ADELANTE LA FE

Un Canónigo penitenciario habla a fondo de la Confesión

Es de vital importancia en nuestra vida cristiana confesarnos con frecuencia y confesarnos bien para corregir aquellas faltas en las que más recaemos, ir puliendo nuestros defectos dominantes y crecer en santidad. La mejor manera de asegurar nuestra salvación es estar siempre en gracia de Dios y si por desgracia caemos acudir inmediatamente al sacramento de la Penitencia.

El P. José Juan Hernández Déniz es licenciado en Teología dogmática por la Universidad Pontificia de Comillas. Desde septiembre del año pasado el Arzobispo de Oviedo le nombra Canónigo del Real Sitio y Colegiata de Covadonga donde ejerce el ministerio actualmente acogiendo a los peregrinos y atendiendo a cuantos pasan por este lugar de gracias. Es el canónigo penitenciario del Real Sitio. En esta entrevista nos explica a fondo la importancia del sacramento de la Penitencia en la vida cristiana, así como el riquísimo simbolismo del Santuario de Covadonga en Asturias, España.

Háblenos de la figura del Canónigo penitenciario y sus atribuciones. 

La figura del penitenciario es muy antigua. Algunos la remontan a los tiempos del Papa Cornelio, en el año 251. Otros opinan que se estableció en Roma bajo el pontificado de Benedicto II, en el año 684. Lo cierto es que, en el Concilio de Letrán, Inocencio III manda que haya un penitenciario. El canon 508 del actual Código de Derecho Canónigo se define: “el canónigo penitenciario, tanto de la iglesia catedral como de colegiata, tiene en virtud de su oficio la facultad ordinaria de absolver en el fuero sacramental de las censuras latae sententiae no declaradas, ni reservadas a la Santa Sede, incluso respecto de quienes se encuentren en la diócesis sin pertenecer a ella y respecto de los diocesanos aun fuera del territorio de la misma”.

El penitenciario tiene la facultad de perdonar pecados que llevan implícitos la pena de excomunión, como los casos de apostasía (c 1364), el aborto (c 1398), la captación y divulgación conseguida por medios técnicos de lo que dice un penitente durante su confesión (c 1988); la violencia física contra un obispo (c 1370); el clérigo que atenta contra el matrimonio (c 1394), o un religioso con voto solemne que atenta contra el matrimonio (c 1390). Y por supuesto no olvidemos que cualquier sacerdote puede perdonar todo pecado cuando la persona está en peligro de muerte.

El penitenciario puede absolver todos los pecados, menos los reservados a la Santa Sede por su especial gravedad, que son: profanación de las sagradas especies (c1367), violación física contra la persona del Romano Pontífice (c1370), la ordenación de obispos sin mandatos apostólicos (c1382), atentado de ordenación sacerdotal a una mujer (según decreto general del 19-12-2007), violación del sigilo sacramental (c388) y la absolución del cómplice en pecado torpe, es decir, si un sacerdote en confesión solicita una relación con una mujer o un hombre (c 1378).

Sólo hay un pecado que la Iglesia no puede perdonar, es el pecado contra el Espíritu Santo: cuando una persona rechaza la misericordia y el amor de Dios. Conclusión: Demos gracias a Dios por su inmensa y eterna misericordia.

¿Qué importancia tiene el sacramento de la Penitencia en la vida cristiana?

Hay algo muy evidente: todos somos pecadores. Menos nuestro Señor Jesucristo y la Virgen Inmaculada el resto experimentamos el pecado en nuestra vida, que rompe la relación con Dios nuestro Padre, que rompe la relación con los hermanos y que incluso destruye en nosotros el plan de Dios. Pero Dios no nos abandona a nuestra suerte, sino que tiende su mano y nos concede el regalo de la misericordia.

La Penitencia es el sacramento de la libertad recuperada, el sacramento del perdón, de la alegría del reencuentro con el Padre Dios y con los hermanos, el sacramento de la misericordia de Dios que nos capacita para empezar de nuevo con un corazón renovado y limpio. Por la gracia de la Penitencia se destruyen los efectos del pecado y el pecador recupera la amistad con Dios, queda rehabilitado en su dignidad, reconoce el valor de la Redención de Nuestro Señor Jesucristo, que murió y resucitó por nuestros pecados, que “me amó y se entregó por mi”. Y también por la penitencia el cristiano retorna a la comunión viva con la Iglesia.

Claro que para que haya auténtica conversión se requiere por parte del penitente el examen de conciencia bien preparado, auténtico dolor de los pecados, compromiso real y eficiente de combatir el mal o sea propósito de enmienda, aceptar la pena, decir los pecados al confesor sin ocultaciones ni justificaciones y cumplir la penitencia.

