THE REMNANT

El Boom: la dubia de los cardenales y el cisma en el Vaticano

Hilary White
Escrito por Hilary White

¡Bueno, pero qué semana tan emocionante hemos tenido! El mundo bloguero católico está que arde con el asunto de la dubia de los cuatro cardenales y la falta de una respuesta por parte del Papa. Me ha llevado la mayor parte de la semana completar este artículo ya que los acontecimientos se suceden con tanta rapidez que apenas me puedo mantener al día. Me parece  que nos encontramos ahora en un momento de calma.

Se cree que Francisco ha rehusado reunirse con los cardenales durante el consistorio de este fin de semana para evitar encarar de manera personal una situación en la cual sería imposible evitar contestar a la pregunta de si es o no católico. Un Papa escondiéndose de sus propios cardenales para evitar que se le obligue a confrontar su herejía —perdón, sus «errores»—, eso es algo que no estoy segura si la Iglesia habrá contemplado alguna vez en su larga y sorprendente historia.

Y ahora, después de las dos entrevistas  del cardenal Burke la semana pasada confirmando sus intenciones, la pregunta en los labios de todo el mundo es: ¿Qué ocurrirá ahora? Es así que la estupenda telenovela del pontificado bergogliano cierra la semana en otro punto de máximo suspenso.

Las interpelaciones de los cardenales no son algo que se puede tomar a la ligera. En pocas palabras, de manera implícita se le está preguntando al Papa si es que la Iglesia aún enseña que existe tal cosa como la realidad moral objetiva; si es posible confiar en las sagradas escrituras como guía moral; si la Iglesia ha estado equivocada durante los últimos dos mil años y si Dios miente. ¿Existe aún la fe católica, o somos todos una sarta de ingenuos? Y, quizá lo más apremiante ¿está usted, su Santidad, aún interesado en continuar siendo el Papa de la única santa Iglesia católica apostólica?

No sé de nadie que no se esté planteando de manera privada o sugiriendo públicamente que este es el «principio del fin» del pontificado bergogliano, pero como todos sabemos de sobra este precipicio ha sido su único derrotero. Y ahora, después de medio lustro de nuestra guerra intestina fría y silenciosa, el precipicio se encuentra ya a la vista. No importa con cuanta cortesía se planteen las preguntas o se hagan las entrevistas, lo cierto es que las alternativas ante el Papa son simples: retractarse o ser depuesto. Las preguntas, a pesar de lo que él  parece creer, no pueden ser soslayadas. ¿Se adhiere el Papa a la religión católica? ¿Intenta subvertirla e implantar en su lugar algo de su propio ideario y del de sus gestores? Permanecer en silencio no es una opción.

El propio cardenal Burke ha dado un indicio de cuáles serían los pasos próximos imprescindibles, en una declaración a Edward Pentin afirmó que: «Existe dentro de la tradición de la Iglesia la práctica de la corrección al pontífice romano.  Claro que esto es algo sumamente inusual; sin embargo, si no hay respuesta a estas preguntas yo diría que, en ese caso, sería oportuno un acto formal de corrección de un error grave».

Esto es por  lo demás decir que ninguno de los cardenales ha discutido públicamente la destitución, mas una búsqueda en Google revela que existe un creciente cuerpo de información histórica, teológica y canónica que se ha hecho disponible, y mucha de ella es reciente, acerca de deponer a un Papa por herejía. Por el momento, sin embargo,  somos todos una  familia grande y feliz simplemente dialogando y solicitando cortésmente una «clarificación» de «errores». Así mismo, únicamente podemos augurar quiénes y cuántos en el episcopado lo apoyan; aunque se podrían hacer conjeturas bien fundadas.  Thomas Gullickson, el arzobispo estadounidense, canonista y nuncio en Suecia y Liechtenstein, por ejemplo, ha publicado en su página de Facebook una nota diciendo: «El Padre ha hecho un excelente trabajo en este artículo». Esto fue acerca del ya famoso artículo de 2014, para The Remnant, de Robert Siscoe intitulado ¿Puede la Iglesia deponer a un Papa hereje? Todo esto es, a mi ver, una señal, donde las haya.

