Breve fenomenología del Sínodo

Retiremos del término “fenomenología” su contenido ideológico y usémoslo para designar una simple descripción del fenómeno sociológico y psicológico del Sínodo y entenderemos sus razones. No se nos oculta que tras él bullen cuestiones más profundas y sólo se explican si somos capaces de ver lo que probablemente muy pocos de los protagonistas pueden considerar, y es que de fondo se libra una batalla entre ángeles y demonios, entre santos y pérfidos.

Pero sería un grave error considerar que los hombres que encarnan la jornada son algo más profundo que el resultado de una vertiginosa decadencia intelectual y moral que se produjo en la curia, como inevitable efecto de la cancelación de la Doctrina Católica en el Concilio Vaticano II. Suplida al principio por el cultivo de una pseudo filosofía y teología que pretendían una falseada erudición, pero que ya anunciaba su bajeza (como vimos hace poco con Louis Bouyer y su supuesta teología escondiendo su verdadero trasfondo de resentimiento homosexual). Que la condición a la que han sido arrojados estos hombrecitos es la del clérigo que ha perdido la fe, lo que los deja en un ridículo insalvable y los inserta en una vulgaridad de autoayuda (toda liturgia sin fe, es una mascarada de tartufos o un baile de disfraces).

Al abandonar el cultivo de la inteligencia bajo el influjo de la fe,  de la gracia que la dirige al fin del encuentro con Dios, conscientes de que la existencia terrena es una vía dolorosa de expiación de nuestras culpas y traiciones, en la que la más terrible catástrofe es el pecado y no el cambio climático…,  la inteligencia deja de iluminar y se vuelve una sucia astucia para justificar el descenso de las miras;  primero a un corazón pusilánime embarrado en el romanticismo germano, pero rápidamente la ley de gravedad hace su efecto y las baja al nivel de las tripas y los gregüescos.

Dijimos en anterior análisis que el Sínodo sería la revolución sexual en la Iglesia y lo seguimos sosteniendo. Por efecto de que la “sinodalidad” impuesta como estructura,  metodología y fuente de revelación en el sentido de un sensus fidei democratizado, termina, lo quiera o no, buceando en la inmanencia más ramplona – la del vientre –  siendo poco más que psicoanálisis freudiano. Es esencialmente la cancelación de toda idea de Magisterio ( que ya anunciaba el Concilio con un disfraz más erudito) que  no tenga su origen en alguna inquietud emocional de la masa, de una masa desilusionada de las utopías de la modernidad y ahora ganada por el terror en las distopías posmodernas que se hacen evidentes desde las dos guerras y que producen el descorazonamiento de toda épica, junto a la desconfianza contra toda “doctrina”, para quedar el hombre reducido al consuelo de un placer onanista que se hace revolución en el Mayo del 68 Francés.  Nietzsche con su Zaratustra,  Aldous Huxley  con su Mundo Feliz y sobre todo Houellebecq con Las Partículas Elementales,  muestran descarnados el fondo de lúbrico vacío en que queda el hombre posmoderno con su ideal sanitario y ecológico.

Por supuesto  que no se libraron de la peste los sacerdotes, ya en el 36 Bernanos daba cuenta de la crisis con su Diario de un Cura Rural y las dos guerras reducían el clero europeo en una sangría que, lejos de anunciar la fertilidad del martirio como se supuso, provocó  un despoblamiento de los seminarios que ya nunca se pudo volver a revertir. El sacerdocio y su celibato se presentaba desolador para un mundo que casi tenía este único consuelo, el placer sexual. El descrédito social hacía que los mejores hombres huyeran del sacerdocio (como ocurrió un poco más tarde con las mal pagas cátedras universitarias de las que huyeron los hombres, siendo estas instituciones femeninas, sazonadas con algunos maricas) y de los pocos que concurrían, muchos lo hacían huyendo de ciertas sociopatías que sufrían: baldados, homosexuales y rezagados sociales. En los 80 mi hermano, ya ingeniero ingresó al más conservador de los seminarios diocesanos de Argentina y le tocó concurrir a una celebración litúrgica con Juan Pablo II y todos los seminaristas del país en la Catedral de Buenos Aires, que chillaban de entusiasmo. El 80 por ciento eran evidentemente homosexuales.    

El planteo conciliar y su acercamiento al mundo deshizo lo poco que quedaba. Los hermanos consagrados de mi infancia, Maristas y Salesianos, en poco tiempo estaban casados, al igual que las Monjas (muchas veces con las monjas)  y todos se habían ido de los colegios católicos que quedaban en manos profesionalizadas. Ya un poco más tarde, en los setenta, las ideas de izquierda no sólo levantaron el ánimo de algunos sacerdotes que descubrían un destino – menos anodino que el convento sin Dios – en la revolución marxista, y algunos tomaban tipos de machos alfas, compartiendo con las feligresas no sólo la militancia sino algunas siestas.

