ADELANTE LA FE

Amoris Laetitia y el don del Temor de Dios

El alma y el don de temor de Dios.

Queridos hermanos, siempre que alguien quiere hablar del don de temor, por lo general, se encuentra con la “incomodidad” de hablar de la Justicia de Dios, del castigo de Dios, aunque en la mayoría de los casos lo omite; pero si habla de él, es muy común que trate de suavizar el tema, de quietarle fuerza, de relativizarlo. Hablar del don de temor es hablar de la Justicia de Dios, del castigo que de la Justicia se deriva. El don de temor es temor. Ahora bien, el temor de Dios del que hablamos no podemos, ni lo más mínimo, entenderlo como lo entendemos al habla de temor en términos puramente humanos y terrenales. Se trata del verdadero y asombroso temor que se apodera del alma cuando ésta tiene experiencia la Omnipotencia de Dios, de Dios Padre Creador, de Dios Hijo Redentor, de Dios Espíritu Santo Santificador.  Basta sólo una experiencia de ella, aquella experiencia que Dios, en su misericordia infinita, da alma para que pueda entender el poder y sabiduría de Dios. En esta inefable experiencia, el alma puede empezar a comprender el Amor infinito de Dios siempre unido a la Justicia perfectísima y santísima de Dios. Esta verdad la comprende muy bien el alma, sabe que la Misericordia y la Justicia están unidas, y que el castigo siempre está como posibilidad.

El alma tras esta experiencia ya no puede ser la misma, ha sido traspasada por la grandeza de la divinidad, y al tiempo que ha experimentado algo de la grandeza de Dios, ve su propia nada; queda el alma anonada al ver su insignificancia y avergonzada de todo lo que hasta ese momento había pensado de su propia valía. El alma queda sumida en una profunda humildad, verdadera humildad sobrenatural, sintiendo un vivo desprecio de sí misma en cuanto nada tiene que valga algo por sí misma, ni nada es. Llega a comprender, como nunca lo podía imaginar, que ya todo cuanto haga desde lo más insignificante a lo más importante sólo lo puede hacer en Dios, en su santa voluntad, invocando su ayuda, implorando su asistencia constante. Nada puede hacer sin el beneplácito divino y sin la ayuda de Dios, a quien se encomienda hasta para realizar una simple mirada, para que ésta sea pura y santa.

El alma llena del temor de Dios es incapaz de hacer nada sin contar con el agrado divino, entiende a la perfección lo que es vivir desde Dios, en Dios y para Dios; nada le cuesta, todo lo contrario, le sume en un profundo dolor tan solo el pensar que pueda hacer algo sin contar con la ayuda divina, sin su aprobación y beneplácito. Cualquier pequeña falta, una indiscreción de la vista, de la lengua, le llena de gran tristeza porque sabe que ha ofendido al Señor, porque por un ligero instante no ha tenido presente a Dios en su alma; siente el dolor al darse cuenta que tanto Amor infinito ha sido olvidado.

El alma llena de temor de Dios no puede dejar de pensar en Él un solo instante: ha comprendido la infinitud divina, la Omnipotencia de Dios, ha sentido al Amor infinito y la Justicia santísima, y ya no puede desasirse de esa experiencia, porque ya no es la misma persona  de antes, ha quedado transformada, ha quedado aniquilada, ha quedado situada en el lugar que le corresponde: su pequeñez, su fragilidad, su precariedad, su ignorancia, su insignificancia, su total y más absoluta dependencia de Dios.

Entiende perfectísimamente la Justicia divina, entiende el castigo de Dios, necesario, justo; sabe que el Amor infinito no puede ser ofendido, es demasiado grande el amor con que Dios nos ha amado en su santísimo Hijo; la Sangre preciosísima del Redentor no puede ser mancillada sin recibir respuesta justa y santa. La libertad del hombre tiene su respuesta por parte de Dios. El alma entiende esto  a la perfección, porque ella misma quiere el castigo para sí, si se olvida de amar al Amor; el alma misma acepta la santa Justicia de Dios, porque sabe que se ha hecho merecedora de ella. Pero siempre con gran diligencia y delicadeza el alma hará todo cuanto esté en su mano para no ofender lo más mínimo a Dios. Sabe hasta qué punto puede llegar a ser de rigurosa y terrible  la sentencia del tribunal de la Justicia divina. Nadie como el alma traspasada por el temor de Dios pide y reza por los pecadores, por su conversión, para que no les alcance el rigor de la Justicia de Dios; al menos que ese rigor no sea condenatorio al fuego eterno.

