ADELANTE LA FE

Benedicto XVI

La figura de Benedicto XVI, a la luz de su biografía, de su Pontificado, así como de su renuncia al mandato petrino, nos aparece como multiforme y esparcida de subjetivismos y actitudes, que conducen a realizar acciones a veces contradictorias.

Nacido el 16 de Abril, un Sábado Santo, en 1927, en la casa de su familia en Marktl am Inn, en Baviera, en el número 11 de la Schulstrasse (Calle de la Escuela), fue bautizado ese mismo día. La familia era profundamente católica y sentía veneración por el Sumo Pontífice. “El Papa de la época, Pío XI”, afirma Benedicto XVI, “era para nosotros el Papa por excelencia. Él era vicario de Cristo, una persona que estaba muy por encima de nosotros, pero también muy próxima porque era el pastor de todos. Venerábamos y amábamos al Papa…y lo considerábamos al mismo tiempo infinitamente lejos, infinitamente alto[i]”.

El contexto en el que nació Joseph era el de una catolicidad de molde tradicional:” en mi caso, el mundo de la fe era muy sólido y seguro[ii].” En una carta al Niño Jesús, a la edad de siete años, le pidió un misal, una casulla de misa verde y un Corazón de Jesús. Fascinado por la liturgia de la santa Iglesia Romana, se sintió dichoso de transitar por el mundo secreto y misterioso de los ritos sacramentales y comenzó así a jugar a ser cura, un juego que califica hoy como muy “hermoso”y en esa época “muy extendido[iii]”. Hasta el Concilio Vaticano II, en efecto, y en tanto que el Vetus Ordo era celebrado, es decir, en tanto que había un predominio de la fe en el seno de las naciones europeas, los niños practicaban a menudo la imitación del sacerdote en unos actos muy precisos: en el altar y en el púlpito.

Tanto en su autobiografía como en las Dernières conversations emerge la importancia  para Joseph Ratzinger de su educación católica familiar, impregnada de fe, de devoción y de práctica religiosa convencida. Toda esa vivencia familiar católica es llamada por Benedicto XVI “experiencia” según un sistema conceptual típicamente moderno. La experiencia, según la aceptación de la cultura contemporánea, en efecto, no es considerada como un estado estable sino como un estado transitorio, que puede tener una influencia mayor o menor en nosotros. La tradición católica influenció a Ratzinger hasta una cierta edad, para enseguida evolucionar hacia el progresismo y el modernismo con los estudios universitarios, hasta llegar a los años eufóricos del Vaticano II, que acogió con grandes deseos de renovación para la Iglesia, para darse cuenta enseguida que se encontraba insatisfecho con las ultranzas del post Concilio. Después de algunas nuevas reflexiones, en tanto que Prefecto de la Congregación de la Fe y luego como Pontífice, comenzó a enviar señales de conservadurismo: ¿para contentar a las ramas conservadoras y tradicionales de la Iglesia, o en virtud de lo que había visto, oído, vivido en su casa y en las iglesias de Baviera?. ¿O por las dos razones?. Es un hecho que María, su hermana, ha sido un punto fijo de su fe: “Diría que ella no ha influido sobre los contenidos de mi obra, sobre mi trabajo ideológico, pero por su presencia, su forma de vivir la fe, su humildad, preservó el clima de la fe común, aquella en la que habíamos crecido, que ha madurado con nosotros y se ha impuesto con el tiempo. Esta fe se ha renovado acogiendo el Concilio, pero ha permanecido sólida. Se trata, por tanto, de la atmósfera de fondo de mi pensamiento y de mi existencia que ella ha, sin ninguna duda, contribuido a formar,”.

Joseph creció en una familia en la que algunos miembros habían sido consagrados, como el tío don Alois y la tía sor Theogona, y esto también contribuyó a su vocación:” En esta época era normal. En las grandes familias campesinas había muchos niños y entre ellos siempre había alguno religioso”. Aunque nostálgico de la armonía que había conocido en la familia, el padre Joseph se opondrá a la “ devoción petrificada” del siglo XIX, en la cual su padre había sido formado.