El catolicismo tenía que arreglárselas con muy pocos curas y de esos pocos, muy pocos célibes y muchos con evidentes inclinaciones homosexuales que estallarían en los escándalos de pederastia.

El Concilio jugaba con la idea del Sacerdocio de los Laicos para suplir este faltante y reconociendo en estos un mejor equilibrio emocional al tener una sexualidad normal, pero pronto la idea mostró su inconveniencia con el experimento Opus Dei. Había que acostumbrarse a un cura cada cinco mil o cada diez mil fieles. En mi provincia es hoy uno cada 33.000.- Francisco no hace mucho que declaraba la total emergencia: “en breve, no habrá casi curas”.

Y todo esto es por …. EL CELIBATO.-

Nosotros sabemos que esto es sólo el fenómeno, lo visible. Sabemos también que cuando hemos llegado a esto, es porque la decadencia es enorme y han corrido mares de tinta por gentes muy preparadas e inteligentes para dar cuenta de esta caída de un hombre que era un Alter Christus y pasó a ser un tipo con picazón en las entrepiernas y con un sentimiento de inferioridad frente a otros protagonistas sociales, bastantes conscientes de que son productos de sociopatías o “discriminaciones” sociales. Pero el Sínodo ve el “fenómeno” y siente la necesidad de atender la picazón. El resto, ese viejo cura,  está perdido muy lejos en una historia que habla con Freud de antiguas sublimaciones ya  innecesarias con la salida del placar, con el sinceramiento del amor humano. El andrógino de Bouyer se presenta en sociedad.

La fuga de lo viril hace necesario y urgente el ingreso de las mujeres. El tremendo desconsuelo de una vida distópica sin el tibio refugio de la carne, pide a gritos el ingreso de lo sexual en la vida de los curas. Las excusas de darle al cura una pátina de “defensor de la casa del hombre”, de héroe ecológico, de influencer virtual y figura de las redes, de promotor de las agendas mundialistas , o de lo que corno sea, no suple la soledad del corazón cuando un alma ha dejado de estar en presencia de Cristo y se dirige solo a su habitación. Humano muy humano.

Lo que el sensus fidei modernista está pidiendo a gritos en el Sínodo es descompresión sexual para la curia o la curia desaparece, pero no puede ser dicho con franqueza, tiene que “surgir” de una “escucha”, una escucha de algo que grita a viva a voz en cada parroquia.

La salida de una Iglesia llevada por laicos es un despropósito, una contradicción, un debilitamiento fatal de la institución, en lo moral y en lo económico; Francisco, que no es tonto, se lo ha dicho al Opus de maneras directas y con medidas efectivas. En muchas diócesis se ha castigado con fiereza a las feligresías de tipo “línea media” que organizan sus vidas piadosas con la prescindencia del Cura en lo que a Magisterio o Liderazgo corresponde, feligresías que “no están en comunión con sus Obispos y curas”, a los que han reducido a  “dispensers” de sacramentos, como si los sacramentos no fueran esencialmente signos de comunión (en esto no se equivocan los malos). Y el efecto es demoledor de la energía de la diócesis.

Sin sacerdotes, sin curia, la Iglesia desaparece como desaparece una sociedad que se esteriliza. El modernismo intentará la creación de un nuevo género de sacerdocio para salvar su orga, con mujeres, con casados y con homosexuales, pero debe haber una curia con lo que se consiga en las periferias. El intento de una Iglesia sin sacerdocio, una legión de laicos, pronto se hace logia, se hace secta, se encapsula, se protege, se refuerza, se saca de encima el lastre. Es la mentalidad del laico en todas sus empresas. Fue una experiencia agotada y descartada.  En estos coincidimos.

El verdadero tradicionalismo pondrá todas sus fuerzas en restaurar el viejo Sacerdocio Católico y producirá fermentos de Iglesia, pucillus grex. El modernismo, por su parte, intentará un sacerdocio humanizado, des-sobrenaturalizado y hasta contranaturalizado. Ángeles y demonios, como dijimos. Pero a la salida laica, y a aquellos que no se atreven a la audacia de hacer sacerdotes, les queda poca soga, les queda una rápida extinción.

Dardo Juan Calderón
Dardo Juan Calderón
DARDO JUAN CALDERÓN, es abogado en ejercicio del foro en la Provincia de Mendoza, Argentina, donde nació en el año 1958. Titulado de la Universidad de Mendoza y padre de numerosa familia, alterna el ejercicio de la profesión con una profusa producción de artículos en medios gráficos y electrónicos de aquel país, de estilo polémico y crítico, adhiriendo al pensamiento Tradicional Católico.

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