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Amoris Laetitia y la nueva Iglesia de Francisco

Escrito por Verónica A. Arntz (columnista invitada)


Rechazando enseñanzas falsas sobre el matrimonio: 
Un análisis del artículo de Rocco Buttiglione

En 1997, Rocco Buttiglione escribió un libro titulado El pensamiento de Karol Wojtyla, una bella y fiel interpretación del pensamiento filosófico del Papa, particularmente el de sus primeras obras Amor y responsabilidad y Persona y acción. Si es cierto que Buttiglione tiene una comprensión tan profunda de la filosofía y teología del Papa, llama la atención que en un artículo reciente de L’Osservatore Romano titulado “La alegría del amor y la consternación de los teólogos,” argumente que la debatida exhortación apostólica post-sinodal Amoris Laetitia tiene el mismo fin que la visión teológica de Juan Pablo II. El artículo apareció en un momento desafortunado, una semana antes de la publicación de las críticas contra el documento por parte de teólogos y eruditos de todo el mundo. Vale la pena describir los errores comunes del artículo respecto a Amoris Laetitia (con todo respeto por el autor), dado que son los que más confunden a los fieles.

Permítanme hacer dos comentarios preliminares respecto del artículo de Buttiglione. Al reflexionar sobre Amoris Laetitia y el pontificado del papa Francisco, afirma que la “clase instruida” parece criticar al pontífice, pero “el sensus fidei del pueblo cristiano lo recibió de inmediato y lo siguió.” Hablando estrictamente en términos del documento Amoris Laetitia, sabemos que en realidad eso no es cierto. Desde el comienzo, Rorate explicó porciones del mismo (aquíaquí, y aquí, entre otros). Y en artículo de First Things y Luma Simms de 2014, leemos el siguiente mensaje sincero:

Mi alma se hizo católica el día que descubrí, como mujer divorciada vuelta a casar, que no podía recibir la comunión. Fluyeron lágrimas de tristeza y de alegría. De tristeza, porque había comprendido la verdad acerca de la transubstanciación y descubrí que no podía consumirla, y de alegría porque encontré por fin la base de su autoridad real—su Iglesia, la que Él fundó, la encomendada a guardar todo lo que Él enseñó a sus apóstoles.

Después de describir la belleza atractiva de las enseñanzas de la Iglesia sobre el matrimonio, la familia, y la eucaristía, en comparación con sus anteriores creencias calvinistas, concluye su artículo con las siguientes palabras: “Debo correr hacia ella [la Iglesia] por refugio. Ahora rezo—por mi bien y el de mis hijos—para que la Iglesia no tambalee.” Claramente, no todos los fieles abrazaron las enseñanzas recientes del Papa sobre los divorciados vueltos a casar. Esta mujer describe lo importante que es que la Iglesia se adhiera a tales enseñanzas, a pesar de los sacrificios que estas exigen, porque defiende entonces la voluntad de Jesucristo. Los que “abrazaron y siguieron” al pontífice en este asunto de los divorciados vueltos a casar son los que están pobremente catequizados o las cohortes de la agenda liberal.

En segundo lugar, Buttiglione escribe: “Intentemos leer la parte más controvertida de Amoris Laetitia con los ojos de un niño.” A lo largo del artículo, queda claro que para Buttiglione ver cómo un niño significa ver las cosas de manera ingenua, sin una visión informada de la fe. Esta perspectiva se opone a lo que el mismo Jesucristo comprendía sobre los niños, según las siguientes palabras de Jesucristo: “En verdad os digo, si no volviereis a ser como los niños, no entraréis en el reino de los cielos. Quien se hiciere pequeño como este niñito, ése es el mayor en el reino de los cielos” (Mateo 18 3). Un niño en el Reino de los Cielos no es ingenuo respecto a las enseñanzas de Jesucristo; en realidad es dócil y humilde a los ojos de Dios, deseoso y listo para seguir las órdenes de su Señor. En palabras del salmista: “Tiene su deleite en la ley del Señor, y en ella medita día y noche” (Salmo 1 2). El hijo de Dios está siempre disponible para escuchar la ley de Dios. San Pablo habla del proceso de maduración en la fe: “Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; más cuando llegué a ser hombre, me deshice de las cosas de niño” (1 Corintios 13 11). Un verdadero hijo de Dios no mira a la Palabra de Dios sin el entendimiento maduro de la fe; no cae en ideologías falsas o interpretaciones individualistas de las enseñanzas de la Iglesia.

