ADELANTE LA FE

Si ahora me cogiese la muerte

No digas: He pecado, ¿y qué me ha sucedido? Porque el Señor es paciente.
Aún del pecado expiado no vivas sin temor, y no añadas pecados a pecados.
Y no digas: Grande es su misericordia. Él perdonará mis muchos pecados.
Porque aunque es misericordioso también castiga, y su furor caerá sobre los pecadores.
No difieras convertirte al Señor, y no lo dejes de un día para otro;
Porque de repente se desfoga su ira, y en el día de la venganza perecerás.

(Eclo. 5, 4-9)

Queridos hermanos, el libro del Eclesiástico recuerda a los que viven despreocupados de su vida de santidad pensando que la misericordia de Dios es grande y perdona todos los pecados, que aunque es misericordioso también castiga.

El libro segundo de los Macabeos (9, 13) nos habla de la oración que hizo el malvado rey Antíoco Epifanes en su lecho de muerte, reconoció que  debía someterse a Dios, pero su oración no fue agradable  Dios: Y oraba el malvado al  Señor, de quien no había de alcanzar misericordia. No porque faltara a Dios misericordia, sino porque faltaba al pecador la verdadera disposición para recibirla; porque los propósitos de este rey inicuo nacían de un puro temor servil, como si intentara engañar al Señor con su falsa oración, como engañaba a sus súbditos.

El Eclesiástico nos dice que no hemos de olvidarnos del pecado ya perdonado, ¿por qué? Porque puede ocurrir que al final de la vida nos arrepintamos de no haberlo purgado suficientemente.

Queridos hermanos, al final de nuestra vida, cuando sepamos que pronto nos llamará el Señor, tres cosas nos afligirán sobremanera: el recuerdo del pasado, el tener que dejar las cosas presentes y el temor a dar cuenta de nuestra vida.

Recuerdo del pasado

No vivamos alegremente pensando que nuestras acciones no serán juzgadas; no podremos evitar afligirnos por nuestra tibieza en el servicio de Dios y por el recuerdo  de aquellos pecados no debidamente purificados. Del recuerdo del gozo en el pecado quedará la amargura de la pena por haberlos cometidos. Leemos en el Salmo 74, 9: Pues tiene Dios en su mano el cáliz de  espumoso vino, lleno de mixtura, y lo derramará sobre unos y otros; beberán hasta las heces, beberán todos los impíos de la tierra.

Vendrá el doloroso  recuerdo de no haber frecuentado los Santos Sacramentos, ni la oración; de no haber respondido a las divinas inspiraciones; de haber despreciado las penitencias; de no haber dado limosnas a los necesitados; de no haber sido devoto de los santos. Posiblemente en el último instante intentaré hacer grandes propósitos, los que no hice cuando pude, pero puede que me ocurra lo que le ocurrió al rey Antíoco.

La hora de la muerte es momento de grandes desengaños, cómo juzgaré todas las cosas de diferente manera a como las juzgo ahora. Más, ¿quién confió en el Señor y quedó defraudado? (Eclo. 2, 8). Los que temen al Señor son los que han de espera la felicidad, el gozo eterno y la misericordia divina (Eclo. 2, 9).

Es ley ordinaria que quien vive bien, bien muere, y quien vive muy mal, raras veces  acierta a morir bien. Vivir bien, es decir, en el temor de Dios y en su Ley divina: Así hará quien teme al Señor, y quien se adhiere al a Ley logrará la sabiduría (Eclo. 15, 1).

Dejar las cosas presentes

Mucho será el dolor de desprendernos de las cosas de las que hemos estado rodeados toda la vida. Nada podré llevar conmigo. ¡Oh muerte cuán amarga es tu memoria para el hombre que se siente satisfecho con sus riquezas (Eclo. 41, 1). Si aquello que tuvimos lo conseguimos cometiendo pecado, más aumentará la amargura de dejarlo; así estará dispuesto por la divina justicia de Dios, que aquello que fue instrumento de vicio y goce den la vida, se convierta en tormento en la hora de la muerte. Se cumplirá lo escrito en el libro de Job (20, 14-16) del pecador: El pan que comió con mucho sabor se le convertirá dentro del estómago en hiel de áspides; vomitará las riquezas que tragó, y se las sacará Dios por fuerza de sus entrañas; la cabeza del áspid le chupará la sangre, y la lengua de la víbora le morderá.

