ADELANTE LA FE

Chesterton. El librepensador auténtico

Hablar del escritor inglés Gilbert Keith Chesterton (1874-1936), actualmente en proceso de canonización, como un librepensador, puede resultar un tanto extraño y paradójico, si se atiende a la definición que de este concepto se hiciera desde la Ilustración, no obstante, dicho apelativo encuentra razón en las palabras del propio autor. Así pues, puede leerse en el capítulo El Miedo al Pasado de Lo que está Mal en el Mundo:

“Leemos a menudo hoy en día acerca de la audacia con la cual algún rebelde ataca tal caduca tiranía o tal anticuada superstición. En realidad, atacar cosas caducas y anticuadas no supone ningún coraje, no supone más del que se necesita para agredir a la propia abuela. El hombre realmente valiente es aquel que desafía tiranías jóvenes como el alba, supersticiones frescas como las primicias en flor. El único librepensador auténtico es aquel cuyo espíritu se encuentra tan liberado del futuro como del pasado. Aquel a quien le importa tan poco lo que será como lo que ha sido, a quien solo le importa lo que debería ser” (702-703).

De la razón ilustrada europea, la modernidad heredó la idea de que el librepensamiento consiste en derrumbar las murallas antes construidas, en ir a la vanguardia, en mostrar al pasado como oscuro, en ser “innovador”. Muchos librepensadores, en su afán de suscitar las carcajadas rabelaisianas o imitar las irreverencias de Nietzsche han terminado siendo títeres de alguna ideología o pensamiento de moda, como dice alguna canción de Los Prisioneros― banda de rock chilena nada sospechosa de apoyo a la Tradición o a la Iglesia Católica―: “Nunca quedas mal con nadie”; lejos de ser gigantes del pensamiento se convierten en bufones que dicen lo que todos quieren oír y justifican las actitudes de sus contemporáneos sin ningún tipo de crítica, a no ser, la crítica al pasado, a la abuela que ya no puede defenderse.

Gilbert Keith Chesterton es un librepensador para hoy porque confronta, cuestiona, pide explicaciones, es crítico mordaz de un progreso desencarnado e inhumano y, sin ser ese su afán, predice el futuro con acierto. En su época, la verdad y acierto de dichas profecías eran indemostrables y las advertencias de aquel hombre bonachón podrían parecer como los delirios apocalípticos de un amargado. Sólo hoy, a más de 70 años de su muerte, puede comprobarse la importancia de sus ideas, debido a la vigencia que cobran para la realidad presente.

Con la misma destreza del Padre Brown al resolver el caso Flambeau o el asesinato en la mansión de Arístides Valentin, Chesterton realiza un diagnóstico de su época y también de la actualidad, no por ser un riguroso historiador o un sociólogo especializado, sino por descubrir y tratar al hombre en cuanto hombre, entendiendo, sin optimismo ni pesimismo, su grandeza y su bajeza, realidades intemporales que, según Pascal, el hombre no debe ignorar y que se resisten a todo tipo de reforma por parte de una determinada ideología o moda del pensamiento.

Este artículo se propone esbozar algunas críticas de Chesterton a la modernidad y a su secuela, la “posmodernidad”, sobre todo en lo referente al rechazo que ambos momentos históricos hicieran de la Tradición, en el sentido amplio de la expresión.

El pensador colombiano Nicolás Gómez Dávila afirmaba que “Siendo diálogo la filosofía, no hay razón para suponer que el último sea el que tiene la razón” (50). Este escolio del gran aforista colombiano ilumina una realidad que no es solo de la filosofía sino la de cualquier ejercicio del pensamiento: creer que lo pasado necesariamente caducó, que representa una “impureza” o “suciedad” a limpiar. Muchos, quizá, se han referido a este fenómeno cuya antítesis, igualmente nefasta, es la de apegarse al pasado por el pasado mismo, sin reflexionar sobre las ideas, costumbres y visiones del mundo que lo sustentaban. Fue el filósofo francés Jacques Maritain quien logró darle nombre a esta patología del pensamiento que se agudizó en la modernidad, llamándola en El Campesino del Garona “cronolatría epistemológica”.

El miedo al pasado descrito por Chesterton en Lo que está mal en el mundo es claro síntoma de la enfermedad que junto a la “logofobia”, Maritain diagnostica al hombre moderno, cuya mentalidad:

“se ve lanzada hacia el futuro por una cierta sensación de cansancio no sin mezcla de terror, con la cual contempla el pasado. Se siente proyectada hacia lo porvenir, se siente -según los términos de cierto dicho popular inglés- lanzada hacia la mitad de la semana que viene. Y el estímulo que tan premiosamente lo guía, no es el amor al futuro. El futuro no existe porque todavía es futuro. Es, más bien, el temor al pasado, temor no solamente a los males del pasado, sino también a los bienes del pasado…Puedo hacer al futuro tan estrecho como lo soy yo mismo. El pasado está obligado a ser tan anchuroso y turbulento como la humanidad. Y el significado último de esta actitud moderna es en verdad el siguiente: los hombres inventan nuevos ideales porque no se atreven a los antiguos. Miran con entusiasmo hacia delante porque tienen miedo de mirar hacia atrás” (699).