Con esto en mente, debemos encarar cuatro áreas problemáticas dentro del artículo. Buttiglione comienza describiendo el catecismo de su infancia, promulgado por san Pío X, quien escribió sobre los elementos necesarios para el pecado mortal: un objeto de materia grave, que el individuo tenga pleno conocimiento del mal, y que el individuo dé su pleno consentimiento. Todo eso es cierto. Luego, Buttiglione aplica este concepto a situaciones específicas y a Amoris Laetitia:

¿Podemos imaginar circunstancias en las que una persona divorciada vuelta a casar se encuentra viviendo en una situación de pecado grave sin pleno conocimiento o consentimiento deliberado? Quizás una mujer que fue bautizada pero no fue nunca verdaderamente evangelizada, contrajo matrimonio superficialmente, y luego su esposo la abandonó. Quizás un hombre que contrajo una unión con alguien a quien estaba ayudando en un momento de crisis. La amaba sinceramente y se convirtió en un buen padre (o una mujer en buena madre) por el bien de los hijos derivados del primer matrimonio.

Todas estas situaciones son ciertamente imaginables e incluso ocurran quizás con frecuencia. Consideremos la primera situación. Claramente, Buttiglione imagina una mujer que tal vez no comprende que está viviendo en situación de pecado grave al casarse nuevamente tras el abandono de su esposo. Respecto a su primer matrimonio, ¿qué significa que “contrajo matrimonio superficialmente”? ¿Fue guiada por sus pasiones, o sus intenciones no eran las de la Iglesia? En este caso, es posible que el primer matrimonio ni siquiera fuese válido. Sin embargo, si recibió una catequesis pobre sobre el matrimonio y se casó porque tenía sentimientos de amor por aquel hombre sin comprender plenamente las enseñanzas de la Iglesia, esto no sería una base suficiente como para invalidar el matrimonio, según leemos en el Canon 1099.

“El error acerca de la unidad, de la indisolubilidad o de la dignidad sacramental del matrimonio, con tal que no determine a la voluntad, no vicia el consentimiento matrimonial.” Por lo tanto, incluso si la mujer de esta situación particular hubiera cometido algún error sobre (o no comprendía plenamente) las características esenciales del matrimonio (siempre y cuando no tuviera en mente otros fines), el primer matrimonio seguiría siendo válido. ¿Por qué? Juan Pablo II dedicó mucho de su pontificado a defender la idea del matrimonio como algo natural; porque el matrimonio está escrito en la misma naturaleza del hombre y la mujer, es difícil no saber realmente qué es el matrimonio. Incluso cuando los niños crecen en un hogar con divorcios (como los niños de la Srta. Simms), el matrimonio yace escrito en su propia naturaleza, explicando por qué tantos logran reconocer que el divorcio no es bueno. Citando a Juan Pablo II en su discurso a la Rota Romana, “La ordenación a los fines naturales del matrimonio -el bien de los esposos y la generación y educación de la prole- está intrínsecamente presente en la masculinidad y en la femineidad. Esta índole teleológica es decisiva para comprender la dimensión natural de la unión.” (art. 5).

Al considerar la situación de esta mujer, tenemos una dificultad adicional por el abandono de su esposo. ¿Esto invalida su matrimonio? No necesariamente. Si el día del casamiento su esposo tenía la intención de abandonarla si dejara de satisfacerlo, entonces sería inválido. ¿Pero esto significa que la mujer tiene el derecho de casarse nuevamente sin una declaración de nulidad? Muchos se equivocan al creer que la culpa subjetiva yace dentro del divorcio. En verdad, esta mujer no quería el divorcio; ¿por qué debiera ser castigada por la separación? Incluso en este “divorcio sin culpa”, es posible que aún exista un matrimonio válido, con la ley a su favor (cf. Canon 1060). Entonces, si esta mujer fuera a casarse luego de su primer matrimonio, es posible que esté cometiendo adulterio porque sigue casada con el primer hombre; se necesitaría una declaración de nulidad para demostrar que nunca hubo un primer matrimonio. Es más, si luego de entrar en una segunda unión esta mujer tuviera un deseo renovado de practicar su fe, bastaría una única conversación con el sacerdote para aclarar cualquier error sobre la naturaleza de las segundas uniones. Llegado ese punto, sería imposible para ella permanecer en estado de gracia en tal situación porque tendría pleno conocimiento del pecado de adulterio.

