CATHOLIC FAMILY NEWS

Una Acusación Histórica. Un repaso de ”La Profezia Finale” de Antonio Socci

Introducción

Una vez más, el católico italiano y reconocido intelectual, Antonio Socci causó un fuerte impacto en la “masa” católica gracias a explosivas revelaciones que confirman el diagnóstico de la actual crisis en la Iglesia tradicionalista y en los círculos de “Fátima”. A diferencia de muchos de sus colegas y comentaristas católicos, Socci no se abstiene de publicar lo que la honestidad intelectual requiere respecto de nuestra situación. Por eso surgió su Cuarto Secreto de Fátima, que expuso al público la cuantiosa evidencia sobre la falla del Vaticano en revelar el Tercer Secreto completo y abiertamente ante el ojo público, de donde no desaparecerá. De la misma manera, su trabajo Non é Francesco (No es Francisco, un juego de palabras con el título de una canción italiana de música pop) enfrentó valientemente el desastre del actual pontificado, aunque uno objete los dudosos argumentos de Socci contra la validez de la elección del Cardenal Bergoglio (tal como el mismo Socci parece haber hecho).

Ahora aparece La Profezia Finale (La Profecía Final), la cual consiste principalmente en una carta abierta a Francisco siguiendo una revisión introductoria sobre apariciones Marianas aprobadas y otras profecías, especialmente el Mensaje de Fátima y el Tercer Secreto completo, que convergen uno en el otro y “señalan a nuestro tiempo como un punto de inflexión casi apocalíptico.”

Dado que al momento este libro solamente apareció en italiano y quizás nunca llegue a una edición en inglés—las traducciones aquí son mías—parece más apropiado realizar aquí un recorrido del texto en lugar de una breve descripción. Lo que eleva el trabajo a la posición de documento histórico es la carta abierta a Francisco. Aquí nos encontramos con un texto bajo el cual hierve apenas encubiertamente y con razón, el enojo por los efectos dañinos de lo que Socci denomina “Bergoglianismo”—una mezcla de piedad popular, ideología de izquierdas, desprecio por la adhesión estricta a las doctrinas y disciplinas tradicionales de la Iglesia, y un culto a la personalidad fomentado y sostenido por los medios masivos de comunicación, que están encantados con un Papa que, según Socci, parece haberse “propuesto atacar la Iglesia” en lugar de defenderla de quienes la atacan.

El título de la carta abierta, “Una Terrible Responsabilidad frente a Dios,” establece el tono de esta feroz acusación al pontificado en su totalidad, el cual, precisamente por cuenta de su percibida hostilidad hacia la Tradición, goza de “una insoportable adulación general por parte de los medios de comunicación, por encima de todos los laicistas y enemigos de Jesucristo, que propagan basándose en usted un verdadero culto a la personalidad ” (p. 92).

Socci dice que Francisco promueve el error de un Cristianismo “puro” (citando a Andreas Hoffer), “una especie de ‘supercristianismo’ que pretende ser “más bueno aún que el propio Jesucristo” porque sostiene que “ya no basta amar al pecador…es necesario incluso amar el pecado (98).” No sin razón, el irónicamente titulado “Sínodo de la Familia” ha sido ampliamente desdeñado como “el Sin-Nod” (la palabra “sínodo” en inglés puede separarse en “sin”, pecado, y “nod”, aprobación) y el “Sínodo Contra la Familia”. Ciertamente, mientras escribo esto, el mundo católico espera con temor una “Exhortación Apostólica” de 200 páginas que puede llegar a conseguir aquello que el Sínodo no logró aprobar a pesar de la descarada manipulación por parte de Francisco y sus feroces denuncias contra los “rigoristas” y “fariseos” entre los padres sinodales:  la admisión de adúlteros públicos en segundas o terceras “nupcias” a la Sagrada Comunión y una mayor “aceptación” de aquellos involucrados en la cohabitación e incluso en “uniones homosexuales”.

En suma, Socci alega que Francisco se enfrascó en la “abolición del enemigo externo y la fabricación de un enemigo interno”—no los Modernistas, sino los defensores de la Fe en su totalidad, la quienes Francisco habitualmente burla y desprecia como “rigoristas y fundamentalistas” (p. 99). Socci acusa que en medio de la “dictadura del relativismo” lamentada por Benedicto XVI, que “hoy se ha consolidado en occidente”, los católicos que se oponen son “golpeados con una vara y marginados desde las más altas cumbres de la Iglesia: por usted [énfasis nuestro, aquí y a lo largo del artículo].” 

Sin embargo, con la Iglesia enfrentándose a un giro apocalíptico en el curso de los acontecimientos a nivel espiritual, Francisco publicó una encíclica sobre la ecología, abordando el tema de “la separación de la basura y el abuso de botellas plásticas y del aire acondicionado.” Socci pregunta: “¿Está usted seguro que esta es la respuesta que el Vicario de Cristo debiera dar frente a una verdadera y apocalíptica crisis espiritual…?” 

