De acuerdo con el reciente estudio bajo el ya elocuente título «El archipiélago francés- Nacimiento de una nación múltiple y dividida», difundido por el intelectual Jerome Fourquet, el Catolicismo en Francia estaría atravesando su «fase terminal». A golpes de laicismo y République, en suma, la participación de los fieles en la Santa Misa está ahora reducida a menos del 4% en las ciudades, al 8% en las zonas rurales y los matrimonios por la Iglesia serían solo del orden del 40%: «Existe una descristianización creciente», pone de manifiesto Fourquet, que advierte contra una religión disfrazada «con los valores laicistas anticristianos, como está ocurriendo». Y agrega: «La dislocación de la sociedad francesa de la matriz católica es casi total».

Salvo un imprevisto o sorpresa, se prevé que en el 2031 podría ser celebrado el último matrimonio por la Iglesia y en el 2048 el último bautismo. Para el 2044 está prevista la total desaparición de los sacerdotes, que pasaron por lo demás de los 50 mil del año 1950 a los 10 mil de hoy, en su mayoría de edad avanzada. Siempre cierran más seminarios por falta de recambio generacional: aquel enorme de Lille, por ejemplo, se quedó solo con 30 candidatos. Cada vez más edificios sacros y religiosos fueron y aún siguen siendo transformados en bibliotecas, museos, centros culturales o de actividad económica, como albergues, cines, teatros, negocios propiamente dichos o gimnasios.

Todos estos datos merecen una seria reflexión.

Los repetidos ataques contra la comunidad cristiana y contra las iglesias, por lo demás, no son casuales sino que forman parte, de hecho, de una estrategia precisa, llevada a cabo mediante actos vandálicos y de demolición. O bien por iniciativas hostiles. La última, en orden cronológico, es la actitud asumida por el diputado de extrema izquierda Bastien Lachaud, exponente del movimiento político La France Insoumise Francia indómita»), decidido en querer eliminar todas las huellas católicas de las tradiciones militares patrias en la sede de la Comisión de Defensa de la Asamblea Nacional. Para hacerlo, blande como un garrote el «Informe de evaluación de las normas antidiscriminatorias en el seno de las fuerzas armadas», fuerzas armadas cuyos recursos –comenzando por los correos electrónicos institucionales– serían a menudo utilizados para enviar invitaciones, por ejemplo, a las celebraciones litúrgicas en honor del Santo Patrono de esta o aquella Arma. Lo que escandaliza al Sr. Lachaud, obstinado en un agresivo llamado a un rígido respeto de una presunta «neutralidad», de una supuesta «laicidad», de cuño, sin embargo, evidentemente anticatólico.

Ataques como estos lamentablemente están al orden del día. Nunca son hechos aislados, lamentablemente. En octubre de 2017, en Ploërmel, por orden del Poder Judicial, fue retirada la cruz situada sobre una estatua de Juan Pablo II, acusada de violar la separación entre el Estado y la Iglesia. La actual Alcadesa de París, Anne Hidalgo, prohibió el mercado de Navidad, porque no era lo suficientemente elegante. Lo que se viene desechando es un precioso patrimonio histórico, cultural y religioso con una sistematicidad tal, que trasluce la voluntad de no querer dejar ni siquiera el rastro.

Las señales de alarma se están multiplicando y los llamamientos también. El sociólogo Mathieu Bock-Côte considera que Francia está viviendo «un proceso de descomposición nacional y cultural que las autoridades decidieron acompañar y moderar, sin pretender combatirlo o revertirlo, como si fuera inevitable». Incluso un vaticanista progresista como Henry Ricq, en su libro El gran temor de los católicos, admite, atónito: «Yo no reconozco más a mi Iglesia», víctima de una suerte de «angustia de la misma desaparición». «Durante centenares de años es la religión católica la que ha estructurado profundamente el inconsciente colectivo de la sociedad francesa. Hoy esta sociedad es la sombra de aquello que era – explica aún Fourquet – Está en curso un gran cambio de civilización».

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