LAS CONTRADICCIONES DE UNA IMPOSIBLE “REFORMA EN LA CONTINUIDAD”.

Una serie de contradicciones existenciales emergen de la vivencia religiosa de Benedicto XVI. Si por un lado el se convirtió en sacerdote por la llamada imperiosa de la Santa Misa (“Diría que era el hecho de entrar cada vez más en el fondo de la liturgia. Reconocer que la liturgia era el punto central y tratar de comprenderla con todo el transfondo histórico que la sostiene”), por el otro, a pesar del Motu Proprio Summorum Pontificum del 7 de Julio de 2007, con el cual dio derecho de ciudadanía en el mundo católico a la Misa de siempre, él continuó celebrando el Novus Ordo porque el no considera el Vetus Ordo como otra Misa, sino que ve dos formas diferentes de un mismo rito. Benedicto XVI cree que basta con exhumar el Santo Sacrificio según el rito que  antes de la reforma litúrgica era considerado como “La cosa más importante” para obtener una feliz reconciliación de la Iglesia con ella misma. En realidad, la Santa Misa de San Pío V continúa siendo la cosa más importante, porque está en el corazón de la única verdad revelada por Jesucristo. Resumiendo: las dos Misas, y hoy es más manifiesto aún que nunca, representan a dos fes diferentes.

Para detener a tiempo la campaña de resistencia contra el Novus Ordo, Monseñor Benellide la Secretaría de Estado, ordenó a Bugnini de publicar la reglamentación, ya enviada el 20 de Octubre a las Conferencias Episcopales, que permitía el uso del Vetus Ordo hasta el 28 de Noviembre de 1971. Es interesante leer el relato de esos días controvertidos en el libro Mi vida del cardenal Joseph Ratzinger:

El gran acontecimiento del inicio de mis primeros años en Ratisbona fue la publicación del misal de Pablo VI, con la prohibición casi completa del misal precedente, después de una fase de transición de alrededor de seis meses. El hecho de que después de un período de experimentos que habían desfigurado la liturgia, se volviese a un texto litúrgico de carácter obligatorio, era de agradecer como algo muy positivo. Pero me quedaba estupefacto por la prohibición del misal antiguo, pues una tal cosa no se había producido jamás en toda la historia de la liturgia. Se quería dar a entender que se trataba de algo totalmente normal. El misal precedente había sido realizado por Pío Ven 1570, a renglón seguido del Concilio de Trento; era pues normal, que después de cuatrocientos años y un nuevo Concilio, un nuevo Papa publicase un nuevo misal. Pero la verdad histórica era diferente. Pío V se había limitado a reelaborar el misal romano entonces en uso, como había sido hecho durante siglos durante el correr de la historia. Como él, muchos de sus sucesoreshabían reelaborado el misal de nuevo, sin nunca oponer un misal al anterior. Se trató de un proceso continuo de crecimientoy de purificación, en el que nunca resultó destruida la continuidad. No existe misal de Pío V creado por él. Sólo existe la reelaboración ordenada por él, como fase de un largo proceso de crecimiento histórico. El nuevo, después del Conciliode Trento, fue de otra naturaleza: La irrupción de la reforma protestante avía tenido lugar, sobre todo en la modalidad de “reformas” litúrgicas.

No había implícitamente una Iglesia católica y una Iglesia protestante colocadas una al lado de la otra; la división de la Iglesia tuvo lugar casi imperceptiblemente y encontró su manifestación más visible e históricamente más incisiva en el cambio de la liturgia, que a su vez se veló muy diversificada en el plano local, aunque ciertamente  las fronteras entre lo que era aún católico y lo que ya  no lo era a menudo no eran fáciles de definir. En esta situación de confusión, a la que se llegó, por la ausencia de una reglamentación litúrgica unitaria y por el pluralismo litúrgico heredado de la Edad Media, el Papa decidió que el Missale Romanum, el texto litúrgico de la ciudad de Roma, en tanto que católico, debía ser introducido en todas partes donde no hubiese una liturgiaque remontase al menos dos cientos años antes. Allí donde esto se verificase se podría mantener la liturgia precedente, dado que su carácter católico podría darse por seguro.Por tanto, no se puede hablar de una prohibición concerniente a los misales precedentes y hasta ese momento regularmente aprobados.

