Benedicto XVI (I)

De mortuis nihil nisi bonum” afirmaba Quilón – de los muertos no hables sino bien. Y, según ese aforismo piadoso, del “Papa emérito”, Benedicto XVI – ya cardenal Joseph Ratzinger, fallecido el 31 de diciembre del 2022 – ya ha sido dicho todo lo bueno posible e imaginable. La información mundial: tv, periódicos, redes informáticas han repartido sobre el augusto cadáver brillantes y conmovidos comentarios con los que han descrito al hombre, el Pontífice y su ministerio, exaltando su grandeza y humildad, su ciencia teológica y su modestia, su afabilidad y reserva, su inflexibilidad y su dulzura. Una partitura en la que no ha aparecido ni la más mínima disonancia, un cuadro vívido de luz donde no aparecen penumbras, sombras o lugares oscuros.

A tal configuración nosotros queremos contraponer una descripción honesta y objetiva para buscar el equilibrio de la aguja de la balanza o, por lo menos, rendir homenaje a la realidad fáctica, aquella que permanece, inalterada, testimonio de la historia de cada hombre. Ya que el “emérito” fue miembro autorizado del CONCILIO VATICANO II –evento nefasto del camino eclesial– se sigue, por silogismo simple, que su pontificado, así como los tres anteriores, desarrollados dentro del aurea del espíritu conciliar, ha sido marcado por penumbras, sombras y obscuridad.

De este aspecto nos proponemos escribir, de las consecuencias producidas por el Concilio Vaticano II que incidieron en su mandato, sostenidas por el parecer – 1971- del mismo futuro “emérito”, ya obispo, según quien: “Sobre la base de estas instancias (progresistas) también a los obispos podía parecerles “imperativo de actualidad” e “inexorable línea de tendencia” ridiculizar los dogmas e incluso dejar entender que la existencia de Dios no podría darse en modo alguno por cierta… Por esto estoy seguro que se avecinan, para la Iglesia, tiempos muy difíciles. Su crisis verdadera solo ha apenas comenzado” (J. Ratzinger: Glaube und Zukunft, AA. VV. 1971, pág. 123).

De cuánto tal previsión, y de aquello que tuvo que ver con la participación de Benedicto XVI en términos fácticos, no se hizo referencia alguna en el torbellino triunfalista que fue gestado por los mass media. Asumiremos nosotros la tarea de hablar “sine ira et studio” y, con mesurado pero objetivo reconocimiento y sobre todo con sumo respeto que surge también ahí donde la polémica parece ofuscarlo.

Es sabido que Benedicto XVI no ha sido el único Papa que dimitió de la alta función, pero es también sabido cómo fue el primero en mantener el título de Papa por más que “emérito”, extraña novedad que inspiró al Prof. Enrico Maria Radaelli a llevar a cabo un profundo trabajo de búsqueda en términos de Derecho Canónico, de Filosofía, de Teología, cuyos resultados constituyen la edición de un libro precioso titulado: Al corazón de Ratzinger. Él es el Papa, no el otro (1) del cual estamos ultimando una revisión de amplio aliento.

El 19 de abril del 2005, poco después de su elección como el 265º Papa de la Iglesia Católica, pidió a los fieles reunidos en la Plaza de San Pedro, que rezaran por él de modo que “no huya frente a los lobos”. Una metáfora que desencadenó la conmoción universal, pero fue suficiente el aullido, el gimoteo de algún cachorro para que bajara de la cátedra petrina y saludara a la compañía aduciendo la “ingravescente aetate” cual serio motivo. Y pensar que fue justamente él, cardenal Prefecto de la Congregación por la Doctrina de la Fe (ex Santo Oficio) quien convenció al papa Juan Pablo II –prisionero del Parkinson- a permanecer “usque in finem” al timón del barco de Pedro que, como alguien afirmó, “No se baja de la cruz”. Vimos después en seguida cuánto le pesó la edad , prolífico como se mostró en el conceder entrevistas, publicar libros, aparecer en varias circunstancias invitado ahora por aquí ahora por allá.

Todo comenzó con Juan XXIII, quien sostuvo la necesidad de cambiar muchas cosas en la Iglesia: “Podrá haber un nuevo Pentecostés que será llamado ´Actualización´, para hacer una Iglesia Universal abierta para todos los movimientos, a todas las teologías” escribió al obispo de Bérgamo. Romper puertas y ventanas para hacer entrar el aura del pensamiento mundano.

