La Iglesia es una institución de origen divino. Una entidad fundada y querida por Dios mismo. Así lo ha creído ésta en todo momento y de esta manera se ha pronunciado hasta hoy el Magisterio. Por eso hube de reprimir un escalofrío cuando un sacerdote católico me confesó, en una agradable tertulia con cerveza y café de por medio, que Jesucristo no fundó ninguna Iglesia, sino que ésta fue cosa de sus seguidores. De ser así, me pregunto, ¿cómo resistiría en pie dos mil años después una institución que no poseyera el aval divino?

También es difícil encontrar la razón por la que algunas personas niegan que Jesús fundara la Iglesia, cuando en el Evangelio según San Mateo 16, 18 encontramos una evidencia indudable de su constitución por parte del Redentor mismo. Complicado de entender si damos por hecho que no se mutila el Evangelio para ajustarlo a nuestros deseos.

Yo doy por válido el Evangelio en su totalidad. Si no lo hiciera, defendería lo que quisiera suprimiendo los versículos que me molestan. Pero veamos lo que dice el famoso versículo de Mateo, si es que lo damos por bueno: “Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”. ¿Puede estar más claro? Algunos protestantes, sin embargo, alegan que la piedra a la que se refiere Jesús es él mismo. Pero esto no se sostiene. Jesús diría en ese caso que edifica su Iglesia sobre sí mismo. ¿Se quedaría él acaso para regirla? Hay que embrollar demasiado la frase para que encaje en los presupuestos cismáticos. En cambio, todo se esclarece si se amplía el enfoque y se consideran los versículos anteriores y posteriores a éste.

Al llegar Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el hijo del hombre?” Ellos le dijeron: “Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros que Jeremías o uno de los profetas”. Él les dijo: “Vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Simón tomó la palabra y dijo: “Tú eres el mesías, el hijo del Dios vivo”. Jesús le respondió: “Dichoso tú, Simón, hijo de Juan,  porque eso no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y  las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del reino de Dios; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mateo 16, 13-19).

Pues bien, aquí aparecen todas las claves necesarias para explicar de modo definitivo el origen divino de la Iglesia. La confesión de Pedro desencadena el acto fundacional de Jesús. Al confesarlo Pedro como mesías e hijo de Dios, Jesús entiende que ha llegado la hora de hacer público quién será el jefe de su Iglesia. Y por eso le cambia el nombre a Pedro, llamado, antes de ser escogido príncipe de los apóstoles, Simón. Por otra parte, es sabido, a raíz de otros textos bíblicos, que el cambio de nombre indica el encargo de una tarea o misión. Además, Pedro se traduce en arameo por Kephas, que quiere decir piedra o roca; así pues, «con el nuevo nombre se designa la construcción de una casa o templo, una nueva comunidad, en la que Pedro, además de ser prototipo del discípulo de Jesús, es el garante de la interpretación auténtica de la enseñanza del Maestro y tiene autoridad para excluir o incluir en la comunidad»[1]. El primado de Pedro en esa nueva fundación queda por tanto confirmado. Y por eso el Señor le da a Simón Pedro las llaves de su Iglesia.

Acto seguido, si continuamos leyendo el Evangelio según San Mateo, Jesús realiza el primer anuncio de su Pasión. Precisamente tras su tortura, muerte y resurrección el Señor declara la finalidad de esa nueva comunidad que ha sellado con su sangre. Se trata de la misión de los apóstoles con Pedro a la cabeza: “Id, pues, y haced discípulos míos en todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado” (Mt 28, 19-20). Evangelizar, bautizar y enseñar la doctrina con cuidado es lo que les encarga. Ya tienen un objetivo común y un jefe que les ordene.

El primado de Pedro queda subrayado además con la confirmación de Jesús resucitado a Pedro de su liderazgo dentro de esa Iglesia. El pasaje resulta a todas luces lapidario: «Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?” Pedro le contestó: “Sí, Señor, tú sabes que te amo”. Jesús le dijo: “¡Apacienta mis corderos!” Por segunda vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” Él le respondió: Sí, Señor, tú sabes que te amo”. Jesús le dijo: “¡Apacienta mis ovejas!” Por tercera vez le preguntó: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” Pedro se entristeció porque le había preguntado por tercera vez si lo amaba, y le respondió: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo”. Jesús le dijo: “¡Apacienta mis ovejas!”.

