ADELANTE LA FE

Señor, enséñanos a orar (IX)

ANEXO 2º

FUNCIÓN DE LAS POTENCIAS: IMAGINACIÓN-ENTENDIMIENTO-VOLUNTAD.

 

Vamos a profundizar más sobre la función de estas potencias.

Imaginación.

La imaginación forma parte de nuestra oración mental, especialmente en la oración contemplativa y en la oración de los sentidos; se trata de recrear con la imaginación los hechos narrados y contenidos en el Evangelio. Lo primero, para evitar confusión, hay que recordar que toda contemplación toma por materia un hecho fielmente tomado del Evangelio, resumiéndolo. Esa historia, o hecho, lo reconstruimos con la imaginación y lo hacemos revivir en nosotros. Este hacernos presentes es la clave de lo que pretendemos: revivir intensamente, y lo más cerca posible, los hechos y circunstancias de tal misterio, como si fuera algo mío. Es la manera más obvia y natural de penetrar y comprender la historia, y conocer más íntimamente a Jesús. Se trata, pues, de reproducirla fielmente y sobre la base de lo cierto. La imaginación puede tomarse campo para reconstruir, penetrar, entender y cómo vivir en compañía de Cristo los misterios de su vida.

La imaginación reproduce todos los elementos sensoriales del misterio: primero, lo que se ve; lo que tiene forma y color; segundo, los sonidos, sus timbres, su modulación, y, mucho más, el sentido pleno de lo que se dice. Con la voz se reviven las verdaderas circunstancias y se entiende el verdadero sentido de lo que se dice. Se reproducen, también, cómo acaban, y de esa representación comprendemos de una manera más completa el misterio y lo revivimos mejor. También revive la imaginación, a su manera, el olor y sabor de lo divino. La imaginación revive también sensaciones del tacto, y nos invita a tocar, besar, abrazar a Jesús, o las cosas que Él toca y pisa; y tocarle a Él, con respeto, reverencia y amor; tocas sus vestidos, como la hemorroisa, tocarle como le tocaba la muchedumbre, porque de Él salía un poder que lo curaba todo. En fin, es un acto reverencial y de adoración intentar ese grado de aproximación a Jesús.

Entendimiento.

El entendimiento toma todo lo que le dice o transmite la imaginación, pero el entendimiento lo entiende, lo comprende, se da cuenta de lo que significa para él, y penetra todo el significado que encierra para él. En último término, el que se entera es el entendimiento. Cae en la cuenta de lo que el misterio le implica, le enseña y pide. El entendimiento parece que no hace nada, pero, o lo hace todo, o está en todo, y se entera de todo y sabe lo que le concierne. Lo que no debe es estorbar el trabajo contemplativo–oración contemplativa – de la imaginación, porque el contacto de ésta con el misterio es la fuente de donde mana todo, incluso para el mismo entendimiento. En esta oración, el entendimiento no trabaja discurriendo, pues no se trata de reflexionar, sino de empaparse del misterio y penetrarlo por todos los poros. El discurrir y reflexionar lo dejamos para la oración de las Tres potencias.

En la oración de las Tres potencias, la imaginación tiene menos papel protagonista, relegando el puesto principal  al entendimiento, que es la base de la oración; pues con el entendimiento se  debe entender y discurrir sobre la materia meditada.

Voluntad.

Todo en la oración va dirigido a la voluntad. Tanto el uso de la imaginación, como del entendimiento, va dirigido a inflamar la voluntad; y así, obtener deseos firmes de mejorar, de perfección, de santidad, en una palabra, deseos de perfeccionar esta virtud, de desechar aquel defecto, de limar aquellas asperezas del carácter. La voluntad nos lleva al firme propósito de seguir fielmente al Señor.

 

ESPÍRITU BUENO Y ESPÍRITU MALO.

Necesitamos alguna herramienta para discernir si es el espíritu que nos anima es bueno o malo. El espíritu bueno y el espíritu malo son dos representaciones de la naturaleza y de la gracia. La naturaleza busca lo sensible y aborrece lo espiritual porque no es su objeto propio, no está destinada a los bienes impalpables y suprasensibles de la gracia.  El espíritu busca lo que está más allá de los sensible, y por esa razón van por caminos opuestos y antagónicos. Hablar, pues, de espíritu bueno y malo es hablar de naturaleza y gracia.

La naturaleza y la gracia se comportan en la vida espiritual de manera distinta y opuesta. La naturaleza ignora todo lo de la gracia y se comporta de espaladas a ella, y aún contra ella. Todo lo que es gracia es quitar autonomía a la naturaleza, y por eso la repele. La gracia no aborrece la naturaleza, pero se mueve en un plano superior y tiene que luchar por imponerse a ella.

San Ignacio enseña: Primera regla, [E 314]: En las personas que van de pecado mortal en pecado mortal, acostumbra comúnmente el enemigo (la naturaleza) proponerles placeres aparentes, haciendo imaginar delectaciones y placeres sensuales, por más los conservar y aumentar en sus vicios y pecados; en las cuales personas el buen espíritu usa contrario modo, punzándoles las conciencias por el sindéresis (capacidad natural para juzgar rectamente) de la razón. Es lo suyo, la naturaleza se resiste a abandonar el camino de los sensible y deleitable tirando siempre a la satisfacción y al exceso. La gracia tiene que ir tirando siempre de la naturaleza con su apego al fin inmediato, que es lo sensible y deleitable. La naturaleza no distingue entre pecado y gracia; se apega a lo sensible, y por ahí empuja son fijarse límites. Si personificamos la naturaleza en el demonio, entonces atribuiríamos a éste una intencionalidad que nos empuja a ir de pecado en pecado, bajando por una cuesta sin fin.

Por el contrario: Segunda regla, [E 315]: En las personas que van intensamente purgando sus pecados, y en el servicio de Dios nuestro Señor de bien en mejor subiendo, es el contrario modo que en la primera regla; porque entonces propio es del mal espíritu morder, tristar, y poner impedimentos,  inquietando con falsas razones para que no pase adelante; y propio del bueno dar ánimo y fuerzas, consolaciones, lágrimas, inspiraciones y quietud, facilitando y quitando todos los impedimentos, para que en el bien obrar proceda adelante.

Es decir, que la consolación es signo de que vamos de bien en mejor, subiendo, y de que en esos momentos es cuando el buen espíritu hace mejor su oficio. En esos momentos debemos mirar si sentimos  obstáculos, impedimentos y rémoras en el bien obrar, y distinguiremos que se trata del mal espíritu que intenta apartarnos del bien obrar, cuya luz nos guía y anima.

Todavía una observación al modo de obrar de ambos espíritus. Dice San Ignacio [E 335]: En los que proceden de bien en mejor, el buen espíritu toca el alma dulce, leve y suavemente, como gota de agua que entra en una esponja; y el malo toca agudamente y con sonido e inquietud, cuando la gota de agua cae sobre piedra. Ya los que proceden de mal en peor, tocan los dichos espíritus de modo contrario, cuya causa es ser distinta la disposición del alma con uno u otro espíritu; porque cuando es contraria, entran en estrépito y con sentidos, perceptiblemente, y cuando es semejante entran con silencio como en propia casa a puerta abierta. Así que cuando el alma va bien tiene puerta abierta al buen espíritu, y éste entra suave, quieta y dulcemente como en casa propia. El mal espíritu llegaría con turbación e inquietud. Por el contrario, cuando el alma va de mal en peor, el mal espíritu tiene la puerta abierta y está como en casa propia, y el buen espíritu procura obstaculizar la acción del mal espíritu con remordimientos y la sindéresis de la razón. Esta es la manera de tocar los espíritus al alma.

 

DISCERNIMIENTO DE ESPÍRITUS.

Dice San Ignacio, [E329]: Es propio de Dios y de sus ángeles en sus mociones dar verdadera alegrías y gozo espiritual, quitando toda tristeza y turbación que el enemigo induce; del cual es propio militar con tal alegría y consolación espiritual, trayendo razones aparentes, sutilezas y asiduas falacias.

El espíritu bueno, o señal de la inspiración de Dios, da la alegría verdadera, satisfacción interior, plenitud del alma, seguridad con fe, esperanza y caridad. No una vana alegría y satisfacción propias por lo bien que lo hacemos, o por lo bien que nos sentimos, sino por experiencia de los divino. Alegría consistente, perseverante, paz del alma, sosiego interior por complacencia en la fidelidad de Dios, en cuyos brazos y seguridad nos movemos, no en nada nuestro. Esta alegría quita toda tristeza y preocupación interior, despeja el horizonte, nos hace entrever los dones celestiales de los que gozamos en la oración, y que van en aumento y con perspectiva de plenitud. Nos sentimos, en una palabra, en manos de Dios. Esa alegría verdadera quita toda tristeza. Es propio de Dios quitar toda turbación, o desosiego, intranquilidad, dudas, vacilaciones y otros síntomas del mal espíritu.