Socci ofrece una lista de datos en su acusación, bajo una serie de títulos que representan aspectos varios del programa Bergogliano. 

Confusión Bergogliana 

Bajo el título “Confusión” Socci destaca la naturaleza sin precedentes del “Jubileo de la Misericordia”, el primer Jubileo en la historia de la Iglesia que “no trae a la memoria la vida terrena de Jesús…. [y] celebra sólo un evento eclesiástico: los cincuenta años del Concilio Vaticano Segundo (p. 108).” 

Socci escribe que la Misericordia “no se inventó en el 2013,” pero este evento—con sus miles de “puertas de la misericordia” y sin requerimientos claros para la obtención de la indulgencia plenaria, parece sugerir (citando a Sandro Magister) “la cancelación total del pecado, ya sin ningún indicio del perdón del castigo resultante. La palabra ‘castigo’ es otra de las palabras que ha desaparecido” (p. 113). Incluso el llamado al arrepentimiento y a la conversión quedó “a un lago porque usted—como ha dicho públicamente—no desea convertir a nadie, considera que el proselitismo no tiene sentido.”

Socci cita la homilía de Francisco del 8 de diciembre de 2015, en la que declaró que “se ofende a Dios y a su gracia cuando se afirma sobre todo que los pecados son castigados por su juicio, en vez de destacar que son perdonados por su misericordia.” La impresión es que Dios “ha perdonado todo ‘a priori’ y que ni siquiera es necesario enmendar nuestra vida.” Socci observa que Nuestro Señor lamenta esta “terrible auto decepción” en una locución interior registrada por Santa Brígida de Suecia, en la que Él le dijo que en la Iglesia los fundamentos de la Fe habían sido socavados “porque todos creen y predican que soy misericordioso, pero casi nadie cree que yo sea un Juez justo… no dejaré que el más mínimo pecado quede sin castigo ni que aún el mínimo bien quede sin recompensa.”

Socci pregunta: “¿Por qué su pontificado ha tomado este giro?” El resto de la carta abierta presenta la evidencia de lo que él cree que es la respuesta a esta pregunta, y esa respuesta no podría ser más explosiva:

“… en lugar de combatir errores (consciente de los errores) usted se ha propuesto combatir a la Iglesia… Yo le recordaría que la Iglesia es la esposa de Cristo por la cual Él fue crucificado, y el siervo que ha recibido de su Rey la tarea de defender pro tempore Su esposa no puede humillarla en la plaza pública, tratándola como a un niño malcriado…. Es necesario arrodillarse ante el Señor, no los periódicos” (pp. 119-120).

Sínodo de la Subversión

Bajo el título “Desconcierto,” Socci apunta sus visiones sobre el Sínodo tormentoso, que describe correctamente como “un ataque mortal a la familia y al sacramento de la Eucaristía que fue sistemáticamente….llevado adelante por la cúpula del Vaticano,” “colaboraron durante dos años con el derrocamiento del Magisterio perenne de la Iglesia” y fue “promovido por el que debía ser el custodio y defensor de esa enseñanza (p. 126).”

Socci cita la observación del Cardenal Pell, que el Sínodo era una “Guerra teológica” en la que la indisolubilidad del matrimonio era como una bandera a ser capturada en la “batalla entre lo que queda de Cristianismo en Europa y un neo paganismo agresivo. Todos los adversarios del Cristianismo quieren que la Iglesia se rinda sobre este punto.”

Pero, escribe Socci, mientras que Francisco “debiera haber encabezado la Resistencia a las fuerzas que quieren la claudicación de la Iglesia, en su lugar, todos—con mayor evidencia y fortaleza—lo vieron encabezar la facción revolucionaria (pp. 126-127).” Por eso Ross Douthat, del New York Times escribió: “en este momento el principal conspirador es el propio Papa.” Con razón Socci observa disgustado que incluso la revista Newsweek publicó un artículo de portada titulado “¿Es Católico el Papa?”—una pregunta que “jamás se hizo a sus predecesores y ningún católico hubiera planteado jamás, pero con usted nos encontramos frente a un Papa que, según reportó un periódico laicista [La Repubblica], ha declarado literalmente ‘No existe un Dios católico.’” En ese mismo estilo, The American Spectator representó a  Francisco “sentado sobre una bola de demolición que reducía al polvo un edificio [una campanario de iglesia]” (p. 124).

¿Un Papa Meteorológico?

