ADELANTE LA FE

Visión de Dios en el Cielo (II)

En la gloria veremos  Dios por medio del mismo Dios.

En el Cielo veremos claramente lo que ahora humildemente creemos. ¿Y qué es lo que creemos? Creemos en Dios, Uno y Trino, es decir, uno en la naturaleza y trino en las personas, eterno en su principio, inmortal en su duración, inmenso en su grandeza, sapientísimo en su sabiduría, omnipotente en su fuerza, inagotable en su opulencia e infinito en su gloria y majestad. Sólo conocemos  a este Dios grande e incomprensible de la manera que vemos al sol cuando las  nubes cubren su resplandor en invierno; sólo  conocemos a Dios como un enigma a través de las obras de sus manos: Ahora vemos por un espejo y obscuramente (1 Co. 13, 12).  En el Cielo, despejada toda sombra y descorrido todo velo, le miraremos cara a cara, sin la sagrada niebla del misterio o de la fe: Entonces veremos cara a cara (1 Co. 13, 12). Le conoceremos, añade San Pablo,  con la misma claridad con que de Él somos conocidos: Al presente conozco sólo en parte, entonces conoceré como soy conocido (1 Co. 13, 12). Le conoceremos, dice el evangelista San Juan,  cual es en sí,  en el esplendor de su substancia y en  el abismo de sus infinitas perfecciones: Sabemos que cuando aparezca, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es (1 Jn. 3, 2).

¿Será posible que nuestra mente finita fije sus débiles pupilas en el entendimiento infinito y contemple aquella sublime luz sin quedar deslumbrado? Si, lo será, porque así como Jesucristo, unido a nuestra voluntad, nos hará querer a Dios con el mismo amor de Dios, así también, unido a nuestra inteligencia, nos hará conocer a Dios con la misma ciencia de Dios, que se nos comunicará en la gloria, de manera que veremos a Dios por medio del mismo Dios.  Así como la luz precedente del sol y reflejada por otros cuerpos, sostiene la pupila del ojo de  tal modo que, aunque pequeña, es capaz de ver al mismo tiempo y a gran distancia una gran variedad de objetos; así también la luz que procede del divino sol, Jesucristo glorificado, refuerza nuestra pupila espiritual, el entendimiento, confortándolo, engrandeciéndolo y elevándolo para que, aunque pequeño, sea capaz de contemplar la infinita majestad de Dios y los profundos misterios de su Ser infinito: Y en tu luz vemos la luz (Sal. 36, 10). El Verbo encarnado es la luz que ilumina, no sólo a todo hombre que viene a este mundo, sino a toda alma que ingresa en el Cielo; verdaderamente fuente de vida para nosotros, así de la vida de la gracia que nos santifica, como de la vida de la gloria que ha de hacernos bienaventurados; conforme nos redimió con su sangre, también nos iluminará con su luz, y conforme a sus méritos llegaremos a poseer a Dios, también por su gloria recibiremos la claridad necesaria para poder ver y conocer a Dios.

Lo que significa ver a Dios cara a cara.

Reforzada nuestra inteligencia con esta luz sobrenatural, no solamente se detendrá sin vacilar ni confundirse en la presencia de Dios, sino que entrará segura en las potencias mismas del Señor, y fijará su mirar en la naturaleza y gloria de las divinas perfecciones. ¿Quién podrá explicar  y comprender el encanto de mirar a Dios en sí mismo y en nosotros, y a nosotros mismos en Dios? Extasiada el alma de admiración  y encanto ante una visión tan estupenda, bien podrá decir: “Por fin tengo presente, conozco y veo cual es en sí este Ser tan grande, incomprensible y absoluto, que existe por la necesidad de su existencia, por la sublimidad de su propia naturaleza; Ser perfecto en quien toda idea es un hecho, todo pensamiento una ley, toda voluntad un prodigio; Ser que es principio y fin de todo lo creado, y él sólo principio y fin de sí mismo.” ”Por fin comprendo los misterios de la naturaleza divina, de los que el mundo me habló, en los que tantas veces me instruyó la fe, y a los que sin comprenderlos sometí mi entendimiento.” “Por fin comprendo cómo y por qué este Ser, perfectamente infinito e infinitamente perfecto, es antiguo y no tiene tiempo, es nuevo y no tiene principio, es libre y no se altera, es inmutable y todo lo absorbe, y se compadece sin debilidad, y castiga sin furor, y se arrepiente sin remordimiento; y se conduele sin tristeza, y subsiste siempre sin que ningún tiempo le comprenda, y está presente en todas partes sin que ningún lugar le abarque, y todo lo mueve sin que ningún movimiento le altere, y todo lo muda sin que ninguna mutación le cambie, y todo lo prevé sin que ninguna previsión le turbe, y todo lo gobierna sin que ninguna empresa le ocupe, y todo lo conoce sin que ningún conocimiento le confunda, y todo lo obra sin que ninguna operación le fatigue, y a todos se comunica sin que ninguna comunicación le disminuya, y a todos prodiga sin que ninguna dádiva le empobrezca.”

