Conversación con el profesor Antonio Caponnetto, por Vito Palmiotti

(Nota: este artículo es la traducción de Adelante la Fe -revisada y aprobada por el prof. Caponnetto- del original italiano publicado por Marco Tosatti en su blog)

Con motivo del XXI Encuentro de Formación Católica de Buenos Aires, Organizado por el Círculo San Bernardo de Claraval, que tuvo lugar entre los días 5 y 7 del pasado mes de octubre con el título de «La liturgia, fuente y expresión de la fe: el padre de la mentira lo sabe», y que tuvo como invitado especial a monseñor Nicola Bux, nos hemos reunido con el profesor Antonio Caponnetto, que es filósofo, historiador y poeta. Habló después de los  conferenciantes, y es una personalidad destacada de la Iglesia Católica argentina. Autor de vario libros y artículos, ha respondido con claridad, franqueza y esperanza a nuestras preguntas, no obstante su preocupación por cuanto está sucediendo en la Iglesia. Ha sido testigo privilegiado de los numeritos del cardenal Bergoglio cuando éste era arzobispo de Buenos Aires, del cual ha descrito los rasgos más sobresalientes, examinando minuciosamente sus actos y palabras en el libro La Iglesia traicionada, publicado el año 2010. Por añadidura, el año pasado publicó No lo conozco; del iscariotismo a la apostasía, igualmente sobre el cardenal Bergoglio, elegido papa Francisco en 2013.

P.: Profesor, usted sabe que en Europa, y también en otras partes del mundo, reina el desconcierto por los escándalos que han salido a la luz en la Iglesia. Usted sabe que en esos escándalos está implicada la jerarquía. Es muy doloroso, porque muchos fieles se sienten tentados a abandonar la Iglesia. A pesar de ello, aumenta en el mundo la resistencia de numerosos católicos, laicos sobre todo. Es más, son laicos fieles que no se resignan a ver a la Iglesia Católica en semejante estado de división.

Se habla ya de una neoiglesia que aspira a sustituir a la Iglesia Católica. En realidad los cristianos deberían anunciar al mundo el Evangelio de Cristo y no llevar el mundo –es decir, cuanto se opone a Cristo– a la Iglesia. Se desea abrazar el mundo sosteniendo que eso es lo que quiere Jesucristo. Sabemos, sin embargo, que Jesucristo vino al mundo para que éste se salvase por medio de Él, arrebatándoselo al príncipe de este mundo.

Cuando nos bautizamos, se nos pregunta: «¿Renuncias a Satanás? ¿Y a todas sus obras? ¿Y a todas sus pompas?» Y respondemos: «Renuncio». Y luego: «¿Crees en Dios Padre? ¿Crees en Jesucristo? ¿Crees en la Iglesia?» Y respondemos: «Creo». Ésa es la fe. Hoy en día, se diría por el contrario que esa fe está en crisis. Hace bastante tiempo que usted es uno de los laicos más empeñados y fieles en la Iglesia Católica, en dar testimonio católico. Usted sabe que cuando los adversarios de la Iglesia quieren impedir el testimonio de los laicos los tildan de católicos reaccionarios, de derecha, conservadores, etc.

El año pasado el cardenal Sarah dijo a los católicos reunidos en Roma con ocasión de la peregrinación Summorum Pontificum: «No sois tradicionalistas, sois católicos». Es más, actualmente el enfrentamiento que se observa en la Iglesia no es entre tradicionalistas y progresistas, sino entre católicos y modernistas. Desgracidamente, en este contexto desempeña un papel ambiguo Francisco, que desde que es papa permite que el sector de la Iglesia que ha abrazado las modas actuales (= modus hodiernus), es decir el modernismo, se sienta legitimado. En el libro que usted publicó en 2010, La Iglesia traicionada, anticipó todo esto porque, buen conocedor de Jorge Mario Bergoglio, lo llama primado de Pérgamo cardenal de Laodicea. Quien no conozca bien el Apocalipsis no lo sabe, pero Pérgamo y Laodicea eran dos iglesias que hoy ya no existen, y el apóstol San Juan las recriminó por su traición y su indolencia. ¿Podría decirnos qué podemos aprender de esta imagen tan eficaz para entender el momento que atraviesa actualmente la Iglesia?

R.:  He mencionado la imagen apocalíptica de las dos iglesias precisamente por la fuerza expresiva que tienen, ya que ambas iglesias son, de modo diverso pero convergente, símbolo de traición, deslealtad, infidelidad y apostasía.

 Como se dijo antes, el enfrentamiento es entre católicos y no católicos, entre católicos y modernistas, entre católicos y herejes. Percibo en ambas iglesias una síntesis joánica, una síntesis del cambio, de la trágica transición que estamos viviendo y que he descrito con las palabras «del Iscariotismo a la apostasía».

