ADELANTE LA FE

Visión de Dios en el Cielo (I)

Ahora no vemos a Dios sino como en un espejo, y bajo imágenes oscuras; pero entonces le veremos cara a cara. 1 Cor. 13, 12.

Queridos hermanos, Jesucristo queriendo un día dar a sus discípulos una idea de la belleza del Paraíso, para animarlos a trabajar por su gloria divina, se transfiguró en presencia de ellos, y les hizo ver la belleza de su semblante. San Pedro, al sentir una alegría y una dulzura tan inexplicables, exclamó: Señor, ¡qué bien estamos aquí! (Mt. 17, 4). Señor, detengámonos en este sitio, no nos vayamos de aquí; porque vuestra vista sola me consuela más que todas las delicias de la tierra. Si tan feliz se sentía San Pedro viendo a Jesús transfigurado, ¡qué felices son los santos que  en el Cielo ven a Dios cara a cara! En el Cielo, dice el evangelista San Juan, cuando Dios se nos manifieste seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es (1 Jn. 3, 2). Y San Pablo  añade: Todos nosotros a cara descubierta contemplamos la gloria del Señor como en un espejo y nos transformamos en la misma imagen, de gloria en gloria, a medida que obra en nosotros el Espíritu del Señor (2 Cor. 3, 18).  Vemos, según San Juan y San Pablo, que Dios forma la felicidad de los santos en cuanto ellos tienen la visión de Dios y la semejanza con Dios. El misterio de la Transfiguración es la muestra y figura de la eterna bienaventuranza, para la cual hemos sido  criados. Intentaremos explicar el misterio d la visión de Dios, que obtendremos por Jesucristo, procurando comprender de algún modo la dicha y la gloria que un día gozaremos al ver en el Cielo, como dice San Pablo, cara a cara, a la Esencia infinita, a la Naturaleza perfecta y a Dios mismo, que ahora sólo vemos en el espejo de sus obras y tras el misterio de la fe.

Los goces de la tierra en nada sirven en comparación con la felicidad del Cielo

¿Quién podrá formarse una idea exacta de los misterios de las mansiones eternas? No es fácil tratar dignamente del profundo misterio de la felicidad de los santos, ante el cual el mismo San Pablo lleno de asombro sólo acierta a decir que no sabe nada, exclamando  únicamente que no el ojo cio, ni el oído oyó, ni el entendimiento humano pudo jamás idear la magnificencia  del premio que Dios, en su liberalidad infinita, tiene reservado en el Cielo a quienes le aman: Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente lo que Dios ha preparado para los que le aman (1 Co. 2, 9).

Todos los goces y delicias de la tierra de nada sirven como término de comparación con respecto a la felicidad de Cielo. La tierra, a pesar de la infinita variedad de placeres de todo tipo, los cuales seducen al  hombre hasta el punto de hacerle olvidar al Creador,  de nada sirve como comparación de lo que será la felicidad del Cielo. Solamente por boca de Dios mismo podemos formar una remota idea del Reino de Dios. Será guiados de las Sagradas Escrituras que podremos decir algo del bienaventurado Reino de los Cielos.

Felicidad del alma justa que vuela al seno de Dios 

Apenas el alma fiel ha recorrido su camino en la tierra, dando fin a las pruebas a las que fue sometida, y durmiendo en la preciosa muerte de los justos, vuela al seno de Dios en busca de su eterno reposo. Sube al “monte del Señor”, a su lugar santo donde sólo ponen pie los que se presentan con las manos inocentes y el corazón puro. Los apóstoles nos dan alguna idea de ese “monte santo”,  cuando al despertar del sueño, vieron de repente desaparecer la tierra y abrirse el Cielo; cuando se miraron rodeados de  luz divina, y arrebatados de la compañía de los hombres a la conversación de los santos, quedándose de tanto asombro inmovilizados y casi sin respiración.

Al entrar en el Cielo el alma bienaventurada exclamará con mayor gozo aún que San Pedro: ¡Oh que afortunada soy, mi gran Dios, de encontrarme en una mansión tan deliciosa!: Señor, ¡qué bien estamos aquí! Se dirá para sí el alma: No me engañaba mi fe, cuánto de glorioso y  de grande oí decir de la Jerusalén celeste en las Sagradas Escrituras, lo encuentro mucho mayor de lo que había creído y muy superior al concepto que tenía formado. No hay sol ni luna, pero ¿qué faltan hacen donde está el Cordero de Dios difundiendo sus eternos resplandores? Y ¿qué clase de seres son los que forman los ejércitos y las risueñas falanges de las que me veo rodeada? ¿Es posible que sean los elegidos que el valle de lágrimas, la tierra, ha enviado el Cielo? No hay duda son ellos, los conozco. Esos que se presentan rodeados de antiguas figuras, símbolos de la fe, son los patriarcas. Esos que tiene en las manos os libros de las profecías, emblemas de la esperanza, son los profetas, y esos que se hayan revestidos de del oro de la caridad son los apóstoles.

