ADELANTE LA FE

Uno de vosotros me entregará

En verdad en verdad os digo que uno de vosotros me entregará. Jn. 13, 21.

Queridos hermanos, me vienen a la mente las palabras de San Juan Bautista tras oficiar el Santo Sacrificio: En medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis, que viene en pos de mí a quien no soy digno de desatar la correo de la sandalia (Jn.1, 26-27); si estas son las palabras del Precursor, qué debería pensar cuando me acerco al altar de Dios, ¿no debería sobrecogerme la liberalidad del Señor que me acepta en su altar, que me llama a él para que el mismísimo Redentor pueda ofrecerse al Padre? Nunca será suficiente meditar en la misericordia y  bondad del Señor con sus sacerdotes. A pesar de nuestras manos impuras y nuestro corazón empecatado, el Señor sigue haciéndose presente en las manos del sacerdote, sigue viniendo a su corazón, se sigue haciendo presente en el altar para la salvación del mundo. Nunca será suficiente que pidamos la gracia de Dios para asistir dignamente al magno misterio del sacrificio del altar.

Durante la Santa Misa, el Señor repite, a sus amados sacerdotes, las mismas palabras que pronunció en la Santa Cena: Uno de vosotros me entregará. Me han sobrecogido en el día de hoy especialmente. Las he escuchado, y me pregunto si van dirigidas a mí. En la Santa Cena fueron dirigidas al pérfido traidor Judas Iscariote; pero ahora, en el altar, pueden ir dirigidas a cualquiera de los sacerdotes. ¿Quizá a mí? ¿Puedo ser un nuevo Judas? ¿Estoy libre de serlo? Estas preguntas hacen estremecer todo mi ser de verdadero terror. ¿Cómo después de  experimentar la misericordia, bondad, justicia, poder, de Dios en mi persona al llamarme al sacerdocio, puedo traicionar al Señor?, ¿puedo hacerlo después de vivir el misterio insondable del Sacrifico del Calvario diariamente? ¿Cómo, pues, podría traicionar a Cristo, escupiéndole, abofeteándole, apedreándole, crucificándole, mofándome de verle en la Cruz? ¿No puedo ser como otros que lo traicionan?

En cuántos clérigos se están cumpliendo las palabras del Señor en la Última Cena dirigidas a Judas el traidor; cuántos lo están traicionando separándose de sus Palabras, de sus Mandamientos,  de sus Preceptos; separándose de la propia Revelación; del mismo Magisterio de la Iglesia, del que se ríen y desprecian. Son los que bendicen el pecado que clama al Cielo como el de los sodomitas (Catecismo de la Iglesia Católica 1867);  son  los que  proponen la revisión de las Sagradas Escrituras, los que alientan a seguir en su estado a las parejas adúlteras, a los que viven en uniones libres; son los que dan la Sagrada Comunión a estos pecadores públicos, dándoles su propia condenación  eterna; son los que no creen en los Mandamientos de la Ley de Dios, y por tanto no los hacen cumplir; son, en definitiva, los traidores que quieren hacer una falsa religión a la medida de sus pecados y de los pecados del mundo, que es a quien  sirven como viles siervos encorvados.

Dulcísimo Jesús, ¿podré ser como ellos? ¿Podré traicionarte como estos Judas lo hacen y nadie les amonesta? Miro  a  alrededor mío, y no veo al Pastor que me apaciente con la Palabra del Señor; miro a Pedro y no me confirma en la fe recibida. Miro alrededor mío y veo silencio, temor, falsa prudencia, el error infiltrado en todos los estratos de la Iglesia; me hablan de un Jesús desfigurado, caricatura, no hablan del cumplimiento de sus Mandamientos porque lo que hacen es mofarse de Él.  Cada vez son más en número y cada vez son más audaces sus traiciones; niegan hasta la propia fe católica, la propia Iglesia instituida por el Señor; avanzan imparables queriendo destruir los medios de salvación que Cristo instituyó en su Iglesia para la salvación del mundo; quieren reducir a la irrisión la Iglesia como sacramento de salvación. Son la avanzadilla del Anticristo. Son sus secuaces que preparan el camino para la manifestación del enemigo de Cristo y de las almas. Porque hasta que los medios de salvación no estén destruidos no se manifestará el Anticristo. Cuando se manifieste será tarde para muchas almas alcanzar su salvación, porque el objetivo del Anticristo es la perdición eterna de las almas; para ello es necesario, previamente, la acción de desnaturalización de los Mandamientos de la Ley de Dios, de los Santos Sacramentos, de la perversión de la Palabra de Dios.