Tal vez este historicismo se deba a que la “nueva humildad” del hombre moderno se asusta ante la “vieja humildad” de sus antepasados que no desesperaban de las grandes metas aunque les implicara un esfuerzo filosófico mayor y para quienes el criterio no eran ellos mismos sino aquel ideal que refulgía en el norte, fuera este la santidad, el bien, la paz, la verdad:

“La vieja humildad era una espuela que impedía al hom­bre detenerse; no un clavo en su zapato que le impedía proseguir. Porque la vieja humildad hacía que el hombre dudara de su esfuerzo, lo cual lo conducía a trabajar más duro. Pero la nueva humildad hace que el hombre dude de su meta, lo cual lo conduce a cesar su esfuerzo por completo” (Chesterton 523).

Según el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, la modernidad es una cuestión de estándares, de esperanza y de culpa; la esperanza de alcanzar la tierra prometida y la culpa de no caminar lo suficientemente rápido (91), de “no progresar al ritmo del progreso”, esto hace que la ruptura con el pasado sea buena señal, no importando la meta, sino solo distanciarse al máximo de la estación dejada atrás. De este modo, la falacia de “todo tiempo pasado fue peor” parece ser sacrosanta y válida para rebatir cualquier argumento; pareciera incluso que muchos intelectuales contemporáneos caen en el juego de desacreditar a quienes los han antecedido por su poca “actualidad”. La repulsión a la Escolástica en muchas Facultades de Filosofía, e incluso de Teología, en el mundo entero, así lo demuestra.

El “viejo humilde” se sabía en la capacidad de encontrar la realidad por medio de su razón, desconfiaba más de sí mismo que del mundo. El filósofo español José Ortega y Gasset así lo explica:

“El hombre antiguo conserva, en lo esencial, la tesitura del hombre primitivo. Como él, vive desde las cosas y solo existe para él el Cosmos de los cuerpos. Podrá fortuitamente lograr atisbos de intimidad, pero son solo atisbos inestables y, en efecto fortuitos. Las ideas griegas están moldeadas en una realidad compuesta de cosas exteriores y corpóreas. La palabra misma ‘idea’ y sus afines significa: ‘figura visible’, ‘aspecto’ ” (163).

El escéptico y subjetivista moderno, haciendo gala de su “nueva humildad” (quizá para ser ensalzado) señala que el hombre no puede conocer, que la realidad es engañosa, que estamos entrampados en los juegos del lenguaje y, tal vez, quienes culminaron este proceso fueron los llamados por Paul Ricoeur “maestros de la sospecha” (¿o sospechosos?) que, desengañados de un antropocentrismo vacuo, y lejos de descubrir un superhombre, encontraron a un animal más, un sumiso incapaz de decir “no” a sus instintos y las fuerzas de mercado que lo dominan. Estos maestros sospecharon del pasado y crearon la moda de desconfiar del hombre, lo cual no motiva a hacerse cargo del mundo y sus problemas sino a disculparse de la responsabilidad para irse a dormir la siesta con la excusa facilista que, disfrazada de desesperanza y, con un tono de falso pesar, solloza por la miserable condición humana.

Lo que más sorprende a Chesterton de esta costumbre moderna es que los grandes genios de la humanidad han tenido frente al futuro la misma actitud que se debe tener frente a la Gorgona, han caminado hacia él, pero mirando hacia atrás, para no convertirse en estatuas de piedra:

“No necesito citar al Renacimiento; su solo nombre prueba mi tesis. La originalidad de Shakespeare y Miguel Ángel nació a fuerza de husmear viejas cerámicas y manuscritos. La reciedumbre de los poetas surgió de la suavidad de los anticuarios. Así, el gran renacer medieval fue un recuerdo del Imperio Romano. Así la reforma volvió su mirada a la Biblia y a los tiempos bíblicos…Nunca los hombres veneraron más al pasado como durante la Revolución Francesa. Los sansculottes creían, como su nombre podría dejarlo entrever, en un retorno a la simplicidad primitiva” (700).

