A ti, Madre, Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra, y Madre de tus predilectos hijos sacerdotes, me dirijo en este mes de mayo donde la Iglesia te festeja de una manera especial homenajeándote.

Eres la llena de Gracia, pues todo lo que Dios es por naturaleza, Tu lo eres por Gracia. Y es que Tú, Madre mía, te has sometido al mayor sacrificio que criatura humana pueda hacer: despreciar Tu voluntad humana. Todo en Ti es Voluntad Divina. Ni la más mínima mácula, ni sombra, de voluntad humana hay en Ti; por tanto, ni sombra de imperfección. Eres toda Inmaculada desde Tu Concepción.

Eres nuestro modelo, intercesora, medianera, auxiliadora y corredentora. Tu Voluntad Divina que anima todo Tu ser, te hace merecedora de todos los títulos, de tu reinado sobre Cielo y tierra, de tu especialísima colaboración en la redención del género humano. Eres  nuestra Madre, la más hermosa, la más pura, la más santa, pues todo en Ti es de Dios, a Dios nos llevas y de Dios nos hablas. Tu mirar, Tu sentir, Tu “sufrir”, es el mirar, sentir y “sufrir” de Dios.

La Santísima Trinidad se goza en Ti, y en Ti ha hecho maravillas; y qué mayor maravilla que el propio sentir de Dios Trino y Uno sea el Tuyo, pues absolutamente nada has guardado para Ti, eres Toda de Dios.

El ejemplo que me das como sacerdote, y que  das a todos tus hijos, es el sacrificio de Tu voluntad humana en pos de la Voluntad Divina. ¡Qué ejemplo a imitar! Sacrificar mi voluntad humana fuente de todos mis pecados, soberbia y rebeldía. El pecado de nuestros primeros Padres se sigue haciendo presente en mi voluntad humana, en nuestra voluntad humana.

Pobre de mí que pienso que con mi voluntad humana puedo hacer agradable a Dios Todopoderoso. Pero Tú, Madre mía, me enseñas que he de morir a mi propia voluntad humana para esforzarme en vivir en la Voluntad Divina, que en definitiva es la Palabra de Dios en mi vida, la Verdad de Dios integra que la Santa Iglesia  ha recibido. Líbrame. Madre mía, de caer en la tentación de anteponer mi miserable voluntad humana a la Voluntad Divina. Que siempre te mire y te contemple, y al  hacerlo vea en Ti lo que eres: Toda Voluntad de Dios.

Tú eres el modelo de mi vida sacerdotal, el  ejemplo que me lleva a sacrificar cada día mi voluntad humana, que tanto me apega al mundo y me impide elevar mi espíritu. Me has conducido de forma privilegiada a la Santa Misa Tradicional, haciéndome comprender,  en ella, que mi sacerdocio será pleno cuando muera a mí mismo, para que Tu Bendito Hijo lo sea todo en mí.

Al oficiar la Santa Misa Tradicional, al obedecer fidelísimamente las rúbricas, me has hecho comprender que mi voluntad humana ha de desaparecer, es más, he despreciarla por pecadora y perturbadora del Mysterium Fidei. Las rúbricas, en el Santo Sacrificio, me permiten que no sea yo quien esté en el altar sino el único, el verdadero Sumo y Eterno Sacerdote, Nuestro Señor Jesucristo, Tu Santísimo Hijo, el Agnus Dei.

¡Qué unida estás, Madre mía, a la Santa Misa Tradicional! En ella contemplas con inmenso gozo del alma cómo la voluntad humana del sacerdote desaparece, se volatiliza, gracias a las rúbricas, y el Cordero de Dios no es ofendido, ni ultrajado por aquella. La Santa Misa Tradicional es toda Voluntad Divina.

La Santa Misa Tradicional me está enseñando a sacrificar mi voluntad humana, me está ayudando a quererte más y mejor, a ser mejor hijo predilecto tuyo, intentando que veas en mi a Tu adorable Hijo. Gran pretensión es esta, y atrevida, pero estoy obligado a ello no escatimando esfuerzos y sacrificios.

Sé que tu maternal ayuda nunca me faltará, que cada día al pie del altar Tu amor de madre me perfeccionará.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa.