Junto con la gran tradición eclesial, con el Concilio Vaticano II y con los Sumos Pontífices predecesores míos, reafirmo la belleza y la importancia de una vida sacerdotal vivida en el celibato, como signo que expresa la dedicación total y exclusiva a Cristo, a la Iglesia y al Reino de Dios, y confirmo por tanto su carácter obligatorio para la tradición latina. El celibato sacerdotal, vivido con madurez, alegría y abnegación, es una grandísima bendición para la Iglesia y para la sociedad misma. (S.S. Benedicto XVI. Sacramentum Caritatis nº 24).

¿Quién de vosotros podrá acusarme de que he pecado? (Jn. 8, 46). Sólo los hijos de la perdición. Jesús es el Santo por excelencia. El Puro sin mancha. El Verbo de Dios, esplendor de la luz eterna. Su naturaleza humana es perfectamente pura. Su Corazón es el tabernáculo del Amor infinito de la Santísima Trinidad.

Su Cuerpo formado por el Espíritu Santo en la sangre purísima de la Inmaculada Concepción. Su carne sagrada inmolada en el Calvario, y en cada Santo Sacrifico de la Misa, es el antídoto contra el veneno de impureza inoculada en la sangre del hombre tras el pecado original.

El sacerdote llamado por Nuestro Señor para ser otro “Cristo” está unido a su Maestro, al Sacerdocio de Cristo, por tanto, ha de asemejarse a Él en sus virtudes.

En el momento de la ordenación, cuando el Obispo pone sus manos sobre la cabeza del ordenando, es Cristo quien toma posesión para Sí del nuevo sacerdote, que ya no se pertenece a sí mismo; al ser ungido ha sido separado para ser sólo de Dios, para ser otro Cristo, para prolongar la acción de Cristo en la tierra, para llevar los medios de salvación a los pecadores, para llevar la palabra de Dios a los que no la conocen, para llevar la esperanza a los que la han perdido.

El corazón del sacerdote, como el Corazón sacratísimo de Jesús, sólo ha de palpitar por la gloria de Dios, sólo ha de albergar el amor de Dios, sólo debe suspirar por asemejarse al Sacerdote eterno.

El sacerdote, como Cristo, además de sacrificador es víctima. La víctima ha de ser pura e inmaculada, sin tacha para ser agradable a Dios; una víctima manchada es rechazada por Dios. Este es el fin al que ha de aspirar el sacerdote. Ha de purificarse cada día de toda mancha humana, de toda vulgar satisfacción, de todo placer de los sentidos. Pues él no es un hombre como los demás.

Cada jornada cuando en el altar ofrece el Santo Sacrificio y tiene en sus manos el Cuerpo de Cristo, ¿cómo no han de ser purísimas esas manos, cómo pensar, sin estremecerse con horror, que el corazón del sacerdote esté ocupado por algún amor humano?

En la Santa Misa es donde el sacerdote encuentra la razón esencial de su celibato, de su entrega total y definitiva a Cristo; donde encuentra su verdadera alegría; donde encuentra las satisfacciones a sus necesidades afectivas. El Cuerpo y la Sangre de Cristo en las manos del sacerdote han de transportar a éste a las alturas celestiales, donde está el gozo de los gozos, el colmo de la felicidad. Ninguna criatura humana podrá satisfacer las ansias del corazón del sacerdote.

Estas son las verdaderas razones del celibato sacerdotal. Las razones que tratan de presentarse en contra, como la soledad del sacerdote, la falta de sacerdotes en zonas de misión, la necesidad de un mejor equilibrio síquico del sacerdote para realizar su apostolado, el que se diga que no es un dogma de fe y por tanto cambiable, etc. Son razones que nacen de la carne degradada por el pecado; no nacen del espíritu. Tratan de convencer al modo humano, son “razonables” humanamente hablando. Pero no tienen en cuenta el misterio insondable de nuestra fe, no tienen en cuenta la realidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo Víctima en el altar. Esta es la grandiosa realidad de cada día y a ella está unido el sacerdote en cuerpo y alma.

¡Oh María Inmaculada, Virgen santísima, Señora vestida de sol! Que irradias la luz purísima del Verbo, guarda mi corazón de todo contagio de impureza y abre mis ojos para contemplar a tu Hijo que se sacrifica en el altar, cuando tengo en mis manos su Cuerpo y su Sangre. Haz que sea yo mismo tabernáculo vivo de tu Hijo, Sagrario de su Cuerpo. Custodia y santifica mi vocación sacerdotal para bien de la Iglesia, de los fieles y para la gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

P. Juan Manuel Rguez de la Rosa

 

Nota. Si la Iglesia acoge en su seno a los hermanos protestantes casados que regresan a la Iglesia de Cristo y a los ortodoxos católicos casados, es por la Iglesia es ante todo Madre y comprende la debilidad de sus hijos. Pero mantiene firme que la perfección es el celibato.