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«¡Columbus noster est!»

«¡Columbus noster est!» «Cristóbal Colón es de los nuestros». Estas palabras de León XIII en la encíclica Quarto abeunte saeculo, publicada el 16 de julio de 1892 con ocasión del IV centenario del descubrimiento de América, nos llegan como un eco lejano en el momento en que se desata en Estados Unidos una furia iconoclasta contra la figura del navegante italiano.

El hecho de la gesta colombina, afirma León XIII en la encíclica mencionada, «es por sí mismo el más grande y hermoso de todos los que tiempo alguno haya visto jamás; y aquél que lo realizó es comparable con pocos hombres por la magnitud de su valor e ingenio. Por obra suya emergió de la inexplorada profundidad del océano un nuevo mundo: cientos de miles de mortales fueron restituidos del olvido y las tinieblas a la comunidad del género humano, fueron trasladados de un culto salvaje a la mansedumbre y a la humanidad, y lo que es muchísimo más, fueron llamados nuevamente de la muerte a la vida eterna por la participación en los bienes que nos trajo Jesucristo. (…) Colón es de los nuestros. Si por un momento se examina cuál habría sido la causa principal que lo llevó a decidir conquistar el mar tenebroso, y por qué motivo se esforzó en obtenerlo, no se puede poner en duda la gran importancia de la fe católica en el inicio y realización de este evento, al punto que también por esto es no poco lo que debe a la Iglesia el género humano. (…) Consta, pues, que esta idea y este propósito residían en su ánimo: acercar y hacer patente el Evangelio en nuevas tierras y mares. (…) Ciertamente Colón unió el estudio de la naturaleza al de la religión, y conformó su mente a los preceptos que emanan de la íntima fe católica. Por ello, al descubrir por medio de la astronomía y el estudio de los antiguos la existencia hacia el occidente de un gran espacio de tierra más allá de los límites del orbe conocido, pensaba en la inmensa multitud que estaría aún confusa en miserables tinieblas, crueles ritos y supersticiones de dioses vanos. Triste es vivir un culto agreste y costumbres salvajes; más triste es carecer de noticia de mayores realidades, y permanecer en la ignorancia del único Dios verdadero. Así pues, agitándose esto en su ánimo, fue el primero en emprender la tarea de extender al occidente el nombre cristiano y los beneficios de la caridad cristiana. Y esto se puede comprobar en la entera historia de su proeza».

Por consiguiente, Cristóbal Colón pertenece a la Iglesia, y todo ultraje cometido contra él recae en la Iglesia, que tiene el deber de defender su memoria. Tal fue el espíritu que animó al conde Antoine-François-Félix Roselly de Lorgues (1805-1898), que dedicó su vida a promover la canonización de Cristóbal Colón. En 1856, animado por Pío IX, Roselly de Lorgues publicó en París una obra en dos tomos titulada Cristophe Colomb. Histoire de sa vie et de ses voyages; d’après des documents authentiques tirés d’Espagne et d’Italie, que alcanzó difusión mundial. En dicha obra, Roselly de Lorgues propuso por primera vez canonizar al Almirante de la mar océano. El cual, según escribió en una obra posterior, fue «embajador de Dios ante pueblos desconocidos que el mundo antiguo desconocía» y «legado natural de la Santa Sede en aquellas nuevas regiones» (Della vita di Cristoforo Colombo e delle ragioni per chiederne la beatificazione, tr. it., per Ranieri Guasti, Prato 1876, p. 83).

Los estudios del conde francés sirvieron de fundamento para las numerosas peticiones de que se incoase una causa de beatificación de Colón, empezando por las presentadas a Pío IX el 2 de julio de 1866 por el cardenal Ferdinand Donnet, arzobispo de Burdeos, y el 8 de mayo de 1867 por monseñor Andrea Charvaz, arzobispo de Génova. En 1870, un grupo de padres del Concilio Vaticano I dirigió una nueva petición a Pío IX, pero la interrupción del Concilio y la posterior muerte del Pontífice frustraron la iniciativa.

En 1878, el arzobispo Rocco Cocchia, vicario y delegado apostólico para Santo Domingo, Haití y Venezuela, interpretó como una señal el descubrimiento de los restos de Colón en la catedral de la capital dominicana, y calificó al Almirante como un hombre llamado por la Providencia a desempeñar la obra más grandiosa de los siglos modernos. El arzobispo recordó que el gran proyecto original de Colón era llevar a cabo una cruzada para recuperar el Santo Sepulcro, y que siempre se lo consideró «un hombre de profunda piedad y religiosidad» que afrontó con fe y heroísmo muchos padecimientos y persecuciones, hasta el punto de que su vida estuvo centrada en torno a dos cuestiones: «el dolor y la gracia».

El 31 de enero de 1893 la petición para que se instruyese la causa de canonización gozaba de la adhesión de 904 prelados. A 264 obispos italianos, 96 franceses, 64 españoles, 27 de Estados Unidos, 19 de México y 7 de Portugal se sumaban muchísimos otros obispos y arzobispos de todo el planeta, entre ellos 42 cardenales. Un estudioso italiano, Alfonso Marini Dettina, ha dedicado un minucioso estudio a este tema, el cual recomiendo para quien desee profundizar (Suppliche per la canonizzazione di Cristoforo Colombo, in C.E.S.C.O.M, Atti del II Congresso Colombiano, Turín 2006, pp.659-672).

