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¿En qué bodrio hemos convertido las primeras comuniones?

Así describe Santa Teresita del niño Jesús su primera comunión: “Dulce fue el primer beso de Jesús en mi alma. Beso de amor: me sentía amada por Jesús”.Y a continuación les ofreceremos un pequeño testimonio que nos envía y lector sobre una primera comunión a la que ha asistido. Y que conste: es un relato REAL, no hay ficción alguna. Real y, por desgracia, bastante habitual.

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Sr. Director, quería enviarle unas breves líneas como carta al director simplemente para compartir mi experiencia en varias primeras comuniones que he tenido que asistir este mes de mayo en la diócesis de Sevilla, pero lo que voy a contar pienso -por lo que hablo con personas de otros sitios- es fácilmente extensible a todas partes. Créame si le digo que mi pobre pluma no es capaz de describir adecuadamente la sensación de desolación con que uno sale de allí.

Entro en la Iglesia donde el silencio brilla por su ausencia. Un barullo enorme hace que no parezca un recinto sagrado sino un local donde se va a celebrar una obra de teatro infantil. Hay hasta carteles que anuncian “esto es una fiesta”. Aún no ha comenzado la Misa y no hay sensación alguna de sacramentalidad ni en el recinto ni en el comportamiento general de la mayoría (catequistas, padres, niños, invitados….).

Los niños que van a hacer la primera comunión son ubicados en el presbiterio, alrededor de la mesa de Altar, como primer abuso litúrgico, esto parece ser hoy una práctica generalizada. El coro de guitarras emite canciones de contenido festivo y a la vez ensordecedor, que para nada conduce a la devoción. Comienza la Misa y el guión de la misma parece estar marcado por una cantidad elevada de personas que suben y bajan al ambón de la Palabra a leer moniciones, avisos, y hasta una felicitación de cumpleaños de un catequista.

Sin duda alguna que la actualización del sacrificio de Cristo en la Cruz por nuestros pecados brilla por su absoluta ausencia. En la homilía no se hace ninguna alusión a la Eucaristía, a la necesidad de confesarse para comulgar, al mandato de ir a Misa todos los domingos, a la vida de piedad….sino solo alusiones al comportamiento de los niños en el colegio para construir buenas relaciones humanas, a la paz, el paro y la felicidad de una forma bastante mundana.

Cuando llega la consagración nadie se arrodilla, a excepción del que escribe, pues tampoco se avisa desde el Altar que hay que hacerlo. La ausencia de fervor es completa. Al llegar la paz la algarabía es impresionante, y los niños bajan del presbiterio a dar flores a sus padres. Cuando llega la comunión, los niños la reciben de pié y en la mano por orden directa del sacerdote. El coro impide todo recogimiento o acción de gracias, y la sensación de ausencia total de fe en la Eucaristía es tremenda. La inmensa mayoría de los asistentes va a comulgar cuando la inmensa mayoría no va a Misa los domingos ni confiesa. El sacrilegio masivo se vive con total naturalidad.

Al terminar la Misa estalla de nuevo la algarabía general mientras el Santísimo es trasladado a una capilla lateral donde nadie le echa cuenta alguna. El cura dice unas palabras de felicitación a todos los asistentes por el magnífico comportamiento. Y la fiesta se acaba. Tras la Misa llegan ecos de las celebraciones con cada niño. Con montones de juguetes y regalos, ausencia casi total de objetos de devoción (rosario, misalito…) y dispendios más propios de una boda que de una primera (y última) comunión.

Una vez que se sale de la Iglesia durante el convite ya no vuelve a oírse hablar de Jesús, misa o nada sagrado, podría entrar una duda más que razonable sobre si se está asistiendo a la celebración de una primera comunión o es una puesta de largo o un mega cumpleaños.

