ADELANTE LA FE

¿Todas las religiones son buenas? (II)

Una vez hechas las aclaraciones terminológicas procedamos a entrar en la materia de la cuestión del diálogo ineterreligioso

Necesidad de ‘unión’ 

Como nosotros mismos somos testigos, hoy en día gran cantidad de movimientos (repito que muchos de ellos son católicos por desgracia) abogan por una necesidad de tolerancia, respeto y diálogo interreligioso. Así, está de moda esa monstruosa idea de fusión con nuestros hermanos en la fe (como se les llama desde el Concilio Vaticano II). Sus argumentos están basados en dos cuestiones: una versión errónea del “ Ut omnes unum sint” (1) de nuestro Señor y una ‘necesidad de paz y caridad’.

En primer lugar, los deseos de unidad que nuestro Señor suplicó al Padre iban dirigidos hacia los fieles de su Iglesia, no a los cristianos nominalistas (“No todo el que me dice Señor, Señor entará en el Reino de los Cielos” (2)). Además es precisa una aclaración, no sólo es hereje quien niega todos los dogmas, basta con negar uno y aceptar los demás para serlo. Y recurriendo a san Pablo: “Los herejes no heredarán el Reino”(3). Luego, ¿cómo osan estos ‘unionistas’ reescribir el Magisterio de la Iglesia sobre las condiciones para la salvación de las almas?

El otro aspecto es la ‘necesidad de caridad y paz’. Ambas necesidades (sutilmente manipuladas por los modernistas) se combaten con la misma bayoneta: la Verdad.

a) Sin fe no hay caridad (4). Entendiendo la fe en su totalidad, íntegra.

b) Sin verdad no es posible la paz (5). Dado que hablaríamos de una paz aparente o hipócrita.

Ambas afirmaciones no constituyen sentencias de curas carcas, sino Magisterio de la Iglesia que tenemos obligación de cumplir.

Encuentros ecuménicos

Quiero abordar ahora la realidad de los encuentros erróneamente llamados ecuménicos. Definidos como jornadas de encuentro basadas en puntos comunes donde el fin es la oración de los asistentes a sus deidades con el fin de alcanzar un fin común. Esto es totalmente contrario a la Tradición de la Iglesia y por tanto, a la doctrina católica.

En primer lugar, se constituye un error gravísimo fomentar la oración a dioses falsos siendo conscientes de ello. Es posible que el sujeto que ora no sea consciente de que su dios es falso, pero nosotros sí lo somos y por ello, fomentar esas ceremonias induce a los inocentes a la idolatría (de la que somos culpables nosotros si los orantes no son conscientes de la realidad).

Y cuidado con el lenguaje modernista que impregna las páginas de la Nostra Aetate, en la cual al hablar de Alá y Yahvé como la misma cosa, y por ser Dios único e inmutable, pueden hacernos caer en que Dios se manifiesta de forma personal y no por medio de su santa Iglesia. Esto es erróneo (6) dado que contradice el dogma Extra Ecclesiam nulla salus. Además la visión inmanetista quedó condenado por SS Pío X (7).

Siguiendo el razonamiento anterior llegamos a la conclusión de que la Iglesia no puede participar en  dichas reuniones, cosa que además pertenece al verdadero Magisterio de Iglesia (8), es decir, el tradicional o diacrónico (el infalalible según el Concilio Vaticano I).

Conclusión

Finalmente, llegamos al final de nuestros escrutinios sobre el diálogo interreligioso. La unión de la Iglesia con los herejes sólo se podrá realizar sin ofender a Dios si son los herejes los que se retractan y asumen la doctrina de forma íntegra. Es decir, se producirá cuando el hijo arrepentido, cansado de comer con los puercos, vuelva a la casa donde el Padre le espara (9).

Francisco Sandoval

(1) Ioan XVII, 21

(2) Mt VII, 21-23

(3) Cfr Gal V, 16-24

(4) Mortalium Animos, Pío XI n.º 13

(5) Cfr. Humani Generis, Pío XII n.º 7

(6) Cfr. Mortalium Animos, Pío XI n.º 8, 12

(7) Cfr. Pascendi, Pío X n.º 2

(8) Cfr. Mortalium Animos, Pío XI n.º 10

(9) Cfr. Lc XV, 11-32