ADELANTE LA FE

Una lección para nuestra alma

Te acostarás sobre tu lado izquierdo y pondrás sobre él la culpa de la casa de Israel; durante todo el tiempo que te acostares sobre él, llevarás la culpa de ellos. Ez. 4, 4.

Queridos hermanos, este texto del profeta Ezequías nos permite adentrarnos en la hondura y profundidad del misterio de la Pasión De Nuestro Señor Jesucristo. El Señor le dice a Ezequías que lleve la culpa del pueblo de Israel, como si el propio Ezequías tuviera la culpa de los delitos de aquellos. Y así es el mandato del Señor. Ezequiel debe cargar con la iniquidad del pueblo de Israel, no para redimirlo, pues sólo el Redentor podrá hacerlo, sino como figura de Cristo, fuera del cual nadie es redentor.

El ejemplo del profeta Ezequías nos lleva a una gran lección para nuestra alma. Seguiremos la Santa Biblia de Mons. Juan Straubinger.

El fondo de la Pasión Redentora de Cristo.

El inmenso e incomparable mérito, la excelsa y suma bondad de Cristo en la Obra de Redención no reside tanto en los dolores, que fueron acerbísimos e inexplicables humanamente, sino en su humillación, es decir,  en su abandono a los deseos del Padre Eterno (Quien en la forma  de Dios, no reputó codiciable tesoro mantenerse igual a Dios, antes se anonadó, tomando la forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres; y en la condición de hombre se humilló, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Flp. 2, 6-8), en el maltrato, las injurias y la vergonzosa desnudez con que fue expuesto en la Cruz para burla y escarnio de todos, y, principalmente, y sobre todo, en el acto interior de aceptación de la culpa. En ese momento Nuestro Señor no era en modo alguno un héroe condenado inocentemente e  injustamente que atrae hacia sí el aplauso propio y extraño por su actitud heroica. Todo lo contrario, era el sumo culpable, hecho, todo Él, pecado (A quien no conoció el pecado, le hizo pecado por nosotros, para que en Él fuéramos justicia de Dios. 2 Co. 5, 21), y hecho maldición (Cristo nos redimió de la maldición de la Ley haciéndose por nosotros maldición, pues escrito está: “Maldito todo el que es colgado del madero”. Gal. 3, 13). He aquí en que consistió el sacrificio de Cristo, en que para reparar la culpa, la tomó sobre Sí, como si el mismo Cristo hubiera cometido contra su Padre todos los delitos pasados y futuros de la humanidad. En esta aceptación, en ese ensuciarse voluntariamente, Él que era la Limpieza máxima y sublime (Y quien siendo el esplendor de su gloria y la imagen de su substancia, y el que con su poderosa palabra sustenta todas las cosas, después de hacer la purificación de los pecados se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas. Heb. 1, 3), en esa repugnancia que sufrió dentro del abismo de la ciénaga en que se sumergió, en eso estuvo el fondo de su Pasión Redentora.

Jesús llama suyas nuestras culpas.

Por la aceptación de nuestros pecados, llama suyos nuestros delitos (A causa de tu indignación no hay en mi carne parte sana, ni hueso tengo intacto por culpa de mi pecado. Sal. 37, 4). Jesús llama suyas nuestras culpas, y cargado con ellas, se muestra al Padre Eterno en estado de pura contrición, es decir, sin intentar la menor explicación o justificación (Pero es que yo soy un gusano, y no hombre, oprobio de los hombres y desecho de la plebe. Sal. 21. 7/ Es un hombre despreciado, el desecho de los hombres, varón de dolores, y que sabe lo que es padecer, como alguien de quien uno aparta su rostro, le deshonramos y le desestimamos. Él,  en verdad, ha tomado sobre sí muestra dolencias, ha cargado con nuestros dolores, y nosotros le reputamos como castigado, como herido por Dios y humillado. Is. 53, 3.4). En el Salmo 21, como en el texto de Isaías, se muestra el aspecto más hondo de los dolores del Señor, el abismo infinito de la abyección que tomó por nuestra salvación.

Se hizo pecado.

Se hizo pecado, según la voluntad del Padre: A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que Él fuéramos justicia de Dios (2 Co. 5, 21); y al hacerlo, revistiéndose de nuestra inmundicia para que participáramos de su santidad, mereció y aceptó el repudio del Padre Eterno que tenía en Él todas su complacencias. El mismo Señor nos hizo saber que su Padre lo había abandonado, y justifica ese abandono diciendo que así debe ser tratado Él a causa de sus pecados que son los nuestros (Tú, oh Dios, conoces mi insensatez y mis pecados no te están ocultos. Sal. 68, 6). Si meditamos esto, creeremos mejor en el amor con que somos amados y comprenderemos algo de la Pasión del alma de Cristo y de su sudor de Sangre en el Huerto de Getsemaní, cuando vio que todo se perdería para aquellos que se empeñasen en rechazar su amistad.

Jesús en Getsemaní.