Bajo el título “Obsesión Climática,” Socci contrasta el declive apocalíptico de la fe y la moral a través de occidente con la inexplicable obsesión del Papa con un supuesto “apocalipsis climático.” La pregunta de Socci es devastadora: “¿De verdad necesita la Iglesia de un Papa climatológico y meteorológico? (p. 131).” Observando que “no hay certeza científica que pruebe irrefutablemente que hoy hay un cambio catastrófico en el clima y que es imputable a la actividad humana,” Socci declaró a Francisco: 

“Sin embargo usted, Santo Padre, que se muestra siempre frío y distanciado en relación al dogma de la Iglesia, se ha casado usted, sin sentido crítico, con absurdos dogmas ecológicos… haciendo una fuerte profesión de fe sobre esa absurda ideología climática… Es inapropiado y ridículo que un Papa haga del clima y del medioambiente (a los que le dedicó la primer encíclica que escribió) el corazón de su predicación… El Señor no dijo: ‘Conviértanse y crean en el calentamiento global’ sino: “Conviértanse y crean en el Evangelio.” Y Él nunca ordenó: ‘Separen su basura’ sino ‘Vayan y bauticen a todos'” (p. 134).

La conclusión hirviente de Socci (citando un artículo de Riccardo Cascioli) es que “uno tiene la impresión de que ha cambiado el mensaje fundamental de la Iglesia: ‘De la salvación de los hombres a la salvación del planeta.’”

Leones y Tigres y Osos

Bajo el título “Espectáculo Perturbador,” Socci denuncia el absurdo y escandaloso espectáculo de luces proyectado sobre la fachada de San Pedro nada menos que en el día de la Fiesta de la Inmaculada Concepción. Titulado Fiat Lux (Que se Haga la Luz), el espectáculo fue “una burla y parodia del Evangelio en que la expresión indica el acto del Creador y luego lo identifica con la Luz que es Cristo quien ha venido a iluminar las tinieblas.” 

Repleto de imágenes de animales pero vacío aunque sea de un indicio de simbolismo cristiano, este espectáculo representa un retroceso completo del mensaje del Evangelio: “el mundo proyecta su luz en una Iglesia inmersa en tinieblas. Y en ese espectáculo la Iglesia recibe la luz del mundo (p. 138).” Y mientras las imágenes del mundo se proyectaban en la basílica que se ubica en el corazón de la Iglesia, la luz en el pesebre de la Plaza San Pedro fue apagado porque “la luz del niñito Jesús nunca debe perturbar la puesta en escena de la nueva religión ecológica (p. 139).”

Aquí, Socci apunta a un pasaje de las Escrituras sorprendentemente apropiado, de la Carta a los Romanos: “Diciendo ser sabios, se tornaron necios, y trocaron la gloria del Dios incorruptible en imágenes que representan al hombre corruptible, aves, cuadrúpedos y reptiles (Rom. 1:22-23).” Y aquí otro análisis devastador arrojado a los pies de Francisco:

“Pero por sobre todo, Padre Bergoglio [en referencia a la afición del Papa por presentarse a sí mismo de esta manera], ¿cómo es posible que usted no note y no mencione otras emergencias más allá de la del clima, o al menos con la misma insistencia?  ¿La apostasía de fe en el Dios verdadero en grupos enteros de personas no es un drama que merece sus más ardientes reclamos? ¿La guerra contra la familia y contra la vida? ¿El abandono de Cristo y la masacre de comunidades cristianas? Pareciera que sólo el medioambiente y otros temas de la religión de lo políticamente correcto merecen su pasión. 

Un gran intelectual francés, Alain Finkielkraut, lo ha descrito a usted como el “Supremo Pontífice de la ideología periodística del mundo.” ¿Se equivoca? ¿Exagera?

En efecto, pareciera que en ‘su’ Iglesia los asuntos de la separación de la basura y el reciclado toman precedencia sobre la tragedia de poblaciones quienes, en cuestión de unos pocos años, han abandonado la fe.  Usted hace sonar la alarma del “calentamiento global” mientras que durante dos mil años la Iglesia la ha sonado por el fuego del Infierno” (p. 142).

A partir de aquí, Socci comienza una discusión sobre el Mensaje de Fátima y más precisamente sus advertencias sobre la pérdida de almas en el Infierno para toda la eternidad. Escribe, La Madonna de Fátima “no presentó los cálculos de los medioambientalistas sobre el clima del planeta, pero hizo que los pequeños niños vieran el fuego eterno del Infierno, y les dijo con tristeza: “Habéis visto el infierno, donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón… Muchas almas van al Infierno por no tener quien se sacrifique y rece por ellas.” 

Esta, continua Socci, “es la verdadera tragedia, Santo Padre, la perdición eterna de multitudes. No—si me lo permite—la pérdida de la biodiversidad, o al menos no para nosotros los cristianos. Y sin embargo usted nunca habla de ello. Más bien, algunas veces usted casi sugiere la creencia de que todos serán salvados porque ‘Dios no condena (p. 142-143).’”

