ADELANTE LA FE

Sed perfectos

Pues si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen eso también los publicanos? Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, qué hacéis de más. ¿No hacen eso también los gentiles? Sed, pues, perfectos, como perfecto es vuestro Padre celestial.  Mt. 5, 46-48.

La Iglesia se fundó sobre los  santos Apóstoles

Queridos hermanos, el mandato del Señor es claro y tajante: Sed perfectos, como perfecto es vuestro Padre celestial. Nos ha dado el modelo: el Padre. La exigencia del Señor es absoluta, no quiere que lo intentemos según nuestras fuerzas, o que hagamos lo que podamos, no, no dice eso, dice: Sed perfectos. Sedlo.  No nos dice: Sed perfectos según vuestras posibilidades. No nos dice: haced lo que podáis. Dice: Sed perfectos. Nada menos que como lo es el Padre celestial, ni siquiera se puso el Señor como modelo, nos ha dado como modelo al mismísimo Padre.

Eso es lo que hicieron los Apóstoles, que de humildes pescadores unos, publicano otro, llegaron a ser perfectos como el Padre – menos el traidor-, siendo ejemplo y  modelo de fidelidad a la Palabra del Señor, a sus enseñanzas, por todo lo cual fueron perseguidos, encarcelados y martirizados.

Fijémonos en el ejemplo de uno  de los Apóstoles. San Andrés fue el primero que con ánimo resuelto siguió la nueva enseña del Crucificado; si los demás apóstoles siguieron al Maestro a las primeras palabras que les dirigió, Andrés le siguió sin oír palabra alguna de su boca. No fue Jesucristo quien llamó a Andrés, sino que  éste fue corriendo a su encuentro. Al oír del Bautista las palabras: He aquí el Cordero de Dios, corrió Andrés, resuelto y sin vacilar, hacia Jesús. He aquí un insigne ejemplo de fe y fortaleza. Si tal fue la prontitud en seguir a Jesucristo cuando no tenía aún prueba alguna de su divinidad, ¿cuál no sería su seguimiento después de haber presenciado tantas curaciones repentinas, tantas resurrecciones, tantos milagros de todo género? Tras la ascensión del Señor al reino de su Padre, después de haber ordenado a sus discípulos que predicasen su Evangelio por todas las naciones, por todos los pueblos del mundo, Andrés, termina, tras su estadía en varios lugares, en Acaya, donde encontrará lo que tanto anhelaba en su corazón, y buscaba con ansias por todas partes, el martirio. Tres son los grados que deben considerarse en la fortaleza de un mártir: padecer con paciencia, padecer con alegría, padecer con deseo. Estos de cumplieron perfectísimamente en San Andrés.

Mención especial merece el protomártir de la Iglesia, San Esteban. Vivió y murió ejemplarmente siguiendo el mandato de perfección de Jesús.  Con su fe heroica y celestial sabiduría confundió  la falsa sabiduría farisaica; fue el primero en demostrar con su muerte magnánima la verdad de la naciente religión; el primero en ilustrar con su divina caridad la altísima ley evangélica.  Se distinguió desmintiendo y confundiendo la indomable incredulidad de los judíos. Predicó y enalteció la verdad de Jesucristo, no ocultamente y en reuniones particulares, sino públicamente a la vista del pueblo judío. La predicó, no a la gente humilde y de fácil persuasión, sino a toda clase de personas; no en circunstancias propicias, sino  en toda ocasión por difícil que fuese. La predicó sin rodeos, sin reservas y sin esperar de aplausos. La predicó con libertad, con ardor, con celo, resonando siempre su voz en las plazas más concurridas, en los umbrales más frecuentados del Templo, en presencia de los príncipes de los sacerdotes, en las mayores solemnidades de la Sinagoga. Los doctores de Israel, aquellos sátrapas, no le perdonaron su celestial sabiduría e hicieron de él el primero en hacerse destrozar y matar por Cristo. Y  mientras lo mataban, salían de sus labios palabras de perdón para que este pecado no les trajera a sus verdugos el castigo eterno. He aquí un ejemplo luminoso del cumplimiento del mandato del Señor: Sed perfectos.

Podríamos continuar con la pléyade de mártires, tanto en los primeros siglos, como a lo largo de la historia de la Iglesia, y en la época actual con tantos mártires de la Iglesia de Oriente. También como la ingente nómina de confesores de la fe, de santos teólogos, papas, religiosos, sacerdotes, tantos otros que con una vida oculta fueron testimonio del mandato de Jesucristo.

La Iglesia nació asentada sobre doce Apóstoles santos, aunque antes fueron pecadores e ignorantes, pero eso fue antes. El día de Pentecostés, henchidos del Amor de Dios, plenos de la Sabiduría divina, rebosantes del Espíritu Santo, empezaron a predicar la verdad de Jesucristo, y ya no pararon hasta dar su vida por Él.

Camino de perfección. 

Queridos hermanos, estos ejemplos, entre una infinidad, son estímulos que nos han de ayudar a esforzarnos por cumplir el mandato del Señor. Este esfuerzo de perfección cristiana es necesario para nuestra alma. Cuidado con rechazar el esfuerzo por la perfección, y conformarnos con el consabido “somos humanos y débiles”. El Señor nos ha dado los medios de perfección, nos ha dejado el ejemplo de su vida, y el ejemplo de tantos que le siguieron, porque amaron plenamente, renunciaron a sí mismos y supieron darse por entero del Señor.

