ADELANTE LA FE

Atroz mutilación y heroico martirio de Mons. Asensio

De todas las hazañas heroicas de la Cruzada Nacional una de las que más impacta fue la atroz mutilación y posterior martirio del obispo de Barbastro, Monseñor Florentino Asensio Barroso. El odio preternatural a Cristo y a los Pastores de su grey propició la salvaje amputación de sus testículos. Un abundante chorro tiñó el suelo de sangre. El Prelado palideció pero no se inmutó. Ahogó un grito de dolor y musitó una oración al Señor de las cinco tremendas llagas.

Posteriormente fue fusilado, murió con paz y perdonando y con grandes deseos de cielo. Han pasado muchos años, pero su ejemplo de fortaleza eximia quedó inmortalizado para siempre. Conviene recordar estos hechos memorables para venerar a nuestros mártires como se merecen y pedirles fortaleza, para los tiempos que se avecinan. Que María, Reina de los mártires, nos de la fortaleza para permanecer siempre fieles a Cristo.

El P. Jorge López Teulón, experto en mártires y autor de varios libros de temas martiriales, reflexiona sobre su mutilación y martirio, que está muy bien documentado y nos lo narra con todo lujo de detalles.

¿Nos podría dibujar una breve semblanza de Monseñor Asensio?

Nació en Villasexmir (Valladolid), el 16 de octubre de 1877. Era hijo de Jacinto, vendedor ambulante, y de Gabina, que atendía una pequeña tienda de pueblo. Una familia numerosa y modesta, de nueve hijos. Estudió la carrera eclesiástica en el Seminario de Valladolid. Ordenado sacerdote el 1 de junio de 1901, fue destinado de párroco a Villaverde de Medina (Valladolid). A los dos años, en 1903, pasó a la capital, Valladolid, como capellán de las Hermanitas de los Pobres. En 1905 pasó como capellán a las Siervas de Jesús, a la vez que se doctoró en Teología. Por algún tiempo ejerció de profesor de Metafísica en el Seminario y de Teología en la Universidad de Valladolid, hasta que en 1910 tomó posesión de una canonjía de la Catedral, en la cual desempeñó activamente su apostolado ocupándose de la parroquia, de la que se hizo cargo en 1925, y predicando durante 10 años todos los domingos en las dos misas principales.

Además, su celo pastoral, ejercido en la confesión y en la predicación, se extendía por toda la ciudad. Fue consiliario del Sindicato Femenino desde 1923 a 1935 y confesor del Seminario también largos años. Asumido por él con gran confusión, y aceptada por obediencia a la voluntad del Papa, fue consagrado obispo el 26 de enero de 1936, tomando posesión de la sede de Barbastro, entonces administración apostólica, el 8 de marzo.

Cómo cabeza visible de la Iglesia fue una de las primeras víctimas de la persecución religiosa, ¿Podría comentarnos en qué circunstancias concretas fue detenido?

En julio del 1936 al enterarse el Obispo de que muchos sacerdotes estaban siendo detenidos, elevó una protesta al Ayuntamiento, de la que obtuvo como respuesta el confinamiento en su residencia el día 20. El 22 fue formalmente detenido y llevado al colegio de los PP. Escolapios, habilitado para prisión del clero y religiosos. Desde las ventanas del que había sido salón de actos del colegio, que daban a la plaza del Ayuntamiento, pudo ver y oír todo género de tumultos callejeros y cómo los sacerdotes y los religiosos eran conducidos a la cárcel o a la muerte. El 25, fiesta de Santiago Apóstol, pudo celebrar Misa en el oratorio del colegio pero luego, enterados los vigilantes, les prohibieron todo acto de culto.

Pasemos ahora a la narración de su terrible mutilación y martirio.

Al atardecer del 8 de agosto, fue trasladado a una celda solitaria de la cárcel del ayuntamiento, en la misma plaza. En los interrogatorios a que fue sometido, le ocasionaron toda suerte de vejaciones, hasta el punto de cortarle los genitales delante de numerosos testigos, que entre zarandeos y empujones le decían “no tengas miedo. Si es verdad eso que predicáis, irás pronto al cielo”, a lo que el beato Flo
rentino les contestó “
sí, y allí rezaré por vosotros”.

Así lo narra el claretiano Gabriel Campo Villegas, en su famoso libro “Esta es nuestra sangre” (Madrid 1990, pág. 179):

«Allí se consumó la burla más sangrienta y nefanda de toda la historia de Barbastro. Al Obispo le bajaron la ropa, entre carcajadas, para ver si realmente era hombre como los demás. El Obispo bajó los ojos y no hizo ningún movimiento, ni pronunció una sola palabra. Entre frases groseras e insultantes, un tal Héctor Martínez, oculista, de mala entraña, y Alfonso Gaya, se acercaron a sus genitales y, con una salvaje burla, le enseñaron una navaja de carnicero, y uno de los dos, muy probablemente Alfonso Gaya, le cortó en vivo los testículos “científicamente” (sic). Saltó un chorro de sangre que enrojeció sus piernas y empapó las baldosas descoloridas del pavimento, hasta encharcarlas. En el suelo había un ejemplar de Solidaridad Obrera, donde Alfonso Gaya recogió los despojos. El Obispo palideció pero no se inmutó. Ahogó un grito de dolor y musitó una oración al Señor de las cinco tremendas llagas. Le cosieron la herida, el escroto, con hilo de esparto, como a un pobre caballo destripado. Le apretaron una toalla para frenar la hemorragia».