Por parte de Dios no va a quedar. Él nos da su gracia, se trata de que nosotros rememos a favor de esa gracia y actuemos en consecuencia. Por tanto, la importancia del sacramento de la penitencia es crucial, es fundamental para vivir una buena y recta vida cristiana gozando del amor de Dios y su misericordia que nunca nos faltará.

¿Se ha perdido el sentido del pecado en la sociedad?

Es evidente que sí, se ha perdido el sentido del pecado. El criterio moral rectamente formado se considera trasnochado. El bien y el mal conviven al criterio de la dependencia del momento. El ateísmo, el materialismo y la famosa ideología de género han hecho un daño terrible en las conciencias. Dios no cuenta, no se le admite, el rechazo de Dios y todo lo que conlleva hace que el sentido del bien y del mal sea un criterio íntimo, personal donde la persona decide en cada momento que es bueno y que no y decide si lo acepta o lo excluye, para sí o para los demás. Tan malo es ver pecado en todo como la exageración de no verlo en ninguna parte. El buenismo campa ampliamente. Cuando se pierde el sentido de Dios también el sentido del hombre queda amenazado y contaminado. La criatura sin el Creador desaparece.

Nunca como hoy el hombre sufre de soledades. Nunca como hoy las mayores aberraciones contra el ser humano son justificadas. Una vez excluida la referencia de Dios no sorprende que el sentido de todas las cosas resulte profundamente deformado. En realidad, viviendo como si Dios no existiera el hombre pierde no sólo el misterio de Dios sino también el del mundo y el de su propio ser. Hay un pansexualismo y hedonismo que todo lo invade. Por no hablar de la llamada cultura de la muerte.

“Si decimos que estamos sin pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros” (1Jn 1,8). Y el mismo añade más adelante: “si nuestro corazón nos reprocha algo, Dios es más grande que nuestro corazón” (1Jn 3, 20). El verdadero sentido del pecado y el sano remordimiento deberían llevarnos a aquella suplica de David en el famoso salmo miserere, 50: “pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado”. Para escuchar de labios de Dios estas otras palabras: “Así fueren vuestros pecados como la grana, cual la nieve blanquearán. Y si fueren rojos como el carmesí cual lana blanca quedarán” (Is 1, 18).

Hoy en día hay largas filas para comulgar y escasas filas para confesar….

Cierto, también aquí lo constatamos. Incluso aquí se nos da otra circunstancia realmente alarmante: personas que entran en la iglesia en plena celebración de la Santa Misa, a veces al “Cordero de Dios” y les vemos ponerse en la fila a comulgar y recibido al Señor al minuto les vemos marchar por la puerta. Incluso utilizan en acercarse a la comunión como medio para fotografiar el presbiterio y sin ninguna preparación ni participación adecuada en la Santa Misa.

Es verdad que de lo interno ni la Iglesia juzga, pero deja mucho de desear este tipo de comportamientos, personas a las que nunca vemos acercarse al sacramento de la Penitencia, pero sí que se acercan en todo momento a comulgar. E incluso alguna vez que vienen después de mucho tiempo al confesionario dicen no tener pecados puesto que “son de comunión diaria”. Los santos siempre nos constatan algo muy iluminador en este sentido, cuánto más cerca de Dios, cuánto más enamorados de Él, más conciencia tienen de sus propios pecados, mayor la distancia de la criatura con el Creador y por tanto mayor necesidad y frecuencia del sacramento de la penitencia.

Muchos no saben o no quieren saber que es necesario estar en gracia de Dios para poder comulgar…

Lo dicho anteriormente redunda en lo que podríamos decir con relación a esta pregunta, está muy unida la respuesta a la pérdida de la presencia de Dios, a la perdida del sentido del pecado. Yo recuerdo que desde pequeños en la catequesis se nos inculcaba mucho lo de “vivir en gracia”. La gracia es la vida de Dios en nosotros. Desde el bautismo esta inhabitación de la Santísima Trinidad nos acompaña y siempre que no la perdamos por el pecado mortal Dios está en nosotros. Aun cayendo en el pecado siempre tenemos el recurso de la penitencia para volver a estar en gracia. ” Si alguno me ama mi Padre lo amará, vendremos a él y haremos morada en El” (Jn 14, 23).

Dios es la suma belleza, la perfecta bondad, la más limpia pureza ¿cómo meterle en un lugar que no esté limpio y adecuado para recibirle? Sería como querer meter a Dios con el diablo. Por eso es importante y fundamental estar en gracia para recibir al Señor en la Comunión. Es verdad que nunca lo estaremos totalmente y por eso decimos con humildad antes de recibirle “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”. Dios está a la puerta de tu corazón, a la puerta de tu vida, quién único puede abrirle eres tú, Él no te fuerza, pero si quiere que estés dignamente preparado y para eso tenemos cauces, como es la confesión, para acercarnos con toda delicadeza y amor. “Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno me ama entraré y cenaré con él y el conmigo” (Ap 3, 20).