 Por tanto, para mí, Pérgamo y Laodicea son iglesias que vuelven a estar de actualidad. Es algo que nos hiere y nos divide. Todo esto me causa un profundo dolor. Pero esto es lo que se puede entender a la luz del Apocalipsis. El escritor francés Leon Bloy, muy conocido también entre nosotros, decía que cuando quería conocer las últimas noticias le bastaba con leer el Apocalipsis.

 Esta frase es muy significativa. Leyendo el Apocalipsis entendemos el pontificado de Bergoglio. Él es el jefe de aquellas dos iglesias (Pérgamo y Laodicea), o mejor dicho, de una iglesia que revive hoy las mismas características de aquellas: es apóstata, hereje, blasfema, sacrílega y traicionera.

Todo eso se puede demostrar punto por punto. Ninguno de esos adjetivos es excesivo. Es un caso único el de Bergoglio, porque  no hay  persona que pueda sintetizar todo este mal. Pero quien ha conocido a Bergoglio en Buenos Aires sabe que es posible. Me vienen a la memoria las palabras con que San Pío X definió el Modernismo: síntesis de todas las herejías. En este caso se ve diáfanamente. Un botón de muestra: en una entrevista concedida a Scalfari, Bergoglio se atrevió a negar que exista el infierno, y hace poco exhortó a rezar por la Iglesia atacada por el demonio.

Se podrían poner numerosos ejemplos, pero simbólicamente nos limitaremos a tres, como las tres negaciones de San Pedro: primero, afirmar que Cristo se hizo diablo; segundo, elogiar públicamente a Lutero; y tercero, sostener que en la Consagración se opera un cambio en la función de las especies del pan y del vino, en lugar de la Transustanciación.

Pero insisto, la lista de sus ideas erróneas es interminable. No se trata, pues, de una cuestión personal, sino de conceptos. No juzgamos la persona, sino los errores que difunde.

P.: Para los católicos, el Papa es una figura importante que diferencia a la Iglesia Católica de todas las demás iglesias y comunidades. Por consiguiente, a muchos católicos informados les cuesta pensar que el problema sea el propio pontífice. Por eso usted comprende que haya muchos católicos a los que les cause dificultades, tal vez porque no tienen un conocimiento profundo de las verdades de fe con las que tropieza el Santo Padre. No todo el pueblo católico está formado, y mientras tanto van en aumento los que caen en la cuenta. Entonces, es necesario explicar que hay que conocer los antecedentes culturales del papa Francisco. En Buenos Aires han  ha  conocido de cerca al cardenal Bergoglio. El mundo no lo conocía y asiste ahora a sus numeritos. ¿Qué nos puede decir a este respecto?

R.: Todo lo que hizo en Buenos Aires a escala reducida lo está haciendo a gran escala ahora. Los mismos daños que habíamos observado aquí los hace ahora sentado en el trono de San Pedro. Yo creo que hay cuatro maneras de oponerse a la verdad: el error, la ignorancia, la confusión y la mentira. Aquí en Buenos Aires, Bergoglio actuaba así, pero la peor de estas cuatro cosas es la mentira, porque nos acerca al demonio, que es padre de la mentira y mentiroso desde el principio.

Por eso, sólo podemos entender esta realidad a la luz del misterio de iniquidad. Sin duda Dios lo permite en aras de un bien mayor que en este momento quizá no alcancemos a entender.  Respecto a este punto albergo mucha esperanza. No me siento desesperado ni derrotado. Precisamente porque esta situación se entiende a la luz del Apocalipsis, que es un libro de esperanza y consuelo. No es un libro de terror y desesperación. Es un libro que nos enseña a tener esperanza y reconocernos como pequeño rebaño. Así que cuando se cumplan estos signos debemos alzar la cabeza porque se acerca la salvación.

Por lo tanto, tenemos que transmitir dos cosas a los católicos: la gravísima crisis por la que atravesamos; insisto, es un itinerario que va desde el Iscariotismo a la apostasía. Al mismo tiempo, debemos infundirles esperanza, pero no la esperanza natural infraterrena, intrahistórica, inmanentista, sino la esperanza sobrenatural y teologal.

Todo esto está sucediendo con el permiso de Dios, en aras de un bien superior. Debemos esperar. Decía Santa Teresa de Ávila que la esperanza es la virtud del peregrino. Y eso somos: peregrinos suplicantes.

Pero me gustaría insistir en algo que saben los amigos aquí presentes. A mí esta situación me produce un dolor tremendo, una herida, porque pertenezco a una generación que fue educada para servir al Papa con orgullo. Por eso, no poderlo servir y encima enfrentarme a él para desenmascararlo me causa gran sufrimiento. Nos sentimos heridos en el alma, y emocionalmente resulta muy violento oponerse a quien ocupa el solio de San Pedro. Esto sólo lo puede entender quien nos conoce. Pero no podemos callar lo que hemos visto y oído, porque recordamos la frase de San Pablo (1 Cor.5,5), que afirma haber entregado a Satanás a un miembro perverso de la comunidad, o sea haber cortado con él, para que todos entendiesen el problema.