Resumiendo este visible desprecio hacia la preocupación del Papa con el calentamiento global en lugar del fuego eterno del cual Nuestra Señora vino a advertir el mundo en Fátima, Socci escribe:

“Antes de la catástrofe espiritual de la perdición eterna de multitudes, que motivó la urgente visita a la Tierra de la madre de Dios, encuentro francamente incomprensible que se preocupe mayormente—como lo hizo en su encíclica Laudato sii —con la biodiversidad, el destino de los gusanos y pequeños reptiles, las lagunas, y el abuso de botellas plásticas y el aire acondicionado ” (p. 148).

¿Un Papa al que no le Gustan los Católicos?

La acusación de Socci avanza con el título “Ataque a la Fe,” en referencia a los enemigos dentro de la Iglesia a partir del Vaticano II, cuya subversión fue lamentada (demasiado poco y demasiado tarde) por cada uno de los Papas desde el Concilio, incluyendo Benedicto XVI. Fue Benedicto quien (durante la misa de apertura del conclave que lo eligió) dijo que tener “una fe clara y cierta” es denunciada hoy como “fundamentalismo.” Citando este testimonio, Socci lanza un par de guantes a los pies de Francisco:

“Lo invito, Padre Bergoglio, a releer atentamente estas palabras porque describen dramáticamente lo que está ocurriendo durante su pontificado. De hecho, es precisamente usted personalmente, Santo Padre, el que acusa de ‘fundamentalismo’ a quienes tienen una fe cierta y clara y llevan testimonio de su fidelidad a la doctrina católica….”

“Curiosamente, usted está convencido de que el peligro para la Iglesia de hoy son los cristianos fervientes en su fe y aquellos pastores que defienden el credo católico. En su Evangelii Gaudium usted ataca a “algunos que sueñan con una doctrina monolítica” y a aquellos que “usan un lenguaje completamente ortodoxo.”

“¿Entonces debiéramos preferir a los que se dejan llevar de aquí para allá por cualquier ideología y utilizan lenguaje herético? Evidentemente sí, viendo que nunca son atacados por usted.

“Si tomamos cualquier día al azar, encontraremos casi siempre que en sus discursos usted ataca a los que llama ‘rigoristas,’ ‘rígidos,’ es decir, hombres con una fe ferviente, a quienes usted identifica con los ‘Escribas y Fariseos'” (p. 153-155).

Socci no mide las palabras para enfrentar el recurso constante y bien conocido de Francisco a la falsa antítesis entre misericordia y rigor doctrinal, citando uno de los innumerable discursos en los que Francisco declaró que los llamados “doctores de la ley”, que conocen bien la doctrina, están apartados de la misericordia de Dios.  “Pero usted, Santo Padre,” escribe Socci:

“Debiera superar su resentimiento personal hacia aquellos que han estudiado; debiera saber que, en el horizonte cristiano, es absurdo oponer la misericordia a la Verdad, porque ambos están encarnados en el mismo Jesucristo. Por lo tanto es falso oponer la doctrina a la pastoral, porque eso sería oponer el Logos (doctrina) al Buen Pastor (la Verdad hecha carne): Jesús e el Logos (la Verdad hecha carne) y, al mismo tiempo, el Buen Pastor” (p. 159). 

Socci también se enfocó en el infame discurso de Francisco contra su oposición conservadora en el cierre del Sínodo de 2016, en el que estalló contra los prelados que se habían resistido al que el Instrumentum laboris heterodoxo y pre-escrito fuera impuesto como el reporte final “del Sínodo”. Tal como Francisco declaró en esa arenga, sus opositores tenían:

“… corazones cerrados, que a menudo se esconden incluso detrás de las enseñanzas de la Iglesia o detrás de las buenas intenciones para sentarse en la cátedra de Moisés y juzgar, a veces con superioridad y superficialidad, los casos difíciles y las familias heridas.…. 

“Los verdaderos defensores de la doctrina no son los que defienden la letra sino el espíritu; no las ideas, sino el hombre; no las fórmulas sino la gratuidad del amor de Dios y de su perdón.” 

Aquí vemos el enésimo ejemplo de la inclinación de Francisco hacia la falsa antítesis: la letra contra el “espíritu” de la doctrina; la idea versus el hombre; la “fórmula” versus el amor de Dios y su perdón.  Pero no hay oposición en absoluto entre todos estos conceptos; de hecho, son inseparables.

Durante los últimos tres años Socci ha tenido suficiente  con esta clase de sofistería modernista, y dispara con ambos cañones:

“Al hacer esto, ¿no cree que ha descalificado a sus predecesores y a todo el Magisterio de la Iglesia, para poder afirmar su concepto estrictamente personal de misericordia, diferente al de la doctrina de la Iglesia?…”

“Evidentemente, incluso Jesús hubiera sido, de acuerdo con usted, doctrinario, un rigorista, uno que defiende la idea en lugar del hombre.”