Aún hay mucho trecho que recorrer. Un «error», incluso un error grave, no es lo mismo que la herejía, y menos aún que la herejía «pertinaz formal». Mas, Rorate Caeli y otros están en lo cierto cuando afirman que es asombroso y casi sin precedente que obispos o cardenales se vean obligados a demandar que el Papa asevere, en efecto, que no está actuando deliberadamente para subvertir la fe católica.

Después de las excentricidades de este fin de semana, esa pista que nos ha dado el cardenal Burke de lo que se verán obligados a hacer de no recibir respuesta del Papa merece ser sopesada con mayor seriedad.

Cualquiera que sea el resultado que se espera a largo plazo, cada paso se debe tomar con extremo cuidado. Demostrar la herejía formal —especialmente la de un Papa— es un asunto sumamente delicado; y para garantizar que la historia juzgue que actuaron conforme a la verdad estos prelados no se pueden dar el lujo de cometer ni un solo error. Esto, por lo tanto, no es algo que se pueda resolver en cuestión de semanas. Y dado que los cardenales han hecho pública su intervención —manifestando que fue a causa de que el Papa rehusó a responder— eso significa que nuestros temores de que no se estaba haciendo nada resultaron infundados, ¡bendito sea Dios!

Lo que ocurrirá en adelante es realmente la pregunta del momento, y esta se hace aún más patente dado lo que sabemos de la determinación de este hombre de implementar su agenda. Hemos presenciado durante este crucial fin de semana que Francisco Bergoglio no tiene la más mínima intención de alterar su curso. Continúa ateniéndose a su plantilla habitual, dando respuestas oblicuas y de manera extraoficial, en una entrevista más y su plática al consistorio, empleando ambigüedades e insultos punzantes y asumiendo el papel de la víctima. Sus portavoces predilectos han ido al extremo de insultar y ridiculizar abiertamente a los cardenales y a su misiva. Si yo me encontrara entre estos últimos mi respuesta sería simple: «Qué así sea entonces. Ustedes mismos han provocado este dilema».

Lo que ocurrirá a continuación, por lo tanto, no es difícil de discernir ya que el proceso seguirá los dictados de una realidad que continuará avanzando de acuerdo con el impulso de su propia lógica. Es comparable al hundimiento del Titanic, la nave avanzaba a cierta velocidad siguiendo un curso específico aquella noche aunado a un juego de restricciones dictadas por la física y las matemáticas. Avanzaba a una velocidad específica, pesaba cierto número de toneladas, tenía una longitud particular, el timón tenía un tamaño predeterminado que excluía otros diseños, su radio de viraje era de una amplitud exacta, contaba solamente con un tiempo limitado entre el momento de avistar el témpano y alterar su curso.  En resumen, para cuando avistaron el témpano ya era demasiado tarde; los números son los números y no se pueden alterar.

Hemos llegado al punto en el que las decisiones ya han sido tomadas y todos actos se han consumado, la Iglesia es ya simplemente un proyectil sujeto a las exigencias inexorables de la lógica y la realidad, tal y como el Titanic estaba sujeto a las leyes de la física. Se han escogido ya bandos, las líneas de combate han quedado trazadas y las primeras escaramuzas han tenido lugar con los favoritos de Francisco atacando abiertamente a los obispos que defienden la auténtica fe católica. A partir de esta semana la pequeña guerra civil fría de la Iglesia católica, que ha estado aconteciendo desde 1965, ha aflorado en algo más visible y sanguinario.

Mas, como ya es costumbre en este pontificado, su aspecto positivo es la claridad que nos brinda. Francisco Bergoglio pasará a la historia como El Gran Clarificador sin importar qué le responda y qué no le responda al cardenal Burke. A pesar de que la carta está dirigida al Papa la Dubia de los cardenales en realidad es para la Iglesia entera, desde el Papa hasta los ocupantes de los bancos deben creer y profesar el mismo evangelio. Esto significa que las preguntas también están dirigidas  a todos los  obispos y, amén de la forma que tome la respuesta del Papa, ellos también deberán tomar la misma decisión a favor o en contra de Cristo. Si el único logro llega a ser ese, cuando menos de aquí en adelante  será  sumamente  fácil determinar quién es y quién no es un obispo católico. De la misma manera en que la intención de Amoris Laetitia es ser un tornasol para verificar adhesión al Nuevo Paradigma, la dubia de los cardenales presta el mismo servicio  en favor de Cristo.