O, al contrario, la promulgación de la prohibición del misal que se había desarrollado con el correr de los siglos, después de los sacramentales de la Iglesia antigua, constituyó una ruptura en la historia de la liturgia, cuyas consecuencias no podían sino ser trágicas. Como esto había sucedido numerosas veces anteriormente, era totalmente razonable y de acuerdo con el Concilio, que se llegase a una revisión del misal, sobre todo en lo que concernía a la introducción de las lenguas nacionales. Pero en ese momento sucedió algo más: se demolía el edificio antiguo y se reconstruía otro utilizando los materiales con los que se había construido el edificio viejoy utilizando así los proyectos precedentes (…) el hecho de que haya sido presentado como un edificio nuevo, opuesto al que se había formado a lo largo de la historia, que se prohibía a este último al que se hizo aparecer en la liturgia no como un proceso vital sino como un producto de erudición de especialista y de competencia jurídica, nos acarreó unos daños especialmente graves. De esta manera, en efecto, se desarrolló la impresión de que la liturgia está “hecha”, que no era algo que existiese antes de nosotros, algo “dado” pero dependiente de nuestras decisiones. Se sigue por tanto que no se reconoce esta capacidad solamente a los especialistas o a una autoridad central, sino que, en definitiva, cada “comunidad” quiere darse su propia liturgia. Pero cuando la liturgia es algo que cada uno hace por sí mismo, no da lo que es su verdadera cualidad: el encuentro con el misterio, que no es producto nuestro, sino nuestro origen y la fuente de nuestra vida. Para la vida de la Iglesia es dramáticamente urgente operar una renovación de la consciencia litúrgica, una reconciliación litúrgica que conduzca a reconocer la unidad de la historia de la liturgia y comprender el Vaticano II no como una ruptura sino como una evolución. Estoy convencido que la crisis eclesial en la que nos hallamos depende hoy, en gran medida, del derrumbe de la liturgia, que está a veces concebida “etsi Deus non daretur”: como si no le importase que haya un Dios que nos habla y escucha. Pero si en la liturgia no aparece más la comunión de la fe, la unidad universal de la Iglesia y su historia, el misterio de Cristo viviente, ¿Dónde entonces aparece en la Iglesia su sustancia espiritual?.Entonces la comunidad se celebra a ella misma sin que eso valga la pena. En cuanto que la comunidad, por ella misma, no tiene sustancia sino como unidad, ella tiene su origen en la fe del Señor. Se convierte en inevitable en estas condiciones que se llegue a la disolución en todo tipo de partes en una Iglesia que se desgarra.

No se trata entonces de minucias litúrgicas para tradicionalistas anquilosados, nostálgicos del pasado, sino de claras cuestiones doctrinales que tocan al rito eucarístico, acto central de la vida de todo católico. Escuchemos lo que dice el cardenal Ratzinger en un pasaje de La Introducción del espíritu de la liturgia, donde se comprendre su pensamiento sobre la ritualidad del Santo Sacrificio:

“…debería estar claro para todos que las acciones exteriores son secundarias. El actuar debería desaparecer cuando se trata de lo que cuenta: la oratio. Y debe ser bien visible que la oratio es lo que más cuenta y que es tan importante porque precisamente da lugar a la actio de Dios. El que ha comprendido esto comprende fácilmente que ahora no se trata de mirar al sacerdote o de quedarse mirándolo, sino de mirar juntos al Señor y de ir a su encuentro. La aparición casi teatral de actores diferentes, a la que nos es dado asistir en la actualidad, sobre todo en la preparación de las ofrendas, pasa simplemente al lado de lo esencial.

Si las acciones exteriores ( que en sí no son numerosas y que se aumenta artificialmente su número) se convierten en lo esencial de la liturgia y si ella es elevada al rango de un actuar genérico, entonces se conoce mal el teodrama de la liturgia, que queda reducido a una parodia (…). A este respecto, la educación litúrgica de sacerdotes y laicos es en gran medida deficitaria.