En el segundo ejemplo, el del hombre que se casa con una mujer por el bien de sus hijos, el texto no aclara si el esposo anterior sigue con vida cuando él se casa con ella. Si el esposo de la mujer siguiera con vida, el segundo matrimonio sería inválido y considerado adulterio—a pesar de casarse por el bien de los hijos. Más aún, es extremadamente raro entrar en una segunda unión sin pleno consentimiento; la única clase de unión sexual sin pleno consentimiento es considerada violación. Muy pocos entran en una unión que podría ser considerada violación. En el caso de este hombre, a menos que estuviera presionado por la mujer, estaría consintiendo en casarse con ella, lo cual significa que no se está casando bajo ciertas “condiciones”, como sugiere Buttiglione.

A la luz de esta discusión, Buttiglione realiza la siguiente afirmación sobre Amoris Laetitia, declarando que el documento no abre por completo el camino para que los divorciados vueltos a casar reciban la comunión:

El Papa invita a las personas divorciadas vueltas a casar a tomar (o continuar caminando por) el camino de la conversión. Las invita a cuestionar su consciencia y encontrar ayuda en su director espiritual. Las invita a confesarse y a ser abiertas sobre su situación. Invita a penitentes y confesores a tomar el camino del discernimiento espiritual.

Este tipo de acompañamiento del divorciado vuelto a casar es erróneo, y sin dudas la opción menos compasiva. Como afirmé antes, una conversación con el sacerdote eliminaría toda confusión sobre la enseñanza de la Iglesia respecto a los divorciados vueltos a casar. Pero como explica el Catecismo de la Iglesia católica, el adulterio es “público y permanente” (CCC 2384) y la pareja tendría que aceptar vivir como hermanos (al menos hasta conseguir una declaración de nulidad) para poder recibir los sacramento de la confesión y la eucaristía. Buttiglione hace una pregunta retórica, “¿Y qué si la pareja se rehúsa a hacerlo [vivir como hermanos]?” Entonces la respuesta es clara: no pueden recibir los sacramentos. Esta ha sido la enseñanza inmutable de la Iglesia (cf. FC 84). El tipo de acompañamiento que promueve Buttiglione es una aplicación errónea de  la “ley de la gradualidad”, descrita por Juan Pablo II en Familiaris Consortio (cf. art. 34). Incluso si la pareja estaba pobremente catequizada y desconocía las enseñanzas de la Iglesia, no se les puede permitir vivir con sus consciencias equivocadas; antes bien, es el deber de su “director espiritual” el explicarles la verdad de su situación. Por eso no puede decirse lo que dice Amoris Laetitia respecto a las segundas uniones: “Existe el caso de una segunda unión consolidada en el tiempo, con nuevos hijos, con probada fidelidad, entrega generosa, compromiso cristiano, conocimiento de la irregularidad de su situación y gran dificultad para volver atrás sin sentir en conciencia que se cae en nuevas culpas.” (AL 298). ¿Cómo puede una pareja ser consciente de su irregularidad sin ser subjetivamente culpable por la segunda unión?

Permítanme hacer una observación final antes de continuar con el siguiente tema de este artículo. Buttiglione escribe, “El camino que el Papa propone a las personas divorciadas vueltas a casar es exactamente el mismo que la Iglesia propone a todos los pecadores: vayan a confesarse, y una vez que el sacerdote haya considerado todas las circunstancias, él decidirá si les da la absolución y les permite o no recibir la eucaristía.” Una vez más, el problema con el adulterio es que es “público y permanente” (CCC 2384). Un sacerdote no puede ofrecer la absolución si la pareja pretende seguir manteniendo relaciones conyugales entre sí. A diferencia del robo, por ejemplo (a menos que el sujeto sea cleptómano), donde el pecado puede ocurrir una vez y ser absuelto (si hay un arrepentimiento verdadero), el adulterio no puede ser absuelto a menos que haya intención de vivir como hermanos—dejar de vivir en una unión adúltera. También debiéramos notar que en el capítulo ocho sobre el acompañamiento de los divorciados vueltos a casar, el papa Francisco no menciona ni una vez el sacramento de la confesión, excepto en la nota 351, en la que se refiere al confesionario como una “sala de torturas.”

