ADELANTE LA FE

Señor, enséñanos a orar (5)

CUERPO DE LA MEDITACIÓN

SEÑOR, ENSEÑANOS A ORAR (V)

 

ORACIÓN CONTEMPLATIVA

Oración contemplativa.

Queridos hermanos, la Oración contemplativa imaginativa, no es contemplación infusa o adquirida, que esto es gracia de Dios elevando el alma e iluminando la inteligencia e inflamando el corazón de fervorosos deseos; la oración de la que hablamos, y de la que trata San Ignacio en sus Ejercicios:

  1. Es una oración que se basa en la imaginación,
  2. Donde los razonamientos y consideraciones son menos que en la oración de las Tres potencias.
  3. Y donde es mayor el ejercicio de los afectos de amor de Dios por sus beneficios.

Esta oración contemplativa resulta un modo de oración muy alcance de todos, pues se reduce mucho el uso de razonamientos y consideraciones, en favor de una contemplación imaginativa de la escena a contemplar.

Modo de contemplar

Una vez se ha leído el  texto a contemplar, se han de tener en cuenta los siguientes pasos:

  1. Ver con los ojos de la imaginación. Ver las personas, sus rasgos, ademanes, acciones, rostro, cara, vestidos…,  todo lo que de la historia leída entra en el campo visual. Penetrar todos los detalles. En conjunto, en gran detalle o en pequeño detalle. Ver todo para entenderlo, comprenderlo y llenare de su sentido.
  2. Oír las palabras, los ruidos, pisadas, rumores., etc. Todo lo que de la historia leída signifique sonido. Oír para entender lo que se dice, comprenderlo, hacerte cargo, y aprender de lo que se dice procurando sacar algún provecho.
  3. Ver las personas, ver los hechos en su desenvolvimiento. Cómo van o vienen las personas, cómo se mueven, qué hacen; también con la intención de comprender todo el sentido de la escena que estás contemplando.

En las contemplaciones de la Pasión del Señor añade estos otros capítulos:

  1. Ver  lo que Cristo padece o quiere padecer, ponderándolo con todo afecto, dolor y compasión, esforzándote por participar en los sentimientos de Jesús.
  2. Ver cómo la divinidad se esconde dejando a Jesús sufrir y padecer sin hacer nada para evitar sus sufrimientos y dolores. Pásmate de este misterio de la divinidad que deja la humanidad de Jesús a merced de tantos sufrimientos.
  3. Ver cómo esto lo sufre por ti,  pesar de tus desvíos y disipación, o frialdad de espíritu.

En las contemplaciones de la Resurrección añade estas otras consideraciones:

  1. Ver como la divinidad, que antes de escondía, se manifiesta ahora tan maravillosa y plenamente, con tanto gozo y resplandor de gloria.
  2. Ver el oficio de Jesús, que es consolar y alentar a sus amigos, a los que antes sufrieron y lloraron su muerte; a los que desconfiaron y ahora se llenan de fe apostólica y de fidelidad hasta la muerte.

Ejemplo de oración de contemplación.

Elegimos para contemplar la elección de los primeros discípulos, en Jn. 1, 35-51.

  1. Historia: La leemos  en el Evangelio de San Juan.

Una vez leído el texto evangélico, retenemos en la mente un resumen de  las escenas que contemplaremos. Tal resumen podría ser el siguiente:

Jesús ha ido al Jordán. Se ha bautizado. Se oyó una voz que decía “este es mi Hijo muy amado”. Después del bautismo sigue Jesús un tiempo a orillas del Jordán. Pasa un día Jesús junto a la orilla; era por la mañana, en la primera neblina del día. Juan le ve; está con dos discípulos suyos, y dice “Ese es el Cordero de Dios”. Los dos reciben una sacudida interior, se levantan y echan a andar  en atento y reverente silencio tras Jesús. Encandilados por el aspecto de Jesús, le siguen sin decir nada; no se atreven, y van sin ruido, casi sigilosamente. De improviso, Jesús se vuelve, les mira, les dice: ¿Qué pasa? Me estáis siguiendo. ¿Qué queréis? Los dos, sorprendidos tan repentinamente, se turban, no saben qué decir y salen por donde pueden, y preguntan: “Maestro, ¿dónde vives?” Jesús responde con naturalidad: “Venid y vedlo”. Se ponen uno  a cada lado, animados y contentos; se ha roto el  hielo. Pasan el día con Él. Uno era Andrés, hermano de Pedro, del otro no se dice el nombre; no sabemos quién es. Fueron con Él. Vieron donde habitaba; un hueco entre las peñas. Volvieron encendidos; ¿qué pasó aquel día charlando con Jesús, oyéndolo con la boca abierta, encendido el corazón, patidifusos, extasiados? Y Jesús sin dar importancia, natural y divino; amable, confiado, bondadoso, seductor. ¿Qué tienes que nos arrastras, nos seduces, nos emborrachas, nos llevas tras de Ti?