Queda mucho por hacer aquí.”

MODERNO Y CRÍTICO.

Benedicto XVI siempre ha sido un teólogo de estilo crítico y moderno. Una de sus lecturas fundamentales, durante sus años de estudio, fue Der Umbruch des Denkes (El giro del pensamiento) del teólogo moral y especialista en ética Theodor Steinbüchel. Dejando aparte a Aristóteles y a santo Tomás, el joven Ratzinger no tenía ninguna intención de evolucionar en el seno de una filosofía que definió como “anticuada, afectada y etiquetada, pero comprenderla como una interrogación ¿Quiénes somos nosotros realmente?- y, sobretodo, de conocer la filosofía moderna. Es en este sentido que yo era moderno y crítico. La lectura de Steinbüchel fue muy importante porque proveyó- entre otros en los dos volúmenes consagrados a la fundación filosófica de la teología moral cristiana, Die philosophischen Grundlangen der christlichen Moralthéologie –Die philosophischen Grundlangen der christlichen Moralthéologie –una extensa introducción a la filosofía moderna, que buscaba precisamente para comprender y estudiar.”

La curiosidad filosófica pudo más y el estudiante Ratzinger con adherirse a un sistema predefinido o de enriquecer la tradición teológica: la Summa Theologiae de santo Tomás estaba para él anticuada y se propuso observar desde una nueva perspectiva a los teólogos de la Edad Media y de la edad moderna, para seguir por este camino.

En 1946 se matriculó en el instituto superior de filosofía y de teología de Freising; al año siguiente se transfirió al seminario interdiocesano Herzogliches Georgianum de Baviera, y continuó sus estudios de filosofía y de teología en la Universidad Ludwig Maximilian hasta 1950. Describió los años en Freising como un periodo culturalmente muy rico y estimulante.

En los seminarios y las facultades alemanas, durante los años cuarenta y cincuenta, el fermento de la Nouvelle théologie era impresionante por la vivacidad con la que entusiasmaba a los jóvenes seminaristas franceses y alemanes de la época, que sentían la exigencia de una gran renovación, considerando como vetustas la filosofía y teología tradicional. El personalismo que se respiraba en los seminarios alemanes chocó profundamente a Ratzinger, hasta el punto de considerarlo “el punto de partida para mis reflexiones filosóficas y teológicas.”

POR UN GIRO DE LA IGLESIA, SIN RUPTURA CON EL PASADO.

Otra lectura fundamental fue la de Catholicisme de Henri-Marie de Lubac, el que según Ratzinger, acompañando al lector de una manera de creer individualista y estrechamente moralista hacia un credo pensado y vivido socialmente, comunitariamente. Se le proponía, por tanto, una fe diferente de la que había vivido durante su infancia. ¿Hubo conflicto entre las dos?.

No se trata de un conflicto, esto significa adquirir una visión más amplia de la fe, que para mi no estaba en absoluto en oposición con la fe aprendida durante mi infancia. Porque la piedad de nuestra infancia también tenái clara que el amor por nuestro prójimo era algo importante y que la fe investía la totalidad de la historia (…). He encontrado una continuidad intrínseca y he probado el gozo por el hecho de que después de estas formulaciones un poco obsoletas se pueda ver la fe de una forma nueva, más amplia y justamente insertada en la vida moderna. En ese sentido esto fue un giro, ciertamente. Pero esto no se hizo bajo el signo de la discontinuidad,” Se podría decir con razón que se trata aquí de la teología del sacerdote Joseph Ratzinger, del Cardenal Ratzinger, de Benedicto XVI y del Papa emérito.

Para superar un momento crítico de una rutina enojosa que se había incrustado en el seno de los institutos eclesiásticos, emergieron una especie de desprecio por el pasado y un entusiasmo efervescente por la novedad que se entreveía. “Eramos progresistas. Queríamos renovar la teología y con ella la Iglesia, volviéndola más viva. Teníamos suerte porque vivíamos una época en la cual, bajo el impulso del movimiento juvenil y del movimiento litúrgico, se abrían nuevos horizontes, nuevas vías. Queríamos que la Iglesia progresase y estábamos convencidos de que así rejuvenecería.”

