llamamiento apremiante y emotivo de Jesús exhortándonos a separarnos de quienes siguen la concupiscencia y corrupción del mundo, y a unirnos al pequeño rebaño [6] que habla sólo de lágrimas, penitencias, oraciones y menosprecio del mundo, y que sigue a Jesús en su pobreza y en sus sufrimientos.

En su obra cumbre, el «Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen» hace alusión muchas veces a este tema: la séptima práctica exterior del perfecto devoto de María consiste en «despreciar, odiar y huir el mundo corrompido» [7].

El mundo, dice San Juan, está cimentado en la iniquidad.

La sabiduría del mundo «no desciende de lo alto», (Sant 3, 15). Y como hay tres falsos «tesoros», hay también tres falsas sabidurías correspondientes a ellos. Montfort las llama «la sabiduría terrena», «la sabiduría carnal» y «la sabiduría diabólica».[8]

II. Sabiduría terrena

La sabiduría mundana es aquella de la cual se ha dicho: Anularé el saber de los sabios (1Cor 1, 19) según el mundo. La sabiduría de la carne es enemiga de Dios (Rom 8, 9). Esta sabiduría no baja de lo alto; ésa es terrestre, animal y diabólica (St 3, 15).

Sabiduría terrena, es el amor a los bienes terrenales, que profesan los sabios según el mundo, apegan el corazón a sus posesiones; cuando todo lo encaminan a enriquecerse… no piensan, hablan ni actúan sino con miras a conseguir y conservar algún bien temporal.[9]

Los hombres del mundo renuncian al Cielo para colocar aquí abajo su paraíso. A las riquezas y felicidad eternas prefieren los bienes y placeres de la tierra. Desdeñando la gloria prometida a los servidores de Cristo aspiran a los vanos honores de la vida presente. Para los seguidores del mundo el fin no es el Creador sino la criatura. Gozar y procurarse placeres, he ahí el ideal y el programa de los mundanos. El mundo es el partido del demonio y el ejército del mal.

Es interesante cómo Montfort, trescientos años antes, explanaba respecto de ese «Cristianismo horizontal» que se olvida de Dios, centrado exclusivamente en «el prójimo», que coloca al hombre y no a Dios como centro de la religión: la modernidad descristianizada.

Monseñor Charles Gay explana toda esta doctrina de manera penetrante: «El mundo es el gran recurso de Satanás, su arsenal, su ejército y el medio por excelencia de sus victorias. Él le presta ojos para mirar, labios para hablar y sonreír, manos para trabajar, escribir y acariciar; él pone al demonio en medio de nosotros, lo sienta en nuestros hogares, y le entrega todo lo que nos concierne o puede influir sobre nuestras vidas. Una palabra lo resume todo: lo humaniza. Así como la Iglesia es como la encarnación continuada de Jesús, su Cuerpo místico extendido en los lugares y en el tiempo, así también el mundo es como la encarnación de Satán, y realmente la iglesia del diablo. Todo lo que la Iglesia es y hace en la tierra en orden a la santificación y salvación de las almas, el mundo lo es y lo hace en orden a la seducción y perdición eterna»[10].

III. Sabiduría carnal

Sabiduría carnal, es el amor al placer. En lugar de buscar los sólidos placeres de la verdadera felicidad, conduce a quienes la siguen a no buscar «sino el gozo de los sentidos; […] aman la buena mesa… habitualmente sólo piensan en comer, beber, jugar, reír, divertirse y pasarlo lo mejor posible».[11]

El ambiente malsano del mundo se manifiesta de cuatro formas principales:

a) Falsas máximas en directa oposición al Evangelio.

b) Burlas y persecuciones contra la vida de piedad, el pudor, la vida cristiana del hogar, las leyes santas del matrimonio.

c) Placeres y diversiones. No se piensa más que para el placer y la diversión. El hedonismo que mina las bases del matrimonio.

d) Escándalos y malos ejemplos casi continuos (Mt 18, 7).[12]

Un día San Anselmo, arrebatado en éxtasis, vio un grande y torrentoso río que arrastraba todas las inmundicias del universo entre fétidas y fangosas aguas. Admirado contempló una multitud de hombres, mujeres y adolescentes que allí se sumergían y, al parecer, se deleitaban. ¿Cómo pueden vivir un instante en este estado?, exclamó el santo y una voz le contestó: Se alimentan de ese barro. El río que ves es el mundo que lleva en sus aguas nauseabundas a los mortales con sus riquezas, honores y placeres. Por grande que parezca su infortunio, ellos se estiman dichosos.

