¿A dónde nos conducen el movimiento woke y la cancelación de la cultura?

Desde la Revolución Francesa, la destrucción de la memoria histórica forma parte de la guerra desencadenada contra la civilización cristiana. Basta con pensar, no sólo en la devastación de templos y monumentos que tuvo lugar entre 1789 y 1795, sino también en la profanación de la basílica de San Dionisio, cuando se abrieron los sepulcros de los reyes de Francia y se dispersaron sus retos, con un evidente sentido simbólico: había que borrar físicamente todo resto del pasado, de conformidad con el decreto de la Convención del 1º de agosto de 1793. Desde entonces, la damnatio memoriae es característica de la izquierda europea, llegando hasta la cancelación de la cultura y la ideología woke de nuestros tiempos.

La llamada cancelación de la cultura consiste en el borrado de la memoria: se trata de un concepto ideológico según el cual Occidente carece de valores universales que proponer al mundo y no tiene otra cosa que crímenes pasados que expiar. El término inglés woke significa despierto o consciente. Se trataría de depurar la sociedad de toda injusticia racial y social heredada de tiempos anteriores. La utopia del hombre nuevo significa hacer tabla rasa del pasado: la especie humana tiene que convertirse en materia prima informe susceptible de ser remodelada y refundida como cera. La etapa siguiente será el transhumanismo, la regeneración de la humanidad mediante la ciencia y la tecnología.

En su imparable dinamismo, este proceso destructivo corre el riesgo de hacer que a la izquierda le salga el tiro por la culata. Conchita de Gregorio, periodista italiana que pertenece a ese sector, narró en un artículo publicado en La Stampa el pasado 7 de julio tres episodios significativos sucedidos en Francia que han hecho saltar todas las alarmas.

Veamos el primer episodio: «En una academia de baile muy popular y solicitada del Marais, barrio que es bastión de la élite progresista parisina, los padres de los menores han solicitado al director que los docentes no pongan la mano en los niños y adolescentes para enseñarles los movimientos que tienen que hacer con el cuerpo, sino que los toquen mediante un baston». Aducen que cualquier contacto corporal, incluido el de una mano que enderece el busto o asista en un paso que se da por primera vez, puede ser un tocamiento sexual en potencia.

El segundo episodio tiene que ver con unas clases de arte dramático en un instituto superior de bellas artes, también en París. Al ir a hacerse una foto de grupo con todos los alumnos, se le pide a una de las chicas que se recoja el pelo en una cola de caballo, «porque su espléndida cabellera de un peculiar estilo afro que se extendía horizontalmente tapaba el rostro de varios compañeros a ambos lados de ella». Los alumnos se han levantado en pleno con una acusación de racismo. La directora obligó al enseñante a dimitir o ser despedido.

Y el tercer episodio afecta a una conocida feminista que «sostiene que las mujeres musulmanas deben tener libertad para no llevar velo. Ojo, para no llevarlo. Ser muy libres de llevarlo, y muy libres también de no usarlo». La izquierda la acusa de islamofobia, de ser de derecha, de estar vendida. La consiguiente polémica da lugar a que la feminista sea puesta bajo la vigilancia de un guardia de seguridad. Entre feminismo e islamofilia, la izquierda opta por el islamismo, dado que éste se distingue por un odio mayor hacia Occidente.

Un libro que acaba de publicar Avenir de la Culture bajo la dirección de Atilio Faoro (La Révolution Woke débarque en France, París 2023, pp. 86) presenta un panorama más amplio y profundo de lo que está sucediendo en Francia. Explican los autores que la ideología woke, heredera del Terror y de las grandes purgas soviéticas, es una ideología de alcance mundial que tiene por objeto transformar la sociedad en un inmenso  campo de reeducación. Según los fanáticos de dicha ideología, «la gastronomía francesa es racista», la literatura clásica «sexista», «un varón puede quedar embarazado», los 4600 municipios que llevan un nombre del santoral deben ser desbautizados, y la basílica de Notre Dame es un símbolo de opresión que debe ser rebautizado como Nuestra Señora de los sobrevivientes a la pedofilia. La misma lengua francesa tiene que ser desconstruida, sustituyendo por ejemplo palabras como homenaje, que evoca un pasado feudal por feminaje, o que en vez de patrimonio se diga matrimonio, a fin de no hacer al machismo la más mínima concesión semántica.

No se trata de extravagancias, sino de las coherentes consecuencias de una cosmovisión que rechaza la memoria histórica de Occidente, y en particular de sus raíces cristianas.

La cultura, que consiste en el ejercicio de las facultades espirituales e intelectuales del hombre, necesita para desarrollarse de una memoria que conserve y transmita cuanto ha producido el hombre a lo largo de la historia. «La fidelidad de la memoria –señaló el filósofo alemán Josef Pieper– significa ciertamente que se conserve la realidad y cuanto ha sucedido tal como realmente fue. La falsificación de los recuerdos, lo contrario de la realidad, puesta en acto por el sí o el no de la voluntad, supone una auténtica ruina de la memoria, ya que contradice su naturaleza íntima, que consiste en contener la verdad de lo realmente sucedido» (La prudenza, Morcelliana, Brescia 1999, p. 38).

Para imponerse, la memoria necesita destruir la verdad, que está contenida en la memoria. Por eso, borrar la memoria, que contiene la verdad de la historia, es un atentado contra la humanidad, y la revolución woke es expresión de ello. La ideología woke se está desarrollando en Occidente con miras a destruirlo, y no tiene nada que ver con la historia ni con la identidad de nuestra civilización, de la que constituye una antítesis radical. Los detractores de Occidente que se dejan seducir por conceptos como la Eurabia islámica, la Tercera Roma moscovita o el neocomunismo chino han emprendido un itinerario suicida. La ideología woke es la etapa terminal de una dolencia que viene de lejos y no se cura con la eutanasia del enfermo. La ideología woke y la cancelación de la cultura son algo más que la defunción de Occidente: son las células tumorales de un organismo que estuvo sano y todavía se puede curar si –como esperamos– el Divino Cirujano le hace una intervención radical.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

Roberto de Mattei
Roberto de Matteihttp://www.robertodemattei.it/
Roberto de Mattei enseña Historia Moderna e Historia del Cristianismo en la Universidad Europea de Roma, en la que dirige el área de Ciencias Históricas. Es Presidente de la “Fondazione Lepanto” (http://www.fondazionelepanto.org/); miembro de los Consejos Directivos del “Instituto Histórico Italiano para la Edad Moderna y Contemporánea” y de la “Sociedad Geográfica Italiana”. De 2003 a 2011 ha ocupado el cargo de vice-Presidente del “Consejo Nacional de Investigaciones” italiano, con delega para las áreas de Ciencias Humanas. Entre 2002 y 2006 fue Consejero para los asuntos internacionales del Gobierno de Italia. Y, entre 2005 y 2011, fue también miembro del “Board of Guarantees della Italian Academy” de la Columbia University de Nueva York. Dirige las revistas “Radici Cristiane” (http://www.radicicristiane.it/) y “Nova Historia”, y la Agencia de Información “Corrispondenza Romana” (http://www.corrispondenzaromana.it/). Es autor de muchas obras traducidas a varios idiomas, entre las que recordamos las últimas:La dittatura del relativismo traducido al portugués, polaco y francés), La Turchia in Europa. Beneficio o catastrofe? (traducido al inglés, alemán y polaco), Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta (traducido al alemán, portugués y próximamente también al español) y Apologia della tradizione.

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