Jesús en Getsemaní (Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Se le apareció un ángel del cielo que le confortaba. Lleno de angustias oraba con más insistencia; y sudó como gruesas gotas de sangre, que corrían hasta la tierra. Mt. 22, 42-43) al ver los pecados del mundo entero que Él tomo como suyos propios, bien pudo desfallecer: Ahora me rodean males sin número, mis culpas se precipitan sobre mí, y no puedo soportar su vista. Son más numerosas que los cabellos de mi cabeza, y mi corazón desmaya (Sal. 39, 1). ¡Qué dolorosa fue la oración del Señor cuando va a inmolarse!: Confundidos sean  y avergonzados todos los que buscan mi vida para perderla; retrocedan y cúbranse de ignominia los que se deleitan en mis males. Queden aturdidos de vergüenza esos que dicen: “ajá, ajá”. Pero salten de gozo  y alégrense en Ti todos los que te buscan; y los que quieren la salvación que de Ti viene digan siempre: “Grande es el Señor” (Sal. 39, 15-16). Debe inmolarse porque el pueblo de Israel rechaza su misión: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? Ellos contestaron: Unos que Juan el Bautista; otros que Elías; otros, que Jeremías u otro de los profetas (Mt. 16, 13-14).  En dicha misión cumplió la voluntad del Padre: Hacer tu voluntad; tal es mi deleite, Dios mío, y tu Ley está en el fondo de mi corazón (Sal. 39. 9),  anunciando el Evangelio del perdón (Cumplido es el tiempo, y el reino de Dios está cercano; arrepentíos y creed en el Evangelio. Lc. 1, 15/ He proclamado tu justicia en la gran asamblea, no contuve mis labios, Tú, Señor, lo sabes. Sal. 39. 10), y dando a conocer su Nombre de Padre: Yo te he glorificado sobre la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar (Jn. 17, 4).  He manifestado tu nombre a los hombres que de este mundo me has dado. Tuyos eran, y tú me los diste, y han guardado tu palabra (Jn. 17, 6).

El poder de la Sangre redentora.

Nuestro Señor Jesucristo decidió con absoluta libertad, y sin imposición de persona alguna (Nadie me la quita, soy yo quien la doy de mi mismo. Tengo poder para darla y poder para volverla a tomar. Tal es el mandato que del Padre he recibido. Jn. 10. 18) entregar su vida para que así pudiera cumplirse la voluntad del Padre no obstante ese rechazo por parte del pueblo de Israel. Pues la voluntad del Padre era que los hombres de salvasen escuchando al Hijo: Porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. Y esta es la voluntad del que me envió, que no pierda nada de lo que me ha dado sino que lo resucite en el último día. Porque esta es la voluntad de mi Padre, que todo el que ve al Hijo y crea en Él tenga vida eterna y yo le resucitaré en el último día (Jn. 6, 38-40). Pero no le escucharon, y Jesús resuelve dar su vida para que aquella voluntad salvífica pueda cumplirse aún después del rechazo del pueblo de Israel.

Ante tal entrega del Hijo, el Padre no puede sino amarle más: Por esto el Padre me ama, porque doy mi vida para tomarla de nuevo (Jn. 10, 17), y le da el andamiento de que recobrase esa vida, resucitando su Humanidad santísima: Nadie me la quita, soy yo quien la doy de mismo (Jn. 10, 18). Jesús sufre espantosamente, pero aun en medio  de esos tormentos prefiere que se haga la voluntad del Padre y no la suya: Padre mío si es posible pase de mí este cáliz; pero, no se haga como yo quiero, sino como quieres tú (Mt. 26, 39). La voluntad del Padre es aquella misma voluntad salvífica que, no habiéndose cumplido con el anuncio de la Palabra del Señor, se debería cumplir con el poder de la Sangre redentora, tomando el Señor sobre Sí toda la suma dolorosa de los pecados que satanás el acusador (Ahora llega la salvación, el poder, el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo, porque fue precipitado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios de día y de noche. Ap. 12, 10) habría tenido derecho de reclamar para todos y cada uno de los pecadores en virtud de su triunfo sobre Adán como cabeza de la humanidad.  (Más por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan  los que le pertenecen. Sab. 2, 24. El diablo, por envidia, engañó a la mujer y por medio de esta movió a Adán a que desobedeciese a Dios, y con esto vino la muerte. Así se explica el tremendo misterio del poder del demonio, a pesar de ser impotente ante Dios).

Aparente derrota en la Cruz.

Jesús, en su aparente derrota en la Cruz nos libró de la potestad de las tinieblas (Estando yo cada día en el templo con vosotros, no extendisteis las manos en mí; pero ésta es vuestra hora y el poder las tinieblas. Lc. 22, 53), borró toda acusación contra nosotros (Borrando el acta de los decretos que nos era contraria que era contra nosotros, quitándola de en medio y clavándola en la cruz. Col. 2, 14), aceptando para Sí todo lo que el mismo demonio pudiera reclamar contra los hombres. Por eso la muerte del divino Cordero no tuvo la forma ritual de un sacrificio, sino que encubierto bajo la forma de un proceso legal, fue un alevoso crimen, cuya ejecución ni siquiera estuvo en manos de los sacerdotes que le acusaban, sino en la de lis simple soldados.

Una lección para nuestra alma.

Queridos hermanos, Jesucristo llama suyos los pecados de la humanidad, y por eso mereció el abandono del Padre en manos de sus enemigos; porque sus delitos clamaban contra Él: ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has desamparado? (Sal. 21, 2). Por el significado denominado fondo de la Pasión Redentora, que hemos indicado anteriormente,  en el símbolo de la salvación fue figurado, el Señor,  no sólo como cordero, sino como serpiente (A la manera que Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea  levantado el Hijo del hombre, para que todo el que creyere en Él tenga vida eterna. Jn. 3. 14); porque Él no era hombre sino gusano vil. He aquí el significado del texto de Exequiel: debe cargar con la iniquidad de su pueblo, no para redimirlo, sino como figura del único Redentor, como se ha indicado al inicio.

Sólo nos queda recoger la lección para nuestra alma y recordar  que si nos llega providencialmente la ocasión de cargar, inocentes, con una culpa ajena, esto será sin duda lo más grande  que podremos hacer  a imitación de Cristo, y valdrá tanto cuanto sea el amor con que al hacerlo no unamos a lo que hizo Él.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo “Mysterium Fidei” sobre la Misa tradicional.