“En efecto—aplicando su criterio—debiéramos decir que Jesús no habría sido aceptado en un seminario durante su pontificado porque era el más fundamentalista de todos; de hecho, no sólo estaba él seguro de la verdad, sino que se proclamaba a sí mismo la Verdad hecha carne (‘Yo soy el camino, la verdad, y la vida.’ Jn 14,6).

¿Divorcio Católico?

En el siguiente, bajo el título “Nulidad,” se encuentra el ataque sorpresa de Francisco al proceso para determinar la nulidad matrimonial,  que Francisco “reestructuró” con nuevos cánones diseñados casi en secreto y sin consultar a ningún dicasterio competente dentro del Vaticano. El efecto final de los dos motu proprios que introdujeron estas “reformas,” Mitis Iudex Jesus (para la Iglesia occidental) y Mitis et Misericors (para la Iglesia oriental) es, escribe Socci, “un cambio rotundo de perspectiva: ya no es la defensa del Sacramento por sobre todo (por la salvación de las almas), sino el facilitar y acelerar la obtención de una anulación (p. 168).”

Socci nota la curiosa insistencia de Francisco en la noción de “fracaso matrimonial” en el sentido del quiebre de las relaciones, que parece equiparar con los fundamentos para la nulidad (inexistencia original) del matrimonio. Pero Socci observa correctamente que “hay muchos matrimonies fracasados que son perfectamente válidos” mientras que, por otro lado, “hay muchos matrimonios ‘nulos’ (es decir, que desde el principio nunca lo han sido) que no fallaron” en término de relaciones personales (p. 169). Lo que Francisco hizo en sus “reformas,” dice Socci, es autorizar la “imposición de una sentencia de nulidad como terapia para parejas en crisis,” produciendo lo que muchos reporteros han denominado como “divorcio católico.”

El resultado final, concluye Socci, es “una verdadera revolución en la historia de la Iglesia.” Y la ironía más grande de esta revolución es que ni siquiera el Cardenal Kasper lo pidió, al contrario, en su intervención durante el Consistorio de febrero de 2014, rechazó precisamente “la hipótesis de una ampliación del proceso de nulidad matrimonial” porque “crearía la peligrosa impresión de que la Iglesia está procediendo de manera deshonesta para conceder lo que en realidad son divorcios (p. 171).” 
Es increíble, entonces, que Francisco haya superado incluso a Kasper en su ataque a los fundamentos del Sacramento del Sagrado Matrimonio. Tal como observé anteriormente, Francisco admite en su motu proprio el peligro de lo que ha hecho: “No se me escapa, sin embargo, cuánto un juicio abreviado pueda poner en riesgo el principio de la indisolubilidad del matrimonio…” 

Volviendo una vez más al tema de Fátima, Socci nos recuerda que la Hermana Lucía advirtió al Cardenal Caffarra en una carta al prelado que “el conflicto final entre el Señor y el reino de Satanás será sobre el matrimonio y la familia.” Aquí Socci le ruega a Francisco que deshaga su reforma: “Espero fervientemente que usted deseche todo. Tan pronto como le sea posible (p. 173).”

Las Consecuencias de la Liberalización

Llegando al pináculo de su larga acusación, bajo el título “Un Balance Catastrófico,” Socci lanza una bomba tras otra al analizar el argumento que sostiene que Francisco sólo está intentando atraer almas, mitigando el supuesto rigor de la Iglesia. Alcanza meramente con recitar las afirmaciones explosivas de Socci:

            “Nadie ha dicho jamás que para atraer gente al Evangelio es necesario repudiar o derrocar el Evangelio.”

            “Entre los muchos santos y grandes Papas que han evangelizado pueblos y continentes enteros, ninguno lo ha hecho diluyendo y adulterando la doctrina de la fe.”

            “Nosotros debemos ser la sal de la tierra y las quemaduras de sal duelen. Como la verdad. Debemos elegir: ya sea con El o contra El. La salvación o la perdición.”

            “Cuando una confesión religiosa baja las expectativas para acomodarse a las costumbres mundanas o atraer seguidores, decreta su propio suicidio.” pp. 177-179.

Socci cita el estudio de un reconocido sociólogo cuyos datos confirman que las confesiones religiosas cristianas que se liberalizan comienzan a caer inmediatamente, mientras que las que mantienen o vuelven a sus tradiciones crecen, y esto es precisamente lo que sucedió en la Iglesia Católica liberalizada en la época del post Vaticano II.


En cuanto a esto, Socci presenta a Francisco “datos realmente negativos relacionados con su personalidad,” mostrando que el tan mentado “efecto Francisco” significó en realidad una caída constante en la asistencia a las audiencias papales, a pesar de “la cada vez más poderosa maquinaria de propaganda planetaria que alaba y exalta diariamente hasta su más mínimo gesto, mitificándolo más que a cualquier celebridad.” De hecho, observa, a pesar del mito que Benedicto era un “frío profesor alemán, del cual la gente se sentía distante”, en realidad la gente se sentía más atraída por Benedicto XVI, cuyas audiencias gozaban de mucha mejor asistencia. Y si bien, a diferencia de Francisco, los medios eran generalmente hostiles a Benedicto, “evidentemente las personas cristianas, incluso cuando no estaban bombardeadas por los medios, reconocían el acento auténtico que sus corazones esperaban (p. 180-181).” 

