THE REMNANT

Suecia obliga a pastores luteranos a realizar matrimonios entre personas del mismo sexo

Este interesante cotilleo se deslizó bajo el radar el mes pasado: el Primer Ministro de Suecia está tratando de cambiar las leyes sobre el “matrimonio” homosexual del país, obligando a los sacerdotes a consagrar tales uniones. ¿y lo peor? Estos son sacerdotes de la Iglesia de Suecia. La iglesia estatal luterana reconoce oficialmente el “matrimonio” homosexual, pero permite a los clérigos individuales abstenerse de realizarlos. Ahora, pueden no tener elección.

Como dijo el primer ministro en un comunicado:

Nosotros, los socialdemócratas, estamos trabajando para asegurar que todos los pastores consagren a todos, incluidas las parejas del mismo sexo. Veo paralelismos con la partera que se niega a realizar abortos. Si trabajas como partera debes ser capaz de realizar abortos, de lo contrario tendrás que hacer otra cosa… Es lo mismo para los pastores .

El lenguaje es casi burlón. Por supuesto, hay paralelismos entre el “matrimonio” entre personas del mismo sexo y el aborto. Ambos son contrarios a las leyes de la naturaleza, y del Dios de la naturaleza. Ambos vuelan frente al orden social tradicional de Occidente. Y ambos están siendo manejados con letal habilidad por liberales que buscan destruir ese orden.

Los críticos del “matrimonio” homosexual (y del aborto, por cierto) advertimos todo el tiempo que esto sucedería. Dijimos que era sólo cuestión de tiempo que los defensores del matrimonio tradicional y la santidad de la vida llegaríamos a ser considerados como desviados antisociales. Y la referencia descarada del PM sueco al aborto -como si fuera algo que toda persona equilibrada aceptara, como el derecho de una mujer a votar o divorciarse de su marido y huir con el entrenador personal- muestra que Suecia ya llegó.

Esto se remonta al caso de Tim Farron, el líder de los liberales demócratas de Gran Bretaña, que se vio obligado a dimitir porque él, un evangélico devoto, se negó a decir si la homosexualidad es o no un pecado. (Finalmente  se venció y dijo que no lo era, pero para entonces el daño estaba hecho)  Farron se lamentó de que Gran Bretaña todavía no había logrado una “sociedad tolerante y liberal”, porque a su fe cristiana privada no se le permitía seguir siendo justamente eso: Privada.

Pero por supuesto, no lo era. Una sociedad que tiene el derecho de las parejas del mismo sexo a “casarse” a la par de las parejas de sexo opuesto no puede tolerar la presencia de quienes defienden la definición tradicional del matrimonio exclusivamente. Simplemente no es posible. Cada vez que tratamos con “derechos” de esta manera, implicamos que hay algo intrínseco a nuestra humanidad en juego. Nuestros derechos son, después de todo, “inalienables” y “dotados por nuestro Creador”.  Si alguien niega uno de esos “derechos” -por trivial que parezca- inevitablemente parece groseramente ofensivo. Niega parte de nuestra humanidad. Nos hace sentir menos enteros como especie. Por eso nosotros, como católicos, no solo lloramos la muerte de millones de niños perdidos en el aborto: lamentamos los hombres y mujeres de Occidente que se degradan metafísicamente al tolerar este genocidio en curso. Incluso aquellos de nosotros que estamos firmemente en defensa de los inocentes nos sentimos ensuciados por esta farsa. Y lo estamos.

Tal vez, cuando el “matrimonio” homosexual todavía era una novedad, los liberales podían engañar a los cristianos – e incluso a sí mismos – a creer que podríamos constituir ese “derecho” mientras tolerábamos a aquellos que fundamentalmente se oponen a él. Tal vez, había una vez, en que algunos de nosotros realmente creíamos que los tradicionalistas no llegaríamos a ser vistos como moralmente defectuosos, como los anti-miscegenecionistas de antaño. ¡Qué absurdo!

Los liberales siempre estuvieron perfectamente claros acerca de lo que estaba en juego. Nunca se preocuparon por la institución del matrimonio en absoluto. Recuerde: estos son los partidarios de la pornografía, Tinder, y el divorcio sin culpa. Por lo que estaban luchando es por el estatus de la homosexualidad en sí. Siempre se trató de lograr algún reconocimiento legal de su “igualdad” con las parejas de sexo opuesto. Una vez que lo consiguieron, era sólo cuestión de tiempo antes de que aquellos que negaran esa “igualdad” llegaran a ser vistos como parias – no mejor que los miembros del ku klux klan o neonazis.

Los tradicionalistas, para nuestra vergüenza, nunca los tomamos en serio. A nuestra sociedad se le dio la elección entre la procreación y la fornicación, y nos negamos a defender la primera. Teníamos demasiado miedo de parecer sosos y severos. Y ya estamos pagando el precio.

Michael Warren Davis

(Artículo original. Traducido por Rocío Salas)

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Edición en español de The Remnant, decano de la prensa católica en USA