¡Oh Dios grande, admirable, majestuoso, magnífico, altísimo y beatísimo! ¡Oh sumo bien, realidad infinita, esencia perfectísima, que te bastas a ti mismo, siempre rico en ti y en ti eternamente feliz! Verte cara a cara es además  conocer, no sólo los atributos y perfecciones de tu esencia, sino también la suma, la augusta y eterna Trinidad de vuestras Personas en una sola naturaleza; la eficacia del poder del Padre, los abismos de la sabiduría del  Hijo y las riquezas de la bondad del Espíritu Santo.

Para el alma bienaventurada ya no será un misterio la Santísima Trinidad.

Aquel gran misterio de la naturaleza divina, aquel gran misterio de la Santísima Trinidad, aquel gran escollo de la naturaleza humana, ahora lo contemplará el alma  en sus relaciones más recónditas, y al fin lo comprenderá sin esfuerzo ni trabajo alguno. Comprenderá como la Inteligencia eterna, contemplándose a sí misma, engendra eternamente a su Verbo, la gran Palabra de la naturaleza divina, y como esa Inteligencia y Verbo, complaciéndose entre ambos, producen eternamente al Espíritu Santo, el eterno amor que les une. Comprenderá como un solo Hijo en esta Trinidad agota una fecundidad infinita, y un solo Espíritu Santo termina un infinito amor. Comprenderá como la inmensa sabiduría del Padre se compendia y se formula toda en un solo Verbo, verdadero Hijo y verdadera imagen suya, si bien consubstancial, viviente, perfecto y verdadero Dios con Él; al paso que el Padre y el Hijo, por medio de un simplísimo  acto de su voluntad indistinto de ellos, perennemente producen aquel Amor divino, también verdadero Dios con ellos; de manera, por consiguiente, que las tres Personas tienen una sola naturaleza, sin que la unidad de naturaleza confunda sus Personas, ni la Trinidad de Personas divida su naturaleza.

Comprenderá, finalmente, como en esta Trinidad augustísima la generación –el eterno nacimiento del Hijo del Padre-  es siempre perfecta y perennemente repetida, la prosecución siempre perfecta e incesantemente renovada; hay en ella transmisiones, sin que salgan al exterior; relaciones, sin que importen dependencia; oposiciones sin que signifiquen contrariedad; pues el Hijo es engendrado por el Padre, sin serlo posterior en el tiempo; y del Padre y del Hijo procede el Espíritu Santo, sin ser en su condición inferior al Padre ni al Hijo. Cada cual de las tres Personas es omnipotente, eterna e inmensa; cada cual de ellas es Dios; no obstante, como su naturaleza es una, y en todas se repite entera, sin mengua ni disminución de sí, he aquí porque no son tres Dioses omnipotentes, inmensos  y eternos, sino un Dios solo, omnipotente, inmenso, eterno e increado, único perfectísimo.

No será un misterio la Encarnación del Verbo.

Mientras el gran misterio de la inefable Trinidad escita la admiración y asombro del alma, otro misterio, que también percibe con visión clara y distinta, es de la Encarnación del Verbo. ¡Qué grande es, qué magnífico y digno de Majestad infinita! He aquí reunidos la profundidad, el abismo impenetrable, el santuario inaccesible de la infinita Sabiduría que lo ideó; el Amor infinito que lo motivó, y el Poder infinito que lo cumplió. ¡Qué hermosa es esta obra maestra de Dios por excelencia que, cumplida en medio de los tiempos y en un confín de la tierra, unió lo pasado y lo futuro, el Cielo y la tierra, el tiempo y la eternidad; obra prodigiosa que todo lo sublima, todo lo ennoblece, todo lo diviniza en Jesucristo, universal mediador y restaurador!

Más como en la Trinidad se ven claramente tres Personas en una sola naturaleza, así en la Encarnación se ven dos voluntades y dos naturalezas en una sola Persona, descubriendo el  lazo secreto e indisoluble formado por el Espíritu Santo, mediante el cual la divinidad y la humanidad, naturalezas diversas e infinitamente distantes entres sí, están unidas en una hipóstasis maravillosa y única, formando un solo Jesucristo, en quien ni la humanidad rebaja la divinidad ni la divinidad absorbe o destruye la humanidad. Al fin el alma comprenderá las aparentes contradicciones de este enigma del amor y la sabiduría de Dios, deleitándose en su contemplación, pues lo que parecían contradicciones irreconciliables, son nuevas gracias, nuevas bellezas, nuevas maravillas y nuevos misterios sublimes de un mismo misterio. Comprenderá como el Verbo verdaderamente se hizo hombre sin dejar de ser Dios, y como la excelsa Madre de Dios que le dio a luz, fue Madre sin dejar de ser Virgen. Comprenderá como el mismo Jesucristo, siendo Hijo de Dios, fue víctima de Dios; siendo hijo del hombre, fue Redentor del hombre, y como, sujeto a las penas del pecado, triunfó del pecado. Comprenderá como murió realmente en la Cruz no perdiendo su inmortalidad; como fue inmolado para la salvación de los hombres, y como, consumado su sacrificio en la tierra, levantó hasta los Cielos la influencia y los efectos del mismo: Pacificando  por la sangre de su cruz todas las cosas, así las de la tierra, como las del cielo (Col. 1, 20).

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo "Mysterium Fidei" sobre la Misa tradicional.