Si todos los factores se mantienen estables —o sea, si Francisco no se arrepiente y los cardenales no se amedrentan— lo que ocurrirá, lo que tiene que ocurrir, es lo siguiente:

—Bergoglio continuará sin responder permitiendo que sus agentes hablen por él cómo hasta hoy. Continuará llamando «enemigos» y «detractores» a todo aquel que intente obligarlo a cumplir con su obligación.

—Los cardenales, tras una pausa, durante la que quizá podrían emitir una nueva advertencia, se verán obligados a cumplir con su deber y denunciar su herejía por el bien de la Iglesia y la salvación de las almas. Esto debe ocurrir aunque la única razón sea que los fieles están siendo conducidos por este Papa al precipicio del pecado mortal.

—Después de la denuncia formal, por lo tanto, el episcopado, el clero y el laicado quedarán divididos en dos grupos. La parte católica será muy pequeña y, a los ojos del mundo, débil, impotente e insensata. La verdad de la fe será su única arma y escudo.

— El bando opuesto contará con todas las instituciones materiales de la Iglesia, todos sus recursos monetarios, los beneficios psicológicos del patrimonio material de sus templos, escuelas, universidades, hospitales, etc., además del poder político resultante del reconocimiento y el apoyo  del mundo secular y de todos aquellos que continúan haciéndose llamar, católicos.

— Bergoglio demandará la aquiescencia de todos los católicos por medio de sus amenazas e insultos habituales. Otorgará poderes a sus  allegados a nivel nacional para  castigar a sacerdotes, seminaristas, maestros, profesores universitarios, et alii, si no se suman al Nuevo Paradigma.

— Este alejamiento posiblemente sólo podrá  ser sanado a través de lo que los canonistas llaman una «sentencia declarativa» estipulando que Bergoglio es un hereje formal obstinado o pertinaz y que es a causa de sus propios actos por lo que pierde el oficio del papado.

— El deber de los cardenales quedará claro: la Iglesia católica no puede funcionar sin un Papa y se verán obligados a convocar un cónclave.

¿Qué forma tomarán las cosas una vez que se haya realizado el cisma? Su aspecto podría elucidarse extrapolando la situación actual. La inmensa mayoría del mundo católico, laico o clerical, no tiene problema alguno aceptando el Nuevo Paradigma o los nuevos conceptos de dualidad del Vaticano. La Iglesia verdadera seguirá consistiendo de creyentes, como siempre ha sido, mas ya no habrá edificios. La realidad, a los ojos de Dios, será que el cuerpo mayor consiste de lo que podríamos llamar la secta bergogliana. Poseerán toda apariencia de legitimidad y serán respetados, o cuando menos aceptados, por el mundo quien considerará al grupo más pequeño de objetores como necios y «detractores».

La inevitabilidad de este resultado —salvo una intervención milagrosa, conversiones o la Parusía— se hizo patente a todos aquellos que conocen la fe desde aquel día en que Walter Kasper dio su plática al consistorio en febrero de 2014. Este renombrado hereje trazó el curso  que esta camarilla de la «Sankt Gallen Mafia», de la cual Bergoglio es un mero instrumento, ha seguido desde entonces y de la cual ninguno de sus miembros se ha apartado en absoluto.  El P. Brian Harrison fue quizá el primero  en describir los acontecimientos con claridad; en una carta a Robert Moynihan el P. Harrison advierte de

«…la inmensidad del peligro que se cierne y que promete perforar, penetrar y hendir en dos la Barca de Pedro, que aún hoy se agita pavorosamente en un mar helado y turbulento.