El Papa Pablo VI, más tarde, frente al fracaso del Concilio Vaticano II y del optimismo de Roncalli, lamentó que, por alguna fisura, hubiese entrado en el templo de Dios el humo de Satanás. Bastaba reflexionar sobre lo obrado por los Padres conciliares y de sus respectivos “spin doctors”, los expertos, para darse cuenta que el humo no había entrado sino que había salido desde el interior de los templos, donde el fuego de la actualización, encendido por el mismo Papa Roncalli se transformara en un incendio del cual uno de sus momentos de mayor virulencia se identificara con la dimisión de Benedicto XVI, a quien siguiera la elección al hábito pontificio del cardenal argentino Mario Jorge Bergoglio, quien asumiera el nombre de Francisco.

Dos Papas, situación nunca antes vista en la bimilenaria historia de la Iglesia, escandalosa como lo dice la beata Katharina Emmerich, quien durante un éxtasis – 13 de mayo de 1820- tuvo la visión de dos Papas contemporáneos regentes de una Iglesia que se dilataba en desmedida por la presencia de herejes, protestantes ocupados en corromper el rostro. Profetizó, entre otras cosas, la cancelación del Evangelio de san Juan 1, 1-14 que, en el Vetus Ordo, era leído después del que el celebrante había impartido la bendición final.

Regresemos al tema buscando de notar cuánto de antitético, respecto a la vulgata, fue callado en los días precedentes y hablemos de su fama de teólogo.

Se cuenta que, habiéndose presentado al examen de habilitación para la cátedra de Teología, el famoso y rígido teólogo Heinrich Schmaus rechazó el estudio en cuanto “no acorde a criterios de rigor científico”. Reformulado fue reenviado “para que fuese corregido” siendo sospechoso de modernismo, al final –reducido de muchas páginas- fue aceptado en 1957.

Al margen de estos fracasos, Ratzinger notó: “La distancia de Schmaus fue el origen de un acercamiento a Karl Rahner”. Pero tal acercamiento no fue verdaderamente benéfico. (2)

Nombrado –1981- Prefecto de la Sagrada Congregación por la Defensa de la fe (SCDF) –el ex Santo Oficio– y, por lo tanto, de la Pontificia Comisión Teológica Internacional , después de dos años, en 1983, junto con el Papa Juan Pablo II, desmonta la estructura teológica entera con la cual el Magisterio de la Iglesia había, hasta aquella época, condenado a la Masonería, sostenida, con razón, enemiga de Dios, desaconsejando con esto a los fieles de frecuentarla. El código del Derecho Canónico de 1917 que, en el canon 2335, infligía la excomunión “latae sententiae” –de sentencia amplia- fue “reformado” con la cancelación del canon antes mencionado y sustituido por el nuevo, el 1374, con el cual se conminaba “justa pena” (¿?) a las asociaciones que promueven genérica hostilidad contra la Iglesia.

A las objeciones de estudiosos, teólogos y canónicos que sostuvieron tal reforma como un implícito reconocimiento positivo dirigido hacia la Masonería misma o, cuanto menos, la voluntad de deponer las armas culturales y disciplinarias en pro de un diálogo constructivo, el cardenal Prefecto, el 26 de Noviembre de 1983, emana una “Declaración sobre la Masonería” en la cual, explicando que la cancelación del canon 2335 se “debió a un criterio de redacción” (¿?), afirma la imposibilidad de conciliar la asociación masónica con la doctrina de la Iglesia y reafirma la prohibición para los cristianos de inscribirse, siendo la pena el estado de pecado grave y no más la pública excomunión tal de impedir el acceso a la Eucaristía lo que haría que el acercarse o no dependiese de la sola conciencia individual, ya que no son pocos los masones que acceden sacrílegamente a los Sacramentos, protegidos por el anonimato por la falta de una sanción pública. Es como si –decimos comentando la mencionada fórmula- el legislador hubiese despenalizado del Código Penal el delito de homicidio insertándolo en una Orden Ministerial, condenable con la “justa pena”.

L.P.

Traducido por S. Cuneo

SÍ SÍ NO NO
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Mateo 5,37: "Que vuestro modo de hablar sea sí sí no no, porque todo lo demás viene del maligno". Artículos del quincenal italiano sí sí no no, publicación pionera antimodernista italiana muy conocida en círculos vaticanos. Por política editorial no se permiten comentarios y los artículos van bajo pseudónimo: "No mires quién lo dice, sino atiende a lo que dice" (Kempis, imitación de Cristo)

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