En el fondo me da siempre la impresión en estas celebraciones que tienen un punto de surrealismo incoherente y que casi todos lo perciben de alguna forma, pero nadie quiere decir nada:

  • por un lado el sacerdote que trata de mundanizar la ceremonia pensando así retendrá a los mundanos, sin darse cuenta que fuera lo encuentran más y mejor.  Desde luego si analizamos la ceremonia desde un punto de vista puramente mundano, el “espectáculo” es para darle un cero. Una música de cantautor barato de los 70 absolutamente desfasada y que no gusta ni a pequeños ni a mayores. Una forma de tratar a los niños y adultos como auténticos memos que por momentos recuerda al famoso circo de los payasos cuando salían a decirnos de niños “¿Cómo están usteeeeeedes?”… normal que el niño a poco que crezca no quiera ni oler la iglesia porque el recuerdo que tiene es de algo infantil y por otro lado de pésimo gusto en relación al “fenomenal” espectáculo mundano que encuentra fuera, y con el que cura no puede ni podrá competir jamás.
  • por otro lado los padres, que son conscientes de lo absurdo que es llevar a su hijo a hacer una primera comunión con ánimo de que sea la última, y celebrar algo en lo que no creen gastándose un auténtico dineral.
  • por otro lado los propios asistentes que conocen que los padres no son practicantes, y a menos que se renuncie al raciocinio es legítimo preguntarse ¿por qué esta gente que no van nunca a misa, que no van a llevar a su hijo más a misa celebran esto? ¿sería lógico apuntar a tu hijo a un colegio, dar una fiesta por su admisión, teniendo la intención de no llevarlo ni un sólo día a clase?
  • Añadir para culmen del surrealismo, que las primeras comuniones que se celebran en sábado, directamente tanto en los padres como en el niño no hay el menor atisbo de ir a Misa al domingo siguiente. Si se les pregunta hasta se extrañan, y la catequesis es tan triste y pésima que le niño ni siquiera tiene claro tener esa obligación.

Nadie quiere hacer ni decir nada, pero todo está flotando en el ambiente, porque todo lo que allí se vive no es normal. Este año tras verme forzado a ir varias primeras -y últimas- comuniones- puedo decir con total seguridad que nada de lo que se vive allí, ni por el cura, ni por la ceremonia, no por los asistentes, puede ser en modo alguna la verdadera Iglesia católica, diría sin equivocarme que muchos protestantes tienen más devoción y respeto que lo que se vive en la mayoría de primeras comuniones. Sí ya se que hay excepciones, pero creo que son tan minúsculas que en un estudio estadístico ni siquiera serían contabilizadas. 

Me pregunto si toda esta gente que utiliza nuestras iglesias, y al Santísimo Sacramento, como objeto de mercancía para montar a sus hijos una fiestecita, tendrían valor para hacerlo en una mezquita si resulta que les gustara más las ceremonias que allí hacen. Tengo serias dudas.

Sólo relato los hechos como son. Y quien se “rebele” contra los hechos es un necio (lo dice el sabio refranero popular). Será Dios Nuestro Señor quien pida cuentas a los que impulsan y toleran estos hechos.  Se que habrá quien me diga que porque no denuncio esto al obispado en vez de enviarlo aquí. A esos les digo que le he realizado en infinidad de veces, hasta que decidí dejar de hacerlo por la absoluta esterilidad de la denuncia, a la cual el obispo siempre respondía que “no podía hacer nada” o que “tomaba nota”… la cual nunca se plasmaba en nada concreto. Parece que el obispado solo desempolva el disfraz de inquisidor para mantener al padre Santiago González castigado desde hace ya más de dos años sin escribir y ni siquiera poder publicar una homilía, como si fuera lo más putrefacto que existe.

Personalmente si yo fuera obispo no podría conciliar el sueño pensando que Jesús me llamara esa noche y me pidiera responsabilidades por mi inacción, complicidad y silencio ante este auténtico holocausto eucarístico sacrílego que vivimos.

Federico Morán. Sevilla




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