Allí están los mártires, ¡cómo resplandece su fortaleza! Ahí los doctores, ¡cómo brilla su ciencia! Ahí los penitentes, ¡cómo deslumbra su humildad! Allí las vírgenes, ¡cómo asombra su candor! Ahí los justos de ambos Testamentos, las almas buenas de todas las condiciones y de todas las edades, ¡mirad cómo flamea el mérito de sus virtudes! ¡Oh mansión de las delicias, qué dulce es permanecer aquí! Una calma profunda sirve de límite a esta ciudad celestial, el reposo y la quietud imperan en su recinto, y las fuentes del dolor están extinguidas en ella para toda la eternidad, Ni una voz, ni un quejido se eleva para turbar la alegría de este bienaventurado lugar; ningún auxilio se requiere, ningún padecimiento se sufre; ni se apetece bien ni se teme mal alguno. Se disfruta una juventud inmortal al abrigo de toda vejez, una salud a cubierto de toda clase de enfermedades, un reposo que no conoce fatiga y un gozo sin mezcla alguna de tristeza; deseo sin fastidio, paz sin discordia, vida sin recelo de morir.

El alma creada por Dios sólo en Dios puede ser feliz 

Si el Paraíso no fuese más que la ausencia de mal y el goce de todo bien, ¿no estarían bien empleados los sacrificios más arduos para conseguirlo? Y, sin embargo, aunque todo esto se encuentra en el Paraíso, no es lo que le constituye esencialmente. ¿Acaso los apóstoles hubieran sido tan felices en el monte Tabor con Moisés y Elías, sin tener consigo a Jesucristo? ¿No les llenó de horror y espanto la sola idea de que Jesucristo pudiera ausentarse y desaparecer de su vista? Pues de igual forma los santos del Cielo serían infelices sino tuvieran más felicidad que la compañía de los santos. Creada nuestra alma por Dios y para Dios, sólo en Dios y con Dios puede ser feliz. Aun en este mundo sólo a Dios desea, y de ahí su búsqueda, de ahí el salir al encuentro de cuanto contiene en sí una mínima parte de bien, divina emanación de la bondad infinita; de ahí el desprecio de los bienes presentes y deseo de  los futuros. Sólo en Dios encuentra el alma el objeto capaz de satisfacer la inmensidad de sus deseos y el ardor de su anhelo. ¿Dónde estás  Dios mío? dirá el alma: ¿dónde está mi Dios? Quiero verlo. Ángeles, mostrádmelo, santos, descubrídmelo, y tú, María santísima, ¿por qué dilatas manifestarme a ese bendito Jesús fruto bendito de tu vientre?

Jesucristo dice en su Evangelio que quedarán satisfechos estos deseos del alma tan ardientes y fervorosos, tan justos y legítimos: el que me ama será amado de mi Padre como otro hijo, y mucho más lo amaré yo mismo; y en prueba de este amor, me manifestaré claramente a él: El que recibe mis preceptos y los guarda, ése es el amado de mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré a él (Jn. 14, 21). Esta amorosa promesa la cumplió con los apóstoles en el monte Tabor; y en ellos nos la ha hecho a nosotros, cumpliéndola en el Cielo. ¿Quién será capaz de imaginar el gozo que ha de caber al alma elegida cuando vea la santa Humanidad de Jesucristo llena de gloria, rodeada de esplendor divino y sentada en el trono de su majestad, no ya de paso y momentáneamente como lo vieron Moisés en el Sinaí y los apóstoles en le Tabor, sino tranquilo, estable, en aptitud de fijar en su Humanidad la esplendidez de su magnificencia? ¡Qué visión! ¡Qué espectáculo! ¡Oh dulce y amable Jesús!, repetirá el alma, arrebatada en éxtasis de admiración y de felicidad. ¡Oh dulce y amable Jesús! Por fin veo a este Redentor divino, a este Salvador y esposo mío, tal cual es: ¡oh qué belleza contiene su rostro, qué majestad su frente, qué gracia su semblante, qué amabilidad sus labios, qué resplandor sus llagas, qué luz su persona, qué gloria su trono! Tanta grandeza me exalta, tanta bondad me enamora, tanta dulzura me inunda, embriaga y enajena. Ahora podemos comprender por qué Pedro dijo de los ángeles que anhelan ver el rostro divino, aun cuando lo tienen presente: Y que los mismo ángeles desean contemplar (1 Pe.1, 12).