Andrés, loco de contento, se encuentra con Pedro, su hermano,. Le dice: “¡Hemos encontrado al Mesías!”. ¿De dónde sacó Andrés que Jesús era el Mesías? Lo entendieron cuando Juan les dijo, ese es “el Cordero de Dios” (Hijo de Dios, Siervo de Dios, Mesías de Dios). Pero, ¿cómo lo adivinó Andrés?, ¿qué voz interior se lo dijo?, ¿qué salió del rostro de Jesús, de sus palabras, de su tono de voz, de sus gestos, de su humanidad, que transmitió a Andrés tan fabulosa, tan enorme, tan tremenda noticia, que el Mesías ya estaba aquí; que era Él? Y lleva a su hermano Pedro a Jesús. Pedro va, ve, oye, palpa… Jesús le mira, clava en él sus ojos, “Tú eres Simón, desde ahora te llamarás Roca”. Pedro sale trastornado, como había salido la tarde antes su hermano Andrés.

Al día siguiente quería salir Jesús para Galilea, pero se encuentra (iban ya todos juntos) con Felipe. Felipe era de Betsaida, o sea, galileo, como Andrés y Pedro. Jesús le dice sin más: “Sígueme”, y quedó enganchado.

Por la tarde se despide Felipe para ir a casa y se encuentra a Natanael (Bartolomé). Ahora es Felipe quien hace captación de otro elegido. Emocionado le dice: “Hemos encontrado al Mesías del que habló Moisés y los profetas; a Jesús, de Nazaret, el hijo de José”. Natanael, flemático, y bastante desconfiado, responde: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?” Felipe, completamente entusiasmado, le desafía: “Ven y compruébalo”. Y le lleva  Jesús. Jesús le ve venir y sonríe: “Este sí que es un israelita sin trampa”. Natanael queda sorprendido: “¿Por qué dices eso si no me conoces?” Jesús, sin dejar la sonrisa, dice: “Bueno, hombre, antes de que Felipe te llamara yo te vi bajo la higuera”. Natanael queda estupefacto; hay un vuelco en su alma, y responde sobresaltado: “Maestro, tu eres el Hijo de Dios, tu eres el Rey de Israel”. Otro que queda enganchado sin saber cómo. Ya van cinco. Y Jesús sigue su camino por el mundo, entre nosotros enganchándonos en su amor, en su seguimiento, en su fe. Y empieza el viaje a Galilea. Se quedaron para siempre con Jesús. Fueron sus testigos, sus Apóstoles, y dieron la vida y la muerte por Él. Jesús fue su amigo, su padre y compañero.

  1. Modo de hacer la contemplación.

Vamos a hacer la contemplación con la imaginación. Se trata de revivir el misterio o episodio de la vida de Jesús, el cual hemos leído y hacho un resumen.

Revivimos y reconstruimos los hechos metiéndonos en la escena y viviéndola con toda el alma, con todo el amor y con todo el corazón. Lo revivimos por medio de los sentidos de la imaginación, viendo, oyendo, palpando, entendiendo, comprendiendo, amando, encendiéndonos en amor y dejándonos llevar por la gracia, por el amor ardoroso que tal amor suscita en mi.

La imaginación da un trabajo suave, sosegado, profundo y vivo al entendimiento y a la voluntad. Enciende nuestro amor, nos empuja a la santidad, nos identifica con Cristo. Poco a poco se establece una relación con el Señor amistosa, amorosa y embriagadora. La contemplación nos transforma.