El mal espíritu induce a lo contrario: Tristeza, turbación, congoja, pereza, hastío… ¿Por qué voy a hacer esto si o que me apetece ahora es ir a dormir, o a leer el periódico, o ver la televisión? Y andamos de mala gana y a deshora, y a trancas y barrancas jugando con Dios, y con la gracia, dejándolos de lado, yéndonos tanto como nos va en la oración y en la vida espiritual.

Tenemos, pues, los signos de los espíritus; cual es el modo de obrar de uno y de otro. Atengámonos a las mociones del bueno y resistamos a las del malo.

 

FIRMEZA.

Es frecuente y ordinario en la vida espiritual momentos o temporadas de desolación. Son momentos de crisis y de indeterminación. El alma no sabe qué hacer. Da vueltas y vueltas, insiste, acosa, insiste en la oración y ésta se le resiste con frialdad, y hasta con tedio y repugnancia. A la preocupación y desabrimiento inicial pueden sobrevenir otras mociones al alma aumentando el desánimo. Empezará a dudar de todo; de si lo hace bien; de si Dios no le ama; que no tiene vocación para la vida espiritual, etc. Dudas, confusión y alarma general. En estos momentos el alma puede angustiarse, hasta el punto de pensar que todo lo está haciendo mal y que es mejor dejarlo todo; que no está hecha para tal cosa y que debe desistir, que la voluntad de rechazo por parte de Dios es bien clara y que es mejor abandonar.

La doctrina de San Ignacio para estos casos es bien clara, [E 318]: En tiempo de desolación nunca debe hacer mudanza, más estar firme y constante en los propósitos y determinación en que estaba el día antecedente a la tal desolación, o en la determinación en que estaba en la antecedente consolación, porque así como en la consolación nos guía y aconseja más el buen espíritu, así en la desolación el malo, cuyos consejos no podemos tomar camino para acertar.

O sea, en tiempo de desolación el que mejor puede manipular el alma es el mal espíritu, y no hay que hacerle caso jamás. El que mejor manipula al alma en la consolación es el buen espíritu, del que tenemos motivos para tomarlo como firme guía y consejero para en adelante.

Perseverando en los mismos propósitos y determinaciones que teníamos antes de la desolación, mantenemos las expectativas y esperanzas a que nos inducía, procedemos con prudencia, obramos rectamente y no volublemente, y para con Dios las cosas que una vez han sido sí, siempre serán sí, y nunca no. Si Dios permite que en ese momento caiga sobre nosotros la desolación y desconcierto, es para probarnos cuánto resistimos por fidelidad en los santos propósitos y determinaciones, y cuánto nos alargamos en su servicio sin el incentivo de las consolaciones. San Ignacio quiere que nuestro servicio a Dios sea recio en las adversidades, y que nunca perdamos la fe ni la confianza en su fidelidad. Dios sabe lo que pasa, y lo permite por algún fin que sólo Él sabe. Debemos confiar más en la previsión que Dios hace de nuestra situación a la que podamos hacer nosotros.

Más consejos de San Ignacio para el tiempo, o momento, de desolación, [323]: El que está en desolación esfuércese de estar en paciencia, que es contraria a las vejaciones que le vienen, y piense que pronto será consolado, poniendo las diligencias contra tal desolación. Contra una desalación podemos mantenernos, primero, por pura fuera de fe, con firme determinación y resistencia contra las tentaciones de tal desolación; pero en muchos casos, y cada uno debe atenderá su propia experiencia, el que está en plena y dolorosa desolación no lo está tanto que no perciba la próxima y, tal vez, consolación. Esto lo da un instinto muy fino de amor de Dios y de entrega a su santísima voluntad, y sólo lo perciben los muy avezados en la vida espiritual.

Este sufrir la desolación humildemente y en paciencia con resignación en la voluntad de Dios, deja percibir lo oculto de sus designios y de que pronto vendrá la consolación, que superará con creces las amarguras de la presente desolación. En verdad lo dicho es un don de Dios reservado a las almas muy finas espirituales.

Finalmente, un último aviso de San Ignacio para los tiempos de desolación, (E 319): Dado que en la desolación no debemos mudar los primeros propósitos, mucho aprovecha el intenso mudarse contra la desolación, así como es en instar más la en la oración (por ejemplo, alargar más el tiempo  o haciendo otros ratos de oración) meditación, y en mucho examinar el modo que he guardado en el hacer la oración de cada día: Preámbulo, Método, etc. Vuelve a aparecer la importancia de San Ignacio da al Examen de la oración, para que encontrando nuestros fallos, los corrijamos y enmendemos.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo "Mysterium Fidei" sobre la Misa tradicional.