Por todo lo anterior es absolutamente impensable que el alma, llena del don de temor de Dios, llegue a pensar en desobedecer la Ley de Dios, en incumplir sus Mandamientos. Sólo la posibilidad de poder pensar en ello sume al alma en una verdadera agonía de dolor, vivísimo y profundísimo; verdadero dolor atroz que le desgarra el alma. Antes morir que tan solo pensar en desobedecer a Dios. En el cumplimiento de la Ley de Dios es donde más vivamente se aprecia los efectos de este don. La desobediencia de los Mandamientos de la Ley de Dios es de una soberbia de tal envergadura, es tal el desprecio que supone  a la Omnipotencia de Dios, a su Amor infinito, a su Sabiduría eterna, a su Misericordia que todo lo abarca, a su Justicia perfectísima, que el alma vive una verdadera agonía de dolor.

Amoris Laetitia y el don de temor.

A quienes tengan dificultades para vivir plenamente la ley divina, debe resonar la invitación a recorrer la vía caritatis (AL. 306). Tan solo plantear la posibilidad de incumplir la Ley de Dios es propio de quien desconoce el don de temor de Dios, es una verdadera ofensa a este don del Espíritu Santo; pero, si además se acepta la viabilidad del incumplimiento de la Ley divina como algo aceptado por la Iglesia, nos encontramos, ya no con el desprecio a este don, sino a la negación de los dones del Espíritu Santo. Hacer de la desobediencia de los Mandamientos de Dios una normalidad que se deba aceptar, es una injuria al propio Espíritu Santo, al mismo Dios Padre Creador, Dios Hijo Redentor, Dios Espíritu Santo Santificador. No encontramos palabras para calificar tal desprecio a Dios, al Amor infinito de Dios, a la Misericordia de Dios, a la Justicia de Dios. Es tal el dolor que produce este texto, tal la impotencia, que el alma buena, amante de Dios, se ve zarandeada, vituperada, despreciada, ignorada, porque donde espera ver ejemplo a seguir encuentra rechazo a despreciar.

Nunca, jamás, el alma llena de temor de Dios puede ni tan siquiera pensar en no cumplir perfectísimamente la Ley de Dios. Nunca, jamás, el alma que ha tenido experiencia de la grandeza de Dios puede imaginar desobedecer los mandatos divinos. Nunca, jamás, el alma buena que quiere corresponder al Amor infinito de Dios podría ni tan siquiera plantearse no cumplir la Ley divina. Solamente la soberbia, lo radicalmente opuesto al temor de Dios, tiene el atrevimiento, la osadía, el descaro, de incumplir los Mandamientos de la Ley de Dios.

Este texto de Amoris Laetitia es un verdadero azote para el alma con temor de Dios, es un flagelo constante que no la deja vivir, es una verdadera llaga en el alma que no puede dejar de supurar, es motivo de continua y constante amargura al contemplar que Dios, su vida y su todo,  no es respetado, que su Omnipotencia es despreciada, que su Misericordia es ofendida, que su Justicia es olvidada, que su Sabiduría es ridiculizada. No podemos continuar. Es muy doloroso. Es despiadado lo que se hace con nuestro Señor Jesucristo, con su Cuerpo y con su Sangre.

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa.

Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa. Nació en Palamós (Gerona) en 1956, y se ordenó sacerdote en 12 de octubre del 2007 en la catedral de Getafe. Es licenciado en Estudios Eclesiásticos y en Derecho Canónico. Preside una Asociación privada de fieles de vida de oración contemplativa. En la actualidad es capellán de una residencia de ancianos de Madrid. Es autor del vídeo "Mysterium Fidei" sobre la Misa tradicional.