En suma, concluye Socci: 

“Evidentemente, su mensaje no sólo no atrae a los que están distantes, sino que incluso causa que huyan los que están cerca… Usted en cambio, le habla a la elite, que lo ha aclamado al sentirse confirmada en sus convicciones laicistas. Su popularidad personal ha crecido desmesuradamente. Lo llaman el ‘efecto Bergoglio,’ creyendo que el aplauso interesado de los no creyentes y la adulación de los medios llenará las iglesias nuevamente.”

“En cambio, con datos en mano, podemos decir que para la Iglesia, el efecto Bergoglio ha sido el contrario. Los contenidos de su magisterio han distanciado a la gente de la práctica religiosa en lugar de atraerlos a ella ” (pp. 181-182).

El Asunto de los Frailes Franciscanos

A continuación, Socci trata el caso de la persecución brutal de Francisco a los Franciscanos de la Inmaculada (FFI), desmembrados y destruidos por su “comisionado apostólico” elegido a dedo sin haber dado jamás una razón concreta a las víctimas. Aquí, Socci recuerda las asombrosas declaraciones de Francisco durante una reunión con algunos miembros de la ya destruida FFI, en la que, al mismo tiempo, admite haber aprobado su destrucción pero que ¡la FFI sufría la persecución “del demonio” por su devoción a María! ¿A qué demonio se refiere Francisco? Socci le protesta a Francisco que:

“su verdadero crimen [de la FFI] es el de ser verdaderos cristianos, fervientes en su fe, aquellos que usted describe duramente como ‘fundamentalistas’ y que en realidad sólo viven el auténtico Evangelio. Querido Padre, revierta esta decisión por la que un día Dios podrá pedirle cuenta…. Usted tiene muchos que lo adulan, pero pocos de entre sus fanáticos rezan por usted; ciertamente muy pocos rezan por usted tanto como los Frailes Franciscanos de la Inmaculada”(p. 186).

Un Romance con los Luteranos

Habiendo observado que Francisco no muestra ninguna preocupación por los enemigos internos de la Iglesia que, tal como advirtió San Pío X, trabajan para socavar las bases de la fe, Socci procede a discutir cómo, al contrario, Francisco parece tener poco interés por las diferencias doctrinales entre el catolicismo y varias formas de protestantismo. 

Bajo el título “En la Casa de Lutero,” Socci rememora la escandalosa visita de Francisco a una iglesia Luterana de Roma, para participar en el servicio dominical durante el cual divagó cerca de diez minutos en respuesta a la pregunta de una mujer sobre por qué los luteranos no pueden recibir la Sagrada Comunión. En el proceso, caracterizó el dogma católico de la transubstanciación como una mera “interpretación” que difiere de la visión luterana, sugiriéndole astutamente a la mujer que “hable con el Señor” sobre si debe o no recibir la Comunión de un sacerdote católico—un acto sacrílego. “No me animo a decir más,” dijo Francisco, habiendo dicho ya suficiente.

Considerando el odio venenoso de Lutero para con la misa, Socci pregunta a Francisco: “¿Cómo puede uno no preocuparse? (p. 193).” El diálogo con los luteranos, escribe, debe suponer “claridad recíproca, no arrojar entre las espinas el corazón de la fe católica (p. 194).” Aquí Socci cita lo que  podría ser la declaración más indignante que Francisco haya hecho jamás. En aquella ocasión, Francisco dijo a los luteranos:

“La última elección será la definitiva. ¿Y qué preguntas nos hará el Señor aquel día?: ‘¿Has ido a misa? ¿Has tenido una buena catequesis?’ No, las preguntas serán sobre los pobres, porque la pobreza está en el centro del Evangelio.”

Socci recuerda a Francisco lo que todo niño bien educado comprendería: el valor infinito de la Eucaristía, la adoración Eucarística, y su digna recepción, comparados incluso con una montaña de buenas obras a los pobres:

“Pero en cambio usted, Padre Bergoglio, parece afirmar que lo que cuenta son los méritos humanitarios que nos ganamos con el activismo, con nuestro ‘servicio’ a los pobres.”

“Esto parecería ser una idea pelagiana. Pero—repito—lo más sorprendente es que usted contraponga [otra vez una falsa antítesis] el “servir a los pobres” y la misa, reduciéndola prácticamente a algo superfluo (junto con la catequesis)” (p. 197).