La pasmosa magnitud de la crisis doctrinal y pastoral oculta tras la palabrería cortes de la disputa entre eruditos prelados alemanes escasamente se puede exagerar. Lo que está aquí en juego es la fidelidad a las enseñanzas de Jesucristo que directa y profundamente afectan las vidas de cientos de millones de católicos: la indisolubilidad del matrimonio».

El P. Harrison logró hacer está predicción no en virtud de un poder sobrenatural de clarividencia sino simplemente aplicando su intelecto a la realidad objetiva. La naturaleza de la realidad dicta que todo acto tiene consecuencias lógicas inevitables. El hecho es simplemente que ciertos individuos quieren dejar atrás a Cristo y que nosotros no los podemos seguir porque amamos a Cristo y no nos separaremos de Él.

Ahora, es necesario reconocer que Francisco Bergoglio cuenta con varias opciones  y que es posible que las cosas no lleguen hasta consecuencias extremas. Posiblemente estará renuente a encarar una sentencia de herejía; es difícil determinar con certeza, especialmente con la magnitud de lo que está en juego, lo que algún hombre haría. Podría ceder. Es también posible que en un momento dado accediese a afirmar la fe católica, al menos públicamente.

Supongo que los cardenales le ofrecerán la oportunidad de permanecer inactivo y en silencio; esta opción, por si sola, sería un bálsamo bendito.  De esa manera podrían los cardenales asumir de facto el control administrativo de la Iglesia y corregir sus «errores». Esto cuando menos daría fin a la menor de las crisis: la bergogliana. La revolución quedaría, en ese caso, cuando menos marcando el paso hasta que la conspiración encontrara una vía nueva, quizá con otro Papa. Esto, por supuesto, haría más difícil la labor de corregir el problema principal del que Bergoglio es simplemente el símbolo más amenazante.

Otra posibilidad es que cumpla con la amenaza que hizo en el curso de su último ataque apopléjico de cólera durante el sínodo pasado. En esa ocasión trece cardenales solicitaron con amabilidad que por favor cumpliera con su promesa de un proceso sinodal transparente y abierto; se dice que explotó en una rabieta gritando que los «echaría a todos fuera». De ser ese el caso, los cuatro cardenales serían destituidos del Colegio y el mundo entero comprendería claramente que Bergoglio no se retractará y de que nuestras peores aprensiones acerca de sus intenciones son ciertas. Al llegar a ese punto le quedaría a cada cual decidir si es este el hombre que desea seguir.

Sin embargo, todo esto, si acaso ocurre efectivamente, pertenece a un futuro próximo; debemos esperar a ver si es que Jorge Bergoglio tiene o no las agallas para llevar a puerto el plan de los revolucionarios. Personalmente, yo apuesto a que si las tiene. Narcisistas de su calibre pocas veces se retractan, incluso por móviles estratégicos. Por el momento, sin embargo, tendremos que sufrir su malicia y su atrevimiento al rechazar responder a la dubia y continuar sus ataques a través de sus allegados.

Nos ha traído hasta el borde mismo del precipicio con una campaña, meticulosamente orquestada, de insinuaciones y ambigüedades, de avances y retrocesos, de declaraciones que apenas eluden la herejía denunciable, de ofuscaciones, de deflexiones y mentiras patentes. Sus peores atrocidades —particularmente sus blasfemias— han sido introducidas «extraoficialmente» en comentarios hechos «de improviso» en homilías, pláticas a algún auditorio o en sus famosas entrevistas, siempre matizadas con un guiño y un codazo. Continúa, hasta ayer mismo, practicando su comprobada estrategia de permitir a sus subalternos colegir las conclusiones pertinentes de sus ambigüedades, como si fuesen un grupo de sacerdotes interpretando el oráculo de Delfos.

Esto, por supuesto, también indica que el balón se encuentra otra vez en manos de los cuatro cardenales, al resto de nosotros no nos queda más que meter otra tanda de palomitas de maíz en el horno de microondas. Preparen los rosarios señoras y señores que esto va para largo.

Hillary White

(Traducción de Enrique Treviño. Artículo original)