Hemos de seguir los medios de perfección cristiana, empezando por el aprecio y estima a las cosas espirituales, que cuanto más se de uno a ellas más las desea. Siguiendo por la perfección de las obras ordinarias de cada día, haciéndolas como si no tuviéramos otra cosa que hacer. Mantener siempre en todos nuestros actos una intención recta en todo lo que hagamos, evitando la vanagloria, la malicia, el interés, haciéndolo todo con gran rectitud y pureza de intención. Siempre en todas nuestras acciones reflejar la caridad fraterna, alejarnos de la murmuración y crítica, moderar los juicios, evitarlos si son innecesarios. Llevar una constante vida de oración, sin la cual es imposible alcanzar la perfección; acudir a la oración mental de forma diaria para enardecer la voluntad  con el ejemplo de la vida del Señor e  ilustrar el entendimiento con sus enseñanzas y verdades de fe. Ejercitarse continuamente en vivir en  la presencia del Dios. Tener presente continuamente al Señor en nuestros actos, por simples que fueren, esforzarnos por no olvidarnos de Él, que su presencia esté en cada momento con nosotros. No olvidar diariamente un el examen de conciencia, manteniendo siempre una actitud de dolor por los pecados y faltas, y verdadero propósito de enmienda; con el examen de conciencia mantendremos presentes los demás medios de perfección y los iremos asentando con más solidez en nuestra alma.

Mantener siempre la firme decisión de conformar nuestra vida con la voluntad de Dios. Sin la voluntad de Dios en nuestras vidas no hallaremos la verdadera felicidad; el cumplimiento de los Mandamientos de la Ley de Dios es el medio que ha puesto el Señor al alcance de nuestras fuerzas. Mucho ayudará al alma el conocimiento y dolor de sus pecados, así como mantener a fidelidad a los preceptos divinos y a la oración  en la sequedad del espíritu y desconsuelo de la vida.

Es necesario mucho aprecio a las virtudes, empezando por la humildad, fundamento de todas ellas. Propio es de la humildad tener poco aprecio por uno mismo y de sus capacidades y posibilidades; es muy importante tener un buen conocimiento de uno mismo, que sólo la ferviente oración nos proporcionará. No buscar nunca el alago de los demás, ni entristecerse por el desprecio e indiferencia. La humildad es el medio para alcanzar la verdadera paz interior. La modestia edifica y aprovecha al prójimo y supone un refuerzo imprescindible en el crecimiento interior y fortaleza de la fe; son muchos los que no aprecian ni valoran la modestia, por no dar importancia a las cosas exteriores aduciendo que no está en ellas la perfección; perro es un grandísimo error, pues la modestia es reflejo exterior de la verdadera humildad interior. Junto a la humildad y modestia, el silencio y recogimiento ayudarán al alma en su camino de perfección, pues el alma ha  de buscar sus momentos de recogimiento y de silencio. El silencio y recogimiento recordarán al alma que ha de huir de las murmuraciones y conversaciones vanas, de decir mentiras, que ha de mantener conversaciones que agraden a Dios.

Mención especial merece en el camino de perfección cristiana las tentaciones. El alma ha de saber que nunca faltarán, y que se presentarán en cualquier estado de alma, pero siempre han de verse como medio para la perfección y santidad. Las tentaciones favorecen al alma para conocerse más y humillarse más, y de esta forma acudir con mayor fervor y frecuencia a la ayuda divina. En el camino de perfección, el alma irá conociendo mejor las argucias del tentador, y se preparará mejor contra los engaños con que se presentan las tentaciones.

En el camino de perfección los afectos humanos se presentan muchas veces como un obstáculo y freno al crecimiento espiritual del alma; por esta razón es necesario que no sean impedimento alguno, y si  fuera necesario, mantener un adecuado distanciamiento.

Para completar y concluir este rápido repaso por  esta guía del camino de perfección, hemos de hablar del Santo Sacrificio de la Misa. El alma ha de comenzar con la debida preparación, para lo cual acudirá con el alma limpia de todo pecado, manteniendo una frecuente confesión; con desprecio también a los pecados veniales y faltas. Mantendrá una recta disposición del alma, meditando con unción y devoción la Sagrada Pasión del Señor que vuelve a tener lugar en el altar. Vivirá intensamente y con gran reverencia el Santo Sacrificio, y recibirá con gran aprovechamiento para el alma el Cuerpo de Cristo. No dejará de dar gracias tras la Sagrada Comunión, momento muy importante para meditar en la presencia del Señor en el alma, y hacer el propósito de mantener el recuerdo de la presencia del Señor el resto del día.

Queridos hermanos, busquemos la perfección cristiana en nuestras vidas, esforcémonos en ello, es un mandato del Señor, no es una opción nuestra, es una obligación que nos impone el Señor, en su omnipotencia, sabiduría y liberalidad. Porque Dios sólo busca la salvación del alma, su santificación, busca nuestra eterna felicidad que sólo conseguiremos con el esfuerzo aquí abajo, en este valle de lágrimas, donde sólo la fidelidad a la Palabra divina y a sus preceptos, es capaz de dar esperanza  al sufrimiento y gozo divino al dolor.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo “Mysterium Fidei” sobre la Misa tradicional.