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¿Cansados de las misas en streaming? Una opción alternativa

Uno de los fenómenos que han saltado durante la crisis de COVID-19 es la misa en streaming. Sin ir a los detalles técnicos, todo lo que se necesita es una cámara, hasta un iPhone sirve, y un software que permita que la imagen y el sonido de la cámara se transmitan de forma continuada para verse en un ordenador o una televisión. Es distinto de un hecho “grabado” que se guarda completo y puede luego verse en un momento futuro. De este modo, una misa en streaming da la impresión de que el que la ve, en cierto modo, está “ahí” con el sacerdote que está ofreciendo la misa, porque es contemporáneo, o casi. Es obvio por qué la práctica de las misas en streaming se ha extendido mucho y se ha hecho muy popular durante un tiempo en que la gran mayoría de las iglesias católicas no pueden celebrar misas públicas, por la prohibición de que se concentren grupos de personas en el mismo lugar.

Recuerdo esas horribles misas televisadas de los años 80 en un pequeño estudio con cinco o seis personas sentadas en sillas plegables de metal, un sacerdote de pie ante una mesa de altar provisional y alguien que dirigía la música con una guitarra. Reaccioné de forma bastante negativa a esas misas por su afrenta a mis sensibilidades estéticas. Pero incluso cuando veía misas grabadas que de verdad intentaban conservar la belleza de la ceremonia y de la música, sabía que había algo que no estaba bien. Cuando hacía visitas parroquiales e iba a las casas de las personas mayores a llevarles la Sagrada Comunión y hablar con ellos un rato; muy a menudo al entrar me los encontraba viendo una de estas misas televisadas. Me contaban cómo ver la misa en la tele les daba consuelo emocional en su situación de no poder ir a misa en una iglesia por su condición física. Entendía bien lo que me decían y les comprendía.

Pero aún me quedaba inquieto. Por mis conocimientos científicos sabía que lo que estaban viendo en la tele son básicamente electrones que reaccionan a moléculas que pueden encenderse y apagarse como fuentes de luz. ¿Cómo se relaciona eso con la realidad de lo que una persona ve en una misa televisada? ¿Qué ve esa persona en la elevación de la hostia? Dejé a un lado estas preguntas durante muchos años, porque en el corazón del asunto estaban siempre mis deberes pastorales como sacerdote, no la especulación sobre la televisión y la realidad. Pero el aumento repentino del número de misas transmitidas durante la crisis epidémica, especialmente las misas de la Semana Santa, me forzaron a volver a considerar las preguntas que sobre esas misas han estado en suspenso en mi mente durante tantos años.

La Iglesia siempre ha entendido la misa como un hecho sobrenatural en el que el sacerdote  y la congregación que le asiste “traen” aquí abajo lo eterno, traen el cielo en cierto sentido  al hacer lo que Jesús nos pidió: in mei memoria… “Por eso, con los ángeles y los arcángeles y todos los coros celestiales…” El precepto de la Iglesia de asistir a misa los domingos y fiestas de guardar se basa, claro está, en el mandamiento de adorar a Dios. Y esta adoración en espíritu y en verdad es la ofrenda del Santo Sacrificio, que es la fuente de gracia para el perdón de los pecados que hace posible la vida eterna en Dios.

Hace muchos años asistí a un seminario sobre los escritos del teólogo Karl Rahner. Hice lo posible por entrar en el embrollado lenguaje de sus ensayos. Su hermano Hugo sostenía ¡que leer sus ensayos en alemán era incluso más difícil! Uno de ellos, publicado en sus Investigaciones teológicas, trata de la resurrección de Cristo. Hace una pregunta en este ensayo que me pareció y aún me parece fascinante. Rahner pregunta: “Si hubieras tenido una cámara en la tumba vacía en el momento de la Resurrección, ¿qué habrías visto?” Su respuesta es  nada.