Es el espíritu del Concilio Vaticano II, el espíritu que condujo al Novus Ordo de Pablo VI, que permitió el encuentro interreligioso de Asís de Juan Pablo II, que dio lugar de los desgraciados me culpa de la Iglesia católica, que llevó a la devastación de la doctrina, a la destrucción del catecismo para niños, al empobrecimiento en las iglesias, a la forma anicónica del arte sagrado ( convertido en desacralizado y a veces blasfemo), a la hemorragia de fieles y a la del clero, hasta llegar a la indefendible declaración de Lund de Francisco con el obispo Munib Yunan, presidente de la FLM (Federación Luterana Mundial):” Dado que estamos profundamente agradecidos por los dones espirituales y teológicos de la Reforma, confesamos también y deploramos que Luteranos y Católicos hirieron la unidad de la Iglesia.” La apostasía mora hoy en la Iglesia, quien por curiosidad y afán de novedades y de mundo, se ha creado una teología revolucionaria y sesentayochista, en la que los precursores franceses y alemanes del joven Ratzinger llevaron a la desolación religiosa y moral de nuestros días.

LAS ADVERTENCIAS DIVINAS SOBRE LA IGLESIA Y EUROPA.

La Iglesia no se rejuveneció, la primavera de la Iglesia tan deseada por los progresistas se transformó en un dramático invierno glacial, y los castigos ya han llegado. En la víspera de la declaración de Lund, el 30 de Octubre pasado, numerosas iglesias del ex Estado Pontificio se derrumbaron a causa de un trágico temblor de tierra, que no hizo víctimas, pero que destruyó edificios de culto de los que originaron la historia cristiana de Europa, comenzando por la iglesia de San Benito de Nursia, construida sobre la casa en donde nacieron el Patrón de Europa y su hermana, santa Escolástica. La abadía de san Euticio edificada en Preci, en la región de Perouggia, hace quince siglos, fue igualmente reducida a escombros. Uno de los monasterios más antiguos de Europa, fundado por san Spes, san Euticio y san Florencio. San Benito pasó por allí: vino a saludar a su querido amigo Spes que “durante cuarenta años soportó la ceguera con admirable paciencia”, como escribe el Papa Gregorio el Grande. Y cuando Spes murió, una paloma salió de su boca. Euticio y Florencio eran muy amigos, hasta el punto que cuando Euticio se convirtió en abad, Florencio rogó a Dios pidiéndole un compañero, y Dops le dio un oso que guardaba cabras; celosos de tal prodigio, algunos monjes del monasterio de Euticio mataron al oso, y el castigo se abatió sobre ellos: murieron todos, posiblemente víctimas de la peste. Así era la historia de Europa, con sus milagros extraordinarios, esta Europa que está a un paso de renegar de sus raíces, que reniega de ella misma y causa terremotos naturales, eclesiásticos y nacionales. Seis siglos después, San Francisco de Asís vino a la abadía de san Euticio, atraído por la reputación de la escuela de cirugía. La abadía se había convertido en una referencia para toda la región, que había sido desestabilizada con anterioridad por la caída del Imperio Romano y las invasiones bárbaras. La cultura estaba ahí: la disciplina médica, las virtudes de las plantas, pero también la biblioteca y sus manuscritos. Hoy esta abadía es un montón de ruinas. “Si vamos ahí veremos de donde venimos: de las pequeñas tierras milagrosas de la tradición cristiana”.

Gracias a San Benito y su Regla, Europa conoció una feliz era de unidad espiritual y cultural, con importantes consecuencias sociales, económicas y artísticas. Benito murió en 547. Dos siglos más tarde sus conventos eran más de mil : centros de conservación del patrimonio de la literatura clásica, que si no se habría perdido en gran medida. Cada vez que una comunidad comenzó a relajarse y sintió la necesidad de un reformador, éste último indefectiblemente se referirá a San Benito, porque la reforma no es la revolución (como la hizo el heresiarca Lutero), sino la vuelta a los preceptos del Padre de los monjes para servir a Dios y a su Reino a través del ora et labora.