¿Por qué no sólo es importante confesarse, sino confesarse bien?

Porque hay que confesarse con una buena preparación, no sólo un buen examen de conciencia, sino un buen rato de oración. El Espíritu Santo y su luz es fundamental, por eso hay que invocarle mucho. Pedirle que nos de verdadero dolor de haber ofendido a Dios, verdadero y sincero dolor de nuestros pecados. Decía San Agustín: “el secreto de la verdadera sabiduría, está en conocerte a Ti Señor, y en conocerme a mí”. Incluso y esto es un criterio personal yo aconsejo invocar mucho a los Santos que han luchado contra el demonio, a Santa María Virgen Inmaculada que aplasta al dragón, a San Miguel Arcángel que le vence en la batalla, a San Bartolomé que le sujeta con cadenas, a San Pío de Pietrelcina esforzado vencedor en el tormento… Hay que confesarse manifestando todos los detalles que consideremos oportunos sin justificaciones para que el confesor pueda tener un criterio lo más claro posible. Y hacerlo con las debidas condiciones para que sea una buena confesión. Es evidente que lo importante es la misericordia de Dios, pero también la buena disposición ayuda a que haya un buen propósito de enmienda y conversión sincera.

Háblenos de su labor en el Santuario de Covadonga. Testimonios de la acción de la Virgen en las almas.

Para mí las experiencias más fuertes están ligadas a la acogida y al sacramento de la Penitencia. En la acogida se dan habitualmente las manifestaciones más hondas e intimas de personas que han confiado su vida, la salud, el trabajo, los estudios …. de sus seres queridos y te cuentan cómo han sentido la intercesión de la Virgen, o cómo la Virgen les ha sacado de muchos apuros, o se desahogan con sus lagrimas asumiendo desde la fe, el dolor y la enfermedad y mirando con esperanza la pérdida de sus seres queridos o el sufrimiento que a veces nos toca tan cercano. Hay también muchas personas que buscan orientación, una palabra o la simple escucha. Hay situaciones e incluso palabras que las facilita la presencia de la Virgen, es como si aquí eso fuera más fácil y la apertura se diera con mayor naturalidad.

Hay una cosa que a mi me impresiona mucho y me resulta muy emotivo es el ofrecimiento de los niños a la Virgen. Es decirle a la Madre del cielo: aquí tienes a este niño/a que es tuyo, bendícelo, protégelo, haz que tenga una existencia en el bien y cuente siempre con tu protección. Es impresionante mirar los ojos de los padres al ofrecer a sus hijos, es indescriptible.

Otra cosa que a mi me impresiona es la cantidad de personas que me piden desde todos lados que rece por ellos ante la Santina. No queda un día que no reciba 10 ó 12 peticiones, con todo tipo de intenciones, de acción de gracias, de petición, de suplica …. todo a la Santina.

¿Por qué los santuarios son lugares propicios para la conversión?

Un Santuario es un verdadero lugar de encuentro con Dios, también los santuarios marianos. María nunca se apropia, podemos decir, el amor. Ella siempre nos lleva a Cristo. Por María a Jesús. Ella siempre nos dice como en Caná: “haced lo que Él os dice”. Aquí en este Santuario la belleza del lugar, una naturaleza que habla por sí sola ya te lleva a ese encuentro sereno con el Creador y hacedor de todas las cosas.

El agua es un elemento muy presente en Covadonga, debajo de la Cueva Santa el agua brota como un signo del derroche de la gracia desbordante. La fuente de los siete caños nos evoca los siete sacramentos que son fuente de la verdadera vida. Y en la vía sacra se encuentra también un caño donde el agua brota constantemente, el agua que nos lava, que nos purifica, que calma nuestra sed, que nos limpia.

Muchísimas personas se acercan aquí al sacramento de la Confesión después en muchos casos de no hacerlo en años, 8, 10, 30 años. Es muy frecuente que el penitente comience diciendo: “no he venido con intención de confesarme, pero ha sido entrar en la basílica y verle a usted aquí y me he sentido movido a la confesión”. María va haciendo su labor. Y esto que vemos aquí lo observamos también en Lourdes, Fátima, Guadalupe….todos los santuarios son lugares de conversión. Nuestra Santina, así llamamos los asturianos a Nuestra Señora, va tocando corazones mostrándose Madre y Reina. Con paso firme la lluvia fina de la gracia de Dios va haciendo su trabajo contando siempre con nuestra respuesta. En Covadonga estamos siempre para acoger y servir, haciendo que todos se sientan verdaderamente en casa y vuelvan a sus hogares transformados por el verdadero encuentro que alienta y dignifica.

