A la ilustre parroquia de San Valentino (Castellarano – Reggio Emilia), llegó en mayo de 1934 un nuevo párroco, Don Olinto Marzocchini, nacido en Romanoro (Módena) el 6 de agosto de 1888. Sacerdote el 13 de mayo de 1915, había prestado el servicio militar durante toda la guerra hasta 1919. En medio de los soldados, en un clima impregnado de socialismo y de masonería, se había distinguido por su clara identidad sacerdotal: padre, apóstol de Jesús, más fuerte que el odio y que la guerra, capaz de afrontar la muerte cada día.

Rico de tesoros

De 1919 a 1934 había sido párroco primero en Novellano y después en Gazzano (Reggio Emilia), mostrándose como un hombre enteramente de Dios, un verdadero líder de las almas. En 1934, subiendo a San Valentino, don Olinto tenía 46 años: estaba lleno de amor a Jesús y de entrega hacia sus parroquianos. Estaba en la plenitud de su madurez, rico de verdaderos “tesoros” aunque poco aparentes en el mundo: una riquísima vida interior, un estilo sacerdotal inconfundible, atento a la sustancia de las cosas que cuentan de verdad: Jesús, la salvación de las almas, la huida del pecado y la vida en gracia de Dios. La oración, los mandamientos de Dios, el infierno que evitar, el Cielo que alcanzar.

De paso largo y apresurado, reservado en gestos y en palabras, la sotana bella y solemne, atrayente desde el inicio por una singular fascinación que emanaba de su persona, se puso inmediatamente a la obra. Su hermana Emma, en silencio y en obras escondidas, le ayudaba. Comenzó a visitar a las familias, para conocer las almas confiadas a él una por una… Inmediatamente comenzó a fortalecer la Acción Católica, desde los más pequeños hasta los adultos, a cuidar con meticulosidad el catecismo dado a los niños y a los jóvenes, para prepararlos a los Sacramentos y construir vidas seguras basadas en Jesús, roca viva. En San Valentino, la Misa festiva, Sacrificio de Jesús en el altar, se convertía en el centro de la semana, de la vida: para esto preparaba a los monaguillos al servicio del altar y organizó un buen coro para solemnizar las celebraciones.

Quería que sus parroquianos vivieran verdaderamente en gracia de Dios. Apenas llegado a su iglesia, hizo poner un reclinatorio para él a la derecha del altar y allí pasaba largas horas de la jornada, orando y meditando, estudiando y trabajando ante Jesús Eucarístico. Así, cada día y todas las noches, incluso hasta medianoche, la ventana iluminada junto al altar decía a la gente que su pastor velaba en oración por ellos.

Centrado en Jesús

Entre los monaguillos más pequeños estaba también Rolando Rivi, de apenas 5 años, pero más avispado y activo que nunca, nacido en la colina del Poggiolo el 7 de enero de 1931. Don Olinto lo admitió a la primera Comunión prontísimo, porque estaba muy preparado, el 6 de junio de 1938, fiesta del Corpus Christi, y a la confirmación el 24 de junio de 1940. Hecho monaguillo cada vez más asiduo con la Misa-Comunión diaria, veía a menudo a don Olinto en su reclinatorio, absorto en coloquio con Jesús; o bien en el confesonario, dispuesto a dar el perdón de Dios y a dirigir a las almas… Quedaba fascinado.

En 1939-40 llegó la guerra: don Olinto dijo abiertamente que “la enorme tragedia era el fruto abismal de las ideologías más perversas, como el nazismo y el comunismo, que se habían afirmado con la exclusión de Jesús, el hombre-Dios, de la historia”.

El párroco había pensado incluso en la diversión de los niños y de los jóvenes dando vida al campo de juegos y al oratorio, como lugares de encuentro y de formación. También allí, don Olinto hacía presente a Jesús, de manera que, por todas partes, en un clima de seriedad y de alegría, todos los jóvenes pudieran encontrar vivamente al Salvador. Ya en sus primeros años de parroquia, maduraron las primeras vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa, como por contagio. También Rolando se unía cada vez más a Jesús, viendo el trabajo apostólico de don Olinto: su hacerse todo para todos para guiar a su rebaño a la vida cristiana; su presencia en medio de la juventud, a la que llamaba a una intensa vida de oración eucarística y mariana, el catecismo a los adultos cada domingo por la tarde, muy frecuentado; la caridad que ejercitaba junto a su hermana Emma con los más pobres; su disponibilidad a cualquier hora a confesar y a dirigir a las almas. Don Olinto era cercanísimo, con corazón de padre, a aquellos que sufrían por enfermedades, pobreza, lutos familiares. Decía entonces: “La piedad se debe a los muertos y a los vivos que han quedado llorando. Es humano llorar, pero mirad a Cristo, que es la resurrección y la vida”.