Para Chesterton, la forma de pensar de un hombre no está determinada por la época. Son los idearios personales y las convicciones las que juegan el rol esencial. En su célebre Ortodoxia, el autor se mofa de la cronolatría epistemológica de sus contemporáneos y de todos aquellos que, con motes como “conservador”, “reaccionario”, “tradicionalista” o “integrista” rechazan las propuestas de algunos pensadores, creyendo dar con este adjetivo una respuesta seria, racional, sólida y realmente filosófica:

“Se nos dice que algún dogma fue creíble en el siglo XII e increíble en el XX. Lo mismo sería decir que cierta filosofía puede ser creída en lunes, pero no puede ser creída en viernes. Lo mismo sería decir que un aspecto del cosmos era convenien­te hasta las tres y media, pero inconveniente hasta las cuatro y me­dia. Lo que puede creer un hombre depende de su filosofía y no del re­loj o del siglo. Si un hombre cree en una ley natural inalterable, no puede creer en ningún milagro de ninguna época. Si un hombre cree en una voluntad anterior a la ley, puede creer en cualquier milagro de cualquier época. Supongamos, en bien del argumento, que nos hallára­mos frente al caso de una curación milagrosa. Un materialista del siglo XII, no la creería más que un ma­terialista del siglo XX. Pero un científico cristiano del siglo XX la creería como un cristiano del siglo XII. Es cuestión simplemente de la teoría de cada hombre sobre las cosas. Por consiguiente, tratándose de cualquier contestación histórica, el punto no es si fue dada en nuestro tiempo, sino si fue dada en respuesta a nuestra pre­gunta” (576).

Chesterton propone volver a los argumentos sin preocuparse tanto cuándo fueron dichos o por quién; mantenerse en diálogo con la Tradición es tener una actitud realmente filosófica, querer romper de tajo con ella es imitar al adolescente que, negando la paternidad de sus progenitores, se va del propio hogar pretextando que son demasiado anticuados o aburridos, aun cuando es la herencia la que le da una identidad y es en ese hogar despreciado donde ha construido su pensamiento y su personalidad, donde se ha hecho tan maduro como para emanciparse.

El personaje detectivesco inventado por Chesterton es una hermosa alegoría de que aquello que parece ser más anticuado, inocente e ingenuo resulta ser, en la mayoría de las ocasiones, lo que trae consigo la respuesta a los más grandes problemas de la actualidad. La saga del Padre Brown tiene como una de sus ideas centrales lo que la tradición popular ha resumido en el dicho “más sabe el diablo por viejo que por diablo” pues aquel “célibe borrico” (1952 21) mirado con lástima por el racionalista investigador francés Arístides Valentin es quien logra entregar a manos de la justicia  al reconocido ladrón Flambeau, que ha burlado por largo tiempo a las autoridades europeas. Posteriormente, en el segundo capítulo de El candor del Padre Brown, el enigmático intelecto del sacerdote detective puede descubrir que Valentin es el homicida del gran magnate norteamericano Julius K. Brayne; ni el Dr. Simmon, típico hombre de ciencia, ni el comandante O’Brien de la Legión Francesa Extranjera superan al curita de Essex. El venerable anciano que no parece matar una mosca, el anticuado sacerdote que para Valentin aún sigue en el pasado medieval es quien, superando la razón monológica y utilizando las herramientas del sentido común, logra llevar los casos más difíciles a su solución final por un gran conocimiento de las almas. No poco significado tiene que sea el personaje racionalista quien asesina a Brayne y, además, cortándole la cabeza. Con este detalle, el gran Chesterton pareciera sugerir que fue el mismo racionalismo de los modernos el que hoy tiene a la cultura occidental en los extremos del irracionalismo, donde las verdades más evidentes deben ser gritadas y defendidas con fiereza.

Más ingenuo aun que idealizar el pasado en lo que antes se definía como “integrismo” es pensar que lo nuevo cae como un meteorito en la historia sin ningún vínculo con el pasado. Sin seguirle el juego a esta candidez tan moderna, el biógrafo de Tomás de Aquino señala, mediante la metáfora del fototropismo, y bien podría ser la gran conclusión de este artículo, que:

“En primer lugar, a pesar de todo lo que algún tiempo se dijo acerca de la superstición de la Edad Oscura y de la esterilidad del escolasticismo, en realidad fue todo ello un movimiento de expansión, siempre moviéndose hacia una luz más clara y hacia una libertad más amplia…En tanto que llegaba a la luz del día común era semejante a la acción de una planta que por su propia inclinación impulsa a las hojas hacia la luz del sol, distinto de la acción de uno que se limita a no impedir que la luz del día penetre en una prisión. En breve, ello fue lo que técnicamente se denomina un desarrollo doctrinal” (Chesterton  937).

Carlos Andrés Gómez Rodas

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Bibliografía

Bauman, Zygmunt. La Posmodernidad y sus Descontentos. Trad. Marta Malo de Molina Bodelón y Cristina Piña Aldao. Madrid: Akal, 2001

Chesterton, Gilbert KeithObras Completas (Tomos I, II, IV). Barcelona: Plaza y Janés, 1952

Maritain, Jacques. El campesino del Garona. Trad. Esther de Cáceres. Madrid: Vizcaína, 1968

Ortega y Gasset, José. ¿Qué es Filosofía? Madrid: Espasa Calpe, 2007

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