Citando la famosa frase del Padre Pío que “sería más fácil que el mundo sobreviviera sin el sol, que sin la santa misa,” Socci enfrenta a Francisco con las implicancias de sus propios hechos y palabras durante los últimos tres años, incluyendo su curiosa negación a arrodillarse frente al Santísimo Sacramento:

“Permítame confiarle, Padre Bergoglio, que—de la totalidad de sus palabras y gestos—uno obtiene la impresión de que usted tiene un problema con la Sagrada Eucaristía, y que usted no comprende realmente su valor y su realidad.”

“Hay tantos hechos y acciones que levantan esta duda. El más evidente… es su decisión de no arrodillarse ante el Sacramento durante la consagración en la misa, ni frente al tabernáculo, ni durante la adoración eucarística (más aún, usted no participa en la procesión del Corpus Christi en la que sus predecesores siempre participaron, arrodillados) (p. 200).

Y sin embargo, observa Socci, Francisco no tuvo problema en arrodillarse cuando, siendo Arzobispo de Buenos Aires, se arrodilló a recibir “la imposición de manos en una convención de Pentecostales en el estadio Luna Park…Alcanza para decir que su dolor intermitente de rodillas, que parece aparecer sólo ante el Santísimo Sacramento, más allá de parecer un tanto extraño, no parece una explicación aceptable (p. 201).”

¿Un Joaquinista Inconsciente?

Esta actitud extraña ante la Sagrada Eucaristía conduce a Socci a desafiar a Francisco en relación a su aparente afecto hacia el Protestantismo:

“… uno tiene la impresión de que detrás de su particular apertura al mundo Protestante y detrás de su hostilidad a la estructura de la Iglesia—es decir, a la Iglesia visible y su doctrina, que ellos superarían al escuchar al Espíritu Santo—titila una especie de “Iglesia del espíritu,” deseada en ciertas afirmaciones que usted hizo en la reunión con los Pentecostales en Caserta, el 28 de julio de 2014… Como si la Iglesia Católica, con su estructura doctrinal y sus jerarquía, se sustituyera a sí misma de la manera en la que la Vieja Alianza pasó a la Nueva (y aquel que se “detiene” para defender la doctrina sería… como los antiguos Escribas y Fariseos)” (p. 204-205).

Aquí Socci presenta la sorprendente acusación que Francisco demuestra una “especie de mitigado e inconsciente Joaquinismo”—en referencia a Joaquín de Fiore, el engañado “visionario” del siglo XII que imaginó una nueva era del Espíritu Santo que superaría incluso la del Nuevo Testamento. 

¿Otro Honorio?

La acusación de Socci (p. 207) alcanza su punto culminante sugiriendo que Francisco, siendo un Papa que “promueve sus propias ideas”, puede seguir el camino de otro Papa que hizo lo mismo: Honorio (r. 625-628), quien fue anatemizado póstumamente  por un concilio ecuménico—sentencia confirmada por su propio sucesor, León II—por ayudar e incitar la difusión de la herejía “monotelita” (negar toda voluntad humana en Jesucristo). Socci pone a la altura de Francisco la misma condena que León II puso contra Honorio: “Quienes alzaron contienda contra la pureza de la tradición apostólica, ciertamente recibieron la condenación eterna en el momento de su muerte, [incluyendo a] Honorio quien, en lugar de extinguir la llama de la herejía, como corresponde a una autoridad apostólica, la alimentó con su propio descuido.” 

Rindiendo Homenaje a los Dictadores

Socci se acerca al final de su acusación con un relato completamente impactante sobre la visita de Francisco a Cuba, donde no dijo nada contra la tiranía que padece, mientras que en los países capitalistas  condenó al “dios del dinero”. A diferencia de Juan Pablo II y Benedicto XVI, quienes reclamaron la liberación de los prisioneros y se encontraron con Fidel Castro en terreno neutro (Juan Pablo) o en la nunciatura apostólica de La Habana (Benedicto), Francisco no hizo reclamos al régimen de Castro, ni a Fidel ni a su hermano Raúl, y condujo una verdadera peregrinación a la casa de Fidel, donde el sangriento dictador recibió al Papa en audiencia. 

Socci demuestra un apropiado disgusto con la aceptación de Francisco del regalo de Raúl, el crucifijo supuestamente hecho con remos de botes de “refugiados” en el Mediterráneo—no había botes involucrados. Y sin embargo Francisco ignoró los 100.000 refugiados que se ahogaron intentando escapar del estado de prisión comunista de los hermanos Castro. Socci concluye: “Estos son los tiranos a quienes le ha rendido homenaje y que le han dado el regalo de los ‘emigrantes’ (p. 214).” 

El Disparate de las “Fronteras Abiertas”

La acusación avanza hacia el título “Murallas,” en el que Socci desmantela la insistencia demagógica de Francisco por “una apertura indiscriminada de la frontera, que desestabilizaría los pueblos, estados y sistemas.” 