Pero otros nuevos maestros del espíritu aparecieron en Europa en el siglo XX, un espíritu no tanto sobrenatural sino inmanentista. Hegel y Heidegger entraron en el pensamiento del clero en el siglo pasado: “Hacemos nuestras esta filosofía, estos conceptos, con una cierta excitación(…) quería salir del tomismo clásico (…) y no podía hacer abstracción deldel encuentro y el diálogo con las nuevas filosofías (…) pensaba: somos jóvenes, tenemos un nuevo punto de vista. Y la certeza de poder construir un mundo nuevo hacía que no tuviese miedo de arriesgarme a grandes empresas.”

RESPONDER A LOS SIGNOS DE LOS TIEMPOS.

El maestro en teología de Ratzinger fue el profesor de teología fundamental Gottlieg Söhngen. El 29 de octubre fue ordenado diácono por Johannes Baptist Neuhäusler, obispo titular de Calydon y auxiliar de Múnich y Freising. El 29 de Junio de 1951, a la edad de 24 años, fue ordenado sacerdote, al mismo tiempo que su hermano mayor Georg, por el Cardenal Michael von Faulhaber, arzobispo de Múnich y Freising. El 29 de Junio de 1951, a la edad de 24 años, fue ordenado sacerdote, al mismo tiempo que su hermano mayor Georg, por el Cardenal Michael von Faulhaber, arzobispo de Múnich y Freising.

El 1 de Julio de 1953 defendió su tesis de doctorado en teología sobre san Agustín, titulada Pueblo y casa de Dios en la doctrina de san Agustín., y que fue calificada como summa cum laude. En 1955, presentó su disertación sobre san Buenaventura titulada La teología de la historia de san Buenaventura, bajo la dirección de Söhngen, para su habilitación para la enseñanza universitaria. Fue acusado por un miembro del jurado, Michael Schmaus, de un “peligroso modernismo” por l hecho de que las ideas teológicas expresadas podrían conducir al subjetivismo de la noción de Revelación. La tesis fue oportunamente modificada, conservando su estructura de pensamiento, al año siguiente Ratzinger pasó el examen de habilitación. Su oposición respecto a los miembros del jurado favoreció su aproximación  a Karl Rahner, célebre teólogo académico de la Nueva Teología y partidario de la reforma de la Iglesia, que Schmaus mismo había invitado a Königstein, con todos los dogmatistas de lengua alemana, por Pascua de 1956, con el fin de constituir la Asociación alemana de especialistas en teología dogmática y fundamental.

En Mayo de 1957, obtuvo la cátedra de teología fundamental de la universidad de Múnich. En Diciembre de 1957, obtuvo la cátedra de teología dogmática y fundamental en el instituto superior de teología y filosofía de Freising. Se convirtió en profesor de la universidad de Bonn en 1959 y su lección inaugural llevó el título de El Dios de la fe y el Dios de la filosofía. En 1963 se cambió a la universidad de Munster. Llegaron entonces los años del Concilio Vaticano II y la posibilidad para el sacerdote Joseph Ratzinger de colaborar con los otros progresistas para poner en acción las renovaciones y los aggiornamenti de la Iglesia con el fin de responder a los “signos de los tiempos”.

Participó inicialmente en el Concilio en calidad de consejero del arzobispo de Colonia, el Cardenal Josef Frings, luego como experto del Concilio, bajo recomendación del mismo Frings, a partir del final de la primera sesión. Por esta época conoció a Henri de Lubac, Jean Daniélou, Yves Congar, Gérard Philips, Hans Küng y Edward Schillebeeckx.

