ADELANTE LA FE

Sólo hay un Jardinero

Para mí vivir es Cristo y morir una ganancia. Flp. 1, 21.

El jardín de nuestra alma 

Queridos hermanos, cuántas almas, por desgracia, no entienden nada o casi nada de la vida espiritual que les lleva a la identificación con Jesucristo. Y no es tanto culpa suya como que no tienen quien les guie y conduzca a través de la vida del alma. Qué hermosas las palabra de San Pablo: Vivo yo, más no yo, sino Cristo es el que vive en mí (Gal. 2, 20). Esta es la manifestación de un alma transformada en unión perfecta de santidad.

El Señor siempre cuida el jardín de nuestra vida, pasa a nuestro alrededor, es el jardinero. Nos avisa, y pocas veces nos damos cuenta, no le escuchamos. Cuando ve que las flores necesitan agua las riega, y seguimos sin darnos cuenta que Él lo riega todo. Él es el jardinero. El Señor viene en cada Sagrada Comunión al sagrario de nuestra alma, pero, ¡cuán poco tiempo permanece! Con qué rapidez el alma de olvida de la divina presencia del Jardinero en ella, con qué facilidad vuelve a pecar, a cometer innumerables faltas, pecados de omisión, de todo tipo, es la misma rapidez con se olvidó del divino  huésped  en su alma. La vida espiritual empieza cuando el alma es consciente de la presencia del Señor en ella, cuando viviendo esa presencia actúa de tal  forma que todo cuanto haga sea para afianzar la presencia divina en el alma; ello implica orientar todas las acciones al bien, a la santidad, al desprecio de uno mismo. Todo ello supone esfuerzo continuado y constante, y un deseo vivo y ardiente de que el Señor sea la vida del alma, el único Jardinero del jardín de su vida.

El Señor pasea por el jardín de nuestra vida, y no nos damos cuenta, no le vemos, ni nos apercibimos de su presencia. Cuando Él está, todo está en calma, nuestra alma está en la paz de Dios; y si le escuchamos, Él nos enseña todo. Pero no lo escuchamos, muchos no quieren oír su Palabra, ni mucho menos cumplirla. Si no se cumple su Palabra divina no se escucha al Jardinero, y no puede actuar en el alma; pero permanece a la espera de ser escuchado,  porque todo el jardín es suyo, creado por Él y mantenido por Él. Sólo las malas hierbas, tojos, y cizaña es plantada por el hombre, por sus pecados, por su alejamiento de la voluntad de Dios.

Sólo hay un Jardinero, es el Señor. No hay más, Sólo Uno. María Magdalena confundió al Señor con el jardinero, era normal, ¿quién no lo hubiera confundido? Si ella lo confundió que estaba puesta en el Señor, cuánto más nosotros. Ella estaba pensando humanamente, hasta que lo vio con los ojos de Dios, espiritualmente. ¿Por qué muchas almas no ven al Jardinero? Porque miran carnalmente, no espiritualmente. Porque no se esfuerzan en purificar su mirada, sus palabras, en alejarse del pecado. Porque no cumplen a la perfección la Palabra de Dios, no la siguen. Su alma no da frutos, no florecen en ellas las más hermosas flores, sólo los abrojos y las espinas. Pero el Jardinero está a la espera de  poder regar el jardín de esa alma, si ella se lo permite.

El jardín de la Iglesia

El Señor cómo no va a cuidar el jardín de su Iglesia, ¡es el Jardinero que la cuida!, es el único Jardinero que está en cada sacerdote. Puede pensarse en la situación actual que el Señor no cuida a su Iglesia, pero sí, la cuida, aunque está en un rincón del jardín, como arrinconado, porque muchos en la Iglesia le han dado la espalda, no le reconocen como el Jardinero, no le dejan que riegue su propio jardín con la verdad de su Palabra, de sus Mandamientos. La Iglesia, en muchos de sus ministros, arrincona la Palabra de Dios, la manipula, no la acepta en su totalidad; cuestiona los Mandamientos de la Ley de Dios. Han arrinconado al Señor en su propio dominio. Estos ministros del Señor, que miran con los ojos del mundo, no hacen más que dar frutos amargos, y secar el jardín del Señor, porque ellos quieren regarlo, con sus pecados de desobediencia a la Ley de Dios. Por esta razón sólo pueden dar frutos de muerte para el alma. Lo que tendría que ser un jardín frondoso de hermosas y olorosas flores donde  impera y se cumple la Voluntad de Dios, sus preceptos, es un erial seco de cardos.

El Señor puede arreglar su jardín, la Iglesia, pero está atado, el alma de muchos está sucia y empecatada. Pero, entre tanto erial y sequedad,  abrojos y cardos y espinas, aparecen algunas hermosas flores. ¿Qué hacen? Pues, dejar que el Señor las riegue, y al final, muy poco a poco, lo ocuparán TODO; y lo que hoy está seco y árido, se convertirá en el frondoso jardín que nunca tuvo que dejar de haber sido. La Palabra de Dios volverá a cumplirse perfectísimamente, los Mandamientos serán la regla de comportamiento para la salvación del alma.

El Señor nos lo recuerda, sólo hay un jardín, que es la Iglesia católica; solo un Jardinero que conduce a la vida eterna, Jesucristo; sólo un agua que riega el jardín, su Palabra divina, sus Mandamientos.

Queridos hermanos, la vida del alma, es la vida del Señor en ella, cuando el alma cumple a la perfección la voluntad de Dios, los mandamientos de la Ley de Dios, cuando se niega a sí misma para vivir en la vida de Dios. Cuando el alma deja que le Señor la santifique a base de renuncia, sacrificio, sufrimiento y oración, entonces deja que el Jardinero cuide, como sólo Él sabe, del jardín del alma.

Ave María Purísima. 

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo "Mysterium Fidei" sobre la Misa tradicional.