Seguimos las pautas que nos pone San Ignacio:

Ver con la vista de la imaginación las personas, el río, el cauce pedregoso, el sitio desértico. El murmullo del agua, el silencio, la soledad, empaparte del ambiente. Jesús solo, recogido, sin ruido, paseando con paz y sosiego por la orilla del Jordán.

Ver a Andrés y al otro discípulo desconocido ir detrás sin saber por qué ni para qué. ¿Por qué echan a andar? ¿Por qué le siguen? ¿Qué fuerza es esa, qué atractivo es el que emana de Jesús?

Ver a Andrés con su hermano Pedro cómo le coge de la mano y lo lleva a Jesús; cómo le sonríe, cómo le habla.

Ver, al día siguiente, a Felipe cómo sin preámbulos, ni presentaciones, ni mediar palabra Jesús le dice: “Sígueme”. Ver cómo le obedece ciegamente.

Ver a Felipe y Natanael. Cómo Felipe le dice: “Ven y verás”. Ver cómo de manera tan amorosa Jesús les atrae, y los ata a Él. ¡Qué dicha ser escogidos por Jesús!

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Oír: “¿Qué buscáis?” Me estáis siguiendo: “¿Qué queréis? ¿Qué se os ha perdido?” Y quedan azorados Andrés y el otro discípulo. Salen por donde pueden, están turbados.

Oír a Jesús que nos hace la pregunta a nosotros: “¿Qué hacéis ahí en oración?

Oír: “¿Dónde vives?” Queremos verte, conocerte, vivir contigo. Llévanos contigo a ver dónde vives.  No, Yo os llevaré conmigo para que viváis conmigo y seáis míos. Bueno, Señor. Llévanos, haz de nosotros lo que quieras. Bueno, pues, venid. Y pasan un día de gloria. Comen algo; lo que tiene Jesús en algún saco o alforja. Dan vueltas por la casa, que sería un hueco entre las rocas. Miran, tocan, husmean. Y sobre todo hablan. Jesús les habla del Reino.

Oír imaginativamente el sonido de las voces y palabras que llegan al fondo del alma, Cómo tocan el corazón, y de pescadores de peces, Jesús, les hace pescadores de hombres.

Oír el murmullo del río, los distintos tonos… que llegan a lo hondo de nuestra alma y encuentran eco en ella, como si fueran dichos a nosotros mismos.

 

Ver lo que hacen: San Juan Bautista decir: “Ese es el Cordero de Dios”. Andrés y el desconocido levantarse como movidos por un resorte. Sobresaltarse; empaparse de algo sobrenatural que salía de Jesús y les arrobaba.

Ver lo que hacen: Jesús, saberlo todo, saber que le seguían, saber que eran sus hombres, sus elegidos, sus preferidos y amados con amor de predilección. Ver a Jesús volverse, no para asustarlos, aunque el gesto repentino del Señor asustó a los dos discípulos. Ver la sonrisa amable de Jesús, atrayente y subyugante.

Ver lo que hacen: Andrés contar todo arrebatadamente a su hermano Pedro. Ver a Pedro convertirse en Piedra, y saberse subyugado para siempre a Jesús.

Ver lo que hacen: Felipe le bastó una sola vez; bienaventurado Felipe, elegido, prendido, raptado por Jesús para ser su testigo, su apóstol, su amigo.

Ver lo que hacen: Natanael,  distraído y desconfiado: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?” Lo diría en broma o en serio, pero lo dijo. “Ven y verás” la contesta Felipe. Es la única manera de salir de dudas. Ven tú y mira: es cosa tuya, asunto tuyo. Vete y mira a Jesús; eso es lo que haces en la oración: “¡Vete a Jesús y míralo!” Y la exclamación de Natanael: “Señor, tu eres el Hijo de Dios, el Mesías de Israel”.

Una vez vista esta forma de oración contemplativa, hablaremos en el próximo artículo de la tercera forma de orar: Aplicación de  los sentidos del alma.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa.

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo "Mysterium Fidei" sobre la Misa tradicional.