Me fascinó su respuesta y recuerdo haber estado de acuerdo con ella, pero no podía explicar por qué. No estaba de acuerdo con la aguda demarcación de Rahner entre lo físico y lo espiritual en la que parecía basarse su comprensión de la Resurrección. Pero su repuesta a la pregunta sobre la cámara en la tumba vacía sigo creyendo que es verdad. La Resurrección trasciende el tiempo y el espacio. Comprende el trueno entre lo natural y lo sobrenatural pero en un modo que no podemos saber. Por eso las apariciones de Jesús tras la Resurrección son tan misteriosas y por lo que los discípulos tienen problemas para creer que es el mismo Jesús que vieron morir en la cruz. Su presencia no depende de las leyes de la física sino más bien de él mismo en su estado resucitado. Lo físico y lo sobrenatural se juntan en el cuerpo resucitado de Jesús de un modo incomprensible.

¿Qué tiene esto que ver con las misas en streaming? En realidad, nada. Es usar un proceso que comprende partículas subatómicas y transmisión electrónica para “entregar” esta transmisión a un receptor como una televisión o un ordenador. Cuando uno ve la misa en streaming, lo que ve es el resultado de esta transmisión electrónica que forma una imagen en la pantalla. Si uno ve una película en streaming, lo que ve es la imagen de esa película y una película es en sí una imagen. Uno puede ver un concierto en streaming y decir cosas como: “¡Fue como estar ahí!” Pero, porque la misa es en verdad un hecho sobrenatural cuyo corazón es el misterio de la ofrenda del Hijo al Padre, la imagen de la pantalla no es nada, en el sentido de que no es la misa. Es ver al padre hacer los movimientos de la misa. No puede ser y no ser la misa. He visto la invitación de un obispo, un buen hombre, que invitaba a los de su diócesis a “unirse a él a celebrar la misa del domingo que viene” por streaming. No. Los que ven no pueden unirse al acto porque se requiere su presencia física para ser parte del hecho sobrenatural que es la misa.

La situación que muestra claramente la epidemia es (1) que nuestros laicos católicos no entienden lo que es la misa; (2) que en muchos casos –y esto incluye a los llamados tradicionalistas—han reducido el culto dominical a “recibir la Sagrada Comunión” y (3) que nunca se les han dado los recursos intelectuales y espirituales para poder si quiera concebir lo que pueden hacer como familia para adorar a Dios el domingo en una situación de crisis como la en la que estamos ahora. La misa es el centro de nuestras vidas católicas como el acto supremo de adoración a Dios. Pero la misa no es la fe católica. Y la misa no es ciertamente la única fuente de gracia. He citado a santa Teresa de Lisieux muchas veces en este contexto. Estas son sus palabras: “Tout est grâce”, que son también las últimas palabras del humilde cura mientras se muere en la maravillosa novela de Bernanos: “Todo es gracia”.

Ofrezco aquí una sugerencia de lo que una familia podría hacer el domingo por la mañana mientras no tiene disponible la misa en este tiempo. Que la familia se reúna. Que uno de los padres empiece por leer el Introito del día, seguido de la Colecta de la misa. Después, que uno de los hijo lea la Epístola del día, seguida del Aleluya por otro hijo. Luego uno de los padres lea el Evangelio del día mientras los demás están de pie. A esto que siga un breve silencio y después un rosario familiar. Y ese es el culto del domingo para ese día y está muy bien y otorga gracia.

Para algunas familias, hacer esto un domingo por la mañana será un reto, porque fuerza en un sentido real a los padres a dar testimonio de su fe de forma personal fuera de la misa parroquial del domingo. Esto no es catolicismo de memoria. Es testimonio familiar de la fe católica, la representación de la familia como ecclesiola, pequeña Iglesia. Es una oportunidad real en tiempo de crisis real de esta sociedad para que una familia dé culto a Dios unida de este modo fuera de la Santa Misa. Y la gracia que fluye de este acto de adoración aumentará la fe de cada miembro de la familia, y la fe de la familia será más fuerte cuando, Deo volente, estén otra vez juntos en la misa del domingo.

Artículo original: https://rorate-caeli.blogspot.com/2020/04/tired-of-streaming-masses-alternative.html Traducido por Natalia Martín

RORATE CÆLI
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