En la madrugada del día 9, junto con otros doce detenidos, le llevaron al cementerio en un camión. Durante el trayecto, dicen que el obispo de Barbastro no dejaba de repetir: “-¡Qué hermosa noche para mí!”. Los del pelotón del fusilamiento, extrañados, le preguntaron si sabía dónde iban, a lo que respondió: “-Me lleváis a la casa de mi Dios y Señor, me lleváis al cielo”. Se cree que hacia las 2 de la mañana lo fusilaron. Una vez abatido, le dieron tres tiros de gracia. Murió rezando y perdonando a sus ejecutores, a los 58 años de edad. Su cadáver fue arrojado a una fosa común.

Es impactante su heroica aceptación del dolor y la vejación por amor a Cristo…

En el libro citado, Campo Villegas (pág. 182) recoge que una vez muerto el Obispo, Mariano Abad, que capitaneaba el piquete de ejecución, dijo: «-Ya tenemos al jefazo de los curas liquidado. Esto está en marcha. Luego añadió como arrancándose de la cabeza una pesadilla: –¿Te has fijado, el Obispo? ¡Qué serenidad! Aun en el mismo momento de volarle la cabeza, encomendándose a Dios… ¡Hay que ver cómo muere esta gente! Parece hasta como si tuvieran satisfacción. Se quedó mirando al vacío y de repente: -No ha de quedar ni raza. Hasta la semilla de la sotana hay que raer».

Tiene que quedar claro que teológicamente es lo mismo que la muerte provenga de un solo disparo mortal que tras un martirio tan atroz, como el sufrido por el beato Florentino. Lo cierto es que, solo la fuerza del Altísimo puede mantener hasta el final el testimonio de cada uno de estos mártires. No olvidemos que, además del Obispo, de los 140 sacerdotes de la diócesis de Barbastro fueron asesinados 114.

Afirma Benedicto XVI (hablando del martirio de santa Inés) que “el don total del martirio se prepara, de hecho, con la decisión consciente, libre y madura de la virginidad (aquí hablaríamos de celibato), testimonio de la voluntad de ser totalmente de Cristo. Si el martirio es un acto heroico final, la virginidad es fruto de una prolongada amistad con Jesús madurada en la escucha constante de su Palabra, en el diálogo de la oración y en el encuentro eucarístico”. Así se preparó el beato Florentino para soportar tamaña infamia.

¿Cuál sería el legado de Monseñor Asensio y los frutos de su ejemplo?

Nos los cuenta san Juan Pablo II, el día de su beatificación (el 4 de mayo de 1997):

«El obispo Florentino Asensio permaneció en el amor de Cristo. Como él, se entregó al servicio de los hermanos, especialmente en el ministerio sacerdotal […]. Para un ministro del Señor el amor se vive en la caridad pastoral y por eso, ante los peligros que se veían venir, no abandonó su grey, sino que, al estilo del buen Pastor, ofreció su vida por ella. El obispo, como maestro y guía en la fe para su pueblo, está llamado a confesarla con las palabras y las obras. Mons. Asensio llevó hasta sus últimas consecuencias su responsabilidad de pastor al morir por la fe que vivía y predicaba. En los últimos momentos de su vida, tras haber sufrido vejatorios y lacerantes tormentos, ante la pregunta de uno de sus verdugos sobre si conocía el destino que le esperaba, contestó con serenidad y firmeza: «Voy al paraíso». Proclamaba así su inquebrantable fe en Cristo, vencedor de la muerte y dador de vida eterna. Al ser elevado hoy a la gloria de los altares, el beato Florentino Asensio Barroso sigue alentando con su ejemplo la fe de los fieles».

¿Por qué es necesario difundir estos hechos?

Porque no podemos olvidar a los mártires. Por ejemplo: cuando el actual obispo emérito de Barbastro, monseñor Alfonso Milián Sorribas, tomó posesión de la diócesis quiso que, “en el momento en que al nuevo obispo se le entrega el báculo como signo de su misión de pastorear la grey que le ha sido encomendada, ese báculo fuera el del Obispo mártir de esta Diócesis, monseñor Florentino Asensio Barroso. Al comenzar la homilía, lo besé con devoción, expresando con ese beso la emoción que me producía llevar en mi mano el báculo con el que este bendito y ejemplar guió a esta diócesis durante los cortos meses de su pontificado, truncado por la persecución religiosa”.

Cuando se presentó la película Un Dios prohibido (2013) no se dejó de narrar la castración y el martirio del beato Florentino. De eso se trata. De no olvidar la fuerza de su testimonio. La fuerza del Evangelio. Si ellos lo silencian, nosotros luchemos para que los testimonios de nuestros mártires no se conozcan solo a nivel de las diócesis, de forma local, sino que todos aprendamos de nuestros mártires para encomendarnos, rezarlos e imitarlos. Afirma el cardenal español Fernando Sebastián que “nuestro cristianismo no será históricamente normal ni evangélicamente verdadero, mientras no nos sintamos serenamente y cálidamente herederos de estos testigos del Evangelio de Jesucristo”.

Javier Navascués

Javier Navascués

Ha trabajado como redactor en el Periodico de Aragón y Canal 44 de Zaragoza y como locutor y guionista en diferentes medios católicos como NSE, EWTN, Radio María etc...y últimamente en Agnus Dei.