Vayamos ahora al segundo problema con este artículo, que está relacionado con el primero. Buttiglione menciona que algunos creen que Amoris Laetitia contradice la magnífica encíclica de Juan Pablo II, Veritatis Splendor. Frente a esta objeción dice, “Por lo tanto, no hay ‘ética casuística’ en Amoris Laetitia, sino el clásico balance tomista que distingue entre el juicio del acto y el juicio de quien realiza el acto, en cuyo caso deben considerarse las circunstancias atenuantes o dispensadoras.” Considerando que en Amoris Laetitia no se menciona ni se cita a Veritatis Splendor ni una vez, es difícil creer que el papa Francisco esté siguiendo el ejemplo de su predecesor. Consideremos algunos fragmentos de Veritatis Splendor y luego de Amoris Laetitia. El primero, cuando Juan Pablo II trata sobre la consciencia errónea y la ignorancia invencible.

La conciencia no es un juez infalible: puede errar… De cualquier modo, la dignidad de la conciencia deriva siempre de la verdad: en el caso de la conciencia recta, se trata de la verdad objetiva acogida por el hombre; en el de la conciencia errónea, se trata de lo que el hombre, equivocándose, considera subjetivamente verdadero. Nunca es aceptable confundir un error subjetivo sobre el bien moral con la verdad objetiva, propuesta racionalmente al hombre en virtud de su fin, ni equiparar el valor moral del acto realizado con una conciencia verdadera y recta, con el realizado siguiendo el juicio de una conciencia errónea (art. 62-63).

Incluso si el sujeto es invenciblemente ignorante, la acción “no deja de ser un mal, un desorden con relación a la verdad sobre el  bien” (art. 63). Aquí, Juan Pablo II sitúa a la consciencia dentro del campo de la verdad. La consciencia por sí sola no puede determinar el bien; se necesita la verdad objetiva. Una consciencia errónea cree subjetivamente que algo es verdadero, pero se equivoca; debemos distinguir siempre entre la verdad objetiva y el error subjetivo. Es más, Juan Pablo II dice luego que: “Si los actos son intrínsecamente malos, una intención buena o determinadas circunstancias particulares pueden atenuar su malicia, pero no pueden suprimirla… Por esto, las circunstancias o las intenciones nunca podrán transformar un acto intrínsecamente deshonesto por su objeto en un acto subjetivamente honesto o justificable como elección.” (art. 81). Por lo tanto, actos intrínsecamente malos, de los cuales uno es el adulterio (cf. CCC 1756), jamás pueden ser considerados buenos, sin importar las circunstancias.

¿Qué dice Amoris Laetitia sobre la consciencia? Leemos:

A partir del reconocimiento del peso de los condicionamientos concretos, podemos agregar que la conciencia de las personas debe ser mejor incorporada en la praxis de la Iglesia en algunas situaciones que no realizan objetivamente nuestra concepción del matrimonio. Ciertamente, que hay que alentar la maduración de una conciencia iluminada…Pero esa conciencia puede reconocer no sólo que una situación no responde objetivamente a la propuesta general del Evangelio. También puede reconocer con sinceridad y honestidad aquello que, por ahora, es la respuesta generosa que se puede ofrecer a Dios, y descubrir con cierta seguridad moral que esa es la entrega que Dios mismo está reclamando en medio de la complejidad concreta de los límites, aunque todavía no sea plenamente el ideal objetivo (AL 303).