«Dos son las pasiones que pueden suscitar especialmente la rebelión del hombre contra la Moral y la Fe cristianas: el orgullo y la sensualidad».[13]

Sabiduría carnal que abortó esos horribles sistemas, en que se pone por principio de la moralidad, la sensibilidad física, la utilidad o el interés, y esos tratados ideológicos, en que todas las facultades del alma se confunden con la misma sensibilidad, y todas las ideas se reducen a sensaciones, de donde se avanzó por último a no admitir más alma que la materia organizada, ni más espíritu que el movimiento, ni más cosas que las corpóreas, ni más hombres que se distinguen de los brutos, ni más Dios que la naturaleza, ni más que una cadena de seres materiales eslabonados, todos los unos con los otros.

Un producto de esta sabiduría es la ideología de género que busca la destrucción de la familia. Es el espíritu materialista y hedonista enfocado únicamente en el placer de los sentidos, que destierra completamente los valores básicos espirituales y personales.

Esta tendencia al placer es lo que se conoce con el nombre de concupiscencia. «Cada uno es tentado por sus propias concupiscencias, que le atraen y seducen» (Sant 1, 14).

La predominancia del cuerpo sobre el alma, de la bestia sobre el ángel, se deja sentir más aún en el campo de la pasión sexual, que Dios ha querido para asegurar el mantenimiento de la propagación de la raza humana. Como después del pecado las potencias inferiores no se someten ya a las del alma, y las pasiones sexuales son las más fuertes de todas, se producen en este campo desórdenes espantosos.

Hay un combate sin tregua entre el espíritu y la carne para restablecer el orden a todos nos corresponde un lugar en la lucha. San Pablo experimenta en sí mismo y describe esta lucha entre el espíritu, que se somete a la ley de Dios, y «la ley del pecado», que lleva en sus miembros. Pues «la carne tiene deseos contrarios a los del espíritu, y el espíritu los tiene contrarios a los de la carne». A nosotros se nos impone la obligación «de vivir no según la carne, sino según el espíritu», pues «la sabiduría de la carne es enemiga de Dios». Ella no se somete a la ley divina, ni podría hacerlo… Quienes son carnales no pueden agradar a Dios. Por eso todo el que viva según la carne, morirá. Pero quien renuncia a las obras de la carne, vivirá, pues «los que son de Cristo Jesús, han crucificado la carne con sus pasiones y sus concupiscencias».[14] / [15]

IV. Sabiduría diabólica

El espíritu de orgullo es un vicio despreciable ante Dios y ante los hombres. Es un vicio diabólico porque el grito de Lucifer fue: «Subiré, me levantaré sobre las nubes y seré semejante al Altísimo… No serviré» (Isaías, 14, 14). El orgullo fue el pecado que despobló el cielo, abrió el infierno y trocó a los ángeles en demonios. Inyectó Satanás este vicio en nuestros primeros padres, después de haber arrastrado en su rebeldía a la tercera parte de los ángeles. «Seréis como dioses…», dijo el tentador a Eva.

Si, en su afán de rebelarse contra Dios, quiso el demonio infundir este vicio en Jesucristo mismo, ¿qué no hará para infundirlo en nosotros?

Sabiduría diabólica que en vez de buscar la verdadera grandeza que pasa por el último puesto, ama y aprecia los honores. Los que la siguen «aspiran –aunque secretamente– a las grandezas, honores, dignidades y cargos importantes; […] buscan hacerse notar, estimar, alabar y aplaudir por los hombres…»,[16] que funda sus triunfos en las armas del sofisma, de la calumnia y de la mala fe.

Nada recomienda tanto Nuestro Señor Jesucristo como la humildad de corazón: El que se (ensalza) será humillado, y el que se humilla será ensalzado.

Dios, dice San Pedro, resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes (Lc, 17, 14; I Pe, 5, 5).

