Benedicto XVI (III)

Reanudemos el viaje en torno al pontificado del “Papa emérito” Ratzinger, ya Benedicto XVI, viaje interrumpido en el comentario confeccionado por nosotros sobre su obra póstuma ¿Qué es el cristianismo?.

Tratamos, en la parte final, de forma sucinta pero bastante indicativa, de algunos momentos de la política de Benedicto XVI con respecto a las otras confesiones con referencia al hebraísmo moderno fundado sobre el Talmud. Sus relaciones con las distintas confesiones acatólicas ―es decir, cismáticas y heréticas― se refuerzan cada vez más estrechamente hasta el punto ―Colonia, XX JMJ, 19 de agosto de 2005― de definir, con un lenguaje críptico, la unidad con los “hermanos separados” como la condición histórica en la que se podría realizar,  desde la perspectiva ecuménica, una “súperiglesia”, proyecto de la masonería y de las numerosas asociaciones laicistas ligadas a gestión de la ONU de tal súperiglesia, unidad que consistiría en la paridad de todas las confesiones con el reconocimiento de un primado honorífico que se atribuiría a la Iglesia romana. Es la famosa y humosa “unidad en la diversidad”, un oxímoron elegante y venenoso.

Habla de ello ―24 de septiembre de 2005― con el teólogo Hans Kung, a quien Juan Pablo II había revocado la missio canonica o autorización para la enseñanza, manteniendo con el mismo una relación de estima confidencial, que induce a creer que es fruto de tal asociación la cancelación en el Anuario Pontificio de 2006 del título honorífico de Patriarca de Occidente con el que se indicaba al Papa. Un gesto ecuménico hacia las confesiones cismáticas ortodoxas. Un gesto similar ―mucho más grave― será replicado por el papa Bergoglio cuando, en el Anuario Pontificio de 2020, degrade el título de Vicario de Cristo, genéticamente ligado ministerium papal, al nivel de mero título histórico.

Es un trabajo el suyo lento pero constante, preparatorio de la empresa más nefasta, solamente inferior a las futuras dimisiones ―sobre las que daremos amplia reflexión, basada en el estudio del Prof. E.M. Radaelli[1]― que es la inducción, en octubre de 2011, de aquella acogida de confesiones que ya embadurnó la santa ciudad de Asís por obra de Juan Pablo II en 1986.

A tal activismo corresponde Benedicto XVI con el magisterio verdadero y propio, al publicar en 2005 con ocasión de la Navidad su primera encíclica Deus caritas est, estructurada en dos partes, de las cuales la primera es La unidad del amor en la creación y en la historia de la salvación, en la que, introducida la discusión sobre los dos términos eros y ágape, sobre los que se detiene para demostrar la confluencia del primero en el segundo, obra una insólita interpretación del Cantar de los Cantares lejana de la exégesis mística tradicional, y concluyendo ―en el párrafo 18― con la afirmación de la inseparabilidad del amor de Dios y el amor del prójimo, cuyo ejemplo eminente es la Madre Teresa de Calcuta, una santa que ―por testimonio directo suyo― amó tanto al prójimo como para dejar a los moribundos privados del consuelo de los sacramentos en cuanto que, cristianos, hindúes, budistas o islámicos que fueran, era importante, para los fines de la salvación, que hubiesen mantenido la relación con su propio dios, entendiendo de tal modo la obra de la conversión como una serena coherencia con el propio credo[2]. Perfecto reclamo al devastador documento conciliar Gaudium et spes, que en el párrafo 22 afirma la teoría herética, según la cual “con la Encarnación el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo a cada hombre”, exagerada marca rahneriana y que Benedicto XVI proclamó el 25 de diciembre de 2006 en la galería de la basílica de San Pedro. ¿Pero no había dicho que con Rahner se había terminado todo?

En la segunda parte de la encíclica, Caritas: el ejercicio del amor por parte de la Iglesia como comunidad de amor, después de la lectura de los 24 párrafos (19-42), se tiene la epidérmica percepción de un extraño ofuscamiento de la específica dinámica caritativa eclesial en favor de una visión generalista. En la Navidad siguiente ―2007― publica su segunda encíclica Spe salvi, en la que, sobrevolando la inmotivada atenuación del debate alemán sobre la virtud teologal, nos quedamos estupefactos por cómo un teólogo de tan gran fama nos salga con una luminiscente aunque tenue valoración de Bacon, de Kant, del Iluminismo y del marxismo, pero, además, por el inexplicable e inaceptable juicio sobre Adorno y Horkheimer, filósofos ateos y progresistas, definidos como “grandes pensadores”, certificado con el que se puede valorar el peso y pasta de la cultura filosófica de Benedicto XVI. De ser débil y condicionado en la ciencia filosófica se deriva una declarada debilidad al nivel de la teológica, si vale la noción según la cual la filosofía es la ciencia que provee los instrumentos oportunos y adecuados para cualquier categoría especulativa como la teología, la ética, la estética, la política.

En un estudio de 20 de septiembre de 2008 ―SiSiNoNo― con la firma de Romanus, leemos la nota siguiente: “La debilidad de tal formación filosófica viene demostrada también por otros modos. Ante todo, por la exaltación pública de la teología negativa; el Papa no tiene en cuenta que, si se ha de desechar la analogía, de Dios no se puede decir nada. Dios mismo se convierte en la gran nada mística sospechosa. Más allá, su debilidad filosófica resulta demostrada por su habitual certificación de una racionalidad que no parece de hecho automáticamente metafísica. De hecho (cfr. Avvenire del 6 de junio de 2008), según el cardenal Ruini (que conoce muy bien la mente del Papa),’J. Ratzinger, Benedicto XVI, en el plano filosófico no pone a Dios, creador inteligente del universo, como el objeto de una demostración apodíctica, sino más bien como la hipótesis mejor’. Este despotenciar la racionalidad metafísica no parece conciliable con el dogma del Vaticano I referente al cierto conocimiento de Dios accesible a la luz natural de la razón”.

