En una carta anterior me pronuncié sobre “la grieta por donde entró todo”, es decir, la increíble afirmación del magisterio reciente de los papas según la cual dos adúlteros podrían, “por el bien de los hijos” convivir “como hermano y hermana” y acceder, renunciando a los actos propios del matrimonio, a los sacramentos.

Afirmaba yo en aquella carta que la fraternidad nupcial no era una fraternidad genérica sino específica de los cónyuges, válidamente unidos en santo matrimonio, y que sólo se podía ser realmente hermano o hermana del propio cónyuge, con quien se comparte la única fraternidad conyugal que no es vivida sino en común.

Hoy quiero referirme -lo hice de pasada en aquella ocasión- al aparente motivo que justificaría la permanencia en el estado objetivo de pecado propio de la convivencia adulterina, es decir, la del “bien de los hijos”.

Lo primero que quiero señalar es la diferencia entre el hijo legítimo y el hijo ilegítimo, que aparece diluida en la práctica de tal “concesión” a los adulterinos públicos de vivir “como hermano y hermana”.

Los hijos fruto de la unión adulterina son eso, hijos adulterinos y, por lo tanto, ilegítimos. No son equiparables en absoluto a los legítimos que son fruto del matrimonio válido sacramental. Es difícil comprender cómo “la grieta por donde entró todo” pueda ser justificada sin tener en cuenta esta distinción de elemental sentido común.

¿Cómo justificar la convivencia en adulterio por “el bien de los hijos” ilegítimos? ¿No sería, más bien al contrario, de sentido común buscar el bien de los hijos legítimos ayudando a sus progenitores a volver al estado de gracia matrimonial, intentando la restauración de la convivencia matrimonial que es lo verdaderamente mejor para los hijos que son fruto del matrimonio?

Ciertamente habrá casos extremos en los que la separación -que no el divorcio- de los cónyuges pueda ser un mal menor, pero no todos los casos son así.

Que a los cónyuges Dios les ha dado el libre albedrío para disfrutar o no de la gracia sacramental matrimonial hace posible la separación, pero también la reunión.

Buscar la reunión, la reconciliación de los cónyuges que pasan por momentos difíciles por el uso desordenado del albedrío que les fue dado por el Creador, es evidentemente la primera misión de la pastoral matrimonial, no el intentar justificar la posibilidad de que la unión adulterina pública, que no es verdadera unión, pueda ser prolongada por el supuesto bien del fruto ilegítimo de dicha falsa unión y que, manteniéndose ésta en el tiempo, no sea óbice para el acceso de los adúlteros públicos a los sacramentos.

Es increíble cómo la ignorancia, la debilidad o la malicia de muchos pastores pueda haber llevado a aceptar tales situaciones como algo que no se puede cambiar y a lo cual hay que resignarse, llegando incluso a los términos inaceptables de que se puede estar en gracia y crecer en la caridad en una convivencia pública adulterina.

Un ermitaño