No nos encontramos ante una herejía concreta, sino ante un verdadero acoso y derrumbe  general de la fe católica, un ataque generalizado a todos los principios de nuestra fe, de la tradición, de las costumbres. Estamos ante un acoso cada vez más opresivo hacia la sana fe católica; prelados conocidos abogan por las uniones homosexuales, por las parejas adúlteras, por las uniones libres, por la ordenación de mujeres, por la denominada misa ecuménica; nos presentan al hereje Lutero como testigo del Evangelio, verdadera mentira histórica; presentan a la Iglesia católica como una Iglesia más, como una opción como cualquier otra; la verdad de Jesucristo no es suficiente, es necesario conocer otras creencias, nos dicen, para enriquecer la nuestra. Podría seguir enumerando muchas falsedades más,  porque no tienen límites estos demoledores de la fe católica. A estos son a quien el Señor les dirige su pregunta cada vez que se dirigen al altar, son estos los que no escuchan las palabras del Señor, porque no lo ven en el Santo Sacrificio, ni lo sienten, ni quieren verlo ni sentirlo.

No, no soy de ellos, porque quiero ser fiel a los mandatos de la Ley de Dios, a su Palabra, a la fe recibida, a la enseñanza tradicional de la Iglesia, en definitiva, a los medios seguros de salvación eterna del alma. Me aparto de ellos, me aparto del mal, no juzgo, sino que discierno el bien del mal; el pastor del asalariado; el que viene en nombre del Señor y el que viene en nombre del maligno. La confusión y la duda están oscureciendo y desfigurando  la belleza de la Iglesia; las dudas de fe se están extendiendo entre clérigos y fieles; la firmeza de la fe empieza a ser testimonial; la duda, la complacencia, el olvido de la Ley de Dios empieza a generalizarse cada vez para regocijo y entusiasmo de los adelantados del Anticristo.

Me viene a la mente el profeta Elías del que un panegírico lo presenta como el formidable antagonista del Anticristo, que le resistirá cara a cara y frente a frente, que deshará sus maquinaciones, ilusiones y falacias, y confundirá los misterios de iniquidad del hombre del pecado, que con sus poderosos ruegos aplacará la ira del Señor, que restituirá las tribus de Jacob a la luz de la verdad. El profeta Elías enseñó el magisterio de la verdad, los caminos rectos de la salvación; enseñó al mundo corrompido la abnegación de sí mismo, la desnudez del espíritu, la inocencia y la pureza de vida tan opuestas a las máximas del sentido y de la carne. Cuántos primitivos ascetas y anacoretas siguieron el ejemplo del eximio profeta; el mismo Carmelo es deudor de él; muchas familias religiosas deben a Elías el amor a la santa pobreza, a la pureza del alma y cuerpo.

Queridos hermanos, empecé recordando a San Juan Bautista y, con él, al Señor y su pregunta sobre el que le había de traicionar. El santo Precursor nos ha de recordar a los sacerdotes la reverencia, unción  y santidad con que debemos acudir al Sacrificio del Altar, y  para no caer en la tentación de poder llegar a traicionar al Señor. Y termino con el profeta Elías para recordar al fidelísimo de los Mandamientos de Dios, al formidable antagonista del Anticristo, al que bien debemos imitar en su fidelidad a Dios, su perfección y virtud,  su pureza y santidad de vida, de tal forma que merezcamos el premio y recompensa de la gloria eterna.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo “Mysterium Fidei” sobre la Misa tradicional.