El mundo es el reino de Satán, pero construido sobre la mentira como fundamento bajo apariencia de verdad, de bien, sí, de virtud y santidad. El mundo es Satán, pero Satán enmascarado, disfrazado, y eso hace su acción mucho más peligrosa y temible. Tertuliano llama a Satán «simius Dei, el simio de Dios», esto es, el que de manera miserable trata de «simular» o imitar a Dios.

Simio miserable de Dios, se construirá una especie de «iglesia» para establecer este imperio y extenderlo contra la Iglesia de Cristo y el reino de Dios. Esta iglesia, este reino de Satán, es el «mundo», con su evangelio, sus axiomas, sus máximas, sus doctrinas falaces y mentirosas, por las que, bajo máscara de verdad, trata de seducir a las almas. Tiene también sus partidarios y satélites. Su iglesia se compone de todos los que aceptan su doctrina y comparten sus obras, la mentira y el pecado. Podemos considerar como organismo visible de la iglesia de Sa­tán sobre todo a la francmasonería, con la parodia de nuestra santa liturgia; su organización y su acción mundial, que pretende arruinar y aniquilar la influencia universal y profunda de la Iglesia de Cristo en el mundo.[17]

V. El mundo según el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo

1º «Yo no soy de este mundo» (Jn 17, 14).

2º «No rezo por el mundo» (Jn 17, 9).

3º «El mundo me odia, porque Yo doy testimonio de que sus obras son malas» (Jn 7, 7).

4º «¡Ay del mundo por los escándalos!» (Jn 18, 7).

5º «Tened confianza: Yo he vencido al mundo… Ahora es el juicio de este mundo; ahora el Príncipe de este mundo será echado fuera. Y yo cuando sea levando de la tierra, atraeré a todos hacia Mí» (Jn 16, 33; 12, 31-32).

Germán Mazuelo-Leytón

[1] DE FIORES, STEFANO, Diccionario de espiritualidad montfortiana.

[2] MONTFORT, San LUIS Mª de, El amor de la Sabiduría Eterna, nº 7.

[3] Ibid., nº 73.

[4] Ibid.: nº 13.

[5] SAN AGUSTÍN, Las dos ciudades.

[6] MONTFORT, San LUIS Mª de, Carta a los amigos de la Cruz, ns. 7-9.

[7] Verdadera Devoción, nº 256.

[8] MONTFORT, San LUIS Mª de, El amor de la Sabiduría Eterna, ns. 80-82.

[9] Ibid. nº 80.

[10] GAY, Monseñor CHARLES, Vida y virtudes cristianas consideradas en el estado religioso, tr. VIII, p. 494.

[11] MONTFORT, San LUIS Mª de, El amor de la Sabiduría Eterna, nº 81.

[12] Cf.: ROYO MARÍN O.P., P. ANTONIO, Teología de la perfección cristiana, nº 165.

[13] CORREA DE OLIVEIRA, Prof. PLINIO, Autorretrato filosófico.

[14] Cf.: Rom 7, 21-25; 8, 12; 13, 14; I Cor 9, 27; II Cor 12, 7; Gal 5, 17-25; Ef 2, 3.

[15] CF.: HUPPERTS, P. J. Mª, Fundamentos y práctica de la vida mariana.

[16] MONTFORT, San LUIS Mª de, El amor de la Sabiduría Eterna, nº 82.

[17] CF.: HUPPERTS, P. J. Mª, Fundamentos y práctica de la vida mariana.

Germán Mazuelo-Leytón

Germán Mazuelo-Leytón es conocido por su defensa enérgica de los valores católicos e incansable actividad de servicio. Ha sido desde los 9 años miembro de la Legión de María, movimiento que en 1981 lo nombró «Extensionista» en Bolivia, y posteriormente «Enviado» a Chile. Ha sido también catequista de Comunión y Confirmación y profesor de Religión y Moral. Desde 1994 es Pionero de Abstinencia Total, Director Nacional en Bolivia de esa asociación eclesial, actualmente delegado de Central y Sud América ante el Consejo Central Pionero. Miembro de la Fundación «Vida y Familia» de su diócesis. Difunde la consagración a Jesús por las manos de María de Montfort, y otros apostolados afines