Era verdaderamente un buen pastor a imagen de Jesús. Su obra estaba centrada en Jesucristo: nacía de la Verdad que, para inspirar y orientar las acciones humanas, necesita siempre del Magisterio y del Sacerdocio – como el suyo – que la comunique y la custodie, la fecunde con el ejemplo y con el amor, en una palabra, la haga vida vivida. Homilías breves, poco adornadas, pero con mensajes que iban directos al corazón, por estar entretejidos de palabras y de vida eterna. Obligaba así a preguntarse acerca del sentido y del destino eterno de la vida, más allá de las menudas experiencias que cada uno vive en su historia personal.

Pastor fascinante

Rolando quería mucho a don Olinto y, cuando consagraba en el altar el Pan y el Vino (y él le servía en la Santa Misa arrodillado en la grada del altar), transubstanciándolos en el mismo Jesús, y después lo daba a los fieles en la Comunión, le parecía tocar el Cielo. “¿Por qué – se preguntaba entonces – no puedo llegar a ser también yo como él?” El 26 de octubre de 1942, Rolando entró en el Seminario menor en Merola (Carpineti – Reggio Emilia); en San Valentino no era el primero que lo hacía, y don Olinto, aun siendo tan reservado, “estallaba” de alegría.

Durante las vacaciones, acogía a sus seminaristas en la parroquia para la Misa, la meditación, el Rosario a la Virgen, para desarrollar con ellos alguna actividad. Habría querido que ellos estuvieran siempre con él, sobre todo el “inquieto” de Rolando, que, aun siendo tan vivo en el juego y caprichoso, en el altar estaba en éxtasis como raptado por Jesús. A aquellos jóvenes levitas, ahora él les parecía más fascinante, junto a su intensa vida de oración, de estudio y de profundización continua de la teología y de los problemas de su tiempo: siempre informado sobre todo, capaz de distinguir y de guiar.

Estaba casi obsesionado, más aún en tiempo de guerra, por la pobreza en la que vivían varias familias y distribuía muchas abundantes limosnas. Pero prefería, con un pretexto, hacer realizar trabajos a aquellos que se encontraban en necesidad para poderlos remunerar con un salario, respetando su dignidad. Había creado también una biblioteca con libros aptos para la juventud. Rolando le pedía historias de misioneros, porque – decía – “Yo seré sacerdote y después partiré misionero para convertir a todas las almas a Jesús”. Don Olinto le contentaba con un “orgullo secreto” por él, el pequeño seminarista que incluso en casa, no colgaba nunca la sotana y la llevaba incluso jugando al fútbol.

Sangre entre los llamados

La vida en San Valentino transcurrió bastante serena hasta el verano de 1944, cuando, como en toda Emilia, se extendió el odio por los sacerdotes, que, sin embargo, trabajaban sólo por la pacificación de los ánimos y denunciaban las violencias vinieran de la parte que vinieran: por los comunistas, según la doctrina marxista-leninista, los sacerdotes eran considerados enemigos que debían ser eliminados. Este es el “comunismo intrínsecamente perverso” (Pío XI, Divini Redemptoris, 1937).

Así, en San Valentino fue puesto en el punto de mira precisamente el párroco. Una mañana de julio de 1944, se vino a saber que, durante la noche anterior, algunos partisanos comunistas le habían hecho salir de la casa parroquial y le habían agredido y humillado, quitándole incluso los zapatos de los pies. Sin embargo, había sido para todos un verdadero padre… Algunos días más tarde se refugió en un lugar seguro, mientras que llegaba para sustituirle un jovencísimo sacerdote apenas ordenado, don Alberto Camellini. Rolando acompañó al cura don Alberto de visita a las familias; con el seminario cerrado ya, por estar ocupado por las tropas alemanas, vivía en cas con estilo de seminarista, sin quitarse nunca la vestidura sacerdotal, con una presencia luminosa y fuerte de fe y de verdad, que “hería” a los comunistas enemigos de Cristo y de la Iglesia.