Entendía Jesús que su Iglesia tendría necesidad de pastores y que, por encima de éstos, uno habría de llevar la voz cantante. Por eso el Señor ruega por Pedro para que su fe no desfallezca, y le ordena confirmar a sus hermanos cuando éste se arrepienta (Lc 22, 32). Jesús confirma así el liderazgo de Pedro entre los apóstoles, a la vez que da forma a una comunidad a la que ha prometido hacer pescadora de hombres (Mt 4, 19).

Los fundamentos bíblicos de la institución eclesial son claramente macizos. Quizás el desacuerdo se produzca, como muchas veces ocurre, porque hablando de un mismo término le damos significados distintos. Y así es posible encontrarse con personas que desconfían —¡dentro de la Iglesia incluso!— de lo que llaman religiones organizadas. ¿Pero qué podría ser la Iglesia sino una comunidad organizada?

¿Acaso una comunidad de fieles no se organiza racionalmente? ¿Es algún tipo de sociedad una agrupación de personas que se relacionan anárquicamente? Si echamos mano de su etimología, iglesia significa asamblea, convocación; por eso la Iglesia es el nuevo pueblo de Dios, la comunidad cristiana que se hace visible a través de las comunidades locales repartidas por la tierra. ¿Conviven acaso caóticamente estas iglesias locales? ¿Y es extraño que tengan relación entre ellas, que convinieran en su día en ceñirse a la primacía de Pedro? ¿O cada cual puede interpretar las Escrituras a su antojo y hacer oídos sordos al Magisterio?

Convendría así pues que los más despistados hicieran una visita al diccionario y examinaran términos como institución, fundación, organización o entidad. Entonces se comprende de modo inmediato por qué cualquier iglesia local está organizada y dispone de jerarquías. Y por qué es lógico que así se desarrollaran los acontecimientos y la Iglesia tendiera redes y se ordenara según escalafones y categorías.

Pentecostés, en efecto, inicia la obra fundada por Cristo. La Iglesia instituida por Dios empieza entonces a levantar el edificio, a continuar la tarea encomendada por Jesús antes de subir a los Cielos, donde está sentado a la derecha del Padre. El pueblo de Dios alzará en consecuencia un formidable edificio valiéndose de la asistencia del Espíritu. En este sentido, la Iglesia estaba legitimada por ejemplo para escoger a un grupo de hombres y darles la responsabilidad de decidir sobre quiénes serían los Pontífices en adelante, sin que la palabra cardenal hubiera de aparecer en la Biblia.

No es descabellado en modo alguno entonces considerar que aquellos hombres procedieran a organizar formalmente esas comunidades, tanto a nivel particular como intereclesial, teniendo como referente en todo momento a Pedro, y después, a su sucesor inmediato. Pero esta libertad para obrar (definir dogmas, montar un sistema centralizado en Roma, establecer con precisión qué es pecado y qué no ofende a Dios ni al prójimo, etc.) la llaman sus detractores los «ropajes» de la Iglesia, cuando son en realidad las ramas del arbolito que plantara en el origen Jesucristo, que ya se ha hecho grande y deja a la vista sus frutos.

En fin, el Papado es prenda del origen divino de la Iglesia. Por eso quienes niegan que Jesús fundara la Iglesia han discurrido menos de lo que piensan. Los Santos Padres reconocen sin excepción la superioridad de Roma y del Papa como cabeza de los fieles. Y con toda razón. Porque si las comunidades locales no tuviesen como guía a un pastor universal, y un Magisterio seguro al que aferrarse, sus ovejas se desmandarían fatalmente como ocurre hoy con los fieles protestantes, que se desperdigan en miríadas de sectas irreconciliables.

Luis Segura

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[1] Nota de la reciente edición de la Sagrada Biblia de la CEE relativa a Mt 16, 18.

Luis Segura
Escritor, entregado a las Artes y las Letras, de corazón cristiano y espíritu humanista, Licenciado en Humanidades y Máster en Humanidades Digitales. En estos momentos cursa estudios de Ciencias Religiosas y se especializa en varias ramas de la Teología. Ha publicado varios ensayos (Diseñados para amar, La cultura en las series de televisión, La hoguera de las humanidades, Antítesis: La vieja guerra entre Dios y el diablo, o El psicópata y sus demonios), una novela que inaugura una saga de misterio de corte realista (Mercenarios de un dios oscuro), aplaudida por escritores de prestigio como Pío Moa; o el volumen de relatos Todo se acaba. Además, sostiene desde hace años un blog literario, con comentarios luminosos y muy personales sobre toda clase de libros, literatura de viajes, arte e incluso cine, seguido a diario por personas de medio mundo: La Cueva de los Libros