ADELANTE LA FE

El seminario debe ser escuela de oración

Queridos hermanos, el Seminario debe ser una verdadera escuela de oración, donde los seminaristas se formen, en primer lugar, en las técnicas de la oración, y en segundo lugar, lleguen a ansiar en su corazón la intimidad con el Señor en la oración recogida, silenciosa y apartada. ¿Cómo un futuro sacerdote se llena de Dios sino es por medio de  trato asiduo e íntimo con el Maestro al que ha de imitar? Si el seminarista no se forma para ser reflejo del Señor, ¿qué hace en el Seminario? Sino no está en el Seminario para amar al Señor, para conocerle, para llegar a imitarle con la máxima fidelidad, para ser un verdadero reflejo de Él, para arrancar de sí todo lo humano y carnal que tenga y ser sustituido por al amor de Dios, si el seminarista no está en el Seminario para aprender a llegar un día a vivir crucificado con Cristo en la Cruz, ¿qué hace en el Seminario?

Si el seminarista no es formado para ser santo, para vivir castamente, pobremente y obediente y fiel a  la fe, ¿qué hace en el Seminario? Sin la oración íntima y constante nunca podrá ser reflejo de Cristo; aunque hable de Él, y le hablen de Él, el seminarista nunca lo conocerá, nunca conocerá al Señor; nada sabrá de su vida, de sus palabras, de sus acciones, de sus consejos, de sus advertencias, de sus sentencias.  Aunque llegue a halar de todo ello, lo hará de los labios hacia fuera, pues su corazón permanecerá insensible porque no lo conoce.

Sólo se llega a intimar con el Señor en la oración de recogimiento, en el retiro, en el silencio de la soledad; allí es donde el Señor se comunica al alma, le hace conocer lo que nunca podrá el alma conocer fuera de la oración; allí es donde el Señor da forma al corazón del seminarista transformándolo, a medida de su fidelidad a la oración, en el corazón del futuro sacerdote de Jesucristo. Si el seminarista no llega a ser un alma de oración, y no sólo eso, sino más bien un maestro de oración, nunca podrá ser verdaderamente un buen Pastor; nunca sabrá  dar el alimento verdadero que las ovejas a su cargo necesitan.

Sólo una cosa es necesaria, verdaderamente necesaria, escuchar, meditar, contemplar, los hechos y dichos del Señor; sentarse a sus pies y dejar que el único  y verdadero Maestro nos instruya con su sabiduría y amor. Meditar nos permite penetrar en  el conocimiento de Dios, al tiempo que hace acrecentar el temor de Dios en el  alma y la compunción por los propios pecados; tal compunción aviva nuestra oración y nuestro deseo de conocer y amar más al Señor, y así, de esta forma, se forma esa cadena espiritual y divina que atrapa al alma del futuro sacerdote, transformándole de carnal en espiritual, de mundano y pecador en santo, de seminarista en sacerdote. Porque si el seminarista no aspira con vehemencia ser santo, ¿qué hace en el seminario?

Si el seminarista no llega a ser un alma de oración es que no ha encontrado la perla preciosa, el tesoro que alegrará y fortalecerá su vida sacerdotal;  no le han ayudado a encontrarlo. Ha pasado por el Seminario y no le han enseñado de dónde beber el agua que saciará su sed de plenitud sacerdotal, que calmará su ansiedad en los momentos de turbación, que le confortará en la aridez de su apostolado No sabrá el futuro sacerdote, porque nadie se lo enseñó en el Seminario, dónde realmente descansar de las fatigas que el día arrastra, que el  trabajo conlleva, que la desesperanza, a veces, embarga el corazón del sacerdote. Y entonces irá a beber del agua contaminada del mundo, y buscará el descanso en las vanas y engañosas comodidades de la concupiscencia.

Si el seminarista no es formado en la escuela de la oración, sino llega a ser un maestro de ella, su vida espiritual quedará a merced totalmente de los altos y bajos de su vida; en realidad no tendrá vida espiritual, al menos seria y profunda, será muy influenciable, voluble, adaptado a las circunstancias, y sobre todo, dependiente en exceso del aprecio de los demás y de la consideración de sus superiores. Todo esto que muy bien lo sabe el maligno lo sabrá usar a la perfección para la tentación y caída del sacerdote. Sólo la  intensa vida espiritual, su constancia en ella, su deseo de ella, hará del sacerdote un verdadero reflejo de Cristo, es decir, generoso y no cicatero, alto de miras y no pusilánime, magnánimo y no inflexible.

El Seminario debe ser escuela de oración para hacer del seminarista un sacerdote santo, que renunciando a su yo personal viva el Yo de Dios.

Ave María purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa.

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo “Mysterium Fidei” sobre la Misa tradicional.