¿Quién es, también,  esa augusta Señora, esa  Reina majestuosa, que sentada al lado de Jesús, comparte con Él los homenajes del Universo, y con su luz y belleza aumenta el gozo de los santos y la gloria de la celesta mansión? ¡Ah, bien la conozco en su hermoso semblante, en su amable sonrisa, en su mirada piadosa, en su manto magnífico, adornado con el oro de la caridad y realzado con el precioso relieve de todas las virtudes! Eres María, dulce y divina María, Reina y Abogada y amorosa Madre nuestra. Por fin te veo y contemplo, por fin me cabe la dicha de estar a tu lado y ser siempre feliz contigo.

Felicidad de los santos al contemplar la gloria de Jesucristo

Los apóstoles quedaron fuera de sí de admiración al contemplar el rostro de Jesucristo que resplandecía como un sol divino, y sus vestiduras era  de un blanco celestial; y sin embargo ellos apenar vieron una mínima porción de su gloria, pues sólo tenía a su lado a Moisés y a Elías. ¿Qué será de los santos cuando vean a este mismo Redentor en toda la gloria de su Reino, sobre el trono más deslumbrante, rodeado de millares de espíritus bienaventurados, glorioso de poder servir al Verbo eterno, unido a su Humanidad, como Señor suyo y como a su Dios? He ahí a los Ángeles, los Arcángeles, los Principados, las Virtudes, las Dominaciones y las Potestades de los Cielos que, en nombre de toda la Creación, le rinden le rinden las adoraciones y homenajes del Universo. He ahí los Ángeles custodios del hombre que, postrados a sus pies, le ofrecen el aroma puro de la oración de los justos. He ahí los ancianos del pueblo escogido, que le ofrecen el mérito y la gloria de todas sus virtudes. He ahí las Vírgenes, que brillando con una nitidez, gracia y belleza especial, puestas al lado del Cordero como  esposas, exhalan de sus corazones el suave aroma del pudor, y con sus purísimos labios entonan el cántico de amor nuevo y misterioso que a ninguna otra lengua  es dado repetir. He ahí los coros de todos los espíritus beatíficos que no cesan de unir sus voces en misteriosa harmonía, diciendo al Cordero divino: Señor, a todos nos redimiste con tu Sangre, sin distinguir tribu, lengua, pueblo, ni nación, formando de todos nosotros un solo Reino para nuestro Dios: Porque fuiste degollado y con tu sangre has comprado para Dios hombres de toda tribu, lengua, pueblo y nación, y los hiciste para nuestro Dios reino y sacerdotes, y reinan sobre la tierra (Ap. 5, 9).

A nuestro Dios sea dada la alabanza, la acción de gracias, la sabiduría, el esplendor, la gloria, el honor, la virtud y la fortaleza por los siglos de los siglos: Bendición, gloria y sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fortaleza a nuestro Dios, por los siglos de los siglos, amén (Ap. 7, 12). Con estos himnos, siempre llenos de nuevo encanto, hacen resonar las bóvedas  sagradas de la Jerusalén celeste. ¡Qué grandeza cuando al pronunciar el santo y augusto nombre del Redentor, se ve en el Cielo y aun en la tierra y en el infierno, como todas las rodillas de doblan, todas las frentes se inclinan,, como  todos las altezas se bajan, como todas las inteligencias se humillan, como todos los corazones se enajenan y como todas las lenguas se confunden en alabanzas! Es preciso recordar, según el evangelista San Juan, que la ciudad eterna se haya doblemente iluminada por la claridad de Dios y por la lucidez del Cordero: La ciudad no había menester de sol ni de luna que la iluminasen, porque la gloria de Dios la iluminaba y su lumbrera era el Cordero (Ap. 21, 23). Dice esto para significar que mientras los ojos corpóreos  de los bienaventurados se deleitan en los esplendores de la gloriosa humanidad de Jesucristo, los de sus almas se arroban en los misterios de la divinidad que contemplan.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo "Mysterium Fidei" sobre la Misa tradicional.