Esta mañana leí la noticia de un sacerdote ecuatoriano de 91 años que ha sido reducido al estado laical por haberse descubierto su pasado de pedófilo. Está bien, estoy de acuerdo, pero ¿qué es peor? ¿La fornicación carnal o la espiritual? Porque existe una fornicación espiritual que está presente en el libro del Apocalipsis: la meretriz con la que han fornicado los reyes de la Tierra. Esto es, la falsificación de la verdad de Jesucristo. La fornicación espiritual es el  fundamento  de la carnal.

Pues bien, ¿cómo es posible que un sacerdote de 91 años sea destituido de su condición sacerdotal, y con justicia, mientras a los fornicarios espirituales se les permite seguir gobernando la Iglesia? También en este último caso se debería aplicar la sanción prevista. Por eso, estoy muy de acuerdo con lo que ha pedido monseñor Viganò a Bergoglio: que renuncie a la Sede petrina. Hay que decirle: “Basta, hasta aquí nomás, no siga haciendo daño”.

Si a Bergoglio se le aplicase el canon 194, automáticamente sería destituido como papa. No soy canonista, pero si en las circunstancias actuales se aplicara el canon 194, sería muy difícil mantener la autoridad eclesiástica de Bergoglio. Han sido tantas las traiciones a la recta doctrina que no es posible ver hasta qué punto es legítimo el ejercicio de este pontificado. Es más, la legitimidad es dudosa desde el principio si se tiene en cuenta la maniobra del llamado Club de San Galo, ya conocido de todos. Sería necesario un verdadero arrepentimiento, una rectificación concreta de los errores, una conversión sincera, un cambio de rumbo para reparar los errores difundidos. En caso contrario, sería preferible que renunciara.

El mismo Paulo VI reconoció al final de su vida que convenía que lo sucediera alguien más fuerte que él y no atado por sus debilidades. En este caso hay mucha más debilidad. En Amoris laetitia, en Veritatis gaudium, en Laudato sì y en  Gaudete et exultate hay mucho más que debilidades: lo que hay es una falsificación de la doctrina católica.

P.: Muchos laicos por el mundo, como dijo Juan Pablo II, se están  poniendo de pie  y, con respecto a la situación del Romano Pontífice, están tomando la palabra y diciendo lo que tienen muchas ganas decir. Laicos que como aquí, en la Asociación San Bernardo, dan ejemplo de resistencia. Como diría Benedicto XVI, son aquella «minoría creativa» que hace renacer la Iglesia. Esta es la esperanza que ya se ve en muchas partes del mundo. A tantos laicos que se sorprenden de los dubia de los cardenales, a la corrección filial, y hasta a un dossier como el presentado por monseñor Viganò –esta mañana me ha dicho un sacerdote jesuita que es un regalo de Dios por el valor que ha tenido para hacer portavoz de lo que él mismo ha podido conocer de vista y de oídas–, ¿qué consejos, qué sugerencias podremos proponerles para que, respetando la función del primado petrino, que es fundamental para la Iglesia Católica, practiquen la obediencia a la manera del beato John Henry Newman en su famoso brindis al Duque de Norfolk: la obediencia debe estar siempre ligada a la conciencia; hay que obedecer al Papa cuando custodia el depósito de la Fe, y no cuando expresa sus opiniones personales. En fin, para concluir, ¿qué consejos podría ofrecer en estos tiempos de resistencia?

R.:  Yo diría que el primer consejo sería el que nos dejó el propio San Pedro: saber que el diablo ronda como león rugiente buscando a quién devorar. Pero debemos resistir firmes en la Fe. El segundo consejo nos lo dio San Pablo: dar testimonio de la verdad a tiempo y a destiempo, lo cual es, como diríamos hoy, políticamente incorrecto. Pero si no hablamos nosotros, el testimonio lo gritarán las piedras. Hay que gritar incluso desde los tejados, que hoy en día son los medios de comunicación. El tercer consejo es conservar y dar esperanza a todos los que la necesitan; y el cuarto, crecer en sabiduría y en gracia; y sobre todo no tener miedo. Las cosas de acá abajo pasarán, por eso tenemos que buscar las de Arriba.

Éstas son las palabras que nos dejó el Señor para los tiempos de adversidad, para estos últimos tiempos en los que estamos viviendo. Por eso, no debemos caer en la desesperación; el Señor nos lo ha revelado de antemano. Lo que estamos viviendo estaba anunciado. La dificultad no estriba en recordar que el Señor nos lo ha dicho, sino en darnos cuenta de que lo estamos viviendo para poner en práctica sus consejos.

A los más jóvenes les recalco un consejo en particular: alégrense y regocígense en el Señor. Debemos combatir la batalla con alegría, con regocijo, con júbilo; en caso contrario no producirá frutos de santidad, porque un santo triste es un triste santo. De modo que debemos esforzarnos por volver a alegrarnos, a exultar sabiendo que luchamos por la verdad.

P.: El Corazón Inmaculado triunfará.

R.: Totalmente de acuerdo.

(Traducido por Bruno de la Inmaculada/Adelante la Fe)