Observen el cambio de retórica. Aunque aquí la consciencia reconoce el bien objetivo como fin (cf. VS 82), no necesariamente debe buscar ese bien objetivo. Si las condiciones subjetivas no permiten al individuo buscar el bien objetivo, y este individuo lo ha discernido así, entonces la consciencia puede estar en paz con sus acciones. Y en este contexto, está claro que el Papa se refiere a los divorciados vueltos a casar que viven en situaciones “complejas”, quizás parejas que viven juntas por el bien de los hijos. Esto lleva al Papa a extraer la siguiente conclusión:

A causa de los condicionamientos o factores atenuantes, es posible que, en medio de una situación  objetiva de pecado —que no sea subjetivamente culpable o que no lo sea de modo pleno— se pueda vivir en gracia de Dios, se pueda amar, y también se pueda crecer en la vida de la gracia y la caridad, recibiendo para ello la ayuda de la Iglesia (AL 305).

¿Cómo es posible que este pasaje y los pasajes citados de Veritatis Splendor sean ciertos? ¿Cómo es que una persona divorciada vuelta a casar puede crecer en la vida de la gracia cuando vive en un verdadero estado de pecado objetivo? Juan Pablo II fue muy claro: las circunstancias de una situación no omiten el mal de una acción intrínsecamente mala. Si bien Buttiglione niega la presencia de subjetivismo moral y la ética casuística en Amoris Laetitia, cuando observamos estos pasajes del documento a la luz de Veritatis Splendor, es difícil coincidir con su sentencia.

El tercer problema del artículo de Buttiglione que consideraremos es su error en la aplicación del desarrollo de la doctrina para remover la excomunión de los divorciados vueltos a casar del Código de Derecho Canónico (CDC) de 1983. Buttiglione escribe sobre este cambio como “una decisión extraordinariamente valiente que rompió con una tradición milenaria.” (NB: Buttiglione no menciona los muchos otros cambios drásticos realizados en el CDC de 1983, incluyendo la forma en que estos cambios ayudaron o entorpecieron a la Iglesia. Debemos también notar que hubo una presión general para remover las excomuniones del CDC de 1983). Si bien puede ser cierto que este cambio en la ley canónica fue enorme, no justifica el argumento de Buttiglione, específicamente, que se debería considerar también cambiar la práctica para los divorciados vueltos a casar que comulgan a pesar de que Familiaris Consortio enseñó que no podían hacerlo. La primera frase de la constitución apostólica de Juan Pablo II, Sacrae Disciplinae Leges, escrita para promulgar el nuevo CDC de 1983 dice lo siguiente: “Las leyes de la sagrada disciplina, la Iglesia católica las ha ido reformando y renovando en los tiempos pasados, a fin de que, en constante fidelidad a su divino Fundador, se adaptasen cada vez mejor a la misión salvífica que le ha sido confiada.” Por lo tanto, la ley canónica de la Iglesia puede modificarse para que los fieles estén más unidos a la fe transmitida por Cristo. La ley canónica está basada en la fe divina, no al revés. Extraemos la ley del mensaje del Evangelio, lo cual significa que la ley debe estar siempre de acuerdo con ese mensaje.

Como tal, la enseñanza de la Iglesia sobre las segundas uniones como uniones adúlteras proviene de la misma fe. La ley canónica no describió esto antes ni lo introdujo en las enseñanzas de la Iglesia. Sino que el mismo Jesucristo estableció la ley: “A causa de la dureza de vuestros corazones, os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres; pero al principio no fue así. Mas Yo os digo, quien repudia a su mujer salvo el caso de adulterio, y se casa con otra, comete adulterio, y el que se casa con una repudiada, comete adulterio” (Mateo 19 8-9). Entonces, no podemos simplemente cambiar la doctrina así como cambiamos la ley canónica. El mismo Jesucristo nos ha dejado la enseñanza que desde aquel tiempo ha sido la enseñanza inmutable de la Iglesia, que quien se casa con otro mientras su cónyuge vive, comete adulterio.

El cuarto y último problema que consideraremos surge de la discusión concerniente a la excomunión de los divorciados vueltos a casar. Buttiglione argumenta que cuando la excomunión era un castigo, “era en aquel tiempo una estrategia pastoral legítima en una sociedad ampliamente homogénea. El divorcio era una situación excepcional, y los divorciados vueltos a casar eran pocos.” Pero según Buttiglione, la situación de hoy es diferente. “El divorcio es ahora un fenómeno mucho más frecuente y hay riesgo de apostasía masiva si los divorciados vueltos a casar abandonan la Iglesia y dejan de darles a sus hijos una educación cristiana.” Desafortunadamente, esto apunta al problema de base de toda la discusión sobre los divorciados vueltos a casar que reciben la comunión (y no es sólo un argumento de Buttiglione).