Será doloroso, también, dejar a los seres queridos, pues no se deja  sin dolor lo que se posee con amor, y cuanto mayor es el amor con que es poseído  tanto mayor dolor se siente en dejarlo; inmenso será el dolor al dejar a tantas personas y cosas pegadas a mi corazón. ¡Qué amarga es la muerte! (1 Sam. 15, 32).

Hemos de arrancar de nuestro corazón los amores desordenados a cualquier cosa o persona que se refiera. De esta forma ganamos por la mano a la muerte para no sentirla, para no sentir la despedida de los que queremos. Un amor ordenado y santificado en el Señor será el medio para el desprendimiento en la paz de Dios. No pongamos en riesgo la salvación de nuestra alma con amores pecaminosos. Hay que apartar cualquier amor pecaminoso antes que me aparte de Dios. No penséis que he venido a poner paz en la tierra, no vine a poner paz, sino espada (Mt. 10, 34). El Señor vino a poner cuchillo y división en la tierra.

Temor a dar cuenta de nuestra vida

El juicio divino es inevitable, y nuestras acciones serán juzgadas. La sentencia será eterna y sin remedio. Será definitiva e irrevocable, y se ejecutará de forma inmediata y sin resistencia. No tendré seguridad por cuanto no tendré la tranquilidad de la verdadera penitencia que hice por mis pecados. La incertidumbre de nuestro destino lo refleja el libor del  Eclesiastés (9, 1): Poniendo en mi corazón todo esto, vi bien que el justo y el sabio y sus obras están en las manos de Dios y ni siquiera sabe el hombre si es objeto de amor o de odio; todo está encubierto ante él. Aunque no halle culpa en mí, puede que la halle Dios. Cierto que nada me arguye la conciencia, más no por eso me creo justificado, quien me juzga es el Señor (1 Cor. 4, 4).

Hay que tener muy presente la sagacidad y astucia del demonio, que en aquella hora acude a tentar con más violencia al alma, viendo que le queda poco tiempo. Regocijaos cielos y todos los que moráis en ellos. ¡Ay de la tierra y de la mar!, porque descendió el diablo a vosotras animado de gran furor, por cuanto sabe que le queda poco tiempo (Ap. 12, 12). El maligno agravará grandemente los pecados y exagerará el rigor de la justicia divina contra ellos. Recordará al alma las palabras de la primera carta de San Pedro (4, 18): Y si el justo a duras penas se salva, ¿qué será del impío y del pecador? Si el Señor no limita el poder del demonio en esa hora, cuántas falsas imaginaciones y acusaciones embargarán al alma.

Queridos hermanos, hemos de prevenir el momento de la muerte. Lo cual he de hacer pensando seriamente:

Si ahora me cogiese la muerte, qué me daría más temor

Quizá alguien puede pensar que no sentiría temor, que eso sería impropio de quien cree en la misericordia de Dios.  Pero el libro del Eclesiástico nos previene: Y no digas: Grande es su misericordia. Él perdonará mis muchos pecados. A su vez, no podemos saber la acción del maligno en nuestra alma. Gran irresponsabilidad es la falsa seguridad, despreciando el temor de Dios.

Ahora es el momento, el tiempo de la misericordia divina, para aparejar nuestra vida con Dios, para santificarla si vivimos en pecado. Gran riesgo, y gran absurdo, es vivir en el estado en que no nos gustaría que la muerte nos alcanzara.

Acudamos a la Santísima Virgen María, a los Santos, al Ángel de la Guarda; acudamos a los sacramentos, a la oración, a las penitencias, porque en vida se negocia la ayuda en que en el último momento esperamos recibir.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo "Mysterium Fidei" sobre la Misa tradicional.