Con las derivas comunistas y libertinas sesentayocheras, a pesar de su inclinación reformista, sus ideas acabaron por oponerse a las ideas liberales. Algunas voces, como la de Küng, calificaron a estas ideas como conservadoras, mientras que Ratzinger mismo, en una entrevista de 1993, afirmó: ” No veo interrupción, con el paso de los años, con mis puntos de vista de teólogo”. Ratzonger continuó defendiendo el trabajo deñ Vaticano II y en particular Nostra Aetate. Seguidamente, en tanto que Prefecto de la Congregación para la doctrina de la Fe, explicó más claramente la posición de la Iglesia Católica sobre las otras religiones en el documento Dominus Jesus, del año 2000, que concierne al compromiso de los católicos romanos en el diálogo ecuménico. Durante sus años en la Universidad de Tübingen, publicó una serie de artículos en la revista teológica reformista Concilium, y fundó en 1072 la revista teológica Communio con Hans Urs von Balthasar, Henri de Lubac y Walter Kasper. Communio, en la actualidad publicada en diecisiete lenguas, entre ellas el alemán, el inglés y el español, se ha convertido en una publicación teológica importante del pensamiento católico en el horizonte  contemporáneo. Hasta su elección como Papa, el Cardenal Ratzinger permaneció como uno de los colaboradores más prolíficos de la revista.

Él escribió en su autobiografía:

“ La participación que los teólogos habían tenido en el Concilio creó entre los especialistas una nueva conciencia: comenzaron a sentirse como los verdaderos representantes de la ciencia y, precisamente por eso, no podían aparecer ya como sumisos a los Obispos. En efecto, ¿Cómo los Obispos habrían podido ejercer su autoridad magistral sobre los teólogos, a partir del momento que las posiciones de éstos se derivaban del consejo de los especialistas y dependían de las orientaciones que les eran propuestas por los expertos?. En su época, Lutero había reemplazado su hábito sacerdotal por el de sabio, para mostrar que en la Iglesia los expertos en Sagrada Escritura son los que pueden realmente tomar las decisiones: más tarde esta deriva fue atenuada por el hecho de que la profesión de fe fuese considerada como el criterio último de juicio. El Credo era pues el criterio último también para la ciencia. Pero en la actualidad, en la Iglesia Católica, al menos al nivel de su opinión pública, todo parecía ser objeto de revisión, y mismo la profesión de fe no parecía ya intocable, sino sujeta a la verificación de los expertos.”

Tras esta tendencia, aún efímera, Ratzinger, tras el predominio de los teólogos, percibía la idea de una soberanía popular eclesiástica que establecía lo que era la Iglesia, definida por primera vez como “pueblo de Dios”. Se anunciaba así la idea de la Iglesia de base, Iglesia del pueblo, Iglesia de los pobres, que “en el contexto de la teología de la liberación, se convirtió en el fin mismo de la reforma”, lo que lleva a cabo el Papa Francisco hoy.

Vivíamos todos en la percepción del renacimiento, presentido ya en los años veinte, de una teología capaz de proponer las preguntas con una valentía renovada, y de una espiritualidad que se desembarazase de lo que sería, de aquí en adelante, viejo y obsoleto, para hacernos revivir de un modo nuevo el gozo de la redención.”

Sin embargo el padre Ratzinger, y más tarde el arzobispo de Múnich y Freising (1977), fue amargamente decepcionado no por el Concilio en sí mismo, sino por el post-Concilio: siempre consideró que había ocurrido una falsa interpretación de los documentos, incorrecta hasta el punto de crear unas facciones opuestas entre ellas. Mientras que su lectura y la de la “hermenéutica en la continuidad”entre el pre-Concilio y el empuje de las innovaciones: “El Concilio Vaticano II, con la nueva definición de la relación entre la fe de la Iglesia y ciertos elementos esenciales del pensamiento moderno, a revisado e incluso corregido ciertas decisiones históricas, pero en esta aparente discontinuidad ha mantenido y profundizado sin embargo su íntima naturaleza y su verdadera identidad” (22 de diciembre 2005. Discurso a los miembros de la Curia romana). En tanto que responsable para la Congregación para la doctrina de la fe, afirmará en una entrevista acordada con L´Osservatore Romano del 9 de noviembre de 1984:

“Los resultados del Concilio parecen cruelmente oponerse a lo que todos esperábamos, comenzando por Juan XXIII, y luego Pablo VI; se esperaba una nueva unidad católica y, por el contrario, ha resultado hacia un desacuerdo que ha parecido evolucionar de la autocrítica a la autodestrucción…Se esperaba un salto adelante y, por el contrario, nos hemos encontrado con un proceso progresivo de decadencia que se ha desarrollado, en cierta medida, justamente bajo el signo de referencia al Concilio, y que ha contribuido a desacreditarle para muchos. El balance parece, por tanto, negativo… Es incontestable que este periodo fue claramente desfavorable para la Iglesia católica. Creo que el Concilio no pudo ser considerado en realidad responsable de evoluciones e involuciones que contradicen tanto el espíritu como la letra de estos documentos. Mi impresión es que los daños que la Iglesia ha sufrido a lo largo de estos veinte añosson debidos, más que realmente al Concilio, al desencadenamiento en su seno de fuerzas latentes agresivas, polémicas, centrífugas.” En suma: “¿Hemos enviado al mundo habriento la palabra de la fe de los corazones? ¿O nos hemos quedado en el círculo de los que, en su jerga de especialistas, se divierten reenviándose la pelota unos a otros?”.

aggiornamiento ha llevado al hundimiento de la idea de pecado y si el pecado ya no está presente, ¿Existe entonces una necesidad de redención?”.

Para el Cardenal Ratzinger, se han perdido la fe en Dios, en la Iglesia, en el dogma y en la Escritura leída por la Iglesia. Sin embargo en su “testamento” Últimas conversaciones, Benedicto XVI apoya al Papa Francisco, quien con sus actos estruendosos, amenaza la fe. “ Lo importante es preservar la fe hoy, considero que es nuestro deber central”. ¿De qué fe habla el Papa emérito (moderna figura vaticana), que en un momento determinado no tuvo la fuerza (11 de Febrero de 2013) moral y espiritual más que física, de gobernar la Iglesia? Probablemente la que tuvo durante su feliz infancia, porque la de hoy ha perdido los trazos de la verdadera fe católica, en la medida en la que la Iglesia contemporánea se halla a la búsqueda perpetua e insatisfecha de ella misma en su adhesión al mundo moderno. La Iglesia está intoxicada por el modernismo y oímos afirmar lo siguiente:

“La cuestión no es lo que es moderno o no lo es. Lo importante es en realidad que anunciamos la fe no sólo con bellas formas y auténticas, sino que aprendemos a comprenderlas y a expresarlas de una forma nueva para el día de hoy, y que se forme así un nuevo estilo de vida(…) Hago una comparación entre las hermanas que tenemos aquí en el monasterio (Mater Ecclesiae, ndr), las Memores, y las religiosas de antaño, y reconozco un gran impulso a la modernización. Dicho de otra forma: Donde la fe está activa y es vital, allá donde no vive en la negación sino en el gozo, encuentra también nuevas maneras(…) una nueva generación está ya formándose, que da la Iglesia una faz nueva y joven.” Palabras de un especialista roto por las crónicas cotidianas de una Iglesia siempre en una crisis que va a más y con dificultades, criticada hoy no sólo por el mundo de la Tradición: el desacuerdo se ha propagado entre los intelectuales y los periodistas, mientras que el clero temeroso, en gran medida, está siempre más deprimido, desmotivado y preso de la angustia de una vida cada vez más social y que siempre es una vida de menos oración.

Benedicto XVI, entonces, ¿ha sido un reformador o un conservador?. Él mismo se explica:

“Hace falta siempre hacer una cosa y la otra. Es necesario renovar, y he buscado hacer avanzar a la Iglesia sobre la base de una interpretación moderna de la fe. Al mismo tiempo hay una necesidad de continuidad, que no sufra desgarrones, no dejar que se rompa.” Pero esta alquimia ha fracasado porque verdad y mentira, en la Fe, no pueden cohabitar: se trata de una cuestión de vida eterna o muerte eterna, para cualquier alma. Cristo, jefe de la Iglesia, procurará el resurgimiento de Roma a través de la intercesión de la muy santa Virgen María, Madre de la Iglesia, y una Pasión de justa y misericordiosa purificación.

Cristina Siccardi

(Traducción Duque de las Llaves)

[i] Benedicto XVI, Ultime conversazioni (Últimas conversaciones) con P. Seewald, Corriere della Sera, Milan 2016,

[ii] Ibidem

[iii] ibidem