Pero en la Pascua de 1945, don Marzocchini estaba de nuevo en su puesto en San Valentino, fuerte y seguro en su sacerdocio. El 10 de abril de 1945, algunos partisanos comunistas se llevaron a Rolando y lo entregaron a sus “colegas” en Monchio, los cuales, después de torturarle, como a Jesús durante su pasión, acabaron con él el 13 de abril de 1945 con dos disparos de revólver en odio a la fe y al sacerdocio católico. ¡Seminarista mártir santo!

Don Olinto se quedó de piedra por el dolor y el 29 de mayo de 1945, en la parroquia de San Valentino, celebró “el triunfo” del pequeño mártir: “No bastan nuestras lágrimas para llorar a Rolando. Pero mirad a Cristo, que es la resurrección y la vida. Cristo enjugue las lágrimas de nuestros ojos”. Por todo el tiempo que permanecerá en San Valentino, 22 años todavía, se inspirará siempre en el estilo y en el sacrificio de su “curita”, le rezará por su misión, que ahora, acabada la guerra, pero siguiendo habiendo tanto odio, será la de reconstruir las almas y su pueblo. El mundo, su mundo no será nunca más como antes.

“Sólo Jesús es el Salvador”

Don Olinto comenzó un trabajo difícil y no siempre fructífero: las transformaciones de mentalidad y de vida embistieron también contra la comunidad de San Valentino, pero él, sexagenario ya, se lanzó a un empeño de clarificación y de comprensión, de continua referencia a Jesús, indispensable para construir o reconstruir la existencia, de superior coherencia al Evangelio y a su sacerdocio. En este esfuerzo, estimaba la eficacia de la actividad educativa y se dedicó en primera persona, sin desanimarse jamás, a enseñar y a formar hombres y mujeres, persuadido de que sólo se educa verdaderamente en la Verdad y a la Verdad que es sólo Jesús.

Una prueba de fidelidad para él era la adhesión al Papa – Pío XII – y a su Obispo diocesano, mons. Beniamino Socche, en Reggio desde 1946 a 1965, verdadero “defensor fidei et civitatis”, a la luz del Magisterio del Papa. Don Olinto se lamentaba del torpor de algunos católicos insensibles a los problemas de la vida social y política y veía los peligros de “una huida hacia lo privado como indiferencia y evasión. En el comunismo entonces extendido, en el laicismo sin Dios, le entristecía el cansancio de los buenos y el sueño en la culpa, y se amargaba por tanta “cultura de la mentira”, de la cual los medios de comunicación social se estaban convirtiendo en instrumentos privilegiados. Consideraba indispensable recuperar en todas las cosas el primado de Jesucristo – “Jesús solo es nuestro Salvador, Jesús solo es nuestro único Rey” –, que durante generaciones había guiado a las personas, a las familias, a las comunidades, la historia e incluso a los no-practicantes les había inspirado los valores de fondo de la sociedad.

En los últimos años de su ministerio, se afligía sobre todo por la incomprensión de la auténtica misión del sacerdote: no es un psicólogo o un asistente social el sacerdote, sino el hombre de Dios, que conduce en Cristo a los hombres a Dios solo, con la evangelización, la caridad teologal, los Sacramentos preparados, acogidos, vividos. Hasta el final, en la parroquia y por las calles de San Valentino, se dedicó a indicar a Jesús, único Camino, único Amor.

Después, tras 33 años de parroquia, un día gris de noviembre de 1967, don Olinto se trasladó a casa de su hermano en Pratissolo, a pocos kilómetros de San Valentino. Pasó sus últimos cinco años casi continuamente en oración. En sus últimos meses no quiso celebrar ya la Santa Misa a causa de la enfermedad que avanzaba: “La Misa es una realidad demasiado sublime y yo no tengo la necesaria lucidez”. Le dijeron que debía hacer testamento. Respondió: “No tengo nada que dejar. He amado a todos. Os dejo a Jesucristo. Hasta que nos veamos en la casa del Padre”.

El 7 de enero de 1972, precisamente el día del cumpleaños de Rolando Rivi, su “pequeño” mártir, don Olinto, de 84 años, cargado de méritos, marchó al encuentro de Dios: estamos seguros de que, en la puerta del Cielo, estaba Rolando a celebrarlo.

Candidus

(tomado de G. Giocolieri, Una straordinaria figura di sacerdote, don Marzocchini, en: VV. AA. Torniamo a San Valentino, Reggio Emilia, 1985)

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