Este año se celebra el Año Santo de la Coronación de la Virgen de Covadonga. Significado de este aniversario y frutos espirituales que se esperan…

Para celebrar el decimosegundo centenario de la victoria de Pelayo, que entonces se situaba en el año 718, se propuso la Coronación canónica de las imágenes del Niño Jesús y de Nuestra Señora. El 17 de septiembre de 1917 se encargó la obra de las coronas a los Talleres de Arte Granda, fundados y dirigidos por el sacerdote asturiano de Pola de Lena D. Félix Granda Buylla, que realizó una obra fabulosa en las dos coronas con donativos aportados principalmente por los asturianos, pero también provenientes de otros muchos lugares.

El día 8 de septiembre de 1918 la Virgen de Covadonga es coronada canónicamente por el Cardenal Victoriano Guisasola, en presencia del obispo diocesano Francisco Baztán y Urniza, del Rey Alfonso XIII, de la reina Victoria Eugenia, del Príncipe de Asturias y del gobierno nacional. Las coronas del Niño Jesús y de la Virgen son de oro y platino, con esmaltes azules e ingente cantidad de piedras preciosas que las hacen unas obras de singular belleza y de alta orfebrería.

Como no podía faltar la música en aquél acontecimiento tan relevante, se convocó un concurso para elegir el himno oficial a la Virgen de Covadonga. Se presentaron tres obras de los más famosos y competentes compositores de música religiosa de entonces: Juan Ignacio Busca de Sagastizábal, Nemesio Otaño y José María Beovide. La partitura premiada, sobre letra del padre agustino Restituto del Valle, fue la del claretiano Busca de Sagastizábal, que ya había compuesto su famosísimo “Cantemos al Amor de los Amores” como himno del XII Congreso Eucarístico Internacional (Madrid 1911)

Precisamente el centenario de aquel acontecimiento es el que ha motivado la celebración del Año Santo de la Coronación con el lema: “Madre y Reina”. Un jubileo es un tiempo de gracia en el que se nos da la posibilidad de comenzar de nuevo aprovechándonos de los dones que Dios concede en esta ocasión. En este jubileo extraordinario se nos concede indulgencia plenaria. “La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados, en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los Santos”. (Catecismo de la Iglesia católica n. 1471).

La indulgencia plenaria sólo se puede obtener una vez al día. Se puede aplicar para si mismo o bien por los fieles difuntos. Para conseguirla es necesario observar los siguientes pasos: Confesión y Comunión sacramental, recitación del credo de nuestra fe, orar por las intenciones del Santo Padre, al menos un Padrenuestro y un Avemaría, y en nuestro caso, no teniendo puerta santa, visitar la Santa Cueva y allí hacer un rato de oración ante la Santina.

El Santuario ofrece siempre, pero especialmente este año, ayuda para un verdadero encuentro con Cristo. En ese sentido son fundamentales el compromiso de la conversión, ratificado en el sacramento de la reconciliación, y la celebración de la Eucaristía, culminación de toda peregrinación. Ante tantos regalos de Dios sólo cabe una gran acción de gracias que implique también un serio compromiso de caridad para con todos.

Y ya por último háblenos como Covadonga como bastión de la Reconquista….

 No se ponen de acuerdo los historiadores en fijar con precisión el año de la llamada Batalla de Covadonga, que dio inicio a la Reconquista, cuyo rango de fechas se mueve entre los años 718 y 722.  Las crónicas cuentan que un caudillo llamado Pelayo, ante la inminencia de la contienda, acude a la Señora de la Cueva, a Ella le pide auxilio y protección. Algunos historiadores incluso se atreven a decir que la imagen de nuestra Señora es entonces una imagen de batallas y que el caudillo la lleva consigo. Empuña también una tosca cruz de madera. “Nuestra esperanza está en Cristo. Este pequeño monte será la salvación de España”. Así dice la Crónica de Alfonso III haciendo memoria de este momento. Y así, apoyados en Cristo y con el auxilio de la Señora vencieron en la batalla. Aquí en el monte Auseva, morada inmemorial de la Virgen, renació la España de Cristo con la gran victoria de Pelayo y de sus fieles sobre los enemigos de la Cruz.

Javier Navascués

Javier Navascués

Ha trabajado como redactor en el Periodico de Aragón y Canal 44 de Zaragoza y como locutor y guionista en diferentes medios católicos como NSE, EWTN, Radio María etc...y últimamente en Agnus Dei.
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