Socci afirma que no sólo Santo Tomás sino también la Biblia defiende el uso de “murallas” para proteger la integridad de las naciones y pueblos de la invasión e influencias malignas—las mismas murallas del Vaticano son un ejemplo de esto—y que la frontera nacional moderna no es una “muralla” a ser denunciada como anti-cristiana. 

Socci pregunta a Francisco: “¿Es posible que usted no perciba un fenómeno tan macroscópico como la falla de la asimilación? ¿Y no se da cuenta del problema no resuelto que tiene el Islam con la violencia, tal como Benedicto XVI explicó en Regensburg? (p. 217).”

El Resumen

La acusación concluye bajo el título “los Pobres,” en el que Socci, hijo de un minero, manifiesta que el constante discurso de Francisco sobre los pobres es “inaceptable: porque lo hace de un modo ideológico, demagógico y sociológico… Pero la Iglesia no sueña con instrumentalizar a los pobres, haciendo de ellos una categoría ideológica-teológica como aquella teología argentina de la liberación de la cual surge…”
Resumiendo toda su acusación, Socci escribe: 

“la primer pobreza de los pueblos es no conocer a Cristo… Este es el problema, Santo Padre. Es necesario anunciar a los hombres al único que puede salvarlos, porque esto es lo que en verdad importa, como advierte Jesucristo incesantemente: “¿de qué sirve al hombre, si gana el mundo entero, más pierde su alma?…”

“Entonces, usted debiera revertir completamente la orientación de su papado: Por lo tanto, en lugar de preocuparse por la separación de la basura, usted defenderá la sana doctrina católica contra los ataques del mundo y del Modernismo; en lugar de sonar obsesivamente la alarma del clima, usted advertirá a la humanidad sobre la amenaza pendiente de condenación eterna; en lugar de una encíclica sobre el destino de los gusanos y pequeños reptiles, usted escribirá una sobre los cristianos perseguidos y el odio del mundo al Salvador…”

“Tal como Vito Messori dijo al entonces Cardenal Ratzinger: Sin una visión del misterio de la Iglesia, que es también sobrenatural y no solo sociológico, la misma Cristología pierde su referencia a Dios: una estructura puramente humana se termina por corresponder a un proyecto humano. El Evangelio se convierte en el Proyecto de Jesús, el proyecto de liberación social, u otros proyectos históricos… que en apariencia parecen religiosos, pero son ateos en sustancia… ‘”(p. 224).

Las palabras finales de este documento verdaderamente histórico son la súplica personal de Socci a Francisco para que cambie de rumbo antes de que sea demasiado tarde:

“No tenga miedo de defraudar al mundo, que hasta ahora lo ha aplaudido entusiásticamente… El único miedo a tener es el de defraudar a Dios…”

“Querido Papa Francisco, sea uno de nuestros verdaderos pastores en el camino a Jesucristo, con el Papa Benedicto que lo asiste en cada oración y consejo: asista a la Iglesia, hoy asombrada y confundida, a recuperar el camino de su Salvador y a encender nuevamente la luz que permitirá a la humanidad no perderse en el abismo de la violencia. Todos los santos del cielo oran por esto… “

Francisco Dora la Píldora

Poco tiempo después de la publicación de La Profezia Finale, Socci recibió una carta escrita a mano nada más y nada menos que por el propio Francisco. Dirigida al “querido hermano,” la carta no difería de la llamada telefónica que Francisco hizo a Mario Palmaro, difunto autor de otra ardiente crítica del pontificado, francamente titulada “A Nosotros No Nos Gusta Este Papa.” El centro de la carta, como de la llamada telefónica, es el mismo: aprecio sus críticas sobre mí.

Podemos perdonarnos por pensar que un político eclesiástico tan astuto como Francisco pensaría en dorarles la píldora a sus críticos más efectivos y más leídos. Pero la carta a Socci (así como el llamado a Palmaro) elimina cualquier sugerencia de que los “tradicionalistas” ofenden la fe cuando publican una fuerte crítica a este Papa. El mismo Francisco destruye esta creencia.

En todo caso, si bien Socci ha sido conmovido por la atención personal de Sumo Pontífice, no se ha retractado ni un poco en su acusación. Su columna más reciente (hasta este artículo) lamenta el enorme daño que “la ‘nueva Iglesia’ de Bergoglio” está ocasionando en “la Iglesia de todos los tiempos”, amenazando ser “más devastadora que Lutero.”

Al terminar debemos preguntarnos: dónde están los prelados que, sin lugar a dudas ven lo que Socci ve, pasarán al frente a pararse junto a él—junto con los laicos preocupados de todo el mundo—en oposición a la fuerte marea del “Bergoglianismo”, un fenómeno como nunca se había visto antes en los anales del papado.

Sea que usted lea italiano o no, compre este libro.* Será propietario de una porción de la historia. Y que Dios bendiga y proteja a este valiente autor.

Christopher A. Ferrara

[Traducido por Marilina Manteiga. Artículo original.]

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