Para confirmar todo lo dicho arriba proveerá el propio Benedicto XVI, cuando en su La infancia de Jesús (ed. Rizzoli 2012, p. 113-116), a propósito de la estrella que guio a los Magos a Belén, se hace la pregunta: “¿Qué tipo de estrella era? ¿En verdad existió?”, a lo que responderá en el reconocimiento siguiente, con admitirla como fenómeno astronómico del tipo supernova o del alineamiento cíclico de Júpiter y Saturno. No le pasa por la cabeza que se trató de una intervención divina, del Padre celestial que quiere anunciar al mundo el nacimiento de su Hijo hecho hombre, iluminando la noche con una estrella especial; del Dios creador inteligente que ya detuvo el Sol para permitir a Josué derrotar a los gabaonitas (Jos. 10. 13); el mismo Dios que hizo caer las tinieblas sobre toda la Tierra en el momento en que su Hijo agonizaba en la Cruz (Mt. 27, 45); el mismo Dios que hizo danzar al Sol en Cova de Iria el 13 de octubre de 1917 sin por ello comprometer el orden universal.

En abril de 2007, Benedicto XVI, de acuerdo con la Comisión Teológica Internacional, abolió la existencia del limbo, el lugar en que, según la enseñanza de la Iglesia, son recogidas las almas de los niños inocentes no bautizados. La motivación de una decisión tan discutible reside en el hecho de que se está haciendo cada vez más vasto el número los niños muertos prematuramente y, de modo especial, los fetos abortados. Por eso, considerando que la misericordia de Dios quiere que todos los hombres se salven y que la gracia prevalece sobre el pecado, el limbo ―tenido como una hipótesis teológica― ha de ser cancelado. Permítasenos sobre este argumento una consideración que valga ―al menos en lo que concierne nuestro parecer― para dar ocasiones de reflexión.

Pues bien, se reconoce en tal deliberación la presunción de aplicar al Señor, nuestro Dios, la lógica humana que, en este caso particular, conservando la misericordia divina provista de “si gran braccia / che pende ciò che si rivolge a lei” [“mas la divina bondad siempre abraza / al que a ella se dirige”] (Divina Comedia, Purg. III, 122-123), prevalece sobre el pecado. Cierto, pero solo en presencia de una persona que, aun en pecado mortal, doliéndose sinceramente de la propia culpa, en el momento crítico en que cesa la vida, puede ―como refiere Dante en términos poéticos pero canónicos y concordes con la doctrina de la Iglesia― obtener el perdón. El discurso, desplazado en el tema del destino de los niños muertos privados del bautismo, no es tan simple como para poderlo concluir con el argumento de la misericordia puesto que está por medio el bautismo, el sacramento que borra la mancha original y eleva al bautizado a la dignidad de hijo de Dios (Jn. 1, 12). Los caminos del Señor son infinitos, se dice frecuentemente, pero hay que añadir que no son nuestros caminos ni sus pensamientos son los nuestros (Is. LV, 8). Por tanto, no sabemos cómo decide el Señor. Sin embargo, para evitar equívocos, puso el bautismo como condición sine qua non, condición necesaria para la salvación cuando, en la conversación con Nicodemo, afirmó de modo categórico: “En verdad, en verdad te digo que quien no naciere del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de los cielos” (Jn. 3, 5). Ratifica el concepto cuando, poco antes de ascender al cielo, da a los once el mandato: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado se salvará, mas el que no creyere se condenará” (Mc. 16, 15-16).

Con argumentos así hechos es cierta la existencia de un lugar donde son acogidas post mortem las almas de los niños y de los justos no bautizados; un lugar en el que, según Santo Tomás de Aquino, gozan de un estado de felicidad natural, privados de la visión beatífica de Dios, pero sin pena o sufrimiento alguno (S. Th. Suppl. tertia pars, q. 2).

Esta del limbo es una cuestión que consideramos liquidada de forma incauta y que permanece abierta porque, si nos vale la palabra de Nuestro Señor Jesucristo, una zona geográfica del más allá, reservada a estas almas, debe sin embargo existir. La llamemos como queramos: limbo, orlo, periferia, dispensario, sala de espera, antecámara, depósito, pero permanecen su realidad y su función.

2007 es el año ―7 de julio― en que promulga la carta apostólica en forma motu proprio Summorum Pontificum, con la que libera la misa del rito tridentino de los cepos ―donde la habían encerrado desde 1969 Pablo VI y Mons. Annibale Bugnini― consintiendo su celebración sin necesidad de pedir permiso alguno. Al lado del aspecto positivo, está la sombra de uno negativo por el que, según el juicio unánime, “equipara la misa tradicional antigua al Novus Ordo, considerándolos dos usos del antiguo rito romano, y deja aún en circulación el rito bugniniano actual, que los cardenales Bacci y Ottaviani marcaron como un impresionante alejamiento de la teología católica de la Santa Misa” (sac. Andrea Mancinella, 1962 Revolución en la Iglesia, Ed. Civiltá. Brescia 2010, p. 297). Pero Joseph Ratzinger no tiene el coraje de cancelar el Novus Ordo que, desde ya hace 38 años, prácticamente se ha enquistado en la conciencia colectiva.

L.P.

Traducido por Natalia Martín


[1] Enrico Maria Radaelli, Al cuore de Ratzinger. È lui il Papa, non l’altro. Ed. Aurea Domus, Milán 2022, p. 440

[2] Madre Teresa de Calcuta, La gioia di amare. Ed. Mondadori 2010, p. 8 diciembre

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