Hay quienes consideran que en la vida de Colón hay puntos oscuros, como por ejemplo un segundo matrimonio ilegítimo, pero en 1938 el padre Francesco Maria Paolini, postulador general de la Orden Franciscana, publicó un libro titulado Cristoforo Colombo nella sua vita morale, en el que demostraba mediante doce argumentos la legitimidad del segundo enlace matrimonial de Colón con Beatriz Enríquez de Córdoba. El cardenal Eugenio Pacelli, secretario de estado, comunicaba en una carta al autor fechada el 9 de septiembre de 1938 la alegría de Pío XI por «una obra que arroja espléndidos rayos de luz sobre la figura del Descubridor del Nuevo Mundo, que no se proyecta con menos magnificencia y fuerza en la Historia de la Iglesia que en la secular».

En 1941 algunos obispos estadounidenses presentaron a Pío XII una nueva solicitud de canonización del Almirante. Todas las solicitudes de canonización de Colón pedían al Sumo Pontífice la dispensa de los procedimientos ordinarios, teniendo en cuenta la excepcionalidad de semejante hombre, el sello  de aprobación  por parte de la Providencia a su obra y el singular tratamiento que la Santa Sede otorgó al Descubridor. Pero ni Pío XII ni la la Orden Franciscana dieron curso a la causa de beatificación, y después del Concilio se inició –incluso al interior del mundo católico– una campaña denigratoria que alcanzó su culmen en 1992, con ocasión del V centenario del descubrimiento de América, cuando se hizo pasar a Colón por un conquistador codicioso, sanguinario y colonizador.

Treinta años después, la ultraizquierda ecologista e indigenista dirige en Estados Unidos violentas manifestaciones en las que las estatuas del Descubridor son derribadas, decapitadas, pintarrajeadas y retiradas. En los últimos años, muchos estados de la Unión han decidido transformar el 12 de octubre, en el que tradicionalmente celebran la llegada de Colón a tierras americanas, en el Día de los Pueblos Indígenas. El propio papa Francisco, en vez de relanzar la exclamación ¡Colón pertenece a la Iglesia!, exalta los movimientos indigenistas que acusan al Descubridor de haber iniciado una época de genocidio y esclavitud para los pueblos americanos.

Cristóbal Colón y los conquistadores han sido acusados de genocidio a causa del derrumbamiento demográfico de aquellos pueblos a partir del siglo XVI. Pero como bien ha explicado el historiador Marco Tangheroni (1946-2004), se puede hablar de genocidio cuando existe la voluntad expresa de exterminar a un pueblo, como en el caso de los kulaks en la Rusia soviética, o de los judíos en la Alemania nacionalsocialista, o antes incluso, de los vandeanos cuando la Revolución Francesa; pero en el caso de la población americana, la catástrofe demográfica se debió al  shock  biológico causado por algunas enfermedades contagiosas introducidas por los europeos, ciertamente no a una voluntad de exterminio (Cristianità, Modernità Rivoluzione, Sugarco, Milán 2009, pp. 125-126). En textos escritos por médicos españoles que estuvieron en Indias leemos descripciones de su sorpresa e impotencia ante las epidemias que se manifestaron de forma novedosa y totalmente desconocida entre los indígenas. A menos que imaginemos que las enfermedades que diezmaron las poblaciones indígenas fueran fruto de una conspiración de una potencia como era España. Ni hoy ni en el siglo XVI se ha utilizado una epidemia para aniquilar a los pueblos indígenas, y Cristóbal Colón no es un símbolo de iniquidad, sino el autor de una empresa calificada por Francisco López de Gómara en su Historia General de las Indias (1552) como «la mayor cosa después de la creación del mundo, sacando la Encarnación y muerte del que lo crió».

(Traducido por Bruno de la Inmaculada. Artículo original)

Roberto de Mattei
Roberto de Matteihttp://www.robertodemattei.it/
Roberto de Mattei enseña Historia Moderna e Historia del Cristianismo en la Universidad Europea de Roma, en la que dirige el área de Ciencias Históricas. Es Presidente de la “Fondazione Lepanto” (http://www.fondazionelepanto.org/); miembro de los Consejos Directivos del “Instituto Histórico Italiano para la Edad Moderna y Contemporánea” y de la “Sociedad Geográfica Italiana”. De 2003 a 2011 ha ocupado el cargo de vice-Presidente del “Consejo Nacional de Investigaciones” italiano, con delega para las áreas de Ciencias Humanas. Entre 2002 y 2006 fue Consejero para los asuntos internacionales del Gobierno de Italia. Y, entre 2005 y 2011, fue también miembro del “Board of Guarantees della Italian Academy” de la Columbia University de Nueva York. Dirige las revistas “Radici Cristiane” (http://www.radicicristiane.it/) y “Nova Historia”, y la Agencia de Información “Corrispondenza Romana” (http://www.corrispondenzaromana.it/). Es autor de muchas obras traducidas a varios idiomas, entre las que recordamos las últimas:La dittatura del relativismo traducido al portugués, polaco y francés), La Turchia in Europa. Beneficio o catastrofe? (traducido al inglés, alemán y polaco), Il Concilio Vaticano II. Una storia mai scritta (traducido al alemán, portugués y próximamente también al español) y Apologia della tradizione.

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