Recientemente, dentro de la Iglesia, ha habido una extraña aceptación del divorcio, cosa jamás vista en la historia. Mientras que la Iglesia reconoce que la separación puede ser necesaria, siempre aboga por el regreso de la pareja a la vida matrimonial y conyugal en la medida de lo posible (cf. Catecismo de la Iglesia católica 1649, 2382-2386). La Iglesia siempre ha condenado el divorcio; de hecho, el papa León XIII escribió una encíclica elogiando a los americanos por lo devotos que eran a la indisolubilidad del matrimonio porque estaban “aterrorizados por el libertinaje del divorcio” (Longinqua Oceani, art. 14). En El Evangelio de la familia en el debate sinodal: Más allá de las propuestas del cardenal Kasper (Ignatius Press, 2014), Stephan Kampowski escribe firme y apropiadamente, “Sería catastrófico si sus pastores y maestros [de la Iglesia] dieran la mínima impresión de que han hecho las paces con el hecho de que, en la mayoría de las legislaciones del mundo, existe la institución legal del divorcio. Es un hecho que no puede aceptar jamás” (p. 136, énfasis nuestro).

Y sin embargo, pareciera que la Iglesia ha aceptado el hecho del divorcio. Mientras la Iglesia no niega asistencia a quienes han experimentado el divorcio, eso no significa que la práctica pastoral de la Iglesia debiera cambiar porque la tasa de divorcios ha aumentado. Si la Iglesia cambia su práctica pastoral, le seguirá un cambio doctrinal. Entonces acepta el divorcio como una realidad, cosa que daría al Estado un crédito por encima de la institución divina de Dios. Sí, la Iglesia necesita desarrollar la asistencia pastoral para los divorciados vueltos a casar. Pero la práctica de la Iglesia debe insistir más ardientemente en la belleza de la indisolubilidad del matrimonio, la importancia de los mandamientos de Dios incluso cuando éstos implican un sacrificio, y la reverencia debida a Jesucristo en la eucaristía. Esa es la práctica verdaderamente misericordiosa, por cuanto no sigue solamente a los cambios sociales, sino que defiende las enseñanzas inmutables de la Iglesia.

En el 2014, en una entrevista con Real Clear Religion, Rocco Buttiglione dijo lo siguiente:

La Iglesia me enseñó la manera correcta de enamorarme, de ser fiel en el amor, de dejar crecer el amor, y de tener hijos. La Iglesia me enseñó lo que significa ser un hombre, y me permitió encontrar una mujer que sabía lo que significa ser mujer. Don Ricci [un sacerdote influyente, parte del grupo de Comunión y Liberación] me enseñó a observar a las mujeres. Me dijo: primero la cabeza, luego el corazón. Trata de imaginar a esa mujer cargando una criatura, tu hijo. ¿Te gustaría tener esa madre? Es importante ayudar a los jóvenes a que comprendan el verdadero sentido del sexo y del matrimonio. Si se aprende a hacer uso de la quizás más importante fuerza de vida, no hay nada que pueda movernos.

Esta es la verdad acerca de la Iglesia y del matrimonio — ¡qué lejos se ha desviado en su artículo más reciente! La Iglesia debiera proteger sus enseñanzas sobre el matrimonio para ayudar a los jóvenes a descubrir el verdadero significado del matrimonio, en lugar de seguir el ideal cultural del matrimonio. No podemos aceptar una versión barata de aquellas enseñanzas, sin importar quién las promulga. No podemos tener miedo a lo que la Iglesia en verdad enseña—que el matrimonio es indisoluble, que es entre hombre y mujer, que los hijos son una parte necesaria del matrimonio. El mundo seguirá odiándonos por ello, pero no podemos olvidar que odió a Jesús primero (cf. Juan 15:18). Por lo tanto, permanezcamos fieles al mandamiento de Cristo respecto al matrimonio, para que podamos estar más comprometidos con la Iglesia que con el mundo.

[Artículo original. Traducción de Marilina Manteiga.]




RORATE CÆLI
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