No recuerdo dónde, quizá uno de los autores fijos de Infocatólica, leía que “habría que deconstruir el lenguaje” de la vida espiritual, y de otros temas más, en la Iglesia. Y, por mi parte, creo que tiene toda la razón.

Porque, con el intento –bueno en sí mismo- de salir al paso de tantas cosas como están ahí, reclamando que la Iglesia “entre”, para dar doctrina, para fortalecer las voluntades, para purificar las conciencias, para mantener y transmitir la Fe, para que los hijos de Dios en su Iglesia sigan “respirando” en cristiano, corre el riesgo, si no cuida hasta el extremo las expresiones que usa, o no las aclara suficientemente -si las toma sin más del medio que las promueve-, puede dar lugar a equívocos; tan perniciosos como los males que se pretenden evitar.

Y en el “caso”, por ejemplo, de los católicos que se han divorciado y, sin haber obtenido la nulidad de su anterior matrimonio, han tirado “por la calle de en medio”, y están ya instalados en una nueva situación IRREGULAR –como se ha dicho siempre, sin juzgar ninguna conciencia-, y en la que han contraído –o no- deberes de distinto tipo, es patente.

Se habla, así, en la misma Iglesia, de católicos “divorciados” y “vueltos a casar”, o “casados en segundas nupcias”. Todas esas expresiones, además de ser falsas –hablo en católico y para católicos-, son inasumibles por la Iglesia Católica; porque NO EXISTE EL DIVORCIO PARA LOS CATÓLICOS, porque los católicos que tienen esos papeles civiles NO PUEDEN, ni por tanto ESTAN “casados en segundas nupcias”; ni menos aún se puede decir de ellos que “se han vuelto a casar”. Son CONCUBINOS o ADÚLTEROS, estable o inestablemente instalados; pero NUNCA “CASADOS” referido a su situación sobrevenida, por muy definitiva o por muy complicada que pueda parecer.

Nuestro Señor Jesucristo, en este tema, como en otros, es absolutamente tajante: Cualquiera que se divorcie de su mujer y se case con otra, comete adulterio contra ella (Mc 10, 11); Todo el que repudia a su esposa, y se casa con otra, peca; y la que repudia a su marido, peca (Lc 16, 18).

La conclusión en ambos párrafos es la misma: NO HAY “VUELTA A CASAR” mientras existe el primer matrimonio; DIVORCIAR, REPUDIAR, en la Iglesia Católica, no es “argumento” suficiente para tener derecho a “RE-CASARSE; mucho menos para decir “estoy casado” referido a la segunda situación. Tanto DIVORCIO, como VOLVERSE A CASAR, en la Iglesia Católica y para los católicos, son expresiones ficticias, cuando no mentirosas.

Porque NO SON VERDAD.

Porque, en la Iglesia, no es verdad decir “me he casado”, cuando lo “atenta” una persona que no es libre para casarse. Por ejemplo, una persona ya casada, que engaña a otra diciendo que no lo está, y “se casan”: no ha habido matrimonio, y se convierte en bígama. Lo mismo sucede cuando un religioso, una monja, o un sacerdote, si no han conseguido previamente la secularización, por mucho que digan que “se han casado”, no lo han hecho: no ha habido matrimonio. Es nulo de principio a fin. Lo mismo que si “atentan” matrimonio dos personas del mismo sexo: no hay matrimonio, por “incompatibilidad de caracteres”, vamos a decirlo así.

Por eso Jesús especifica y cataloga perfectamente en qué se transforma automáticamente esa pretensión de “…y se casa con otra/o”: no hay “boda”, porque comete adulterio; porque peca.

¿ALGUNA DUDA? ¿CABEN EXCEPCIONES? ¿Son palabras abiertas a la libre interpretación? ¿La tan traída y llevada “misericordina” -me resisto a llamarla de otra manera- puede pasar por encima de las palabras EXPLICITAS de Cristo? La Pastoral, ¿en nombre de qué y de quién puede arrogarse el poder de anularlas? ¿Sería eso Pastoral?

La Iglesia Católica –me gustan las dos con mayúscula- no puede apearse de la VERDAD. De hecho, es la única iglesia que lo pretende, y lo dice: es la Iglesia VERDADERA. La única. Y no tiene ningún miedo de confrontarse con nada ni con nadie en este horizonte, y de cara a llegar a conclusiones verdaderas: las únicas que vienen de Dios, y las únicas que sirven a los hombres.

Y las palabras se necesitan para expresarla, para transmitirla, y para defenderla. Palabras que digan lo que deben decir: al servicio de la verdad de las cosas, de lo que las cosas son; y no de lo que nos gustaría que dijeran en cada momento, según nuestras conveniencias partidistas. Porque desde el momento en que las palabras son moldeables por nosotros, a nuestra voluntad, su relación con la verdad –con el ser de las cosas- y, por tanto, con el hombre, ya no existe.

Nuestro “hablar” sería entonces algo así como “oír trinar a un pájaro”: podrá parecer armonioso, bello incluso. Pero nunca sabremos “lo que dice”, porque desconocemos “su lenguaje”. Y esto está en las antípodas de lo que es el LENGUAJE para los hombres: COMUNICAR LA VERDAD, en cualquier orden de cosas.

Padre José Luis Aberasturi y Martínez